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miércoles, 8 de noviembre de 2023

TALASOCRACIA VENECIANA

 


En la lejana, y prácticamente desconocida Edad del Bronce, el pueblo minoico, cuyo exquisito gusto por el arte aún es visible en las magníficas escenas con delfines, pintadas al fresco en los muros de sus palacios, dominaron el mar Egeo y sus inmediaciones. Más tarde, los osados fenicios no dejaron ningún punto del mediterráneo sin visitar. En el extremo más occidental de su mundo conocido fundaron la que es considerada la ciudad más antigua de todo el Occidente, Gadir. A la talasocracia minoica y fenicia, sucedieron atenienses y romanos que convirtieron el mar Mediterráneo en un enorme, dinámico y lucrativo mercado. En la Edad Media las Repúblicas Marineras Italianas, a las que habría que sumar la República de Ragusa, y las ciudades comerciales de la Corona de Aragón (Barcelona y Valencia), pugnaron por controlar las rutas comerciales y dominar los mecados. Los notables de la Serenissima organizaron toda una serie de instituciones que tenían como única finalidad controlar ese comercio incrementando constantemente el margen de beneficios. El Estado, la política y las leyes al servicio de la economía. Tratados comerciales, guerras de conquista, operaciones financieras, alianzas y pactos provechosos, los habitantes de la Laguna convirtieron el Adriático en un mar veneciano. Si abandonamos la tranquilidad de las islas y avanzamos por la soleada costa croata, podemos empaparnos de la influencia véneta en la región; Zadar, Sibenik, Split o Dubrovnik, tienen una innegable impronta veneciana, sensación que se prolonga hacia el sur, continuando nuestro viaje por Montenegro y Albania; Perast, Kotor, Sködra . . .


viernes, 31 de marzo de 2023

LA CIUDAD MARÍTIMA Y MERCANTIL.



 
La célula originaria de la civilización marítima es la ciudad mercantil, habitada por una población burguesa, libre y dueña de sus actos; la de la civilización territorial es el dominio señorial, en donde el estatuto social aparecer fijado por las relaciones del hombre con la tierra.


Sin embargo, se hace necesario distinguir, tanto en la Europa medieval como en los países mediterráneos de la Antigüedad, dos tipos de ciudad. Por una parte, las ciudadelas militares, residencias reales o principescas, o centros religioso, es decir, aglomeraciones urbanas características de todas las civilizaciones señoriales, cuyos habitantes viven sujetos a un estatuto análogo al de las poblaciones patrimoniales. Por otra parte, las ciudades mercantiles, nacidas espontáneamente por influencia del comercio, de nueva fundación o formadas al margen de las ciudades principescas o religiosas, y que dieron nacimiento a una clase de hombres libres dedicados a un actividad económica: sea al comercio internacional – Tiro, Mileto, Florencia, Gante – o a una simple actividad local.


La organización política de estas ciudades estuvo determinada por su actividad económica y por la composición social que de ella se deriva. Tiro, Venecia, Brujas y las ciudades de la Hansa, que fueron ciudades de mercaderes, estuvieron gobernadas por la burguesía de los negocios; Mileto, Atenas, Florencia y Gante, ciudades industriales, congregaron en sus recintos a un numeroso proletariado libre y conocieron una evolución que, tras liberarlas de las clases privilegiadas, las hizo pasar del gobierno de la burguesía acomodada al del pueblo, a través de graves crisis sociales.


Algunas de ellas, gracias al poderío de sus flotas guerreras, llegaron a alzarse como metrópolis de verdaderos imperios marítimos, tales como las ciudades de Tiro, Atenas y Venecia.


En la Antigüedad, tanto en Egipto como en Siria o Grecia, las ciudades libres borraron de sus alrededores al régimen señorial y a la esclavitud. Fueron centros de libertad y también, lo mismo que los templos y los monasterios, de actividad intelectual y artística.


