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miércoles, 10 de junio de 2015

LEONOR I DE NAVARRA, LA REINA EFÍMERA.



Los últimos años del siglo XV y las primeras décadas de la siguiente centuria son, a buen seguro, lo más convulsos y trascendentales de toda la historia de Navarra. En 1479 murió Juan II de Aragón. Su hijo Fernando heredó Aragón y su hija Leonor, Navarra.

Leonor de Foix era la hija menor de Juan y de su primera esposa, Blanca de Navarra. El calcularo Juan la nombró heredera a cambio del apoyo de su marido, Gastón IV conde de Foix, en las incómodas revueltas catalanas. Pero Leonor, ojito derecho de su padre, tuvo que heredar de él buena parte de su carga genética, ya que también puso su granito de arena para allanarse el camino hasta el trono, en forma de veneno que utilizó para quitarse de enmedio a su hermana mayor, Blanca, que la antecedía en la línea sucesoria.


Cuando llegó al trono Leonor ya era viuda, había perdido a su hijo Gastón, que sin embargo, le había dejado un heredero joven y hermoso en la figura de su nieto Francisco el Febo. No obstante, el reinado de Leonor fue como un suspiro, coronada en Tudela en enero de 1479, falleció dos semanas después. Su reinado no llegó a ver la primavera.  

martes, 9 de junio de 2015

CARLOS, EL PRÍNCIPE DE VIANA.



Carlos, Príncipe de Viana, hijo de Blanca de Navarra y de Juan de Aragón, el testamento de su madre le dejó con el culo al aire y enfrentado a su padre. Blanca era reina legítima de Navarra, Juan simplemente el consorte, y Carlos el heredero. Pero Blanca, antes de morir quiso embrollar un poco la cosa, y dejó escrito que Carlos no tomase la corona sin el consentimiento de su padre. Y claro, ellos, tan machos y masculinos, arreglaron las cosas de la única manera que saben hacerlo los hombres, a tortas. Una enemistad que alcanzó odio visceral cuando Juan contrajo nuevas nupcias con Juana Enríquez. Por tanto, el pequeño reino navarro se vio enfrascado en una guerra civil, con el clan de los beaumonteses y el condestable castellano Álvaro de Luna apoyando al hijo, y los agramonteses al padre. Además de por ser hijo desobediente que nunca quiso doblegarse ante su ambicioso padre, y conformarse simplemente con ser lugarteniente del reino, Carlos de Viana, que había recibido esmerada educación en la corte de Olite, en la que puso especial interés su abuelo Carlos III, destacó como mecenas y promotor de las artes. Vamos un auténtico príncipe del Renacimiento. Pero se topó con un mal rival. El ejército de Carlos cayó derrotado en la batalla de Aibar en 1451 y a partir de ahí no pararon las desgracias. Fue prisionero de su padre durante dos años, y más tarde desheredado. Viajó a Nápoles a pedir ayuda a su tío Alfonso V, y casi no lo ve con vida. Intentó arreglar un matrimonio con la infanta de Castilla Isabel (futura reina Católica) pero Juan II tenía un candidato mejor, el hermanastro de Carlos, Fernando (que acabaría llevándose a Isabel al huerto). La estrella de Carlos se iba apagando irremediablemente, pero aún así decidió jugar una última carta. En 1461, en medio del descontento y los disturbios que asolaban Barcelona por el enfrentamiento entre la biga y la busca, Carlos se personó en la ciudad condal, y los catalanes sublevados contra el rey Juan, lo convirtieron en el estandarte de su lucha. Mas el destino no tenía prevista la gloria para el Príncipa de Viana, y en septiembre de ese mismo año murió de tuberculosis en el Palacio Real de Barcelona. Nunca faltaron las sospechas de que su muerte fue debida al veneno. Ni de que su madrastra Juana Enríquez estaba detrás de la maniobra.

jueves, 4 de junio de 2015

BLANCA I DE NAVARRA



Onecca Fortúnez, Toda, Urraca, Juana I, Navarra ha sido cuna de grandes mujeres, y por ende de grandes reinas, y Blanca I no desmerece en absoluto de esta tradición, aunque es cierto, que su actuación en lo relativo a su testamento vital, es cuanto menos, cuestionable y origen de una controvertido debate.

