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domingo, 12 de noviembre de 2017

JAIME II “EL DESDICHADO” CONDE DE URGEL.



Jaime II fue el último Conde Urgel y candidato a ceñir la corona de Aragón. Casado con la hermana del rey Martín I el Humano, el bueno de Jaime se posicionó como uno de los muchos candidatos a suceder a su queridísimo cuñado.


Jaime puso toda la carne en el asador, recurriendo a todo tipo de artimañas, pero los compromisarios reunidos en Caspe, decidieron coronar a Fernando I. Jaime no asimiló la derrota y se levantó en armas contra el recién nombrado rey.


Entre 1413 y 1414 Jaime II, apoyado entre otros por Antón de Luna, encabezó una revuelta aplastada por el rey Fernando I, prácticamente antes de ponerse en marcha. Derrotado, Jaime pasó el resto de sus días de prisión en prisión, hasta que la muerte lo visitó en Játiva.  

jueves, 5 de enero de 2017

ALFONSO V DE ARAGÓN "EL MAGNÁNIMO"



Alfonso V, llamado “el Magnánimo” sucedió a su padre Fernando I como rey de Aragón en el año 1416. Con su coronación la dinastía trastámara se consolidó definitivamente en la Corona de Aragón, aunque a decir verdad, Alfonso estuvo siempre más interesado en al imperio mediterráneo que en los asuntos internos del reino.

Una vez convertido en rey Alfonso no dudó e proyectarse al exterior, tomando parte activa en la resolución del Cisma de Occidente en el Concilio de Constanza. Fue rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, de Cerdeña, Conde de Barcelona y rey de Nápoles.

En el seno de su reino tuvo que bregar con los insurgentes nobles y enfrentarse a la poderosa oligarquía urbana barcelonesa liderada por el conseller Joan Fiveller, en el contexto de las luchas entre la Biga y la Busca. Entre las concesiones que hizo a su gente podemos destacar la aprobación para el establecimiento de la Universidad en Barcelona.

En 1421 se encontraba en Cerdeña protegiendo sus dominios cuando la reina viuda de Nápoles, Juana II, le ofreció adoptarlo como hijo y heredero. Las relaciones entre Alfonso y Juana fueron tensas y volubles, y el rey aragonés tuvo que esperar al deceso de Juana para convertirse, esta vez por la fuerza de las armas, en rey de Nápoles. En las largas luchas en Italia Fernando fue derrotado y convertido en rehén por el condotiero milanés Filippo María Visconti. El tiempo y el presidio dorado, transformaron a dos rivales, en fieles amigos y compañeros.

Enamorado de Italia pasó más de la mitad de su vida en territorio transalpino. Para el gobierno en Aragón delegó en su esposa María de Castilla y en su hermano Juan (futuro Juan II). Por vivir alejado de la realidad catalano-aragonesa y por otros detalles como el de hablar en castellano el día que se presentaba por vez primera ante las Cortes de Barcelona, la historiografía catalana no tiene mucho aprecio por este monarca. Razones no les faltan, supongo.

Alfonso estaba completamente convencido que su política imperialista beneficiaba a la clase mercantil catalana, por tanto no entendía la oposición y hostilidad por parte de las Cortes. Quizás el monarca no apreciaba los esfuerzos económicos que debían hacer sus súbditos para costear las campañas en el extranjero.

El rey Alfonso se veía a sí mismo como la espada de la Cristiandad, perfectamente afilada para combatir al turco, en especial, después de la conquista de Constantinopla. En este contexto podemos señalar la alianza que el monarca estableció con Jorge Castriota Skanderbeg, el comandante albanés que pasó años frenando en los Balcanes todas las incursiones otomanas.

Era un entusiasta de la cultura clásica y jamás salía al campo sin llevar consigo los Comentarios de Julio César, llenó su corte napolitana de escritores en latín, italiano, catalán y castellano y se rodeó de intelectuales como el pensador Lorenzo Valla, el historiador Giovanni Pontano y el erudito Antonio Becadelli “el Panormita”. Una actitud ante la cultura plenamente renacentista.