Además, con la creación en torno suyo de amplias zonas de tráfico, el comercio hizo surgir una población rural libre, apoyada en el poder monárquico para garantizar su seguridad, y una clase burguesa instruida y emprendedora de donde los soberanos sacaban los funcionarios que precisaban para su política centralizadora; las ciudades fueron, pues, la base sobre la cual se constituyeron las monarquías. Tal sucedió, durante la Antigüedad, en Egipto y Mesopotamia, y en el curso de la Edad Media, en la Europa Occidental: Francia, Inglaterra y España. Como excepción, tenemos el caso de las ciudades a las que su gran poderío infundió vida propia, como las de Grecia antigua y las de la Italia Medieval, convertidas en repúblicas autónomas, que obstaculizaron durante largo tiempo la formación de estados territoriales.



Jacques Pirenne.

Historia Universal. 
Volumen VI. Prólogo.

domingo, 23 de junio de 2019

SEMITAS.



El término semita fue utilizado por primera vez a finales del siglo XVIII para referirse a aquellos pueblos citados en la Biblia, descendientes de Sem, hijo mayor del patriarca Noe. El término fue acuñado en 1781 por el filólogo alemán August Ludwig von Schlözer, pare hablar de un tipo de lengua encuadrada dentro de las lenguas orientales.

También le nacieron hijos a Sem, padre de todos los hijos de Heber, y hermano mayor de Jafet. Los hijos de Sem: Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aram. Los hijos de Aram: Uz, Hul, Geter y Mas. Arfaxad engendró a Sala, y Sala engendró a Heber. Y a Heber le nacieron dos hijos: el nombre de uno fue Peleg , porque en sus días fue repartida la tierra, y el nombre de su hermano, Joctán. Joctán engendró a Almodad, a Selef, a Hazar-mavet, a Jera,a Adoram, a Uzal, a Dicla, a Obal, a Abimael, a Seba, a Ofir, a Havila y a Jobab; todos estos fueron hijos de Joctán. Y su territorio se extendía desde Mesa rumbo a Sefar, la región montañosa del oriente.Estos son los hijos de Sem, según sus familias, según sus lenguas, por sus tierras, conforme a sus naciones. Estas son las familias de los hijos de Noé según sus genealogías, por sus naciones; y de ellos se propagaron las naciones sobre la tierra después del diluvio.(Génesis 10, 21 -32)

Desde ese momento, el concepto semita hace referencia a los pueblos de lengua semítica, como los habitantes de Aram, Asiria, Babilonia, Canaán y Fenicia. En la actualidad los hablantes semíticos serían los árabes y los judios (particularmente los habitantes de Israel). Se trata de un término únicamente lingüístico y la tendencia a extender su uso a denominaciones étnicas o raciales, carece de cualquier tipo de base científica.


Pueblos con lengua semita fueron amorreos, caldeos, acadios, asirios, babilonios, fenicios, hebreos y árabes. Se trata de uno de los grupos de pueblos más activos que irrumpen en Mesopotamia consiguiendo desplazar, por ejemplo, al elemento sumerio.

A los pueblos semitas se les ha atribuido la invención del alfabeto, además, las tres grandes religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islam) surgieron y se desarrollaron entre ellos.

Historiadores y arqueólogos (también lingüístas) trabajan con el objetivo de descubrir la patria (o patrias) original de este conjunto de pueblos. Las pruebas arqueológicas indican que los pueblos de lengua semítica se dispersaron a través de Mesopotamia antes del establecimiento de su cultura urbana. La zona de procedencia podría ser el África Subsahariana, Arabia o el propio sur de Mesopotamia. En la actualidad parece que se impone Arabia como foco original. Desde esta zona empezaron a expandirse en sucesivas oleadas.

Eran pueblos nómadas, diferentes entre sí, aunque muchos de ellos llevarán una vida seminómada, de amplia difusión territorial, y todo esto impidió su coexión política. Abandonaron Arabia para internarse en oleadas por la región del Creciente Fértil, a partir del 3000 a.C., una crucial franja de tierra que se extiende de Mesopomia a Egipto, pasando por las costas del Mediterráneo Oriental.



viernes, 30 de noviembre de 2018

COLLIURE.