Segunda hija de Carlos III el Noble, uno de los monarcas más queridos en la historia de Navarra, y de Leonor de Trastámara, Blanca se convirtió pronto en una pieza más del engranaje que hacen funcionar la entrevesada política matrimonial de la época. Su padre la prometió a Martín el Joven, heredero de Aragón (su padre era Martín I el Humano) y rey de Sicilia. La joven infanta se oponía al enlace, y para quebrar su voluntad, el rey Carlos consideró recluirla en un solitario castillo en medio de las inhóspitas Bárdenas Reales. Aislada del mundo, Blanca cambió de idea y accedió al matromonio. Se mudó a Sicilia, y cambió las frías tierras navarras por las soleadas playas del mar Mediterráneo.

De entrada, la princesa navarra, no contó con el apoyo en la corte, algo muy lógico si pensamos que venía a sustituir a la reina legítima, y apenas tenía influencia en los asuntos relevantes, pero Blanca era obstinada y consciente de su posición, y en ocasión de una prolongada ausencia de su esposo, no tuvo inconveniente en ejercer la regencia con la prestanza y la fortaleza necesarias.

Tres muertes, más o menos sucesivas, iban a marcar la vida de Blanca. Primero muere su esposo (que no llegó a convertirse en rey de Aragón) aunque ella seguirá siendo regente de Sicilia, apadrinada por su suegro. Pero su suegro no tardaría en morir, dejando además un vacío de poder en la Corona de Aragón y convocados los compromisarios en Caspe deciden coronar a Fernado de Antequera, que no tardará en lanzarse a dominar el Reino de Sicilia. Finalmente fallece su hermana mayor, Juana, la que deja a Blanca como legítima heredera del Reino de Navarra. Su padre no tardó en reclamarla a su lado, y en 1415 tras más de una década morando en Sicilia, abandonará la isla para no regresar jamás.

Las Cortes de Olite la confirman como legítima heredera y poco después se anuncia su boda con el infante de Aragón, futuro Juan II, celebrándose la boda en Pamplona, como manda la tradición, en la iglesia de la novia.

Blanca era una apetecible viuda madurita de 35 años y Juan un apuesto y fogoso joven de 22 años, y a pesar de la evidente diferencia de edad, parece ser que se impuso el fuerte carácter del aragonés. Una vez oficializado el enlace, Blanca y Juan se metieron en la cama y su pusieron manos a la obra, había que engendrar un heredero. Unos meses después nacía Carlos, para el que su abuelo materno creo un nuevo título, Príncipe de Viana.
La historia se refiere a Blanca como residente habitual del maravilloso palacio de Olite, poseedora de una religiosidad exaltada, rozando el misticismo, y con fuertes tendencias hacia las peregrinaciones piadosas y la entrega y ayuda a los más necesitados.

En septiembre del año 1425 moría en Olite, sede de la Corte, Carlos III y doña Blanca se convertía en Reina de Navarra, pero debido a las injerencias e intereses de Juan en Castilla, la coronación se pospuso hasta el domingo de Pentecostés de 1429, ceremonia celebrada en la Catedral de Pamplona, cuya nave central está presidida por los inmaculados sepulcros de los padres de Blanca.

