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domingo, 27 de enero de 2019
domingo, 20 de enero de 2019
LOS REYES DE LA BARAJA: FAMILIA DE FERNANDO EL CATÓLICO.
domingo, 12 de noviembre de 2017
JAIME II “EL DESDICHADO” CONDE DE URGEL.
Jaime II fue el último Conde
Urgel y candidato a ceñir la corona de Aragón. Casado con la
hermana del rey Martín I el Humano, el bueno de Jaime se posicionó
como uno de los muchos candidatos a suceder a su queridísimo cuñado.
Jaime puso toda la carne en el
asador, recurriendo a todo tipo de artimañas, pero los
compromisarios reunidos en Caspe, decidieron coronar a Fernando I.
Jaime no asimiló la derrota y se levantó en armas contra el recién
nombrado rey.
Entre 1413 y 1414 Jaime II,
apoyado entre otros por Antón de Luna, encabezó una revuelta
aplastada por el rey Fernando I, prácticamente antes de ponerse en
marcha. Derrotado, Jaime pasó el resto de sus días de prisión en
prisión, hasta que la muerte lo visitó en Játiva.
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Cataluña,
Compromiso de Caspes,
Condado de Urgel,
Fernando I de Aragón,
Iberia Medieval Cristiana,
Jaime II de Urgel,
Martín I el Humano
jueves, 5 de enero de 2017
ALFONSO V DE ARAGÓN "EL MAGNÁNIMO"
Alfonso V, llamado “el
Magnánimo” sucedió a su padre Fernando I como rey de Aragón en
el año 1416. Con su coronación la dinastía trastámara se
consolidó definitivamente en la Corona de Aragón, aunque a decir
verdad, Alfonso estuvo siempre más interesado en al imperio
mediterráneo que en los asuntos internos del reino.
Una vez convertido en rey
Alfonso no dudó e proyectarse al exterior, tomando parte activa en
la resolución del Cisma de Occidente en el Concilio de Constanza.
Fue rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, de Cerdeña,
Conde de Barcelona y rey de Nápoles.
En el seno de su reino tuvo que
bregar con los insurgentes nobles y enfrentarse a la poderosa
oligarquía urbana barcelonesa liderada por el conseller Joan
Fiveller, en el contexto de las luchas entre la Biga y la Busca.
Entre las concesiones que hizo a su gente podemos destacar la
aprobación para el establecimiento de la Universidad en Barcelona.
En 1421 se encontraba en
Cerdeña protegiendo sus dominios cuando la reina viuda de Nápoles,
Juana II, le ofreció adoptarlo como hijo y heredero. Las relaciones
entre Alfonso y Juana fueron tensas y volubles, y el rey aragonés
tuvo que esperar al deceso de Juana para convertirse, esta vez por la
fuerza de las armas, en rey de Nápoles. En las largas luchas en
Italia Fernando fue derrotado y convertido en rehén por el
condotiero milanés Filippo María Visconti. El tiempo y el presidio
dorado, transformaron a dos rivales, en fieles amigos y compañeros.
Enamorado de Italia pasó más
de la mitad de su vida en territorio transalpino. Para el gobierno en
Aragón delegó en su esposa María de Castilla y en su hermano Juan
(futuro Juan II). Por vivir alejado de la realidad catalano-aragonesa
y por otros detalles como el de hablar en castellano el día que se
presentaba por vez primera ante las Cortes de Barcelona, la
historiografía catalana no tiene mucho aprecio por este monarca.
Razones no les faltan, supongo.
Alfonso estaba completamente
convencido que su política imperialista beneficiaba a la clase
mercantil catalana, por tanto no entendía la oposición y hostilidad
por parte de las Cortes. Quizás el monarca no apreciaba los
esfuerzos económicos que debían hacer sus súbditos para costear
las campañas en el extranjero.
El rey Alfonso se veía a sí
mismo como la espada de la Cristiandad, perfectamente afilada para
combatir al turco, en especial, después de la conquista de
Constantinopla. En este contexto podemos señalar la alianza que el
monarca estableció con Jorge Castriota Skanderbeg, el comandante
albanés que pasó años frenando en los Balcanes todas las
incursiones otomanas.