Pintoresco, mediterráneo, catalán y alegre, muy alegre. Descendiendo con brusquedad desde un risco poblado de pinos y matorral, a orillas del mar aparece Colliure. Las montañas y las colinas de alrededor aparecen poderosas, erizada de bastiones y castillos construidos por orden del rey Sol Luis XIV. Había que defender la frontera de los valerosos españoles. 


Omnipresente la Senyera en Colliure, parece que no hemos abandonado Cataluña, a pesar de haber atravesado la frontera que la separa de Francia. Al fin y al cabo Rosellón desarrolló su historia medieval unido a la corona de Aragón. 


Un castillo sobre el mar, como el de Peñíscola, pero más renacentista y poderoso.


Desde época antigua estas costas recibían la visita de marineros y comerciantes griegos.


Desde el siglo XII había en Colliure talleres de paños, bodegas, construcción de barcos, miel, cera y salazones de sardinas, pesca de atún, y todos estos productos se destinaban a la exportación. El viento sopla con fuerza. Este era una lugar de paso y de intercambios. Los mercaderes foráneos tenían que pagar un derecho de venta, importante fuente de riqueza para la villa. Poco a poco se convirtió en el puerto más importante el Rosellón, por ese motivo todos los poderes que se sucedieron en la región colmaron Colliure de atenciones y prevendas.



Un poco de cocina mediterránea y otro poco de gastronomía francesa. El mar y la huerta, y el maravilloso postre típico que podemos degustar en cualquier rincón de Francia, el café gourmand.



La tierra del país vecino (ni extraño, ni lejano) cubre el cuerpo del poeta. Su alma sigue siendo libre. Antonio Machado acaso el más grande de los poetas en lengua castellana, por la sinrazón de unos y la desidida de otros, continua exiliado ochenta años después de su muerte. 


Viento embravecido azota el puerto amurallado de Colliure. Viñedos y arbustos cubren la cimas circundantes. Un viejo molino del siglo XIV lleva desde entonces viendo pasar por aquí escritores, pintores y artistas varios (me gustaría incluirme entre ellos). 


Sentado frente al mar: ¿Rosellón o Francia?, ¿Cataluña o España?. Veo el futuro de Europa como una Confederación formada por un par de centenares de microestados. O eso, o la ruptura total, espalda contra espalda, vecino contra vecino.





martes, 30 de octubre de 2018

CÁDIZ TRAICIONANDO A GADIR.