Mientras su legítima esposa aguarda en Aragón gobernando en su nombre, el fogoso Alfonso coleccionaba amantes y concubinas, como Giraldona de Carlino, y ya en la senectud la intelectual Lucrecia Alagno.

En 1458 murió en Nápoles, en su castillo situado a orillas del mar, mientras, cuentan, preparaba una expedición (más ficticia que real) para expulsar a los turcos de Constantinopla. Su hermano Juan le sucedió como rey de Aragón y su hijo bastardo Ferrante en el trono de Nápoles.


domingo, 17 de enero de 2016

ENFRENTE DEL TORO SE ENCUENTRA EL TESORO.



Escribe Washington Irving «Al regresar a la posada encontré a nuestro amigo Sancho en animada charla con el posadero y dos o tres de sus sirvientes. Acababa de contar cierta maravillosa historia de Sevilla, que mi huésped parecía interesado en comparar con otra igualmente maravillosa sobre Antequera. Había una vez una fuente, decía, en una de las plazas públicas, llamada la Fuente del Toro, porque el agua brotaba de la boca de una cabeza de toro tallada en piedra. Debajo de la cabeza había escrito: enfrente del toro se halla el tesoro. Muchos cavaron frente a la fuente, pero malgastaron su trabajo sin hallar dinero. Por fin, un hombre entendido interpretó el lema de diferente manera: "En la frente del toro es donde está el tesoro -se dijo-, y soy yo quien ha de encontrarlo." Así pues, llegó, muy avanzada ya la noche, con un mazo e hizo pedazos la cabeza, y ¿qué creeis que encontró?. - ¡Un montón de oro y diamantes!- exclamó Sancho ávidamente. - No encontró nada -respondió el hostelero secamente-, y destrozó la fuente. En esos momentos los criados del posadero prorrumpieron en risotadas pues daban a Sancho por totalmente burlado, con lo que, supongo, era una de las bromas preferidas de mi hospedero».




La famosa Fuente del Toro aún es visible en el barrio alto de Antequera, donde termina la Cuesta de San Judas, al pie mismo de la alcazaba. Sobre el toro un sol, y en medio de ambos símbolos la frase “Que nos salga el Sol por Antequera”, atribuida al conquistador de la ciudad Fernando de Aragón . Eso sí, de tesoro ni rastro.  




jueves, 4 de junio de 2015

BLANCA I DE NAVARRA



Onecca Fortúnez, Toda, Urraca, Juana I, Navarra ha sido cuna de grandes mujeres, y por ende de grandes reinas, y Blanca I no desmerece en absoluto de esta tradición, aunque es cierto, que su actuación en lo relativo a su testamento vital, es cuanto menos, cuestionable y origen de una controvertido debate.

Segunda hija de Carlos III el Noble, uno de los monarcas más queridos en la historia de Navarra, y de Leonor de Trastámara, Blanca se convirtió pronto en una pieza más del engranaje que hacen funcionar la entrevesada política matrimonial de la época. Su padre la prometió a Martín el Joven, heredero de Aragón (su padre era Martín I el Humano) y rey de Sicilia. La joven infanta se oponía al enlace, y para quebrar su voluntad, el rey Carlos consideró recluirla en un solitario castillo en medio de las inhóspitas Bárdenas Reales. Aislada del mundo, Blanca cambió de idea y accedió al matromonio. Se mudó a Sicilia, y cambió las frías tierras navarras por las soleadas playas del mar Mediterráneo.

De entrada, la princesa navarra, no contó con el apoyo en la corte, algo muy lógico si pensamos que venía a sustituir a la reina legítima, y apenas tenía influencia en los asuntos relevantes, pero Blanca era obstinada y consciente de su posición, y en ocasión de una prolongada ausencia de su esposo, no tuvo inconveniente en ejercer la regencia con la prestanza y la fortaleza necesarias.

