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viernes, 12 de junio de 2015

SEGISMUNDO DE LUXEMBURGO



Roma, Ciudad Eterna y Caput Mundi, 31 de mayo del año 1433, el Papa Eugenio IV corona como emperador del Sacro Imperio a Segismundo de Luxemburgo, que se convierte, a partir de ese momento, en el monarca más poderoso de la Europa católica. A la corona de Hungría y a la de Bohemia, sumaba ahora el cetro imperial. A mayor poder, mayor número de rivales. Prácticamente los venció a todos, a unos con la espada, a otros con buenas palabras. Solo hubo una turbia amenaza que no fue capaz de conjurar, la expansión otomana. 

Segismundo era hijo de Carlos IV , el emperador que puso todo su empeño en convertir Praga en la ciudad más hermosa de Europa. Para reforzar sus relaciones con la Santa Corona húngara, Carlos casó a Segismundo con María, la hija del rey húngaro Luis el Grande . Ese enlace permitiría a Segismundo convertirse en rey de Hungría. Nacido en Alemania, Nuremberg, de ascencencia Bohemia, a lo largo de su vida, el futuro emperador, hijo de emperador, se fue identificando profundamente con su patria adoptiva, Hungría.

Cuando murió Luis el Grande, su hija María fue coronada reina de Hungría con todo el boato y ceremonial pertinente. Algunos años después, Segismundo también fue coronado y aceptado como rey de Hungría por el pueblo magiar. En la práctica, gobernó sólo. Instaló su corte en la colina de Buda, que se alza majestuosa sobre el Danubio , y que con el tiempo, unida a Pest, se convirtió en la más fascinante capital de toda Europa Central. Remodeló el castillo, que se fue convirtiendo en un palacio de bellos contornos.

Ferviente defensor del catolicismo pasó gran parte de su vida, y de su reinado, luchando en favor de la Iglesia. En 1396 dirigió una desafortunada cruzada que acabó en desastre en la batalla de Nicópolis, donde el ejército cristiano fue superado tácticamente por los generales otomanos. El propio rey estuvo a punto de perder la vida.

La expansión del Islam por Europa oriental era solamente una de sus preocupaciones, pues la Iglesia Católica estaba inmersa en una tremenda crisis institucional, con tres papas que se consideraban legítimos, Juan XXIII, Gregorio XII y Benedicto XIII, el Papa Luna. Aquí también Segismundo tomó cartas en el asunto. En 1413 convocó el Concilio de Constanza con el objetivo de terminar con este despropósito, y después de dimes y diretes, tensas negociaciones y un poco de voluntad por parte de todos, Martín V es elegido Papa, poniendo fin al Cisma de Occidente.

Pero en el Concilio de Constanza también había otro asunto espinoso que tratar, la herejía del bohemio Jan Hus. El propio Hus fue convocado al concilio, y el incauto se presentó inocentemente allí. A pesar de defender sus postulados, no pudo convencer a los inmovilistas censores de la iglesia, y el pobre Hus fue juzgado, condenado y finalmente quemado en la hoguera. Este acontecimiento traería a Segismundo más de un quebradero de cabeza, y posiblemente, un sentimiento de culpa. En 1419 murió su hermano Wenceslao, rey de Bohemia, por tanto la corona pasaba a Segismundo, pero se encontró con la durísima oposición de los seguidores de Jan Hus, conocidos como husitas, iniciándose un conflicto bélico conocido como “guerras husitas”. Nuevamente la religión como excusa política. Jan Zizka “el Tuerto” uno de los más celebrados estrategas de la Baja Edad Media, dirigió con maestría los ejércitos husitas, a los que Segismundo opuso al mejor de sus comandantes, Janos Hunyadi . Un largo conflicto que se prolongó durante quince años, sin que ninguno de los dos bandos consiguiese una victoria clara y definitiva. Cuando la diplomacia falla, se recurre a la guerra. Cuando la guerra no soluciona los problemas se vuelve a la diplomacia. En 1434, se firma el Tratado de Basilea, Segismundo, con el apoyo del papa Eugenio IV, acepta cierta libertad de culto religioso, y los bohemios reconocen a Segismundo como su rey.

Tras la muerte de María, Segismundo no estaba dispuesto a renunciar al amor y a los placeres de la carne, y se enamoró de una joven de la nobleza, con origen esloveno, Bárbara de Celje, con la que contrajo matrimonio en 1408. De este matrimonio nació su única hija, Isabel, que se casó con Alberto , hijo del duque de Austria, Alberto IV. Decidido a dejarlo todo atado, y bien atado, Segismundo nombró sucesor y heredero a su yerno, que reinaría en Hungría y sería conocido por el sobrenombre de “el Magnánimo”.

