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viernes, 5 de febrero de 2016

RECORDANDO A SÓCRATES.



Patente de Corso. Columna de Arturo Pérez Reverte en XL Semanal. Publicada el 08/12/2014

Lo hermoso de las bibliotecas, de los libros, es que éstos son como las cerezas. Tiras de uno, y éste arrastra a otros, a los que acaba por llevarte de modo inevitable. Se tejen así maravillosas relaciones, a veces en apariencia imposibles; vínculos entre situaciones o cosas cuyo principal hilo conductor eres tú mismo. A veces, sin embargo, esa asociación es fácil. Lógica. De las que saltan a la vista y de pronto te abruman porque, pese a ser evidentes, no habías sido capaz de verlas hasta ese momento. Eso me ocurrió el otro día, cuando pasaba las páginas de los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte, el que también contó -porque estuvo en ella- la retirada de los 10.000 mercenarios griegos de Persia cuya epopeya conocemos por Anábasis. Desde que lo traduje en el cole vuelvo a Jenofonte de vez en cuando, pues la historia que aquellos hombres avanzando por territorio hostil, buscando el mar para volver a casa, rodeados de enemigos y sabiendo que la palabra derrota significaba exterminio, la he tenido presente muchas veces, y creo que es un estupendo símbolo, o útil vademécum, para muchos de los territorios inciertos por los que transita el hombre moderno.

Pero me desvío. Estaba con el amigo Jenofonte, como digo, y hojeándolo me fui a unas líneas que, a su vez, me hicieron levantarme y buscar en los estantes otro libro, y otro al fin, y al cabo terminé con cuatro o cinco de ellos abiertos alrededor, comparando citas y usando como llave maestra para todos ellos Una profesión peligrosa, de mi querido amigo el profesor Luciano Canfora. Y sucedió que al rato encendí la tele para ver un rato el telediario, y allí -son los azares maravillosos de la vida- salió un político de ésos con los que no terminas de tener claro si son unos sinvergüenzas o unos cantamañanas, aunque sospechas que navegan a remo y a vela, diciendo literalmente: «En una verdadera democracia, la voz del pueblo está por encima de cualquier ley». Y oyéndolo, fui y me dije anda tú, lo bien que suena y lo redondo que me lo habría tragado, a lo mejor, de no haberme pasado tres horas antes con Sócrates, Jenofonte, Canfora y alguno más, leyendo callado y con mucho respeto, no fueran a decir ellos de mí lo que Sócrates dijo que diría Eutidemo: «Nunca me preocupé de tener un maestro sabio, sino que me he pasado la vida procurando no sólo no aprender nada de nadie, sino también alardeando de ello».

Y es que eso es lo bueno de leer cosas. De saber por dónde te andas, o al menos intentarlo. Que cuando vives en una verdadera democracia y te llega un político sinvergüenza o un cantamañanas, o un híbrido de ambos, y te dice que la voz del pueblo -llámese Eutidemo o llámese como se llame- está por encima de la ley, te acuerdas de Sócrates. Y de pronto, lo que sonaba tan bien resulta que ya no suena tanto. Y te da la risa; o a lo mejor, si eres español y a estas alturas te quedan pocas ganas de reír, detalle comprensible, vas y te ciscas en su pastelera madre. Porque te acuerdas, por ejemplo, de la batalla de las islas Arginusas (año 406 a.C.), tras la que unos generales atenienses fueron juzgados y condenados por una asamblea popular que se pasó las formalidades legales por el forro de las túnicas. «Es intolerable que se impida al pueblo hacer su voluntad», argumentaron, proclamando la superioridad de esa voluntad del pueblo frente a la ley que, aplicada con rigor, habría exculpado a los generales. Y lo que es más significativo, amenazaron a los jueces, si se oponían al deseo del pueblo soberano, con ser declarados culpables junto a los generales. Por supuesto, los jueces se curaron en salud y se plegaron a la voluntad popular. Y los generales fueron ejecutados. Sólo Sócrates, que era uno de los jueces, se negó. Con un par. Ni voluntad popular ni pepinillos en vinagre, dijo. Él no reconocía otra autoridad que la ley. Y fue el único.

El pueblo ateniense nunca olvidó aquello. La opinión pública no perdonó que Sócrates se negara a aprobar que la vulneración de la ley, cuando se hace en nombre de una real o supuesta voluntad popular, pueda tolerarse por un Estado sólido, adulto, seguro de sí mismo y de sus instituciones. Y eso influyó más tarde en su proceso, cuando fue sentenciado a suicidarse bebiendo veneno. También allí, llegado el caso, Sócrates fue fiel a sí mismo. En vez de huir, como habría podido hacerlo, permaneció en Atenas, acató la ley que lo condenaba, y pagó con su vida aquella digna coherencia.

Ahora, por simple curiosidad, pregúntense ustedes cuántos políticos españoles saben quién fue Sócrates. Y lo que les importa.

jueves, 21 de enero de 2016

LA DEMOCRACIA ATENIENSE.



