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lunes, 19 de diciembre de 2016

JANIN LOMME DE TOURNAI.



Al atravesar la puerta de entrada de la catedral de Pamplona y pasar a su interior, lo primero que llama la atención son los sepulcros góticos que presiden, a los pies del altar, la nave principal. Se trata del rey de Navarra Carlos III el Bueno y su esposa Leonor de Trastámara.


El autor de esta obra es el escultor Janin de Lome que conoció a Carlos III mientras viajaba por sus posesiones francesas en Evreux. Janin se trasladó a Navarra para trabajar como escultor y ser maestro de obras en el palacio – fortaleza de Olite.

Su estilo escultórico estaba fuertemente influenciado por el trabajo de Claus Sluter, en especial por la talla de monjes encapuchados – piorantes – en la parte inferior de los sepulcros.


sábado, 28 de mayo de 2016

VILLA DE MARCILLA



Una villa señorial en la Ribera navarra, un típico pueblo de llanura, presidido por un castillo cuadrangular gótico tardío, alrededor del cual se va extendiendo la población, con viviendas, iglesias, tiendas y palacetes. La sensación en esta tierra es que nos encontramos en la Mancha, fácil es imaginar a Don Quijote y a su fiel escudero vagabundeando por estos lares.


El noble mosén Pierre de Peralta, líder del bando de los agromonteses, levantó el castillo gótico, que domina el centro de la población, hacia 1420 durante los últimos años del reinado de Carlos III el Noble. El foso que lo rodea es algo posterior, de la época en que Fernando de Aragón había anexionado el Reino de Navarra. Una tradición dice que en el castillo se custodió durante un tiempo la Tizona, una de las espadas del Cid Campeador.


Más residencia que fortaleza, el castillo de Marcilla cumplía una función de prestigio social y de disuasión ante posibles vecinos levantiscos y clanes rivales. Por cierto, a tenor del número de fortalezas, atalayas, murallas e iglesias y casas fortificadas, Navarra también podría haberse llamado Castilla.




martes, 9 de junio de 2015

CARLOS, EL PRÍNCIPE DE VIANA.



Carlos, Príncipe de Viana, hijo de Blanca de Navarra y de Juan de Aragón, el testamento de su madre le dejó con el culo al aire y enfrentado a su padre. Blanca era reina legítima de Navarra, Juan simplemente el consorte, y Carlos el heredero. Pero Blanca, antes de morir quiso embrollar un poco la cosa, y dejó escrito que Carlos no tomase la corona sin el consentimiento de su padre. Y claro, ellos, tan machos y masculinos, arreglaron las cosas de la única manera que saben hacerlo los hombres, a tortas. Una enemistad que alcanzó odio visceral cuando Juan contrajo nuevas nupcias con Juana Enríquez. Por tanto, el pequeño reino navarro se vio enfrascado en una guerra civil, con el clan de los beaumonteses y el condestable castellano Álvaro de Luna apoyando al hijo, y los agramonteses al padre. Además de por ser hijo desobediente que nunca quiso doblegarse ante su ambicioso padre, y conformarse simplemente con ser lugarteniente del reino, Carlos de Viana, que había recibido esmerada educación en la corte de Olite, en la que puso especial interés su abuelo Carlos III, destacó como mecenas y promotor de las artes. Vamos un auténtico príncipe del Renacimiento. Pero se topó con un mal rival. El ejército de Carlos cayó derrotado en la batalla de Aibar en 1451 y a partir de ahí no pararon las desgracias. Fue prisionero de su padre durante dos años, y más tarde desheredado. Viajó a Nápoles a pedir ayuda a su tío Alfonso V, y casi no lo ve con vida. Intentó arreglar un matrimonio con la infanta de Castilla Isabel (futura reina Católica) pero Juan II tenía un candidato mejor, el hermanastro de Carlos, Fernando (que acabaría llevándose a Isabel al huerto). La estrella de Carlos se iba apagando irremediablemente, pero aún así decidió jugar una última carta. En 1461, en medio del descontento y los disturbios que asolaban Barcelona por el enfrentamiento entre la biga y la busca, Carlos se personó en la ciudad condal, y los catalanes sublevados contra el rey Juan, lo convirtieron en el estandarte de su lucha. Mas el destino no tenía prevista la gloria para el Príncipa de Viana, y en septiembre de ese mismo año murió de tuberculosis en el Palacio Real de Barcelona. Nunca faltaron las sospechas de que su muerte fue debida al veneno. Ni de que su madrastra Juana Enríquez estaba detrás de la maniobra.

martes, 19 de mayo de 2015

CARLOS III "EL NOBLE", REY DE NAVARRA.