- ¿No llegaste a terminar aquella novela de la que nunca quería hablar? ¿Aquella historia tan enigmática?.
- Oh, la terminé. Seiscientos cuarenta y nueve folios.
- ¿Qué fue de ella? ¿Te la rechazaron sistemáticamente y todavía la tienes guerdada en algún cajón?
- La terminé. Ocho años de mi vida, creo que más. Y cuando puse el punto final, y la dejé reposar, y la volví a leer meses más tarde, me fui un día allí mismo, a la Caleta – señaló en la oscuridad, pero desde aquí no se veía la playa -. Y la arrojé al agua.
- ¿No te pareció buena?.
- Me pareció magnífica – dijo José Ángel, ufano, con un resabio vanidoso del Fantasma de la Ópera en su porte -. ¿Pero que más me daba, si no iba a llegar a nadie, si nadie iba a comprenderla?. César Aníbal – saboreó el nombre como si fuera un vino viejo - . Cómo habría sido el mundo si Roma hubiese sido derrotada, como merecía, en la Segunda Guerra Púnica.
- ¿Una historia alternativa?
- La historia que debió haber sido – contestó él, y por un momento me pareció escuchar cierta chispa de irritación en su voz –. En estas mismas orillas se plantó Hani Ba'al Barqâ, y en sus templos pidio la ayuda de los dioses. Demasiado tarde, quizá. O quizá también los dioses habían iniciado su retirada, como nuestros antepasados gadirianos olvidaron su historia púnica y se entregaron a Roma y se convirtieron en Gades. Cuando Julio César visitó el mismo templo dos siglos más tarde, ya era Hércules quien se había aposentado en el lugar, y su poder no estaba todavía corrompido por la deserción de sus creyentes hacia el nazareno. En mi libro, Aníbal entraba triunfante en Roma y la historia del Mediterráneo se configuraba tal como tendría que haber sido conocida desde el principio.
- Sin embargo, destruiste su trabajo.
- Lo entregó al mar. ¿Qué más daba?. ¿No queman acaso las editoriales todo el material que ya no les sirve, porque tienen que dejar sitio a otro material más nuevo que quizá tampoco les dará dividendos? Lo consideré mi peque ofrenda “Agnus pro vicario” - asintió él, buscándolo con la mirada en la noche negra; no estoy seguro de que no fuera capaz de verlo -. Una forma de reconocer que alguien, al menos, había sido capaz de comprender cuál tendría que haber sido el destino verdadero de esta ciudad y aquel imperio. Sin embargo, fueron derrotados. Y, más que derrotados, condenados al olvido y la difamación. Como nosotros mismos. Catón el Viejo fue el molde que luego siguieron Goebbels y muchos otros. “Ceterum censeo Carthaginem esse delendam”. Así solí terminar el hijo de puta sus discursos, viniera o no viniera a cuento.
- “Es más, creo que Cartago debe ser destruída” - traduje yo.
- Veo que recuerdas tu latín.
- Tuve que dar clase un par de años. Todavía lo recuerdo con espanto.
- Sin embargo, si Aníbal hubiera rematado aquella gesta, hoy no hablaríamos latín, posiblemente, sino púnico. Pero los romanos los satanizron. No sólo prendieron fuego a su flota y sus ciudades, esclavizaron a sus mujeres y sus hijos, pasaron a cuchillo a todos su hombres. Subvirtieron sus cultos, ignoraron sus hazañas, convirtieron aquella raza valiente en un chiste, o peor, en unos monstruos. Thomas Harris no sabía que caníbal viene de caanita; o tal vez sí, es lo mismo ya. Pero los fenicios y sus descendientes fueron más, mucho más que buhoneros en barco, Gabriel. Fueron semilla de imperios. Y Roma, Grecia, Israel y Egipto no sólo les robaron el alfabeto, rebajaron su arte, se burlaron de sus dioses, ocultaron a la historia que fueron capaces de no dejarse dominar por el Mediterréno ni por el océano. Convirtieron en mentira la realidad de sus grandes avences, y en falsedades los ritos de sus dioses verdaderos.

Rafael Marín. La ciudad enmascarada.


martes, 28 de agosto de 2018

SARCÓFAGOS PÚNICOS DE GADIR.



Colocados de esa forma ante el público, el uno junto al otro, los dos sarcófagos antropoides, masculino y femenino, parecían un matrimonio de otras épocas, y era así sin duda como lo interpretaban quienes se detenían a contemplarlos con esa mezcla de temor y reverencia que produce siempre todo aquello que tiene alguna relación con la historia y con la muerte. Sin embargo, el sarcófago femenino era unos setenta más más antiguo, aunque fue encontrado casi un siglo más tarde que su actual compañero para la posteridad, y lo delicado de su talla llevaba a pensar que en efecto había una cierta evolución artística en su diseño, quizás porque el sarcófago masculino no había sido tallado en mármol noble y había permanecido a la intemperie demasiado tiempo.