Era un entusiasta de la cultura
clásica y jamás salía al campo sin llevar consigo los Comentarios
de Julio César, llenó su corte napolitana de escritores en latín,
italiano, catalán y castellano y se rodeó de intelectuales como el
pensador Lorenzo Valla, el historiador Giovanni Pontano y el erudito
Antonio Becadelli “el Panormita”. Una actitud ante la cultura
plenamente renacentista.
Mientras su legítima esposa
aguarda en Aragón gobernando en su nombre, el fogoso Alfonso
coleccionaba amantes y concubinas, como Giraldona de Carlino, y ya en
la senectud la intelectual Lucrecia Alagno.
En 1458 murió en Nápoles, en
su castillo situado a orillas del mar, mientras, cuentan, preparaba
una expedición (más ficticia que real) para expulsar a los turcos
de Constantinopla. Su hermano Juan le sucedió como rey de Aragón y
su hijo bastardo Ferrante en el trono de Nápoles.
domingo, 25 de diciembre de 2016
domingo, 17 de enero de 2016
ENFRENTE DEL TORO SE ENCUENTRA EL TESORO.
Escribe Washington
Irving «Al regresar a la posada encontré a nuestro amigo Sancho en
animada charla con el posadero y dos o tres de sus sirvientes.
Acababa de contar cierta maravillosa historia de Sevilla, que mi
huésped parecía interesado en comparar con otra igualmente
maravillosa sobre Antequera. Había una vez una fuente, decía, en
una de las plazas públicas, llamada la Fuente del Toro, porque el
agua brotaba de la boca de una cabeza de toro tallada en piedra.
Debajo de la cabeza había escrito: enfrente del toro se halla el
tesoro. Muchos cavaron frente a la fuente, pero malgastaron su
trabajo sin hallar dinero. Por fin, un hombre entendido interpretó
el lema de diferente manera: "En la frente del toro es donde
está el tesoro -se dijo-, y soy yo quien ha de encontrarlo."
Así pues, llegó, muy avanzada ya la noche, con un mazo e hizo
pedazos la cabeza, y ¿qué creeis que encontró?. - ¡Un montón de
oro y diamantes!- exclamó Sancho ávidamente. - No encontró nada
-respondió el hostelero secamente-, y destrozó la fuente. En esos
momentos los criados del posadero prorrumpieron en risotadas pues
daban a Sancho por totalmente burlado, con lo que, supongo, era una
de las bromas preferidas de mi hospedero».
La
famosa Fuente del Toro aún es visible en el barrio alto de
Antequera, donde termina la Cuesta de San Judas, al pie mismo de la alcazaba. Sobre el toro un sol, y en
medio de ambos símbolos la frase “Que nos salga el Sol por
Antequera”, atribuida al conquistador de la ciudad Fernando de Aragón . Eso sí, de tesoro ni rastro.
jueves, 4 de junio de 2015
BLANCA I DE NAVARRA
Onecca Fortúnez, Toda,
Urraca, Juana I, Navarra ha sido cuna de grandes mujeres, y por ende
de grandes reinas, y Blanca I no desmerece en absoluto de esta
tradición, aunque es cierto, que su actuación en lo relativo a su
testamento vital, es cuanto menos, cuestionable y origen de una
controvertido debate.
Segunda hija de Carlos
III el Noble, uno de los monarcas más queridos en la historia de
Navarra, y de Leonor de Trastámara, Blanca se convirtió pronto en
una pieza más del engranaje que hacen funcionar la entrevesada
política matrimonial de la época. Su padre la prometió a Martín
el Joven, heredero de Aragón (su padre era Martín I el Humano) y
rey de Sicilia. La joven infanta se oponía al enlace, y para quebrar
su voluntad, el rey Carlos consideró recluirla en un solitario
castillo en medio de las inhóspitas Bárdenas Reales. Aislada del
mundo, Blanca cambió de idea y accedió al matromonio. Se mudó a
Sicilia, y cambió las frías tierras navarras por las soleadas
playas del mar Mediterráneo.