Su tumba, labrada con gusto exquisito junto a la de su esposa Leonor, preside la nave principal de la Catedral de Pamplona, de la misma forma que una solemne estatua suya nos da la bienvenida a la Plaza del Castillo, en el corazón vivo de la capital navarra. Lo volví a encontrar en una pequeña rotonda en Tafalla y en una plaza de Tudela. Precisamente en la capital de la Ribera la comparsa Perrinche saca en cabalgata a un gigante que representa a este rey. Carlos III, conocido como "el Noble" es uno de los reyes más querido, recordado y homenajeado de la Historia de Navarra, y es que cuando este monarca se sentó en el trono, volvió la tranquilidad y la prosperidad al Reino, después de unos aciagos y turbulentos años.


Carlos III, hijo de Carlos II el Malo, y Juana de Valois, hija del rey francés Jean le Bon, fue coronado rey de Navarra en la Catedral de Pamplona en 1390, en una ceremonia oficiada por el futuro Papa Luna (o antipapa según se lea). En un contexto de relativa paz exterior, de crisis económica y de creciente aristocratización de la sociedad, el nuevo monarca desarrolló, sin grandes aspavientos, una política acorde a las circunstancias del momento.

Siendo aún un infante, su padre lo envió al frente de una embajada a la corte de Carlos V, pero el rey francés lo apresó y el monarca navarro tuvo que ceder los territorios ultrapirenaicos de Navarra. El joven Carlos comenzó bien joven a aprender como funcionan los resortes del poder político y que era más seguro, para su propia integridad, no meterse en camisas de once varas.


En 1375 se casó con Leonor de Trastámara, la hija de Enrique II, con lo que se ponía fin a la disputa entre ambos reinos, consiguiendo además una valiosa aliada, pues Castilla era el reino peninsular hegemónico del momento. A la muerte de su padre, abandonó la corte castellana y se aposentó en Navarra dispuesto a reinar. Y a reinar bien. En lugar de enfrentarse en farragosos luchas dinásticas se dedicó por entero a su propio reino, ese mismo, al que ninguno de sus antepasados franceses (empezando por su propio padre) hicieron nunca mucho caso.


Diametralmente opuesto a su padre (como nos gusta a todos los hijos) el desquiciado Carlos II, empeñado (sin fundamento) en ser rey de Francia, gracias a su talante conciliador y a sus escasas (o nulas) ambiciones territoriales, consiguió el respeto de los monarcas coetáneos. Intentó mantener relaciones con todos, Francia, Inglaterra, Aragón y Castilla, y cuando las circunstancias así lo requerían también mostró su apoyo al Papado de Avignon.

Al contrario que su polémico padre, Carlos III mantuvo estrechas relaciones con Castilla, a la que apoyó en la Guerra de Granada. Además su cuñado Juan I, devolvió algunas de las plazas arrebatadas a su padre. El abandono de los proyectos expansionistas de su predecesor, le posibilitó el alejamiento de Francia y la revalorización de la Casa de Evreux como dinastía reinante en Navarra, y materializó el acercamiento (y la amistad) con Aragón a través de una activa política matrimonial.

Reconoció la autoridad del papa de Avignon Clemente VII y a su sucesor, el aragonés Pedro Luna, al que prestó su apoyo hasta que el Concilio de Constanza puso fin al Cisma de Occidente. A partir de este momento, y en consonancia con el resto de reinos cristianos, reconoció al nuevo sumo pontífice, Martín V. Otro hecho más que demuestra que Carlos III sabía perfectamente nadar a favor de corriente.


Carlos y Leonor tuvieron seis hijas y dos hijos, pero los varones murieron siendo niños. Sin herederos en el horizonte, y siguiendo una política de alianzas matrimoniales, Carlos casó a su hija mayor Juana con el primogénito de los condes de Foix, pero al morir prematuramente, la segunda hija Blanca, se convirtió en heredera. Viuda de su primer marido, Martín de Sicilia, Blanca contrajo matrimonio con el infante Juan, hijo de Fernando de Antequera y futuro rey Juan II de Aragón. Según lo acordado en las capitulaciones matrimoniales el trono de Navarra sería para Blanca y sus descendientes, pero eso, es otra historia.


Carlos III, rey de la diplomacia y garante de la paz, acometió serias reformas en la administración del reino, creo la Corte o Tribunal Supremo y construyó nuevos canales para garantizar el abastecimiento de las ciudades y el riego de los campos. Otorgó una legislación unificada para Pamplona (1423) el Privilegio de la Unión, en virtud de la cual, los tres burgos (o barrios) que formaban la Pamplona medieval - Navarrería, San Cernín y San Nicolás - y que poseían legislaciones diferentes, quedaron unidos en una única ciudad con una ley común para todos. Como parte de esta reforma administrativa instituyó el título de "Príncipe de Viana" para concedérselo al heredero del reino.


