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domingo, 5 de marzo de 2017

JUAN DE SALISBURY.



Un inglés que salió de su isla para estudiar durante varios años en el continente, siendo alumno entre otros, de Pedro Abelardo. De regreso a Inglaterra entró al servicio del arzobispo de Canterbury Teobaldo, y luego de su sucesor Thomas Beckett.


Luego volvió al continente, viajó por Italia y terminó ocupando la sede episcopal de Chartres. Destacado representante de la Escuela de Chartres, con tendencias humanistas y seguidor  del modelo de Cicerón.  

lunes, 29 de septiembre de 2014

ILUSTRES PEREGRINOS



En la génesis del Cristianismo confluyen dos elementos escatológicos: el martirio y las reliquias. Ambos influirán de manera decisiva en la personalidad del cristiano, y ambos elementos dibujaron un tercero y decisivo; las Peregrinaciones. Los cristianos devotos de la Edad Media viajarán a los Santos Lugares, visitarán Roma y por supuesto, peregrinarán a Santiago de Compostela

Y entre esos peregrinos, encontramos a gente ilustre y célebre, personajes de la política y de la farándula, gente guapa de la prensa rosa (y amarilla) medieval. El primer peregrino conocido fue Gotescalco, el obispo de Le Puy, al que siguieron Alfonso II el Casto, uno de los urdidores (y cuasi arquitecto) de la Ruta Xacobea, San Francisco de Asís, con la sana intención de transmitir el evangelio mediante la palabra y no a fuerza de Cruzada, Santo Domingo de Guzmán, su rival mendicante, la más legendaria (por obligada) que histórica de el Cid Campeador, el piadoso Felipe II, Thomas Becket, azote y maldición de Enrique Plantagenet, el periodista medieval Aymeric Picaud, autor de la primera Guía del Peregrino, Carlomagno que tuvo que resucitar para hacer coincidir las fechas de su legendaria peregrinación, Isabel la Católica, que a su paso por Cebreiro, regaló a los monjes la Hornacina del Santo Milagro (¿otro Grial?) o el Conde Fernán González, el artífice de la Castilla histórica. Otros más gandules y más henchidos de riquezas, pagaban a algún miserable para que realizase el Camino en su nombre. ¿Qué opinaría el Altísimo de todo esto?. Todos ellos hombres y mujeres conocidísimas sufrieron la fatiga y la dureza, y sintieron el goce de alcanzar la meta, al igual que millones de peregrinos anónimos.

viernes, 2 de mayo de 2014

THOMAS BECKET.



El conflicto Monarquía versus Iglesia vivió momentos de gran pasión en la relación establecida entre Thomas Becket y Enrique II. Becket no era poseedor de una gran intelecto ni erudición, pero tenía el don de hacerse querer, por este motivo, siendo joven aún, el arzobispo de Canterbury, Teobaldo, lo tomó bajo su protección y servició en 1142, pensando que sería un excelente peón en la enconada disputa con la monarquía. Teobaldo envió al joven Thomas a Roma, donde también se ganó rápidamente el afecto del Papa. El siguiente paso que dio Teobaldo fue aconsejar al rey Enrique II que nombrase a Becket canciller (algo así como el Primer Ministro). Si Enrique aceptaba, Teobaldo estaba seguro de que Becket sabría manejar las negociaciones con la iglesia de forma ventajosa para la Cruz. Y efectivamente Enrique hizo oficial el nombramiento. Pero lejos de lo que esperaba Teobaldo, entre Thomas y Enrique surgió pronto una amistad y confidencialidad. Becket se unió a los lujos y juergas en que vivía Enrique y para horror de Teobaldo se puso de parte del rey en la cuestiones relativas a la disputa corona-iglesia. Todo esto cambió en 1161 con la muerte de Teobaldo. 


Había muerto el principal rival de Enrique II en materia de política religiosa y el rey creía tener la solución para terminar con el conflicto; Becket sería nombrado nuevo arzobispo de Canterbury. Pero al rey le salió el tiro por la culata. Becket era un tipo al que gustaba hacer bien su trabajo. Y si como canciller había defendido los intereses de la corona, una vez en la sede de Canterbury haría lo propio con la iglesia. Ahora se dedicaría a proteger los intereses de la Iglesia. Esta nueva posición y su repentino cambio de actitud rompió para siempre su amistad con Enrique II. De amigos fieles pasaron a enemigos irreconciliables. Todo se precipitó la navidad de 1170. Thomas Becket decidió excomulgar a los obispos de York que habían participado en la coronación del hijo mayor de Enrique y para hacerlo sucesor. Esta tarea era función de Canterbury y el arzobispo actuó excomulgando a los participantes. La ira se apoderó de Enrique que llevado por la locura exclamó: “¡Y ni uno de los cobardes que alimento en mi mesa, ni uno sólo de ellos, es capaz de librarme de este sacerdote turbulento!”. 


Cuatro caballeros se retiraron y partieron a Canterbury, al parecer sin tener órdenes claras por parte del rey que como actuar. El 39 de dieciembre de 1170 los cuatro caballeros irrumpieron en la catedral de Canterbury y en el mismo altar dieron muerte a Becket. La noticia cayó como un helado jarro de agua fría sobre Enrique, que se dio cuenta de que este acontecimiento podría acarrearle numerosos problemas. Su enemigo Luis VII corrió enseguida a la Santa Sede a exigir que Enrique II fuese excomulgado y muchos de sus súbditos empezaron a verlo como una auténtica bestia. El caballero Plantagenet tuvo que realizar grandes esfuerzos para volver a ser admitido en el seno de la Iglesia.
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