De entrada, la princesa
navarra, no contó con el apoyo en la corte, algo muy lógico si
pensamos que venía a sustituir a la reina legítima, y apenas tenía
influencia en los asuntos relevantes, pero Blanca era obstinada y
consciente de su posición, y en ocasión de una prolongada ausencia
de su esposo, no tuvo inconveniente en ejercer la regencia con la
prestanza y la fortaleza necesarias.
Tres muertes, más o
menos sucesivas, iban a marcar la vida de Blanca. Primero muere su
esposo (que no llegó a convertirse en rey de Aragón) aunque ella
seguirá siendo regente de Sicilia, apadrinada por su suegro. Pero su
suegro no tardaría en morir, dejando además un vacío de poder en
la Corona de Aragón y convocados los compromisarios en Caspe deciden
coronar a Fernado de Antequera, que no tardará en lanzarse a dominar
el Reino de Sicilia. Finalmente fallece su hermana mayor, Juana, la
que deja a Blanca como legítima heredera del Reino de Navarra. Su
padre no tardó en reclamarla a su lado, y en 1415 tras más de una
década morando en Sicilia, abandonará la isla para no regresar
jamás.
Las Cortes de Olite la
confirman como legítima heredera y poco después se anuncia su boda
con el infante de Aragón, futuro Juan II, celebrándose la boda en
Pamplona, como manda la tradición, en la iglesia de la novia.
Blanca era una
apetecible viuda madurita de 35 años y Juan un apuesto y fogoso
joven de 22 años, y a pesar de la evidente diferencia de edad,
parece ser que se impuso el fuerte carácter del aragonés. Una vez
oficializado el enlace, Blanca y Juan se metieron en la cama y su
pusieron manos a la obra, había que engendrar un heredero. Unos
meses después nacía Carlos, para el que su abuelo materno creo un
nuevo título, Príncipe de Viana.
La historia se refiere a
Blanca como residente habitual del maravilloso palacio de Olite,
poseedora de una religiosidad exaltada, rozando el misticismo, y con
fuertes tendencias hacia las peregrinaciones piadosas y la entrega y
ayuda a los más necesitados.
En septiembre del año
1425 moría en Olite, sede de la Corte, Carlos III y doña Blanca se
convertía en Reina de Navarra, pero debido a las injerencias e
intereses de Juan en Castilla, la coronación se pospuso hasta el
domingo de Pentecostés de 1429, ceremonia celebrada en la Catedral
de Pamplona, cuya nave central está presidida por los inmaculados
sepulcros de los padres de Blanca.
La actuación de Blanca
I de Navarra ha generado debates y controversias sin solución. Para
la historiografía tradicional, su fragilidad de carácter, el
desinterés por los asuntos políticos, y el actuar cegada por el
amor, dejaron las riendas de Navarra en manos de su ambicioso esposo,
que incluso llegó a perder territorios en favor de Castilla, como
inevitable consecuencia de la intromisión de Juan en los asuntos
meseteños.
Sin embargo, si tratamos
de olvidar tópicos y desterrar clichés, y realizamos un análisis
mása profundo del contexto (yo y mis circunstancias), es posible
encontrar sustento a otras explicaciones e hipótesis, que quizás,
solo quizás, se acerquen un poco más a la verdad. Blanca recibirá
un reino amarrado irremediablemente a una serie de compromisos
ineludibles, de tal forma que Castilla, Aragón y Navarra,
funcionarían como un todo, una madeja donde quedan enredados los
destinos de los tres reinos. Lo que ocurra en algunas de sus partes,
acabará influeyendo, de una u otra forma, y con más o menos
intensidad, en el resto. Todo este entramado había sido dibujado por
su padre mucho tiempo atrás, y gracias a esta actuación, pudo
enderezar el rumbo de un reino que zozobraba en manos de su abuelo
Carlos II.