La actuación de Blanca I de Navarra ha generado debates y controversias sin solución. Para la historiografía tradicional, su fragilidad de carácter, el desinterés por los asuntos políticos, y el actuar cegada por el amor, dejaron las riendas de Navarra en manos de su ambicioso esposo, que incluso llegó a perder territorios en favor de Castilla, como inevitable consecuencia de la intromisión de Juan en los asuntos meseteños.
Sin embargo, si tratamos de olvidar tópicos y desterrar clichés, y realizamos un análisis mása profundo del contexto (yo y mis circunstancias), es posible encontrar sustento a otras explicaciones e hipótesis, que quizás, solo quizás, se acerquen un poco más a la verdad. Blanca recibirá un reino amarrado irremediablemente a una serie de compromisos ineludibles, de tal forma que Castilla, Aragón y Navarra, funcionarían como un todo, una madeja donde quedan enredados los destinos de los tres reinos. Lo que ocurra en algunas de sus partes, acabará influeyendo, de una u otra forma, y con más o menos intensidad, en el resto. Todo este entramado había sido dibujado por su padre mucho tiempo atrás, y gracias a esta actuación, pudo enderezar el rumbo de un reino que zozobraba en manos de su abuelo Carlos II.

La ciencia histórica, a la que tanto cuesta dejar atrás la tradición, ha presentado a la reina Blanca como némesis de Juan II, por otra parte, una de las personalidades más arrolladoras del siglo XV occidental. Un carácter que heredará su hijo Fernado el Católico. De cualquier modo, Blanca era la reina propietaria y legítima, y Juan únicamente el consorte, por tanto, siempre va a necesitar de una cobertura legal. Sin perder de vista tampoco, el bagaje político que fue ganando la reina durante su estancia en la corte siciliana, donde nunca lo tuvo fácil, y tuvo que superar toda una serie de circunstancias adversas. Por tanto, y para alcanzar a comprender la realidad política del Reino de Navarra en estos momentos es necesario desestimar el tópico de un rey Juan haciendo lo que le salía de las pelotas, sus actuaciones debían estar rubricadas por la firma de Blanca.

Posiblemente el mayor de los debates gira en torno al testamento de la reina, un testamento que originó una guerra civil entre su hijo Carlos, y su viudo, Juan II. La peor decisión que puede tomar una madre es lanzar a su hijo contra su propio padre, como hizo Gea con Urano y Cronos. Según las capitulaciones matrimoniales su hijo Carlos, debía heredar el Reino a la muerte de Blanca Sin embargo, y aquí está el quid de la cuestión, la reina pedía a su hijo que no tomara la Corona de Aragón sin el consentimiento de su padre, una decisión que convertía en la práctica, a Juan II en lugarteniente de Navarra.

¿Fue el amor por su marido lo que impulsó a Blanca a tomar esta determinación? o ¿por el contrario una avispada madre intuyó el peligro que suponía cercenar el poder de Juan II?. No podemos perder de vista que Carlos era también heredero en Aragón, y alejar a Juan del trono navarro, significaba debilitar la posición de Aragón frente a Francia y Castilla. ¿Fue Blanca una pitonisa que veía inevitable la fusión de las tres coronas?. Nunca lo sabremos.


En 1441, un día después se celebrar la boda de su hija, también llamada Blanca, con el heredero castellano, futuro Enrique IV, la Reina fallecía mientras participaba en una romería en honor de la Virgen de Soterraña, recibiendo cristiana sepultura en Santa María de Nieva. Del mismo modo que su primogénito Carlos nunca se convirtió en rey de Navarra, su hija Blanca tampoco llegó a ser reina en Castilla, pues su esposo la repudió una año antes de ser proclamado rey.  

domingo, 31 de mayo de 2015

RECINTO AMURALLADO DE RADA.



Resulta extremadamente complicado hacer desaparecer una ciudad de la faz de la tierra. El fuego y la artillería pueden barrer parapetos e incendiar techumbres, espadas y fusiles abonan la tierra con los cuerpos de sus habitantes, los cronistas e historiadores borran sus nombres de los libros y los registros; pero las piedras siguen en pie. Algo así debió ocurrir con Rada, fue arrasada, pero sus ruinas siguen ahí, recitando una letanía que el viento arrastra, cruzando impertérrita los campos y páramos de la Ribera navarra.


