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martes, 16 de junio de 2015

CATALINA DE FOIX, REINA DE NAVARRA.



Catalina de Foix, nieta de Blanca de Navarra y su esposo Juan de Albrech, fueron los últimos reyes navarros que opusieron cierta resistencia a la incorporación de Navarra a la nueva monarquía dual formada por Isabel y Fernando.

Su madre, Magdalena de Francia, la casó con el apuesto Juan de Albrech, con el beneplácito del rey de Francia, Luis XI, toda una declaración de intenciones frente a las apetencias castellanas. La opinión pública, los magnates, nobles y burgueses navarros, quedaron polarizados, entre los partidarios del acercamiento a Francia y los defensores de la unión con Castilla.


Enfrentado a Francia en todos los ámbitos del Mediterráneo, Fernando el Católico, decidió la anexión militar del reino Navarro, y en 1512, don Fadrique, el Duque de Alba, comenzó la invasión. La conquista se fue realizando sin encontrar una gran resistencia, y con la ayuda de algunos grupos navarros, y en el 1513 el marqués de Gomares juraba en Pamplona, observar los fueros navarros como virrey.

No obstante, Catalina y Juan no se dieron por vencidos, e intentaron en varis ocasiones recuperar su reino, pero siempre fueron rechazados por la superioridad militar del Duque de Alba. Finalmente en 1515, Fernando el Católico, perdidas las esperanzas de engendrar un heredero con Germana de Foix, decide la incorporación definitiva de Navarra.

En 1518 muere Catalina y le hereda su hijo Enrique II, aunque solo tenía dominio al norte de los Pirineos.


martes, 9 de junio de 2015

CARLOS, EL PRÍNCIPE DE VIANA.



Carlos, Príncipe de Viana, hijo de Blanca de Navarra y de Juan de Aragón, el testamento de su madre le dejó con el culo al aire y enfrentado a su padre. Blanca era reina legítima de Navarra, Juan simplemente el consorte, y Carlos el heredero. Pero Blanca, antes de morir quiso embrollar un poco la cosa, y dejó escrito que Carlos no tomase la corona sin el consentimiento de su padre. Y claro, ellos, tan machos y masculinos, arreglaron las cosas de la única manera que saben hacerlo los hombres, a tortas. Una enemistad que alcanzó odio visceral cuando Juan contrajo nuevas nupcias con Juana Enríquez. Por tanto, el pequeño reino navarro se vio enfrascado en una guerra civil, con el clan de los beaumonteses y el condestable castellano Álvaro de Luna apoyando al hijo, y los agramonteses al padre. Además de por ser hijo desobediente que nunca quiso doblegarse ante su ambicioso padre, y conformarse simplemente con ser lugarteniente del reino, Carlos de Viana, que había recibido esmerada educación en la corte de Olite, en la que puso especial interés su abuelo Carlos III, destacó como mecenas y promotor de las artes. Vamos un auténtico príncipe del Renacimiento. Pero se topó con un mal rival. El ejército de Carlos cayó derrotado en la batalla de Aibar en 1451 y a partir de ahí no pararon las desgracias. Fue prisionero de su padre durante dos años, y más tarde desheredado. Viajó a Nápoles a pedir ayuda a su tío Alfonso V, y casi no lo ve con vida. Intentó arreglar un matrimonio con la infanta de Castilla Isabel (futura reina Católica) pero Juan II tenía un candidato mejor, el hermanastro de Carlos, Fernando (que acabaría llevándose a Isabel al huerto). La estrella de Carlos se iba apagando irremediablemente, pero aún así decidió jugar una última carta. En 1461, en medio del descontento y los disturbios que asolaban Barcelona por el enfrentamiento entre la biga y la busca, Carlos se personó en la ciudad condal, y los catalanes sublevados contra el rey Juan, lo convirtieron en el estandarte de su lucha. Mas el destino no tenía prevista la gloria para el Príncipa de Viana, y en septiembre de ese mismo año murió de tuberculosis en el Palacio Real de Barcelona. Nunca faltaron las sospechas de que su muerte fue debida al veneno. Ni de que su madrastra Juana Enríquez estaba detrás de la maniobra.

jueves, 4 de junio de 2015

BLANCA I DE NAVARRA



Onecca Fortúnez, Toda, Urraca, Juana I, Navarra ha sido cuna de grandes mujeres, y por ende de grandes reinas, y Blanca I no desmerece en absoluto de esta tradición, aunque es cierto, que su actuación en lo relativo a su testamento vital, es cuanto menos, cuestionable y origen de una controvertido debate.

Segunda hija de Carlos III el Noble, uno de los monarcas más queridos en la historia de Navarra, y de Leonor de Trastámara, Blanca se convirtió pronto en una pieza más del engranaje que hacen funcionar la entrevesada política matrimonial de la época. Su padre la prometió a Martín el Joven, heredero de Aragón (su padre era Martín I el Humano) y rey de Sicilia. La joven infanta se oponía al enlace, y para quebrar su voluntad, el rey Carlos consideró recluirla en un solitario castillo en medio de las inhóspitas Bárdenas Reales. Aislada del mundo, Blanca cambió de idea y accedió al matromonio. Se mudó a Sicilia, y cambió las frías tierras navarras por las soleadas playas del mar Mediterráneo.

De entrada, la princesa navarra, no contó con el apoyo en la corte, algo muy lógico si pensamos que venía a sustituir a la reina legítima, y apenas tenía influencia en los asuntos relevantes, pero Blanca era obstinada y consciente de su posición, y en ocasión de una prolongada ausencia de su esposo, no tuvo inconveniente en ejercer la regencia con la prestanza y la fortaleza necesarias.