La ciencia histórica, a
la que tanto cuesta dejar atrás la tradición, ha presentado a la
reina Blanca como némesis de Juan II, por otra parte, una de las
personalidades más arrolladoras del siglo XV occidental. Un carácter
que heredará su hijo Fernado el Católico. De cualquier modo, Blanca
era la reina propietaria y legítima, y Juan únicamente el consorte,
por tanto, siempre va a necesitar de una cobertura legal. Sin perder
de vista tampoco, el bagaje político que fue ganando la reina
durante su estancia en la corte siciliana, donde nunca lo tuvo fácil,
y tuvo que superar toda una serie de circunstancias adversas. Por
tanto, y para alcanzar a comprender la realidad política del Reino
de Navarra en estos momentos es necesario desestimar el tópico de un
rey Juan haciendo lo que le salía de las pelotas, sus actuaciones
debían estar rubricadas por la firma de Blanca.
Posiblemente el mayor de
los debates gira en torno al testamento de la reina, un testamento
que originó una guerra civil entre su hijo Carlos, y su viudo, Juan
II. La peor decisión que puede tomar una madre es lanzar a su hijo
contra su propio padre, como hizo Gea con Urano y Cronos. Según las
capitulaciones matrimoniales su hijo Carlos, debía heredar el Reino
a la muerte de Blanca Sin embargo, y aquí está el quid de la
cuestión, la reina pedía a su hijo que no tomara la Corona de
Aragón sin el consentimiento de su padre, una decisión que
convertía en la práctica, a Juan II en lugarteniente de Navarra.
¿Fue el amor por su
marido lo que impulsó a Blanca a tomar esta determinación? o ¿por
el contrario una avispada madre intuyó el peligro que suponía
cercenar el poder de Juan II?. No podemos perder de vista que Carlos
era también heredero en Aragón, y alejar a Juan del trono navarro,
significaba debilitar la posición de Aragón frente a Francia y
Castilla. ¿Fue Blanca una pitonisa que veía inevitable la fusión
de las tres coronas?. Nunca lo sabremos.
En 1441, un día después
se celebrar la boda de su hija, también llamada Blanca, con el
heredero castellano, futuro Enrique IV, la Reina fallecía mientras
participaba en una romería en honor de la Virgen de Soterraña,
recibiendo cristiana sepultura en Santa María de Nieva. Del mismo
modo que su primogénito Carlos nunca se convirtió en rey de
Navarra, su hija Blanca tampoco llegó a ser reina en Castilla, pues
su esposo la repudió una año antes de ser proclamado rey.
martes, 19 de mayo de 2015
CARLOS III "EL NOBLE", REY DE NAVARRA.
Su tumba, labrada con
gusto exquisito junto a la de su esposa Leonor, preside la nave
principal de la Catedral de Pamplona, de la misma forma que una
solemne estatua suya nos da la bienvenida a la Plaza del Castillo, en
el corazón vivo de la capital navarra. Lo volví a encontrar en una
pequeña rotonda en Tafalla y en una plaza de Tudela. Precisamente en
la capital de la Ribera la comparsa Perrinche saca en cabalgata a un
gigante que representa a este rey. Carlos III, conocido como "el
Noble" es uno de los reyes más querido, recordado y homenajeado
de la Historia de Navarra, y es que cuando este monarca se sentó en
el trono, volvió la tranquilidad y la prosperidad al Reino, después
de unos aciagos y turbulentos años.
Carlos III, hijo de Carlos II el Malo, y Juana de Valois, hija del rey francés Jean le
Bon, fue coronado rey de Navarra en la Catedral de Pamplona en 1390,
en una ceremonia oficiada por el futuro Papa Luna (o antipapa según se
lea). En un contexto de relativa paz exterior, de crisis
económica y de creciente aristocratización de la sociedad, el nuevo
monarca desarrolló, sin grandes aspavientos, una política acorde a
las circunstancias del momento.
Siendo aún un infante,
su padre lo envió al frente de una embajada a la corte de Carlos V,
pero el rey francés lo apresó y el monarca navarro tuvo que ceder
los territorios ultrapirenaicos de Navarra. El joven Carlos comenzó
bien joven a aprender como funcionan los resortes del poder político
y que era más seguro, para su propia integridad, no meterse en
camisas de once varas.