Sobre un aislado y solitario cerro, a 341 metros de altura, Rada, una villa de 12.500 metros cuadrados, desempeñó un destacado papel estratégico en el entramado defensivo meridional del Reino Medieval de Navarra. Desde el lugar donde se levantaba el torreón se domina una extensa llanura, inabarcable de una sola mirada, y es posible divisar numerosos enclaves: Caparroso, Olite, Ujué, Tafalla, Santacara y las Bárdenas Reales.


Situados ya en época plenamente cristiana, en una fecha próxima al siglo XI, existe registro documental de una atalaya defensiva, frente a la sempiterna amenaza musulmana. Llegado el siglo XIII el problema ya no era el Islam, sino dos molestos (y ambiciosos) vecinos, Castilla y Aragón. Y en estas circunstancias Rada fue consolidando su ventajosa posición.


Poco a poco, sin estridencias ni precipitaciones impropias de la evolución histórica, un destacado núcleo de población se fue desarrollando en el interior del recinto delimitado por murallas, aunque también existían viviendas diseminadas por el cerro. Una modesta comunidad que ocupaba más de setenta viviendas, se organizaban alrededor de una pequeña iglesia románica del siglo XI, y un cementerio de reducidas dimensiones.


Rada era un señorío laico, cuya autoridad era ejercida por un señor, primeramente del linaje de los Rada y después los Mauleón. En los complicados equilibrios de poder, el monarca, siempre receloso de los nobles, debía intentar por todos los medios, asegurarse su lealtad.


En los años finales del siglo XIII, villa y castillo fueron incorporados por la corona, en virtud de una acuerdo alcanzado con Enrique I. En 1307 el rey Luis Hutin cedio el castillo y la villa a Ojer de Mauleón (a cambio del castillo de Mauleón) permaneciendo Rada unida a este linaje hasta su trágico final.


El rey debía velar, en última instancia, por la defensa de su reino, aunque fuese de manera indirecta. A lo largo del siglo XIV el pequeño castillo sufrió tal deterioro, que en 1364 Carlos II, tuvo que destinar una importante partida económica para su reparación y puesta a punto.

Durante el siglo XV, Navarra vivió convulsionada por las tensas relaciones con la Corona de Castilla, y sobretodo por el estallido de una guerra civil a la muerte de la Reina Blanca. El motivo, la cuestión sucesoria. Los beaumonteses apoyaban a Carlos, Príncipe de Viana, como candidato al trono, mientras que los agramonteses, eran partidarios de su padre, Juan II.

Rada decidió apoyar al bando perdedor. En 1455 por orden de Juan II, el caudillo agramontés, Mosén Martín de Peralta puso cerco, asedió, conquistó y arrasó la ciudad, no dejando piedra sobre piedra, y entregándola al fuego y al saqueo. Solo se salvó la iglesia de San Nicolás. El viento, las lluvias y las tormentas hicieron el resto.


En 1462, Carlos murió de tuberculosis (o envenenado) y el rey Juan ablandó su corazón y decidió mostrarse magnánimo, perdonando a sus partidarios. Eso sí, no pudo resucitar a los que habían muerto. Concedió licencia a los habitantes de Rada para que pudiesen recuperar sus heredades. Fue un intento infructuoso, Rada agonizaba y se había abandonado a una muerte segura. La reconstrucción del poblado se hizo imposible, continuamente frenada por la propia corona, legando a la posteridad un enclave para la fantasía y la pesadilla.

En 1492, un año de gran relevancia para la España Invertebrada, Tristán de Mauleón, señor de Rada en el momento, vendió el desolado, que permaneció olvidado y descarnado en manos privadas, que nunca tuvieron claro que hacer con él. Quizás los fantasmas del pasado impidieron cualquier actuación. En 1981, cuando soplaban vientos de cambio en España - cuarenta años más tarde que en Europa Occidental - fue donado al gobierno de Navarra, que proyectó su recuperación y puesta en valor, comenzando las campañas de excavación en 1984.