El noble rey destacó además como promotor de las artes y de la cultura, acometiendo, entre otras obras, la reconstrucción en estilo gótico de la Catedral de Pamplona, y creó una orden de caballería de contenido más honorífico que militar a la que llamó "Orden de Caballería del Lebrel Blanco".

Carlos III instaló su corte en la pequeña villa de Olite, reformando totalmente el antiguo palacio donde habían residido los Teobaldo. Esta reforma convirtió el Palacio de Olite en un ejemplo ideal de la arquitectura gótica, una obra de ensueño dibujada por la mente más creativa. Si pensais en un castillo de cuento, ese es el de Olite. Su esposa Leonor, cuando se estableció en Navarra cayó en un profundo estado de melancolía y decidió volver al hogar familiar junto a su hermano Juan I, que no puso reparos en hacerse cargo de sus sobrinas. Leonor no regresó a Olite hasta 1395.


Desde el año 1997, el gobierno de Navarra entrega la Cruz de Carlos III, una condecoración que resalta y reconoce públicamente los méritos de personas y entidades que han contribuido al progreso de Navarra y a su proyección exterior (La nobleza sigue más viva que nunca).


Considerado uno de los monarcas más notables de la monarquía navarra, capaz de mantener relaciones cordiales con sus vecinos, preocupado por la prosperidad de un territorio, su largo reinado finalizó en 1425, cuando aquejado de gota, falleció en Tafalla. Fue inhumado en la Catedral de Pamplona, y como símbolo de su afortunado reinado nos queda su sepulcro, una auténtica joya de la escultura funeraria gótica.  

viernes, 13 de febrero de 2015

IGLESIA FORTALEZA DE UJUÉ.




La iglesia-fortaleza de Ujué es uno de los conjuntos medievales más singulares de toda la geografía navara, una histórica villa que ha sabido conservar su aspecto original. Enriscada en lo alto de una sierra, semejante a un nido de rapaz. Esta sierra de Ujué marca el límite meridional de la Navarra montañosa.

“Al terminar la Edad Media muchos de los grandes templos de la Península adoptaban el aspecto de aguerridos baluartes, resultando muy paradójica esta imagen militar con las pías funciones a las que estaban destinados. Remodelaciones acomodándose al devenir de los estilos modernos y, sobre todo, restauraciones supuestamente puristas llevadas a cabo desde el siglo XIX han hecho desaparecer el aspecto de fortificación en la mayoría de los templos.

En las iglesias altomedievales las formas de arquitectura militar responden a un intencionado lenguaje simbólico, que terminará por perder estas connotaciones bélicas e integrarse en un léxico característico de los edificios religiosos. Llegará un momento que el símbolo dará paso a la realidad. Las implicaciones del clero secular y regular en los conflictos de la sociedad obligarán a que catedrales, parroquias o iglesias monasteriales adopten formas encastilladas muy diferentes a supuestos aspectos teóricos de la arquitectura templaria de su época. El interés por una iglesia integrada en las murallas de la ciudad o del barrio, constituyendo un bastión fundamental en la forticación urbana, siendo reducto de defensa de los vecinos o de los derechos del señor feudal, tanto el obispo como el abad, llevan a los constructores a edificar un alcanzar antes que un cimborrio, una torre para la "máquina de guerra" mejor que una tums signorum. Por todas estas circunstancias, las "restauraciones puristas", muchas veces, no se corresponden con la realidad arquitectónica del monumento”.
Isidro G. Bango Torviso. “El verdadero significado del aspecto
de los edificios. De lo simbólico a la realidad funcional. La iglesia encastillada”.



Sus orígenes se remontan al siglo X y pronto se convirtió en una avanzadilla cristiana frente a los musulmanes de la Ribera de Tudela. Desde el siglo XIII fue una plaza fuerte y atalaya del Reino de Navarra, pequeño y vulnerable, frente a su poderoso vecino, Aragón.


El rasgo característico, y definidor de este templo, es su sólido aspecto de fortaleza, con torres almenadas, camino de ronda y contrafuertes. Una auténtica maravilla de la arquitectura medieval.



El camino de ronda, rodea el edificio y era utilizado por los centinelas para asegurar el perímetro de la fortaleza. Arcos, balaustrada y cubierta de madera configuran un precioso mirador abierto a La Ribera. 


El Santuario de Nuestra Señora de Ujué-Uxue, (etiomlógiamente podría derivar de "usoa" paloma en euskera), aparece vinculado a la fortaleza, y tiene su origen en una leyenda. 



Un pastor que andaba apacentando a sus ovejas cuando se fijó en una paloma que entraba y salía por el agujero de un gran peñasco. Intentó espantarla varias veces arrojandole piedras o incluso su cayado. Sorprendido por la habilidad del ave decidió entrar a través de la oquedad y explorar el interior. La sorpresa fue mayúscula, pues en el seno de una cueva encontró la imagen de la Virgen. A su pies posada la paloma cuyo vuelo había conducido hasta allí.



