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domingo, 27 de enero de 2019
sábado, 26 de marzo de 2016
VILLAGARCÍA DE LA TORRE.
El castillo de
Villagarcía de la Torre controla la ruta que une Zafra con Llerena y
Córdoba. Lugar de asentamiento de romanos y árabes, hacia 1380 era
señor de la villa, García Fernández de Villagarcía, maestre de la
Orden de Santiago y partidario de los reyes Trastámara Enrique II y
Juan I.
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Córdoba,
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Zafra
miércoles, 2 de marzo de 2016
BUITRAGO DEL LOZOYA
En
la sierra norte madrileña, en las estribaciones meridionales de
Guadarrama, a orillas del Lozoya (un afluente del Jarama), encontró
refugio, tal vez inspiración el Marqués de Santillana. Los miembros
de su familia, los Mendoza, fueron uno de los más poderosos e
influyentes clanes nobiliarios de la Corona de Castilla. Un linaje
cercano a los Trastámara de Castilla y el ejercicio del poder, los
Mendoza movían ficha, apoyaban a los monarcas a fin de mantener su
posición y los suculentos privilegios que esto les reportaba.
Si
hacemos caso a Plinio el Viejo, los romanos conquistaron un lugar
llamado Litabrum, que se ha identificado con Buitrago. A pesar de su
larga historia existen pocos documentos fiables de estos tiempos
lejanos. La presencia musulmana queda atestiguada con la existencia
del amurallamiento medieval que encierra el precioso recinto
medieval.
La
muralla de origen musulmán, cuyos primeros tramos fueron levantados
entre los siglos IX y XI, formaba parte de un entramado defensivo
erigido en el corazón de la Península Ibérica para deterner las
avanzadillas cristianas y asegurar la destacada plaza de Toledo. No
obstante lo que vemos en la actualidad es el resultado de sucesivas
ampliaciones.
La
verdadera historia de Buitrago comienza en el año 1083, cuando la
plaza fue conquistada por el rey Alfonso VI, que concede derecho de
repoblación. Juana de Orozco contrajo matrimonio con Gonzalo Yañez
de Mendoza (montero mayor de Alfonso XI) y como dote llevó Buitrago
y también Hita. De esta unión nació Pedro Gónzalez de Mendoza. En
1368 Pedro Gónzalez de Mendoza apoyó a Enrique II de Trastámara en
la guerra civil contra su hermano Pedro I. La victoria de Enrique II
significó la entronización de los Trastámara en Castilla. Desde
estos momentos los Mendoza estuvieron estrechamente vinculados a la
Sierra Norte Madrileña. Este Gónzalez de Mendoza fundó, con el
beneplácito de Juan I de Castilla, el mayorazgo de Buitrago en 1380.
Los
Mendoza, originarios de Álava, se convirtieron en un de los más
poderosos y prestigiosos apellidos nobiliarios de España, y el
Señorío de Buitrago se mantuvo, con todas sus servidumbres, hasta
el siglo XIX con el desarrollo del liberalismo. Miembro destacado de
esta familia fue Íñigo López de Mendoza, el Marqués de
Santillana. El noble y poeta buscó inspiración más de una vez a
orillas del Lozoya, y tan fuerte fue su vínculo con Buitrago, que
acometió importantes obras arquitectónicas, como el alcázar,
encajado en el antiguo recinto amurallado.
El
castillo construido por el Marqués es singular por tres motivos: por
estar edificado sobre la muralla urbana preexistente, por no seguir
los modelos clásicos al carecer de torre del homenaje y por utilizar
un estilo mudéjar con predominio del ladrillo. El alcázar aprovecha
una de las esquinas del recinto árabe, construyendo dos muros que
miran al interior de la villa y cierran el nuevo edificio. De la
misma forma que los Mendoza ejercen su poder sobre Buitrago, la
residencia fortificada se superpone a la antigua muralla. Un foso y
una barrera protegen el alcázar, tanto de las tropas enemigas como
de posibles revueltas internas.