En 1375 se casó con
Leonor de Trastámara, la hija de Enrique II, con lo que se ponía
fin a la disputa entre ambos reinos, consiguiendo además una valiosa
aliada, pues Castilla era el reino peninsular hegemónico del
momento. A la muerte de su padre, abandonó la corte castellana y se
aposentó en Navarra dispuesto a reinar. Y a reinar bien. En lugar de
enfrentarse en farragosos luchas dinásticas se dedicó por entero a
su propio reino, ese mismo, al que ninguno de sus antepasados
franceses (empezando por su propio padre) hicieron nunca mucho caso.
Diametralmente opuesto a
su padre (como nos gusta a todos los hijos) el desquiciado Carlos II,
empeñado (sin fundamento) en ser rey de Francia, gracias a su
talante conciliador y a sus escasas (o nulas) ambiciones
territoriales, consiguió el respeto de los monarcas coetáneos.
Intentó mantener relaciones con todos, Francia, Inglaterra, Aragón
y Castilla, y cuando las circunstancias así lo requerían también
mostró su apoyo al Papado de Avignon.
Al contrario que su
polémico padre, Carlos III mantuvo estrechas relaciones con
Castilla, a la que apoyó en la Guerra de Granada. Además su cuñado
Juan I, devolvió algunas de las plazas arrebatadas a su padre. El
abandono de los proyectos expansionistas de su predecesor, le
posibilitó el alejamiento de Francia y la revalorización de la Casa
de Evreux como dinastía reinante en Navarra, y materializó el
acercamiento (y la amistad) con Aragón a través de una activa
política matrimonial.
Reconoció la autoridad
del papa de Avignon Clemente VII y a su sucesor, el aragonés Pedro
Luna, al que prestó su apoyo hasta que el Concilio de Constanza puso
fin al Cisma de Occidente. A partir de este momento, y en consonancia
con el resto de reinos cristianos, reconoció al nuevo sumo
pontífice, Martín V. Otro hecho más que demuestra que Carlos III
sabía perfectamente nadar a favor de corriente.
Carlos y Leonor
tuvieron seis hijas y dos hijos, pero los varones murieron siendo
niños. Sin herederos en el horizonte, y siguiendo una política de
alianzas matrimoniales, Carlos casó a su hija mayor Juana con el
primogénito de los condes de Foix, pero al morir prematuramente, la
segunda hija Blanca, se convirtió en heredera. Viuda de su primer
marido, Martín de Sicilia, Blanca contrajo matrimonio con el infante
Juan, hijo de Fernando de Antequera y futuro rey Juan II de Aragón.
Según lo acordado en las capitulaciones matrimoniales el trono de
Navarra sería para Blanca y sus descendientes, pero eso, es otra
historia.
Carlos III, rey de la
diplomacia y garante de la paz, acometió serias reformas en la
administración del reino, creo la Corte o Tribunal Supremo y
construyó nuevos canales para garantizar el abastecimiento de las
ciudades y el riego de los campos. Otorgó una legislación unificada
para Pamplona (1423) el Privilegio de la Unión, en virtud de la
cual, los tres burgos (o barrios) que formaban la Pamplona medieval -
Navarrería, San Cernín y San Nicolás - y que poseían
legislaciones diferentes, quedaron unidos en una única ciudad con
una ley común para todos. Como parte de esta reforma administrativa
instituyó el título de "Príncipe de Viana" para
concedérselo al heredero del reino.
El noble rey destacó
además como promotor de las artes y de la cultura, acometiendo,
entre otras obras, la reconstrucción en estilo gótico de la
Catedral de Pamplona, y creó una orden de caballería de contenido
más honorífico que militar a la que llamó "Orden de
Caballería del Lebrel Blanco".
Carlos III instaló su
corte en la pequeña villa de Olite, reformando totalmente el antiguo
palacio donde habían residido los Teobaldo. Esta reforma convirtió
el Palacio de Olite en un ejemplo ideal de la arquitectura gótica,
una obra de ensueño dibujada por la mente más creativa. Si pensais
en un castillo de cuento, ese es el de Olite. Su esposa Leonor,
cuando se estableció en Navarra cayó en un profundo estado de
melancolía y decidió volver al hogar familiar junto a su hermano
Juan I, que no puso reparos en hacerse cargo de sus sobrinas. Leonor
no regresó a Olite hasta 1395.