Ambos formaban parte de los tesoros más valiosos del museo. En realidad, el edificio había crecido alrededor del sarcófago masculino. El 30 de mayo de 1887, en el transcurso de unas obras en Punta de Vaca, el lugar donde luego se instalarían los astilleros que darían brevemente respiro a la ciudad que ya hacía un siglo que había empezado a enmascarar su hundimiento con la pérdida del monopolio ultramarino, se encontró el primer sarcófago. Hubo quien lo consideró el mismísimo rey Argantonio de Tartessos, quien al comprobar el tamaño de sus huesos lo atribuyó a un pigmeo, y quien quiso imaginar que su procedencia era egipcia con influencia helenizante. Al final, se cifró su procedencia y su edad: una talla sidonense contemporánea de Platón que quizá albergaba en su interior a un rico comerciante tan satisfecho de sí mismo que había legado sus rasgos para la historia. El Museo se construyó para mostrarlo al público, aunque los dimes y diretes de prohombres y políticos, cuestiones monetarias y otras polémicas lo habían dejado abandonado y al raso durante décadas; quizás a eso se debiera parte de lo deteriorado de su aspecto.

El yacimiento y los otros cadáveres y ajuares encontrados a su alrededor llamaron la atención de arqueólogos de todo el mundo. El comentario corriente de la antigüedad de la ciuda y la falta de ruinas que conllevaban sus diversos hundimientos a lo largo de la historia se veía, por fin, negado ante la evidencia de un sarcófago gigantesco que hablaba de la importancia de la Gadir fenicia en el mundo comercial mediterráneo que luego sería ahogado por Roma y su imperio. Uno de aquellos arqueólogos venidos a principios del siglo veinte se llamaba Pelayo Quintero Atauri. Durante décadas, hasta que ya septuagenario marchó en 1939 a Tetuán, donde murió en 1946, se dedicó a la búsqueda de un segundo sarcófado que revalidara la influencia comercial de la colonia, el poderío de sus mercaderes y sacerdotes, incluso, en su fantasía el amor que el ocupante del sarcófago femenino tendría que haber profesaro hacia su esposa, a la que sin duda había enterrado con la misma pompa y circunstancia que se había otorgado a sí mismo.

Quienes escuchaban ahora la historia, resuelto el misterio, no podían evitar un escalofrío. Porque Pelayo Quintero, a pesar de sus esfuerzos, no logró encontrar aquel sarcófago y se lo llevó la muerte antes de que su tesis pudiera ser demostrada.

El 26 de septiembre de 1980, en la inevitable obra que siempre desgrana Cádiz los restos de su pasado de oropeles y miseria, se halló el sarcófago femenino, en un solar de la calle Ruiz de Alda (ahora convenientemente rebautizada “Parlamento”). El sarcófago, aunque hoy los visitantes del museo ven su tono marfileño, era de mármol policromado; como siempre, la tardanza en retirarlo y la lluvia y el viento de aquel día borraron del rostro de piedra de la muerta gran parte del mimo que el dinero de sus seres queridos habían puesto en su enterramiento. También las raíces de los árboles y la rotura del catafalco había hecho que dos mil quinientos años de erosión carcomieran la momia interior, de la que apenas quedaban restos y vendajes putrefactos. Quizá a imitación de su prima lejana ibera, y aunque su contrapartida masculina no tiene nombre específico, se la llamó “Dama de Cádiz”.

El hallazgo no habría tenido mayor importancia que la anécdota de no ser porque, por uno de esos caprichos del destino, el solar donde fue descubierto el sarcófago había sido exactamente el lugar donde Pelayo Quintero, aquel soñador convencido de su existencia, había vivido durante años. Hoy, conocida la anécdota y la burla del destino, no era difícil imaginar a aquel hombre durmiendo cada noche, soñando con un sarcófago enterrado más de dos milenios antes, rebulléndose en su cama y buscando la respuesta a aquella comezón que lo atosigaba, sin saber que a pocos metros de su mismo chalecito, bajo él, la Dama de Cádiz lo llamaba cada noche, insistiéndole para que la sacara a la luz y la colocara en el trono público que ahora compartía con el varón que la acompañaba en la contemplación de la vida desde la muerte.

