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viernes, 19 de julio de 2019

EL NACIMIENTO DE PALAS ATENEA.




Según los pelasgos, la diosa Atenea nació junto al lago Tritonis en Libia, donde la encontraron y criaron las tres ninfas de Libia, quienes vestían pieles de cabra. Cuando era niña mató a su compañera de juegos, Palas, por accidente, mientras libraban un combate amistoso con lanza y escudo, y en señal de pesar puso el nombre de Palas delante del suyo. Fue a Grecia pasando por Creta y vivió al principio en la ciudad de Atenas, junto al río Tritón de la Beocia.
Robert Graves. Los Mitos Griegos.

martes, 27 de noviembre de 2018

EL MITO OLÍMPICO DE LA CREACIÓN.



En el principio de todas las cosas la Madre Tierra emergió del Caos y dio a luz a su hijo Urano mientras dormía. Contemplándola tiernamente desde las montañas, él derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, y ella produjo hierbas, flores y árboles, con los animales y las aves adecuados para cada planta. La misma lluvia hizo que corrieran los ríos y llenó de agua los lugares huecos, creando así los lagos y los mares. 

Sus primeros hijos de forma semihumana fueron los gigantes de cien manos llamados Enarco, Giges y Coto. Luego aparecieron los tres feroces Cíclopes de un solo ojo, constructores de murallas gigantescas y maestros herreros, primeramente de Tracia y luego de Creta y Licia, a cuyos hijos encontró Odiseo en Sicilia. Se llamaban Brontes, Estéropes y Arges, y sus espíritus han vivido en las cavernas del volcán Etna desde que Apolo los mató en venganza por la muerte de Asclepio. 

Los libios, sin embargo, pretenden que Garamante nació antes que los cíclopes de cien manos y que, cuando surgió de la llanura, ofreció a la Madre Tierra un sacrificio de bellotas dulces.
Robert Graves. 
Los Mitos Griegos. 

martes, 6 de octubre de 2015

LOS CRETENSES.

VIDA Y COLOR 2
(Colección de Cromos de 1968).


Las tierras que bordean el mar Egeo y las numerosas islas que lo salpican abandonaron la Prehistoria entre el tercer y el segundo milenio a.C. Hasta ese momento todos esos territorios estaban habitados por pueblos que desconocían el metal, utilizaban herramientas de piedra pulimentada, poseían unos pocos animales domésticos y practicaban una agricultura muy rudimentaria. Su entrada en la historia coincidió con la llegada de grupos y tendencias culturales desde Oriente, gracias a los fructíferos intercambios comerciales. La isla de Creta se convirtió en la cuna de una civilización esplendorosa cuyos destellos iluminaron los rincones más recónditos del mar Mediterráneo. Los arqueólogos han desenterrado palacios en Cnossos, Gurnia, Faistos y Mallia, cuya suntuosidad prueba el poderío alcanzado por quienes los edificaron. A partir de estos vestigios podemos entrever una civilización que se basaba en una economía sólida, dirigida por los propios monarcas y administrada por un gobierno perfectamente estructurado. La sociedad cretense fue de gustos refinados, como vemos en las pinturas murales que se han conservado, el deporte favorito de la aristocracia era una forma de tauromaquia que consitía en saltar por encima de la res, volteando el cuerpo con agilidad en el momento de producirse la embestida.


Las ciudades cretenses fueron edificadas en la cima de las colinas de la isla. En la cúspide se alzaba el palacio, morada del rey, de la corte y de los funcionarios que trabajaban para la administración. Este palacio se rodeaba de terrazas en las que se plantaban cipreses y olivas, y contaba también con graneros para almacenar trigo. La población artesana y mercantil vivía en casas de uno o dos pisos, agrupadas en barrios que se desparramaban por la ladera de la colina. Las fachadas de las casas eran muy simples y presentaban una decoración formada porfranjas de colores oscuros. En cada área de la ciudad se agrupaban los trabajadores de una profesión determinada (barrios de campesinos, de mercaderes, de artesanos). El núcleo urbano estaba cercado por un recinto de murallas, al exterior de las cuales, en la llanura se extendían campos de cultivo, viñedos y olivares.