Desde el año 1997, el
gobierno de Navarra entrega la Cruz de Carlos III, una condecoración
que resalta y reconoce públicamente los méritos de personas y
entidades que han contribuido al progreso de Navarra y a su
proyección exterior (La nobleza sigue más viva que nunca).
Considerado uno de los
monarcas más notables de la monarquía navarra, capaz de mantener
relaciones cordiales con sus vecinos, preocupado por la prosperidad
de un territorio, su largo reinado finalizó en 1425, cuando aquejado
de gota, falleció en Tafalla. Fue inhumado en la Catedral de
Pamplona, y como símbolo de su afortunado reinado nos queda su
sepulcro, una auténtica joya de la escultura funeraria gótica.
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miércoles, 28 de enero de 2015
ALCAZABA DE ANTEQUERA.
La Alcazaba protegía la próspera ciudad musulmana de Antequera, hasta que en 1410 fue conquistada por el rey de Aragón, Fernando I. Muchos de sus ocupantes huyeron a Ganada, con la esperanza de encontrar allí un nuevo hogar.
Dentro del conjunto amurallado de Antequera, la alcazaba coronaba el cerro, dominando todo el recinto la torre del homenaje, una de las más grandes que construyeron los musulmanes en Andalucía.
sábado, 24 de enero de 2015
CONSELLER JOAN FIVELLER
Junto a Jaime I el Conquistador, en la fachada del histórico ayuntamiento de Barcelona, en un lugar destacado, se ubica la estatua de Joan Fiveller, conseller de Barcelona, uno de los cinco hombres que gobernaba el municipio de Barcelona, un tiempo en que la urbe era la más importante de la Corona de Aragón. Fiveller ocupó el cargo de conceller en cinco ocasiones y durante su gobierno peleó sin descanso por los intereses de su familia, del patriciado urbano y de la propia ciudad. Se enfrentó a los reyes Fernando I y Alfonso V, unos hechos que le encumbraron al panteón de los héroes de la nación catalana y en un símbolo de la defensa de las libertades municipales frente al autoritarismo real.
lunes, 5 de enero de 2015
ANTEQUERA.
Al pie del macizo del Torcal, estratos horizontales de roca caliza surcados por hoyas, tajos y barrancos, en un altozano que domina toda la comarca de los Llanos, entre olivares, cereales y viñedos, se eleva Antequera: megalítica, mora, cristiana y renacentista.
Los
más antiguos templos humanos fueron erigidos en esta tierra. Por
aquí pasaron los romanos, y los moros la convirtieron en una de sus
plazas fuertes, protegida por la alcaaba. Los dólmenes se
transformaron en mezquitas, y éstas tornaron iglesias, varios siglos
más tarde. El emirato de Córdoba tuvo que sofocar mása de un
levantamiento antequerano mucho más proclive al futuro Reino de
Granada.
Cien
años antes que el Reino Nazarí, rindió pendones Antequera, ante el
empuje del infante Fernando de Trastamara. Después de las grandes
conquistas de Fernando III y Alfonso X, la frontera quedó
estabilizada, mientras Castilla se desangraba en conflictos
dinásticos. Hasta que en el año 1410, Fernando inició una serie de
campañas triunfales por la frontera nazarita, que le llevó a
conquistar la ciudad malacitana y recibir,de paso, el sobrenombre "el
de Antequera".
Las
lágrimas nazaríes por la pérdida de la ciudad hicieron revivir las
hazañas y glorias pasadas castellanas, que aún tenían pendiente
una última partida, y tras cinco meses de asedio, la ciudad se
rindió y fue abandonada por los musulmanes, que buscaron refugio en
otras puntos del Reino de Granada. La llegada de los cristianos desde
finales de la Edad Media fue poniendo las bases de la Antequera
renacentista que vivió su mayor esplendor en época de los Austria.
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