Tres muertes, más o menos sucesivas, iban a marcar la vida de Blanca. Primero muere su esposo (que no llegó a convertirse en rey de Aragón) aunque ella seguirá siendo regente de Sicilia, apadrinada por su suegro. Pero su suegro no tardaría en morir, dejando además un vacío de poder en la Corona de Aragón y convocados los compromisarios en Caspe deciden coronar a Fernado de Antequera, que no tardará en lanzarse a dominar el Reino de Sicilia. Finalmente fallece su hermana mayor, Juana, la que deja a Blanca como legítima heredera del Reino de Navarra. Su padre no tardó en reclamarla a su lado, y en 1415 tras más de una década morando en Sicilia, abandonará la isla para no regresar jamás.

Las Cortes de Olite la confirman como legítima heredera y poco después se anuncia su boda con el infante de Aragón, futuro Juan II, celebrándose la boda en Pamplona, como manda la tradición, en la iglesia de la novia.

Blanca era una apetecible viuda madurita de 35 años y Juan un apuesto y fogoso joven de 22 años, y a pesar de la evidente diferencia de edad, parece ser que se impuso el fuerte carácter del aragonés. Una vez oficializado el enlace, Blanca y Juan se metieron en la cama y su pusieron manos a la obra, había que engendrar un heredero. Unos meses después nacía Carlos, para el que su abuelo materno creo un nuevo título, Príncipe de Viana.
La historia se refiere a Blanca como residente habitual del maravilloso palacio de Olite, poseedora de una religiosidad exaltada, rozando el misticismo, y con fuertes tendencias hacia las peregrinaciones piadosas y la entrega y ayuda a los más necesitados.

En septiembre del año 1425 moría en Olite, sede de la Corte, Carlos III y doña Blanca se convertía en Reina de Navarra, pero debido a las injerencias e intereses de Juan en Castilla, la coronación se pospuso hasta el domingo de Pentecostés de 1429, ceremonia celebrada en la Catedral de Pamplona, cuya nave central está presidida por los inmaculados sepulcros de los padres de Blanca.

La actuación de Blanca I de Navarra ha generado debates y controversias sin solución. Para la historiografía tradicional, su fragilidad de carácter, el desinterés por los asuntos políticos, y el actuar cegada por el amor, dejaron las riendas de Navarra en manos de su ambicioso esposo, que incluso llegó a perder territorios en favor de Castilla, como inevitable consecuencia de la intromisión de Juan en los asuntos meseteños.
Sin embargo, si tratamos de olvidar tópicos y desterrar clichés, y realizamos un análisis mása profundo del contexto (yo y mis circunstancias), es posible encontrar sustento a otras explicaciones e hipótesis, que quizás, solo quizás, se acerquen un poco más a la verdad. Blanca recibirá un reino amarrado irremediablemente a una serie de compromisos ineludibles, de tal forma que Castilla, Aragón y Navarra, funcionarían como un todo, una madeja donde quedan enredados los destinos de los tres reinos. Lo que ocurra en algunas de sus partes, acabará influeyendo, de una u otra forma, y con más o menos intensidad, en el resto. Todo este entramado había sido dibujado por su padre mucho tiempo atrás, y gracias a esta actuación, pudo enderezar el rumbo de un reino que zozobraba en manos de su abuelo Carlos II.

La ciencia histórica, a la que tanto cuesta dejar atrás la tradición, ha presentado a la reina Blanca como némesis de Juan II, por otra parte, una de las personalidades más arrolladoras del siglo XV occidental. Un carácter que heredará su hijo Fernado el Católico. De cualquier modo, Blanca era la reina propietaria y legítima, y Juan únicamente el consorte, por tanto, siempre va a necesitar de una cobertura legal. Sin perder de vista tampoco, el bagaje político que fue ganando la reina durante su estancia en la corte siciliana, donde nunca lo tuvo fácil, y tuvo que superar toda una serie de circunstancias adversas. Por tanto, y para alcanzar a comprender la realidad política del Reino de Navarra en estos momentos es necesario desestimar el tópico de un rey Juan haciendo lo que le salía de las pelotas, sus actuaciones debían estar rubricadas por la firma de Blanca.

Posiblemente el mayor de los debates gira en torno al testamento de la reina, un testamento que originó una guerra civil entre su hijo Carlos, y su viudo, Juan II. La peor decisión que puede tomar una madre es lanzar a su hijo contra su propio padre, como hizo Gea con Urano y Cronos. Según las capitulaciones matrimoniales su hijo Carlos, debía heredar el Reino a la muerte de Blanca Sin embargo, y aquí está el quid de la cuestión, la reina pedía a su hijo que no tomara la Corona de Aragón sin el consentimiento de su padre, una decisión que convertía en la práctica, a Juan II en lugarteniente de Navarra.

¿Fue el amor por su marido lo que impulsó a Blanca a tomar esta determinación? o ¿por el contrario una avispada madre intuyó el peligro que suponía cercenar el poder de Juan II?. No podemos perder de vista que Carlos era también heredero en Aragón, y alejar a Juan del trono navarro, significaba debilitar la posición de Aragón frente a Francia y Castilla. ¿Fue Blanca una pitonisa que veía inevitable la fusión de las tres coronas?. Nunca lo sabremos.


En 1441, un día después se celebrar la boda de su hija, también llamada Blanca, con el heredero castellano, futuro Enrique IV, la Reina fallecía mientras participaba en una romería en honor de la Virgen de Soterraña, recibiendo cristiana sepultura en Santa María de Nieva. Del mismo modo que su primogénito Carlos nunca se convirtió en rey de Navarra, su hija Blanca tampoco llegó a ser reina en Castilla, pues su esposo la repudió una año antes de ser proclamado rey.  
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