En
el año 1467 el patriarca de los Mendoza, Iñigo López de Mendoza y
Figueroa, custodió aquí a la infanta doña Juana, mientras Enrique
IV intentaba controlar a los inquietos magnates y clamar los
crispados ánimos de la nobleza castellana. Un año más tarde, la
reina de Castilla Juana de Avis, se reunió aquí con su hija.
La
coracha, segmento de muralla que desciende hacia el río, fortifica
el vado, protege el puente y controla el tráfico fluvial. No podemos
olvidar que hasta la irrupción del caballo de hierro y las más
modernas carreteras asfaltadas, los ríos constituían la más
importante vía de comunicación. El puente fue privatizado por el
marqués para conectar el castillo con su coto de caza situado a la
otra orilla.
El
Marqués de Santillana fundó en la primera mitad del siglo XV el
Hospital de San Salvador (destruído durante la Guerra Civil) y la
iglesia de Santa María del Castillo. Esta iglesia, construida en
silleria y que presenta una torre en estilo mudéjar, se alza frente
a la entrada de la muralla. Es la única superviviente de las cuatro
parroquias que llegaron a existir en la villa.
El
escudo de armas de la ciudad, concedido por Alfonso VI, presenta una
res, una encina y la leyenda “Ad alenda pecora” (para el sustento
del ganado).
Situada
en una de las principales rutas que conectan las dos Castillas, a lo
largo de las centurias, Buitrago se consolidó como cabeza de una
comarca que vivía del ganado y basaba su riqueza en la lana. La
población vivió su etapa de apogeo en el siglo XVI con el inicio
del Renacimiento.
Enrique
de Mesa en “Andanzas Serranas” (1910) nos deleita con unas
palabras sobre Buitrago: “Esta es la famosa villa de Buitrago,
pétrea reliquia de la España épica y fuerte, que alza a orillas
del Lozoya la ruinosa senectud de sus muros. Hijas de los neveros son
las aguas que ciñen el tajado risco en que se asienta; aires de
frescura y aroma serranos son los que silban en sus almenas rotas.
Para lo poeta, sus piedras milenarias guardan fragancia de poseía,
que no en balde fue su señor y dueño aquel viril y dulce marqués
de Santillana”.
Buitrago
bebe de las gélidas aguas del Lozoya, casi en la falda misma de
Somosierra, es una preciosa villa cercada por muros almenados
guarnecidos por altos torreones, y fue durante centurias una preciada
posesión del influyente linaje de los Mendoza.
miércoles, 29 de abril de 2015
FERNANDO I DE PORTUGAL.
Hijo de Pedro I y de su
primera esposa Constanza de Castilla, este portugués fue conocido
como "el Inconstante" pues su desastrosa política exterior
condujo a Portugal a varias guerras y conflictos dinásticos, por
culpa de su empeño de incorporar Castilla a la Corona Portuguesa. Se
casó con Leonor Téllez Meneses, y por medio de la hija de ambos,
Beatriz de Portugal casada con Juan I, el monarca castellano se
autoproclamó regente de Portugal a la muerte de Fernando. Esta
intromisión fue el motivo de una larga contienda por el trono
portugués, de la que saldría victorioso Joao I, el hermano bastardo
del difunto Fernando.
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domingo, 12 de abril de 2015
ORDEN DE AVIS
El universo de las
Órdenes Militares ha despertado, desde siempre, el interés de los
eruditos y estudiosos de la Edad Media, y ha echado a volar la
imaginación de las almas más sensibles y fantasiosas. Un grupo de
hombres de férreas convicciones, capaces de renunciar a los placeres
humanos más mundanos y luchar denodadamente, empleando todas sus
energías, por un objetivo concreto. Aunque la realidad histórica,
más prosaica que poética, no se tan ideal, ni esos hombres tan
puros e inmaculados, lo que si es cierto, es que estas Órdenes
Militares jugaron un papel fundamental en una época en permanente
estado de guerra, en la q ue aún no existían ejércitos ni
profesionales, ni permanentes.