Conocemos muchos elementos de la religión cretense, pero muy poco acerca de su significado. Se han hallado numerosas figurillas de toros, imágenes femeninas y hachas de doble filo. Lamentablemente desconocemos los significados que los habitantes de la isla daban a tales representaciones. Lo que si parece seguro es que los cretenses adoraban a una diosa madre, de la cual dependía la fertilidad de los campos y la continuidad de la especia humana. Se trataba de una religión naturista propia de un pueblo de pastores y campesinos que buscaban ganar el favor de un ser supremo y conseguir así la prosperidad. En los ritos cretenses, el culto tenía un papel fundamental la sacerdotisa, cuya imagen fue plasmada por pintores y escultores de Creta. En la lámina podemos ver a una mujer que realiza extrañas ceremonias empuñando en cada mano una serpiente, animal que al igual que la paloma y el toro se consideraba sagrado.


El cretense, como el del retrato, obligado por las circunstancias, llevaba una vida nómada y aventurera. Gran parte de la población de la isla estuvo encuadrada en el ejército real y tomó parte en numerosas campañas que tuvieron por escenario los territorios del mar Egeo. Los griegos del siglo V mantenían vivo el relato de sus gestas, Tucídides escribe: “Minos es el personaje más antiguo conocido por la tradición. Tuvo una flota poderosa con la que conquistó casi todo el mar que hoy es grigo, estableció su dominio en las Cícladas y fundó colonias en ellas, expulsó a los carios y puso como jefes de los territorios conquistados a sus propios hijos. Trabajó con todas sus fuerzas para purgar el mar de piratas y asegurar así la recogida de sus impuestos”. El guerrero cretense, especialista en el combate naval y la lucha en tierra firme, recorrió todas las islas egeas y las sometió a la voluntad de su rey.


La talasocracia – o dominio del mar – establecida por los cretenses les abrió todos los puertos comerciales del antiguo Oriente y les proporcionó pingües beneficios a través del fluido intercambio comercial de los productos. Los navíos mercantes arribaban frecuentemente a los puertos egipcios en la época del Imperio Nuevo, y a cambio de vino, aceite, cerámica y metales labrados, los cretenses obtenían papiro, vasos de alabastro, esclavos, plantas medicinales y objetos de adorno personal, como collares, brazaletes o diademas con las que se engalanaban las mujeres de la aristocracia.


La expansión cretense alcanzó la península de los Balcanes, en la que acababan de irrumpir una serie de pueblos procedentes del Danubio, que conocemos por el nombre de Aqueos. Su asentamiento en estas tierras se consiguió a costa de la destrucción de algunas ciudades, utilizando para ello una nueva arma de guerra: el caballo. Hacia el 1800 a.C. cretenses y aqueos compartían pacíficamente la isla de Melos, en la que existían importantes yacimientos de obsidiana. La fusión entre los recién llegados desde Grecia y la población cretense se realizó poco a poco, pacíficamente. Los jinetes aqueos, divididos en diminutos principados, reconocieron la soberanía cretense y comenzaron a admirar los logros de su refinada civilización.


Como no podía ser de otra manera, la coexistencia pacífica entre cretenses y aqueos no fue duradera. Los recién llegados construyeron ciudades fortificadas – como Micenas y Tirinto – y prepararon a toda su población para hacer la guerra. La sociedad aquea estaba dirigida por una aristocracia militar que vivía en palacios fortificados, que incluso poseían un sistema de conducción de aguas. Los artesanos aqueos se especializaron en el arte bélico, y consiguieron perfecionar la espada, dando a su hoja mayor longitus y corte para que pudiera utilizarse como estoque y como sable, y también crearon un poderoso carro de guerra tirado por cuatro caballos. Estos dos elementos dieron a los aqueos la superioridad militar suficiente para acometer la conquista de Creta.