“Tenemos un sistema político que no envidia las leyes de los vecinos, pues más bien somos modelo para alguno que imitadores de los demás. Recibe el nombre de democracia, porque lo administra la mayoría y no unos pocos. Según la ley, todos tienen unos mismos derechos en los asuntos privados y, en cuanto a la posición social, cuando alguien goza de buena reputación, todos les honran por su virtud y no por su clase; y ni siquiera la pobreza, con su insignificancia, le priva a uno de recibir honores cuando proporciona algún bien a la ciudad”. (Tucídides. Historia de la guerra del Peloponeso).


La Democracia Ateniense, cuyo origen podemos situar a finales del siglo VI a.C. con las reformas de Clístenes, es uno de los sistemas políticos más admirados y estudiados de la Historia del Viejo Mundo: un sistema en que los ciudadanos eran los verdaderos protagonistas de la vida política de Atenas, una democracia directa y participativa. Muchos han querido encontrar en esta democracia (un tanto idealizada), las raíces profundas de nuestros actuales sistemas políticos. 

Todo el entramado democrático ateniense descansaba sobre dos pilares básicos e imprescindibles: isonomía y parresía. 

♠ Isonomía. Los ciudadanos son libres e iguales ante la ley, por tanto todos podían desempeñar cargos públicos.

♠ Parresía. Se refiere a la libertad de expresión, aunque incluye también la obligación de decir siempre la verdad, expresándose con la mayor claridad posible. 

Ostracismo, el peor de los castigos. Los privilegios sociales, civiles y políticos estaban vinculados a la ciudadanía, por consiguiente, la pérdida de la ciudadanía, se convierte en el peor de los castigos que podía sufrir un ateniense. Cuando un político tenía algún comportamiento ambicioso (y egoísta), mostrase tendencia al autoritarismo o se demostrase culpable de corrupción, podía ser expulsado de la ciudad, por un período de diez años. Este castigo se denominaba ostracismo, ya que el nombre del ciudadano en cuestión se escribía en un trozo de teja denominado ostrakón. 

La política ateniense funcionaba a partir de una serie de instituciones participativas: 

♠ Ecclesía. La Asamblea ciudadana, constituída por todos los ciudadanos de la polis mayores de edad, recibía el nombre de Ecclesía. La ecclesía se reunía en una colina cercana a la Acrópolis para debatir todos los asuntos que concernían a la ciudad. Entre sus funciones estaban declarar la guerra, aprobar las leyes propuestas por la bulé y condenar a alguien al ostracismo.

♠ Bulé. La bulé era un organo similar al Senado (un consejo de ancianos) compuesto por quinientos miembros mayores de treinta años, elegidos anualmente mediante sorteo. Este consejo se reunía en el buleuterio, situado en el Ágora, espacio abierto, corazón de la vida social ateniense. Los miembros de la bulé se encargaban de preparar los temas que se van a presentar a la asamblea, controlar a los arcontes, imponer multar, convocar la ecclesía y proponer leyes. 

♠ Arcontes. Los arcontes eran magistrados, una especie de ministros que se encargaban de poner en marcha las decisiones de la Ecclesía y la Bulé. El arcontado estaba formado por diez arcontes elegidos anualmente por sorteo, y los más importantes eran el epónimo, jefe nominal de la ciudad que daba nombre al año, el basileus (literalmente rey) que se ocupaba del culto, y el polemarca, jefe del estado mayor del ejército. El resto de arcontes vigilaban el correcto cumplimiento de la ley. 

♠ Estrategos. Tenían funciones militares, eran oficiales responsables del ejército. 

Además de estas instituciones exclusivamente políticas, en Atenas existía un tribunal de gran importancia, el Areópago, cuyos miembros eran antiguos arcontes. Juzgaba los delitos de sangre y atentados contra la seguridad del estado. 

A pesar de ser una experiencia política pionera, la democracia ateniense distaba mucho de ser una democracia perfecta (¿y cuál lo es?) en la que tuviesen cabida todas las personas. La participación política estaba reservada en exclusiva a los ciudadanos, hombres varones nacidos en Atenas de padre ateniense. Esclavos, extranjeros (todos aquellos no nacidos en la ciudad) y las mujeres quedaban al margen. 




jueves, 2 de octubre de 2014

DEMÓSTENES.



El más grande y famoso orador de la Grecia Clásica y uno de los más influyentes políticos de la Democracia Ateniense. 


Auténtico ejemplo de superación, la dislexia más que una rémora fue un auténtico acicate para convertirse en un excelente orador capaz de ganarse el favor de sus oyentes. Revolucionó el mundo de la oratoria rompiendo los moldes de la retórica tradicional. Un auténtico ejemplo que ha sido seguido, e imitado, por políticos y oradores de todos los tiempos. Esta escultura romana del orador se expone en la Gliptoteca de Munich. Lo más curioso es que junto con la cabeza, también se representan el pene y los testículos.  
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