A imitación de las
Órdenes Militares creadas en Tierra Santa al amparo de las cruzadas
(Templarios, Hospitalarios y Teutónicos), nacieron en la Península
Ibérica, las conocidas como "Órdenes Nacionales",
vinculadas a algunos de los reinos existentes y encaminadas, como sus
modelos próximo orientales, a combatir el Islam por la fuerza de las
armas. Una de esas órdenes militares fue la Orden de Avis en el
Reino de Portugal.
En una época de
batallas y cruzadas contra los musulmanes, edad de oro de las órdenes
militares, tiempos convulsos que vieron germinar poderosos estados
acaudillados por reyes guerreros, Alfonso Henriques, al frente de
caballeros normandos e ingleses, y sus propias mesnadas, arrebata
Lisboa a los moros en 1147.
Estos caballeros
henchidos por el espíritu de cruzada quieren más, el olor de la
sangre les enloquece, y juran continuar luchando, sin descanso,
contra los musulmanes, a los que consideraban enemigos infieles que
deber ser eliminados. Este grupo de guerreros sería el germen de la
Orden de Avis.
La inercia de la guerra
y los deseos de los combatientes desembocó en la creación de la
Orden de Évora en 1166, cuando el flamante primer rey Alfonso,
conquistó la ciudad. El primer objetivo de esta orden fue defender
Évora de las invasiones sarracenas, una posición estratégica que
permitía mantener Lisboa a salvo. Pedro Afonso, hermano o hijo del
rey (no he podido encontrar la filiación exacta), fue designado
primer maestre.
A principios del siglo
XIII, la orden adquirió su denominación definitiva. En 1211 la
Orden de Caballeros de Évora cambió su nombre por el de Orden de
Avis. La iniciativa respondió a los deseos del maestre Fernando
Anés, que decide que la orden abandone Évora, en la que ya no había
vecindad sarracena, trasladándose a tierras más próximas al
enemigo, en la proximidad de Viamonte. Una leyenda sugiere que en el
alto risco donde el maestre ordenó construir la nueva fortaleza,
volaban dos águilas, siendo estas aves rapaces el origen de la nueva
titulación de la orden.
Desde los primeros
momentos de su existencia la orden portuguesa quedó estrechamente
vinculada a la orden castellana de Calatrava. En 1187 el papa
reconoce, mediante bula pontificia, la existencia de la Orden de
Calatrava, pero no la de Évora, de tal manera que la segunda queda
bajo la obediencia de la primera.
El más famoso de los
maestres de Avis fue Joao, hijo ilegítimo del rey portugués Pedro
I, y que como tal, reclamó el trono, provocando un enfrentamiento
abierto con Juan I de Castilla, que también pretendía ceñir la
corona portuguesa. El maestre de Avis consiguió llevarse el gato al
agua, reinar como Joao I y fundar una nueva dinastía en la corona
portuguesa; la Dinastía de Avis.
En el contexto de la
lucha entre los dos Juanes, se produjo la ruptura de Avis con
Calatrava, con motivo de la batalla de Aljubarrota. En esta batalla,
que tuvo lugar en terreno portugués en 1385, los calatravos lucharon
a favor de Castilla y los caballeros de Avis hicieron lo propio por
Portugal. El enfrentamiento alcanzó tintes dramático con un duelo
fratricida. Nuno Álvares Pereira, condestable portugués (y héroe
de la jornada) tuvo que luchar contra sus dos hermanos que formaban
parte del ejército castellano. Uno de ellos, Pedro, era maestre de
Calatrava. Joao I obtuvo la victoria, y a pesar de las heridas
abiertas Avis siguió dependiendo, en la práctica, de Calatrava,
hasta que unos años más tarde, el papa Eugenio IV, permitió su
independencia.