Tres muertes, más o menos sucesivas, iban a marcar la vida de Blanca. Primero muere su esposo (que no llegó a convertirse en rey de Aragón) aunque ella seguirá siendo regente de Sicilia, apadrinada por su suegro. Pero su suegro no tardaría en morir, dejando además un vacío de poder en la Corona de Aragón y convocados los compromisarios en Caspe deciden coronar a Fernado de Antequera, que no tardará en lanzarse a dominar el Reino de Sicilia. Finalmente fallece su hermana mayor, Juana, la que deja a Blanca como legítima heredera del Reino de Navarra. Su padre no tardó en reclamarla a su lado, y en 1415 tras más de una década morando en Sicilia, abandonará la isla para no regresar jamás.

Las Cortes de Olite la confirman como legítima heredera y poco después se anuncia su boda con el infante de Aragón, futuro Juan II, celebrándose la boda en Pamplona, como manda la tradición, en la iglesia de la novia.

Blanca era una apetecible viuda madurita de 35 años y Juan un apuesto y fogoso joven de 22 años, y a pesar de la evidente diferencia de edad, parece ser que se impuso el fuerte carácter del aragonés. Una vez oficializado el enlace, Blanca y Juan se metieron en la cama y su pusieron manos a la obra, había que engendrar un heredero. Unos meses después nacía Carlos, para el que su abuelo materno creo un nuevo título, Príncipe de Viana.
La historia se refiere a Blanca como residente habitual del maravilloso palacio de Olite, poseedora de una religiosidad exaltada, rozando el misticismo, y con fuertes tendencias hacia las peregrinaciones piadosas y la entrega y ayuda a los más necesitados.

En septiembre del año 1425 moría en Olite, sede de la Corte, Carlos III y doña Blanca se convertía en Reina de Navarra, pero debido a las injerencias e intereses de Juan en Castilla, la coronación se pospuso hasta el domingo de Pentecostés de 1429, ceremonia celebrada en la Catedral de Pamplona, cuya nave central está presidida por los inmaculados sepulcros de los padres de Blanca.

La actuación de Blanca I de Navarra ha generado debates y controversias sin solución. Para la historiografía tradicional, su fragilidad de carácter, el desinterés por los asuntos políticos, y el actuar cegada por el amor, dejaron las riendas de Navarra en manos de su ambicioso esposo, que incluso llegó a perder territorios en favor de Castilla, como inevitable consecuencia de la intromisión de Juan en los asuntos meseteños.
Sin embargo, si tratamos de olvidar tópicos y desterrar clichés, y realizamos un análisis mása profundo del contexto (yo y mis circunstancias), es posible encontrar sustento a otras explicaciones e hipótesis, que quizás, solo quizás, se acerquen un poco más a la verdad. Blanca recibirá un reino amarrado irremediablemente a una serie de compromisos ineludibles, de tal forma que Castilla, Aragón y Navarra, funcionarían como un todo, una madeja donde quedan enredados los destinos de los tres reinos. Lo que ocurra en algunas de sus partes, acabará influeyendo, de una u otra forma, y con más o menos intensidad, en el resto. Todo este entramado había sido dibujado por su padre mucho tiempo atrás, y gracias a esta actuación, pudo enderezar el rumbo de un reino que zozobraba en manos de su abuelo Carlos II.