Las circunstancias geográficas del mundo egeo obligaron a sus habitantes a especializarse en las artes de la mar. La hegemonía cretense se basó en una flota bien armada y pilotada por expertos marinos. Por otro lado, en los puertos era necesaria la existencia de astilleros, donde los carpinteros se dedicaban a construir y a reparar navíos comerciales, de pesca y de guerra. Cada tipo de navío tenía características especiales de acuerdo a su función: para el comercio se necesitaban barcos con grandes bodegas, para la guerra bajeles velocres y para la pesca pequeñas embarcaciones que permitiesen fondear en las playas y adentrarse por los estrechos pasos. Tras la destrucción de las ciudades cretenses, el Mediterráneo se convirtió en un mar fenicio.


A través del arte conocemos el aspecto que debían tener algunas ceremonias religiosas. La lámina reproduce una procesión ritual celebrada en el palacio de Cnossos. Un sacerdote que enarbola una palma abre la comitiva, seguido de varios músicos semidesnudos, mientras el público se agolpa en la terraza de palacio. La ceremonia tendría como finalidad festejar la recogida de la cosecha de cereales o de aceitunas. Homero, en la Ilíada describe una de estas ceremonias, a las que tan aficionados eran los miembros de la aristocracia: “Los mancebos y las vírgenes...de las manos cogidos danzaban y se divertían. Ellas iban vestidas con telas sutiles de lino, y ellos con túnicas muy bien tejidas brillantes de aceite; muy hermosas guirnaldas ceñían las frentes de aquéllas, dagas de oro y tahalíes de plata llevaban los jóvenes....”


El habitante de la isla supo sacar el máximo provecho del mar que le rodeaba por todas partes. La pesca fue una actividad económica de primer orden, en la que se especializó buena parte de la población isleña. Se practicó con redes, ya fuera en el litoral o en mar adentro, por medio de embarcaciones de vela y remo, que formaban flotillas muy numerosas. Todas las especies de peces que viven en el Mediterráneo fueron capturadas por los cretenses que aprendieron a adobarlas o salarlas en grandes tinajas, un sistema que aseguraba una conservación prácticamente indefinida. En lugares poco profundos expertos buceadores practicaban la pesca de esponjas.


En sus travesías los barcos cretenses, dominadores del Mare Nostrum, eran seguidos de cerca por bandas de delfines que brincaban sobre las olas mientras esperaban los suculentos desperdicios que los marineros tiraban por la borda. Este espectaculo de cetáceos voladores entusiasmó a los navegantes, que quisieron inmortalizar la escena en los muros de las casas. Los pintores cretenses elaboraron maravillosos frescos policromos en los palacios, reproduciendo con maestría y fidelidad a los delfines en su hábitat. Los delfines que decoran el palacio de Cnossos siguen sorprendiendo por su dinamismo: el delfín en movimiento, con su cola en forma de media luna, la aleta erguida sobre el lomo oscuro y el simpático morro picudo. A los antiguos cretenses estos frescos ejecutados con vivos colores sobre la pared les tuvo que sugerir una imaginaria ventana abierta al mar.


sábado, 23 de mayo de 2015

LAS MONTAÑAS OMNIPRESENTES.



El espacio mediterráneo está devorado por las montañas. Ahí están, llegando a la orilla, abusivas, apiñadas unas contra otras, esqueleto y telón de fondo inevitable de los paisajes. Dificultan la circulación, torturan las carreteras, limitan el espacio reservado a las alegres campiñas, a las ciudades, al trigo, a la vid, incluso al olivo, pues la altitud, tarde o temprano, puede con la actividad de los hombres. Tanto como al mar liberador, pero durante mucho tiempo cargado de peligros y poco o nada utilizado, los hombres del Mediterráneo se han visto abocados a la montaña, donde en general (las excepciones confirman la regla) sólo puede desarrollarse, y mantenerse, Dios sabe como, una vida primitiva. El Mediterráneo de las llanuras, a falta de sitio, se reduce en general a escasas bandas, a unos puñados de tierra cultivada. Más allá, comienzan los senderos escarpados, duros con el paso de los hombres y de los animales.

