Cuando la palabra (y/o el
dinero) derrotan a la espada. Atila y sus hunos campaban a sus anchar
por Europa Occidental y tras haber sumido en el caos las tierras del
Imperio su siguiente objetivo era Roma. Enterado de la tormenta que
se avecinaba el papa León I salió al encuentro del Azote de Dios
escoltado por San Pedro y San Pablo (el gran Rafael Sanzio pintó la
escena en las estancias vaticanas). Utilizando buenas palabras, y tal
vez algo de oro, el Sumo Pontífice consiguió que el jefe bárbaro
retirase sus tropas. Años más tarde, el mismo papa León no pudo
impedir que el caudillo vándalo Genserico saquease Roma.
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lunes, 20 de febrero de 2017
lunes, 12 de octubre de 2015
GENSERICO.
Rey
de los vándalos que gobernó también sobre los alanos, guerrero
audaz, martillo de occidente, durante varias décadas mantuvo en
jaque tanto las legiones romanas como a la flota de Bizancio.
Valiente y decidido afianzó su dominio en el Norte de África,
sometió Cartago y desde allí sometió el mar Mediterráneo a sus
caprichosas razzias, estableciendo un terrible estado bárbaro a
orillas del mar.
El
22 de abril del 455 sus vándalos arrasaron y saquearon Roma, que se
salvó gracias a la intervención del papa León I el Magno. Bajo su
reinado la palabra vándalo se convirtió en sinónimo de pillaje,
gamberrismo y destrucción. Y algo insólito para un caudillo
militar, Genserico murió en 477, no por el veneno, ni por el acero,
sino vencido por la edad.
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