No hay quien conozca la historia de Pelayo Quintero y la casualidad del hallazgo que no reprima un suspiro de perplejidad ante la jugarreta del destino. La Dama de Cádiz, sin embargo, sonríe ahora al recordarlo por debajo de su máscada de mármol inexpresivo. Después de dos mil quinientos años bajo tierra, aunque se gastó las uñas intentando arañar una salida, aunque se quemó las cuerdas vocales que ya no tenía llamando cada noche al único hombre que confiaba en su existencia, ahora estaba aquí, a plena luz, esperando, igual que quienes la adoraban, su momento.
Rafael Marín. 
La Ciudad Enmascarada.


sábado, 11 de agosto de 2018

LA CIUDAD ENMASCARADA.



La ciudad se me antojada un ente vivo, capaz de transformarse del día a la noche, de la primavera al verano y del otoño al invierno. Lo notaba en el sonido de los coches y el silencio de las calles, en la prisa de los transeúntes y la cachaza de los turistas, en el vuelo de los pájaros y el crujido de las ramas de los árboles. Cádiz es dos ciudades y no es ninguna ciudad al mismo tiempo: un pueblo grande para algunos, espectro de glorias pasadas que ya no existen ni en el recuerdo. Hay luz y soledades en la zona de extramuros, hay manchas de humedad y algarabía en el casco antiguo. Nada es más distinto de Cádiz que Cádiz mismo, cuando sopla el poniente o cuando salta el levante, cuando se cubre el empedrado de cera o cuando te salpican a los ojos los papelillos (eso que en todas partes menos aquí, pese a la herencia genovesa, llaman confetti). Puede asaltarte cualquier día de invierno el compás de un pasodoble, y es posible que en algún momento del pasado, en aquellos barrios que se caían de puro viejo y no se atrevía a levantar ningún dinero nueve, se hubiese escuchado el repicar de una alegría, una soleá o un fandango, pero ahora la ciudad sólo tenía una música fantasma que resucitaba cada enero y extendía sus tentáculos de pentagramas inexistentes hasta, en ocasiones, los primeros días de marzo. Todavía me sorprendía escuchar a primeros de octubre el rasgueo de una guitarra o el martilleo de un bombo y una caja, y me parecía que el tiempo, por un instante, había ido hacia atrás, cuando lo que había hecho era dar un brinco hacia adelante. Lo mismo que en pleno verano, cuando paseaba por el parque de Genovés y me asomaba a la bahía en el paseo de Santa Bárbara y me atacaba de pronto un toque de corneta que indicaba que en algún lugar, tras el aparcamiento de coches, ensayaba un puñado de muchachos de esos que luego desfilan con poco garbo y peinados extraños en las procesiones de Semana Santa, cuesta acostumbrarse a la idea de que la explosión de júbilo controlado que es el carnaval no florece de una noche para otra, sino que obliga a meses previos de composición y ensayo. Ese maullido extraño, el quejido que lo mismo expresa alegría por la vida que desconcierto ante la desgracia, llega siempre sin avisar, cualquier tarde de septiembre o incluso antes, y yo sabía entonces el año no iba a empezar hasta que volviera a asomar su careta desvergonzada el carnaval que era ya la única prenda que quedaba a una ciudad que llevaba muchos siglos muriéndose, enmascarada en la mentira de sus propios desengaños.
Rafael Marín. 
La ciudad enmascarada.


miércoles, 23 de mayo de 2018

EL ALFABETO.



Las tres Parcas o, según dicen algunos, Io, la hermana de Foroneo, inventaron las cinco vocales del primer alfabeto y las consonantes B y T; Palamedes, hijo de Nauplio, inventó las otras once consonantes, y Hermes redujo los sonidos a caracteres, utilizando formas cuneiformes porque, las grullas vuelan formando cuña, y llevó el sistema de Grecia a Egipto. Éste era el alfabeto pelasgo, que más tarde Cadmo llevó de vuelta a Beocia y que Evandro de Arcadia, un pelasgo, introdujo en Italia, donde su madre Carmenta formó los quince caracteres familiares del alfabeto latino.

Desde entonces agregaron otras consonantes al alfabeto griego Simónides de Sarrios y Epicarmo de Sicilia, y dos vocales, la O larga y la E breve, los sacerdotes de Apolo, de modo que la lira sagrada de éste tiene ahora una vocal para cada una de sus siete cuerdas.