Es más, el llano, sobre todo cuando alcanza dimensiones importantes, será a menudo el territorio de las aguas sin control. Habrá que arrebatárselo a la marisma hostil. La fortuna de los etruscos se debió, en parte, al arte de sanear las tierras bajas semiinundadas. Evidentemente, cuanto más extensa es la llanura más difícil es el trabajo, más ingrato, más tardío. La desmesurada llanura del Po, donde se precipitan los ríos salvajes que bajan de los Alpes y de los Apeninos, fue tierra de nadie durante casi toda la época prehistórica. El hombre sólo se instalará allí a partir de las ciudades palustres de las Terramaras, hacia el siglo XV antes de Cristo.

En general, la vida brota más espontáneamente en las tierras altas, inmediatamente aprovechables, que al nivel del mar Mediterráneo. Las llanuras sometidas, sólo accesibles al hombre inmerso en sociedades obedientes, nacen del trabajo colectivo y de su eficacia. Son la otra cara de las tierras altas, encaramadas, pobres, libres, con las que establecer un diálogo necesario, aunque temeroso. La llanura se siente, se considera superior; come hasta hartarse, alimentos escogidos; no obstante, no deja de ser una presa, con sus ciudades, sus riquezas, sus tierras feraces, sus caminos abiertos. Telémaco mira con condescendencia a los montañeses del Peloponeso, comedores de bellotas. Lógicamente, Campania o Apulia viven aterrorizadas por los campesinos de los Abrazos, pastores que se abalanzan con sus rebaños sobre las cálidas llanuras al empezar el invierno. A fin de cuentas, los hombres de Campania prefieren el bárbaro romano al bárbaro de las alturas. El servicio que Roma presta a la Italia del Sur, en el siglo III, es reducir a la obediencia y al orden el macizo salvaje y temible de los Abrazos.

El drama de las incursiones montañesas es moneda corriente y podemos encontrarlo en cualquier época, en cualquier región del mar. La vida enfrenta machaconamente a los hombres de las alturas, comedores de bellotas o de castañas, cazadores de animales salvajes, vendedores de pieles, de cuero, de cabezas de ganado, siempre dispuestos a emprender la marcha y emigrar, con las gentes del llano, apegadas a la tierra, sometidos los unos, soberbios los otros, amos de las tierras, de los resortes del poder, de los ejércitos, de las ciudades, de los barcos que recorren los mares. Es el diálogo, aún presente en nuestros días, entre la nieve y el frío de las alturas austeras y las tierras bajas donde florecen los naranjos y las civilizaciones.

En realidad, mucho cambia la cosa de la azotea a la planta baja. Aquí, progresar, allá tratar de vivir. Incluso las cosechas, a unas horas de marcha, no se rigen por el mismo calendario. El trigo, que se esfuerza por subir todo lo que puede, madura dos meses más tarde en las tierras altas que al nivel del mar, así que los accidentes meteorológicos no pueden tener el mismo significado para las cosechas en función de la altitud. Una lluvia tardía en abril o en mayo es una bendición en la montaña y una catástrofe en el llano, donde el trigo casi maduro podría enmohecerse y pudrirse. Estas observaciones son tan válidas para la Creta minoica como para la Siria del siglo XVII después de Cristo, o la Argelia de nuestros días.

F. Braudel "Memorias del Mediterráneo"

domingo, 9 de noviembre de 2014

EL RAPTO DE EUROPA EN UN PLATO GRIEGO



Zeus metamorfoseado en toro rapta a Europa y para poseerla sin ser molestado la trasladó a la isla de Creta. Y en esta isla tuvo su origen la cultura europea mediterránea, vinculada desde el principio con el toro, animal totémico de las tierras bañadas por el Mare Nostrum. 

La cerámica fue el principal soporte para la pintura griega. En este plato, conservado en la Gliptoteka de Munich, sobre fondo blanco, aparece la figura roja de Europa y el toro azabache, representación elegida por Zeus. El plato fue hallado en el interior del Templo de Afaya en Egina 

domingo, 5 de octubre de 2014

MOSAICO DE ARIADNA Y TESEO.