La ciencia histórica, a la que tanto cuesta dejar atrás la tradición, ha presentado a la reina Blanca como némesis de Juan II, por otra parte, una de las personalidades más arrolladoras del siglo XV occidental. Un carácter que heredará su hijo Fernado el Católico. De cualquier modo, Blanca era la reina propietaria y legítima, y Juan únicamente el consorte, por tanto, siempre va a necesitar de una cobertura legal. Sin perder de vista tampoco, el bagaje político que fue ganando la reina durante su estancia en la corte siciliana, donde nunca lo tuvo fácil, y tuvo que superar toda una serie de circunstancias adversas. Por tanto, y para alcanzar a comprender la realidad política del Reino de Navarra en estos momentos es necesario desestimar el tópico de un rey Juan haciendo lo que le salía de las pelotas, sus actuaciones debían estar rubricadas por la firma de Blanca.

Posiblemente el mayor de los debates gira en torno al testamento de la reina, un testamento que originó una guerra civil entre su hijo Carlos, y su viudo, Juan II. La peor decisión que puede tomar una madre es lanzar a su hijo contra su propio padre, como hizo Gea con Urano y Cronos. Según las capitulaciones matrimoniales su hijo Carlos, debía heredar el Reino a la muerte de Blanca Sin embargo, y aquí está el quid de la cuestión, la reina pedía a su hijo que no tomara la Corona de Aragón sin el consentimiento de su padre, una decisión que convertía en la práctica, a Juan II en lugarteniente de Navarra.

¿Fue el amor por su marido lo que impulsó a Blanca a tomar esta determinación? o ¿por el contrario una avispada madre intuyó el peligro que suponía cercenar el poder de Juan II?. No podemos perder de vista que Carlos era también heredero en Aragón, y alejar a Juan del trono navarro, significaba debilitar la posición de Aragón frente a Francia y Castilla. ¿Fue Blanca una pitonisa que veía inevitable la fusión de las tres coronas?. Nunca lo sabremos.


En 1441, un día después se celebrar la boda de su hija, también llamada Blanca, con el heredero castellano, futuro Enrique IV, la Reina fallecía mientras participaba en una romería en honor de la Virgen de Soterraña, recibiendo cristiana sepultura en Santa María de Nieva. Del mismo modo que su primogénito Carlos nunca se convirtió en rey de Navarra, su hija Blanca tampoco llegó a ser reina en Castilla, pues su esposo la repudió una año antes de ser proclamado rey.  

martes, 19 de mayo de 2015

CARLOS III "EL NOBLE", REY DE NAVARRA.



Su tumba, labrada con gusto exquisito junto a la de su esposa Leonor, preside la nave principal de la Catedral de Pamplona, de la misma forma que una solemne estatua suya nos da la bienvenida a la Plaza del Castillo, en el corazón vivo de la capital navarra. Lo volví a encontrar en una pequeña rotonda en Tafalla y en una plaza de Tudela. Precisamente en la capital de la Ribera la comparsa Perrinche saca en cabalgata a un gigante que representa a este rey. Carlos III, conocido como "el Noble" es uno de los reyes más querido, recordado y homenajeado de la Historia de Navarra, y es que cuando este monarca se sentó en el trono, volvió la tranquilidad y la prosperidad al Reino, después de unos aciagos y turbulentos años.


Carlos III, hijo de Carlos II el Malo, y Juana de Valois, hija del rey francés Jean le Bon, fue coronado rey de Navarra en la Catedral de Pamplona en 1390, en una ceremonia oficiada por el futuro Papa Luna (o antipapa según se lea). En un contexto de relativa paz exterior, de crisis económica y de creciente aristocratización de la sociedad, el nuevo monarca desarrolló, sin grandes aspavientos, una política acorde a las circunstancias del momento.

Siendo aún un infante, su padre lo envió al frente de una embajada a la corte de Carlos V, pero el rey francés lo apresó y el monarca navarro tuvo que ceder los territorios ultrapirenaicos de Navarra. El joven Carlos comenzó bien joven a aprender como funcionan los resortes del poder político y que era más seguro, para su propia integridad, no meterse en camisas de once varas.