En la localidad tienen al primer rey de Pamplona, Iñigo Arista , como fundador de Ujué. A los pies del recinto una plaza con su nombre.



Para los cronistas árabes, el mejor castillo que poseía García Sánchez . Otro rey, Sancho Ramírez concedió fuero a la villa e impulsó la construcción de una nueva iglesia románica a partir de 1090.



Pórtico de Santa María, con la Última Cena y la Adoración de los Magos en el tímpano.



Cabecera románica del siglo XI.





Detalle de algunas ménsulas. Un trabajo delicado y detallista.



En el "Libro de los Fuegos" de 1366, un censo poblacional la incluye, junto a localidades como Santacara o San Martín de Unx en La Ribera, dentro de la merindad de Sangüesa.



La Virgen de Ujué, patrona y señora de La Ribera, es una obra del románico, siglo XII, realizada en madera de aliso.



El rey Carlos II de Evreux, conocido como Carlos el Malo inició en 1370 la reconstrucción gótica del templo y proyectó una Universidad, pero a pesar de comenzar las obras quedó en mera ilusión. Tanto fue el fervor que Carlos sintió por la Virgen de Ujué que dispuso en su testamento que su corazón reposara aquí, convirtiéndose en la más valiosa ofrenda. Se conserva en una hornacina a la espalda de la virgen en el altar mayor.



Ruinas de la Universidad que pudo ser y no fue. 



El hijo de Carlos II, el también rey Carlos III "el Noble" peregrinó en varias ocasiones al santuario desde la corte instalada en el cercano Castillo de Olite. Desde el mismo siglo XIV se celebra una romería popular que se celebra el primer domingo después de al festividad de San Marcos.



En la vertiente oriental, la vista recorre las estepas de las Bárdenas Reales, y al fondo, por detrás de la Sierra de Leyre, se alzan los imponentes Pirineos navarros. 



Frente a la portada, este espacio abierto fue el patio de armas del castillo.



Ermita de San Miguel, construida en el siglo XIII y derribada en 1806, por el mal estado de su bóveda. Apenas conserva muros y la portada con espadaña. 



El santuario de Ujué es la iglesia más fuerte de Navarra. Más castillo que iglesia, no se sabe donde termina la iglesia y donde comienza la fortaleza.


martes, 6 de enero de 2015

VIANA, CIUDAD DE PRÍNCIPES.



Viana, histórica ciudad Navarra, que desde 1423 por decisión de Carlos III el Noble, es sede del Príncipe de Viana, título que recibía el heredero de la Corona navarra, equiparable al Príncipe de Asturias en Castilla o el Príncipe de Gales en Inglaterra. Pero además Viana es como una monumental tumba del príncipe del Renacimiento, César Borgia, que murió en estas tierras combatiendo en el bando del rey navarro frente a Fernando el Católico.


Fundada, o mejor dicho refundada en 1219 por el rey Sancho VII el Fuerte, aquel que rompió las cadenas, como baluarte para defender su frontera occidental de las frecuentes incursiones castellanas y amparar, de paso, a los numerosos peregrinos que cruzaban navarra con destino al Finisterre.


La Plaza de los Fueros, entre medieval y renacentista, con la impresionante visión de la Iglesia de Santa María es una precioso rincón y el corazón mismo de la ciudad. Para mi gusto una de las plazas más bonitas de toda España.


Cada uno de los puntos cardinales abre una de las puertas en la muralla que rodea, protege, delimita y cierra la ciudad. Sus murallas y altas torres defendían las tierras navarras de las apetencias expansionistas de su poderoso vecino, el Reino de Castilla. Precisamente tras la conquista castellana de 1512, Viana perdió no sólo sus murallas, sino también a sus enemigos y parte de su razón de ser, de tal manera que dejó de ser fortaleza y atalaya defensiva.


Situada en peligrosa tierra de frontera, fue siempre un lugar hostigado por los castellanos, a tiro de piedra de Logroño, sufrió numerosos acosos y asedios. Pero los vianeses, gente de valor, defendieron siempre con uñas y dientes sus hogares, y de paso, la frontera del reino. Cuentan las crónicas que las doncellas tan dispuestas como los varones no dudaban en ceñir corazas y blandir armas, para presentar batalla al enemigo.


"No menos las doncellas que las casadas, disfrazadas con los vestidos de sus hermanos y maridos muertos, hicieron señaladas proezas".


Príncipe de Viana es a Navarra, lo que Delfín a Francia, heredero de un reino que, a pesar de los pesares, se resiste a morir y ser olvidado.  


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