El valeroso Teseo llegó a Creta para liberar del laberinto del Minotauro a la inteligente Ariadna. Este mosaico romano encontrado en Austria ilustra su historia. A la izquierda Ariadna entrega a Teseo la madeja que le permitirá encontrar la salida del laberinto. En el centro del mosaico, que también los es del laberinto, el héroe lucha con el monstruo. Una vez muerto el Minotauro, Teseo siguió el hilo hasta los brazos de Ariadna, y juntos huyen de Creta.  

viernes, 23 de noviembre de 2012

CIVILIZACIÓN DEL EGEO


 A lo largo de toda la historia el mar Egeo se convertirá en el articulador del espacio y principal vía de comunicación de todo el ámbito griego. Con el nombre de Civilización del Egeo nos referimos en conjunto a las culturas prehelénicas antecedentes de lo que será el Mundo Griego. Durante más de mil años se van a suceder la Cultura Cicládica, la Cultura Minoica y la Civilización Micénica; se trata de tres de las culturas históricas plenamente europeas más antiguas.


Los rapsodas y poetas griegos, y más adelante los escritores de la Grecia Clásica, hacían referencia una y otra vez a un legendario pasado remoto, la "Edad de los Héroes", para referirse a estas Civilizaciones del Egeo. Mas no será hasta finales del siglo XIX, cuando gracias a excavaciones y hallazgos arqueológicos, de lugares hastas entonces legendarios, como Troya, Micenas, o Cnossos, empecemos a tener datos más concretos y fidedignos de este período prehelénico.


Gracias a la arqueología se han conseguido pruebas materiales de una progresión cultural en la zona, que iría desde los últimos siglos del Neolítico hasta la Edad del Bronce, que comienza aproximadamente hacia el año 3000 a.C., y de la que podemos indicar tres fases:


Bronce Primitivo.
Hacia el 3000 a.C. aparecen en el Egeo pueblos que procedían del Asia Menor y portaban armas y objetos de bronce, poblando Creta y las Cícladas.


Bronce Medio
Entre 2200-1800 a.C. otra ola de pobladores indoeuropeos se asentaron en la zona, dando origen en Creta a la Civilización Minoica.


Bronce Final.
Durante el bronce final se desarrolló la floreciente Civilización Micénica.


Poco después del año 1.200 a.C. se produjo el derrumbe definitivo de la Civilización Egea, con la caída de Micenas, multitud de estudios e hipótesis intentan explicar el fenómeno, siendo la invasión de los dorios y algunos desastres naturales, como erupciones volcánicas, las más aceptadas hasta la fecha. Personalmente no creo que un acontecimiento de tales magnitudes sea debido a un único factor explicativo, más bien es un cúmulo de causas, llegada de los dorios, comienzo de la Edad del Hierro, problemas internos, competencia económica, los propios desastres naturales, etc... las que provocaron el fin de la Civilización del Egeo, y el comienzo de la "Dark Age" - Edad Oscura - en Grecia.

jueves, 24 de mayo de 2012

CIDONES


"...las llevó hasta Creta, donde habitaban los cidones..."
Homero. Odisea III, 292.

Restos de la antigua Cidonia.

Los cidones aparecen como los primeros habitantes de la isla de Creta, que fueron arrinconados a los extremos más agrestes de la isla, con la irrupción violenta de los dorios.

"Los eginetas enviaron colonos a Cidonia, lugar de Creta"
Estrabón VIII, 6, 16.

"Estáfilo afirma que los dorios ocupaban la parte oriental, los cidones la occidental".
Estrabón X, 4, 6.

El mismo Estrabón nos cita una ciudad de los cidones, Cidonia, que debemos contemplar quizás como su capital.

"Cidonia se levanta a orillas del mar mirando hacia Laconia"
Estrabón X, 4, 13.

Plinio (IV, 59) en su enumeración de las principales ciudades de Creta, también nos menciona Cidonia.    






                                               
   
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