En 1375 se casó con Leonor de Trastámara, la hija de Enrique II, con lo que se ponía fin a la disputa entre ambos reinos, consiguiendo además una valiosa aliada, pues Castilla era el reino peninsular hegemónico del momento. A la muerte de su padre, abandonó la corte castellana y se aposentó en Navarra dispuesto a reinar. Y a reinar bien. En lugar de enfrentarse en farragosos luchas dinásticas se dedicó por entero a su propio reino, ese mismo, al que ninguno de sus antepasados franceses (empezando por su propio padre) hicieron nunca mucho caso.


Diametralmente opuesto a su padre (como nos gusta a todos los hijos) el desquiciado Carlos II, empeñado (sin fundamento) en ser rey de Francia, gracias a su talante conciliador y a sus escasas (o nulas) ambiciones territoriales, consiguió el respeto de los monarcas coetáneos. Intentó mantener relaciones con todos, Francia, Inglaterra, Aragón y Castilla, y cuando las circunstancias así lo requerían también mostró su apoyo al Papado de Avignon.

Al contrario que su polémico padre, Carlos III mantuvo estrechas relaciones con Castilla, a la que apoyó en la Guerra de Granada. Además su cuñado Juan I, devolvió algunas de las plazas arrebatadas a su padre. El abandono de los proyectos expansionistas de su predecesor, le posibilitó el alejamiento de Francia y la revalorización de la Casa de Evreux como dinastía reinante en Navarra, y materializó el acercamiento (y la amistad) con Aragón a través de una activa política matrimonial.

Reconoció la autoridad del papa de Avignon Clemente VII y a su sucesor, el aragonés Pedro Luna, al que prestó su apoyo hasta que el Concilio de Constanza puso fin al Cisma de Occidente. A partir de este momento, y en consonancia con el resto de reinos cristianos, reconoció al nuevo sumo pontífice, Martín V. Otro hecho más que demuestra que Carlos III sabía perfectamente nadar a favor de corriente.


Carlos y Leonor tuvieron seis hijas y dos hijos, pero los varones murieron siendo niños. Sin herederos en el horizonte, y siguiendo una política de alianzas matrimoniales, Carlos casó a su hija mayor Juana con el primogénito de los condes de Foix, pero al morir prematuramente, la segunda hija Blanca, se convirtió en heredera. Viuda de su primer marido, Martín de Sicilia, Blanca contrajo matrimonio con el infante Juan, hijo de Fernando de Antequera y futuro rey Juan II de Aragón. Según lo acordado en las capitulaciones matrimoniales el trono de Navarra sería para Blanca y sus descendientes, pero eso, es otra historia.


Carlos III, rey de la diplomacia y garante de la paz, acometió serias reformas en la administración del reino, creo la Corte o Tribunal Supremo y construyó nuevos canales para garantizar el abastecimiento de las ciudades y el riego de los campos. Otorgó una legislación unificada para Pamplona (1423) el Privilegio de la Unión, en virtud de la cual, los tres burgos (o barrios) que formaban la Pamplona medieval - Navarrería, San Cernín y San Nicolás - y que poseían legislaciones diferentes, quedaron unidos en una única ciudad con una ley común para todos. Como parte de esta reforma administrativa instituyó el título de "Príncipe de Viana" para concedérselo al heredero del reino.


El noble rey destacó además como promotor de las artes y de la cultura, acometiendo, entre otras obras, la reconstrucción en estilo gótico de la Catedral de Pamplona, y creó una orden de caballería de contenido más honorífico que militar a la que llamó "Orden de Caballería del Lebrel Blanco".

Carlos III instaló su corte en la pequeña villa de Olite, reformando totalmente el antiguo palacio donde habían residido los Teobaldo. Esta reforma convirtió el Palacio de Olite en un ejemplo ideal de la arquitectura gótica, una obra de ensueño dibujada por la mente más creativa. Si pensais en un castillo de cuento, ese es el de Olite. Su esposa Leonor, cuando se estableció en Navarra cayó en un profundo estado de melancolía y decidió volver al hogar familiar junto a su hermano Juan I, que no puso reparos en hacerse cargo de sus sobrinas. Leonor no regresó a Olite hasta 1395.