Combatir a los infieles
musulmanes, enemigos irreconciliables, hasta su expulsión definitiva
de la península y propagar la fe católica de Cristo, era el credo
de los Caballeros de Avis, siendo, desde 1325, su símbolo una flor
de lis verde situada a la izquierda del pecho. Los caballeros
profesaban la regal de San Benito y cumplían con tres votos
esenciales; pobreza, obediencia y castidad. Prácticamente los mismos
votos que cualquier orden monástica. No obstante, a medida que iba
desarrollando sus cometidos militares, fueron suavizándose los
votos. En ese sentido, en 1496, el papa conmuta el voto de castidad
absoluta por la obligación de mantener la más estricta fidelidad
conyugal.
Con el tiempo, y debido
a los cambios estructurales que afectaron a los estados europeos, la
orden quedó reservada a la nobleza y miembros de la familia real,
como una distinción más honorífica que otra cosa. Actualmente la
Orden de Avis está destinada a la recompensa de destacados servicios
militares.
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domingo, 5 de abril de 2015
LEÓN I, SEÑOR DE MADRID.
Varios siglos antes de convertirse en capital del Reino de España, durante un breve lapso de tiempo (1383 - 1391), Madrid contó con un rey propio. Se trata del último rey de Armenia, convertido en Señor de Madrid, aunque algunos historiadores, los más osados, lo han denominado, León I de Madrid.
Su vida fue una auténtica novela bizantina, digna del mejor libro de aventuras. Hijo de Juan de Lusignan, condestable del reino, a cuya muerte tuvo que huir a consecuencia de las intrigas palaciegas. Unos percadores le ayudaron y le llevaron hasta Chipre. Se convirtió en senescal de Jerusalén y tras varias vicisitudes fue coronado rey de Armenia en 1374, junto a su esposa Margarita. Su reinado fue convulso y difícil, pues siendo él, cristiano latino, se enemistó por cuestiones religiosas con sus súbditos (mayoritariamente musulmanes), y finalmente, en 1375, los mamelucos conquistaron Armenia, e hicieron de León V, el último de sus soberanos.
A pesar de que le fue concedido un salvoconducto, fue convertido en rehén en la ciudad de El Cairo, donde se negó una y otra vez, abrazar la fe islámica. Encarcelado y angustiado, pasaba el día enviando cartas a los diferentes monarcas cristianos solicitando ayuda. Apiadado por la desgracia de León, el rey de Castilla, Juan I, pagó una fuerte suma de dinero, a cambio de la libertad del armenio.
Embarcó en Alejandría, hizo escala en Rodas y llegó a Venecia. Posteriormente siguió su viaje, pasando por Avignon, donde fue agasajado por Clemente VII, Montpellier, Tortosa, Barcelona, y finalmente Segovia. En la famosa ciudad del acueducto entró acompañando al rey Juan I, que le había prometido, además de ayuda para recuperar su trono, los señoríos de Andújar, Ciudad Real y Madrid.
En teoría Madrid se había convertido en la capital de Armenia, y aunque en principio, los madrileños no se mostraron muy entusiasmados con el nombramiento, poco a poco León se fue tomando en serio el cometido de gobernar Madrid, y procedió a bajar los impuestos e intentó acercarse al pueblo llano. Mas nunca cejó en su empeño de volver a ser rey. Abandonó Madrid y se dirigió a Navarra y a Francia, pero no encontró el apoyo necesario para culminar sus planes.
Nunca pudo recuperar su trono, buscó ayuda hasta debajo de las piedras, pero nada consiguió perdiéndose el último reino cristiano de Oriente. Murió en Calais y fue sepultado en la basílica de Saint Denis. Una calle de la Real Villa, recuerda a León I, su primer rey.
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