En el lado oriental del recinto se ubica la única puerta identificada, de la que se conservan cuatro sillares perfectamente tallados. En el exterior es posible distinguir tres escalones que comunicarían el camino de acceso a Rada con la puerta de entrada que conduce a la calle de la Ermita.


Muy posiblemente habría otra puerta en el lado norte, coincidiendo con el acceso actual al yacimiento, que comunicaría el exterior directamente con la principal vía del poblado.



Todas las ciudades, de cualquier época, tienen una vía principal, en Rada se conoce como la Calle de la Ermita, y pudo actuar como eje vertebrador de la actividad de la población, pues cruza el asentamiento longitudinalmente y además tiene intersecciones con el resto de calles.


Cuatro calles estrechas (2 -3 metros) estructuran el área de habitabilidad en el interior del recinto, y en torno a ellas se van distribuyendo los edificios del poblado, que serían bastante humildes. Eran casas de dos plantas, de piedra, con los suelos de tierra batida mezclada con cal y cubiertas de madera, ramas y tejas.


La iglesia, más bien de ermita, de San Nicolás, es un coqueto edificio románico del siglo XI con espadaña, construido con gruesos sillares. Posee dos entradas, que permiten penetrar a un interior sobriamente decorado, en el que se distingue una planta rectangular de una nave de tres tramos que culmina en ábside semicircular.


Los poderes comparten espacio, para vigilarse muy de cerca, de tal forma que la Casa del Tenente, se ubica junto a la Iglesia. Es un auténtico complejo constructivo formado por seis habitaciones, cinco de los cuales están comunicadas entre sí. Se trata de una construcción diferente al resto, con unos 270 metros de superficie y con un único acceso a la Calle de la Ermita.

Su situación estratégica, entre la iglesia y la entrada oriental, en la esquina donde convergen las dos calles más importantes, y la protección que le prestan la iglesia, las murallas y un tramo del edificio, hacen suponer que se trata de la casa del Tenente o Gobernador, representante del rey en esta zona.


Justo en la esquina, una estancia independiente de las demás, con acceso propio, que ha sido interpretada como un puesto de guarida, desde el que era posible controlar ambas calles, e incluso yendo un poco más allá, la entrada misma al cerco.


Junto a la iglesia, en el lado sur, se sitúa la necrópolis, la ciudad de los muertos. Recuerdo de una época en que no era necesario sacar a los muertos de la ciudad de los vivos. Durante las excavaciones arqueológicas se han exhumado unos ochenta individuos, entre niños, jóvenes y adultos.

La mayoría de estos enterramientos no presentan ajuar, salvo alguna anilla, un puñal y una hebilla de cinturón. Por otro lado existe una gran variedad tipológica de enterramientos, individuales que conservan posición anatómica, otros a los que se han añadido restos de otros individuos, enterramientos dobles, fosas utilizadas como osarios.


Brilla el sol, pero hace frío mientras paseamos por las derruidas calles de Rada y encontramos las ruinas de una vivienda de dos pisos y planta rectangular, reconstruida con muros de mampostería en la parte inferior. La puerta de entrada se abre a la Calle de la Ermita, y el suelo de la vivienda estaba formado por roca caliza cubierta por una capa de tierra batida.


En el interior se ha localizado el resto de un hogar y de una columna central que sustentaba el segundo piso, la que se accedía por una escalera de obra. El segundo piso se construía con madera y solía ser el dormitorio familiar.


En la zona oeste del poblado nos encontramos con un abigarrado grupo de viviendas que se abren a la calle, formando una línea quebrada.


Imprescindible para el abastecimiento de agua de los habitantes del poblado, el aljibe es una enorme cisterna donde se almacena el grupo de lluvia. El aljibe de Rada, excavado en la roca, y con una profundidad de 3'5 metros, tiene una capacidad de cien metros cúbicos. La parte superior está construida con hileras de sillares y este depósito debía ser comunal y se destinaba al consumo y suministro de toda la población y de los animales. Era la única forma de proveer de agua al poblado.