Desde el año 1997, el gobierno de Navarra entrega la Cruz de Carlos III, una condecoración que resalta y reconoce públicamente los méritos de personas y entidades que han contribuido al progreso de Navarra y a su proyección exterior (La nobleza sigue más viva que nunca).


Considerado uno de los monarcas más notables de la monarquía navarra, capaz de mantener relaciones cordiales con sus vecinos, preocupado por la prosperidad de un territorio, su largo reinado finalizó en 1425, cuando aquejado de gota, falleció en Tafalla. Fue inhumado en la Catedral de Pamplona, y como símbolo de su afortunado reinado nos queda su sepulcro, una auténtica joya de la escultura funeraria gótica.  

miércoles, 28 de enero de 2015

ALCAZABA DE ANTEQUERA.



La Alcazaba protegía la próspera ciudad musulmana de Antequera, hasta que en 1410 fue conquistada por el rey de Aragón, Fernando I. Muchos de sus ocupantes huyeron a Ganada, con la esperanza de encontrar allí un nuevo hogar.


Dentro del conjunto amurallado de Antequera, la alcazaba coronaba el cerro, dominando todo el recinto la torre del homenaje, una de las más grandes que construyeron los musulmanes en Andalucía.

sábado, 24 de enero de 2015

CONSELLER JOAN FIVELLER



Junto a Jaime I el Conquistador, en la fachada del histórico ayuntamiento de Barcelona, en un lugar destacado, se ubica la estatua de Joan Fiveller, conseller de Barcelona, uno de los cinco hombres que gobernaba el municipio de Barcelona, un tiempo en que la urbe era la más importante de la Corona de Aragón. Fiveller ocupó el cargo de conceller en cinco ocasiones y durante su gobierno peleó sin descanso por los intereses de su familia, del patriciado urbano y de la propia ciudad. Se enfrentó a los reyes Fernando I y Alfonso V, unos hechos que le encumbraron al panteón de los héroes de la nación catalana y en un símbolo de la defensa de las libertades municipales frente al autoritarismo real. 

lunes, 5 de enero de 2015

ANTEQUERA.



Al pie del macizo del Torcal, estratos horizontales de roca caliza surcados por hoyas, tajos y barrancos, en un altozano que domina toda la comarca de los Llanos, entre olivares, cereales y viñedos, se eleva Antequera: megalítica, mora, cristiana y renacentista.



Los más antiguos templos humanos fueron erigidos en esta tierra. Por aquí pasaron los romanos, y los moros la convirtieron en una de sus plazas fuertes, protegida por la alcaaba. Los dólmenes se transformaron en mezquitas, y éstas tornaron iglesias, varios siglos más tarde. El emirato de Córdoba tuvo que sofocar mása de un levantamiento antequerano mucho más proclive al futuro Reino de Granada.



Cien años antes que el Reino Nazarí, rindió pendones Antequera, ante el empuje del infante Fernando de Trastamara. Después de las grandes conquistas de Fernando III y Alfonso X, la frontera quedó estabilizada, mientras Castilla se desangraba en conflictos dinásticos. Hasta que en el año 1410, Fernando inició una serie de campañas triunfales por la frontera nazarita, que le llevó a conquistar la ciudad malacitana y recibir,de paso, el sobrenombre "el de Antequera".



Las lágrimas nazaríes por la pérdida de la ciudad hicieron revivir las hazañas y glorias pasadas castellanas, que aún tenían pendiente una última partida, y tras cinco meses de asedio, la ciudad se rindió y fue abandonada por los musulmanes, que buscaron refugio en otras puntos del Reino de Granada. La llegada de los cristianos desde finales de la Edad Media fue poniendo las bases de la Antequera renacentista que vivió su mayor esplendor en época de los Austria.


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