Segismundo de Luxemburgo, es también conocido por haber fundado la “Orden del Dragón”, que tanta tinta (y sangre) ha hecho correr. Una enigmática orden, con fama de esotérica, concebida para luchar contra el Imperio Otomano y defender a la iglesia católica de sus enemigos. Creo que no hace falta añadir, que la fama de dicha orden, se relaciona con la pertenencia a la misma de Vlad II , el padre de Vlad III el Empalador, elevado a los altares de la cultura popular del siglo XX, como Drácula, gracias a la transmutación literaria que del personaje propició el irlandés Bram Stoker. La Orden del Dragón, que algunos ocultistas vinculan con supuestos conocimientos sobre magia póstuma, ha servido de inspiración, como templarios, masones y rosacruces, a las mentes más dadas a la ensoñación literaria y la fantasía.

Rey de Hungría, rey de Bohemia, Emperador de la Iglesia, con Occidente destruyéndose en la Guerra de los Cien años, y oriente convulsionada por las campañas turcas, Segismundo fue durante algunos años, el hombre más poderoso de Europa. Fe, perseverancia, determinación y buen talante fueron sus armas, convencido de que lo que no se obtiene con la espada, se consigue con las palabras. En 1437 falleció Segismundo, y fue sepultado en Nagyvárad, actualmente Oradea en Rumanía, junto a la tumba de uno de los reyes santos húngaros, San Ladislao .

sábado, 30 de agosto de 2014

EL PAPA LUNA.



Pedro Martínez de Luna, miembro de un poderoso linaje y natural de la Corona de Aragón, consiguió la mitra papal con el nombre de Benedicto XIII durante el destierro de Avignon, sucediendo a Clemente VII. Precisamente Clemente VII había depositado su confianza en Pedro Martínez de Luna, que le sirvió como legado pontificio durante dieciséis años.


Pedro de Luna como buen aristócrata dedicó su primera juventud a las armas, tomando parte de la Batalla de Nájera, junto a Pero Lope de Ayala, aunque pronto, cambió de tercio, bajó de la montura y se colocó el hábito. Comenzó sus estudios y se doctoró en Derecho Canónico en la Universidad de Montpellier, en la que además, fue profesor. Desempeñó varios cargos eclesiásticos de creciente importancia, hasta que en 1394 fue nombrado Papa de la obediencia de Avignon, en pleno Cisma de Occidente.


Una vez nombrado Papa, don Pedro de Luna no estaba dispuesto a amedrentarse ante las continuas presiones de la Monarquía Francesa, demostrando que no iba a ser tan manejable como sus antecesores. Clemente VII durante varios años "compartió" papado con la sede de Roma.

En 1389 Francia retiró su apoyo político y financiero a Avignon, y procedió a bloquear la Sede Papal. En 1403, el Papa Luna consigue huir de Avignon, después de resistir dos duros asedios, y tras refugiarse unos años en la corte napolitana, termina recalando en la localidad castellonense de Peñiscola. Antes, Benedicto XIII sustrajo Peñíscola de la jurisdicción de la Orden de Montesa para ponerla bajo la protección de la Santa Sede. 

El Papa Luna, que había disfrutado de la opulencia de Avignon, tuvo que mudarse de la enorme fortaleza palacio en la ciudad francesa, a un pequeño castillo en la costa levantina. Fue declarado hereje y antipapa. Incluso el papa "oficial" Martín V envió un sicario para atentar contra don Pedro de Luna. Fracasó.


Benedicto XIII siempre mantuvo la convicción de la legitimidad de su elección, atestiguado en su testamento: "....teniendo a Dios como testigo, se que poseo legalmente el patrimonio de Cristo y herencia de la iglesia militante..."


Aunque gozó de la protección de Alfonso V de Aragón, no volvió a poseer influencia en la política de la época. En 1423, a los 96 años, expiró su último suspiro, que una suave brisa arrastró por todo el Mediterráneo. La leyenda afirma que aun vaga su sombra por los torreones y estancias del castillo, proclamando a viva voz "el verdadero papa, soy yo".

Para entender la compleja personalidad de este Papa, nada mejor que recorrer las salas, patios y torres del castillo-palacio de Peñíscola.



En la soleada costa de Castellón, encerrado en una jaula de oro, viviendo en esta fortaleza de origen templario, don Pedro de Luna, se convirtió en el Papa del Mar, poético apelativo que acuñó don Vicente Blasco Ibañez.


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