El donjón o torreón es el más destacado de los paramentos defensivos de Rada. Presenta planta circular y conserva tres metros y medio de altura, aunque se calcula que bien pudo alcanzar los quince metros. Un foso rodea uno de los flancos acentuando su carácter defensivo y aislándola del resto de la fortificación.


Concebida como una torre almenara, aislada del resto de la fortificación por un foso, cumplía funciones de defensa y vigilancia. Desde esta torre era posible comunicare mediante señales luminosas o de humo con otras torres, o lugares visibles como Ujué, Peralta o Marcilla, cubriendo con eficacia la línea defensiva del acceso a Pamplona desde el sur.


Otra hipótesis lo identifica con un donjón, con función claramente defensiva, que se convertiría, cuando las circunstancias obligasen a ello, en último refugio y reducto de resistencia en caso de ataque. El acceso se situaba a media altura y no presenta unidad residencial, sino que estaba destinado a uso de guarnición y arsenal.



La muralla que protege y delimita la ciudad medieval, se asienta en el borde de una plataforma caliza que cubre el cerro donde se asienta Rada. Únicamente se mantiene en pie un lienzo de la muralla con dirección N-S, de unos cien metros de longitud, y que presenta restos de dos bestorres, a saber, torres abiertas por la gola que apenas sobresalen en el exterior. En esta parte, precisamente la más accesible del cerro, la muralla tendría al menos tres plantas de altura.


Existen determinados lugares que se resisten a morir, a pesar de flotar a la deriva arrastrados por la corriente, al igual que sucede con algunas personas. El Desolado de Rada es sin duda alguna, uno de esos lugares. Consciente de la brevedad engañosa de la vida, que diría Góngora, el Ser Humano lleva toda su existencia (como especie) intentando guardar su pasado, contar su historia, alcanzar la eternidad y trascender en el tiempo a través de la piedra. La piedra ha demostrado ser más veraz, certera e invulnerable que la propia historia escrita y la tradición oral. Cuevas, dólmenes, menhires, pirámides, iglesias, y castillos están ahí. Habría que sumarles las modernas estructuras de hormigón y acero. Pero creo que no es lo mismo, me parece que el hormigón armado no transmite las mismas sensaciones que la piedra, debido quizá a ser menos erosionable, más inmutable y carente de personalidad. Entonces !horror¡, dejamos de utilizar la piedra, la sustituimos por la fibra, el plástico y el hormigón. ¿Significa esto el fin de la historia? ¿Hablarán de nosotros en el futuro como la Edad sin Historia? ¿Pueden los bits conservar la memoria de nuestra historia de igual manera que lo hacen las piedras? Existían megalitos, petroglifos y pinturas rupestres hace varios milenios, ¿habrá ordenadores dentro de 20.000 años?. El ser humano abandonó la senda de la Naturaleza, y más temprano que tarde, pagará su error. Menhir, dolmen, venus, verracos, esculturas, ermitas, castillos, iglesias, pallozas, castros, bancos, adoquines, bifaces, mampostería....siempre buscamos piedras para conocer la historia de nuestros ancestros, que nunca olvidemos es la nuestra misma, ¿qué buscarán en el futuro para conocer nuestro mundo?...ipods, tablets, ordenadores, teléfonos...en nuestra sociedad de lo efímero, también nosotros nos hemos vuelto de tal condición. Posiblmente nadie entienda mis palabras en su sentido más amplio y profundo, salvo las mentes más inquietas, los espíritus más críticos e inconformistas, y algún que otro personaje avispado e inteligente, pero me parece que en la era de internet, el ser humano está desarrollando una velocidad vital antinatural y unos patrones de comportamiento antivitales. Y las consecuencias las vamos a pagar.


Hasta los fantasmas hace tiempo que abandonaron este descampado, pero las piedras, siempre las piedras, continúan ahí, guardando la memoria, celosas de las Historia. Y cuando el último navarro olvide el nombre de Rada, ellas permanecerán en el cerro, amnésicas, pero vivas.




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