Alfa era la primera de las dieciocho letras, porque alphe significa honor y alphainein es inventar, y porque el Alfeo es el más notable de los ríos. Además Cadmo, aunque cambió el orden de las letras, conservó a alfa en su lugar, porque aleph, en idioma fenicio, significa buey y Beocia es la región de los bueyes.
Robert Graves.

Los Mitos Griegos.

jueves, 8 de diciembre de 2016

HIRAM I REY DE TIRO.



Hiram fue rey de la ciudad fenicia de Tiro y su gobierno coincidió con una etapa de gran esplendor, pues acometió obras para agrandar la ciudad y proyectarse al exterior. Tuvo gran influencia en la política internacional de su época. Pasó de ser aliado de los filisteos a colaborador del rey David, y de su sucesor Salomón.

Hiram tuvo una excelente relación con el rey Salomón. Enviaba trabajadores e ingentes cantidades de los preciados cedros del Líbano. Cabe suponer que esa madera de excelente calidad fue empleada para la construcción del templo de Salomón. A cambio el rey judío proveía a Fenicia de productos agrícolas.


Durante el reinado de Hiram marineros fenicios llegaron a las Columnas de Hércules, y unas millas más hacia el Occidente fundaron la ciudad de Gadir.  

viernes, 25 de diciembre de 2015

SACERDOTE DE CÁDIZ.



Gadir fue la más importante fundación fenicia en Occidente, con permiso de Cartago, por eso no es de extrañar la cantidad de objetos de esta cultura que se han descubierto (se descubren y se descubrirán por los siglos de los siglos) enterrados bajo el suelo de la ciudad, como el Sacerdote de Cádiz (siglo VII a.C.). Considerado tradicionalmente como un sacerdote en actitud de oración, sin embargo la postura y vestimenta, los atributos que porta y la máscara dorada que cubre, sin ocultar, el rostro, le identifican como la representación de una divinidad oriental.  

domingo, 20 de diciembre de 2015

RESHEF.



Reshef (también Melkart/Baal) una divinidad guerrera que se arma con lanza y escudo, y porta la tiara del Alto Egipto, llegó al suroeste de la Península Ibérica durante el Periodo Orientalizante (siglos VIII – VII a.C.). Esta deidad de origen sirio-fenicio, alcanzó gran popularidad y expansión por todo el Mediterráneo, incluído Egipto, tradicional cuna de dioses. Piezas similares a esta se elaboraban en Tartessos, una misteriosa entidad estatal, que mantenía profundas relaciones con los comerciantes fenicios.  

martes, 6 de octubre de 2015

LOS CRETENSES.

VIDA Y COLOR 2
(Colección de Cromos de 1968).


Las tierras que bordean el mar Egeo y las numerosas islas que lo salpican abandonaron la Prehistoria entre el tercer y el segundo milenio a.C. Hasta ese momento todos esos territorios estaban habitados por pueblos que desconocían el metal, utilizaban herramientas de piedra pulimentada, poseían unos pocos animales domésticos y practicaban una agricultura muy rudimentaria. Su entrada en la historia coincidió con la llegada de grupos y tendencias culturales desde Oriente, gracias a los fructíferos intercambios comerciales. La isla de Creta se convirtió en la cuna de una civilización esplendorosa cuyos destellos iluminaron los rincones más recónditos del mar Mediterráneo. Los arqueólogos han desenterrado palacios en Cnossos, Gurnia, Faistos y Mallia, cuya suntuosidad prueba el poderío alcanzado por quienes los edificaron. A partir de estos vestigios podemos entrever una civilización que se basaba en una economía sólida, dirigida por los propios monarcas y administrada por un gobierno perfectamente estructurado. La sociedad cretense fue de gustos refinados, como vemos en las pinturas murales que se han conservado, el deporte favorito de la aristocracia era una forma de tauromaquia que consitía en saltar por encima de la res, volteando el cuerpo con agilidad en el momento de producirse la embestida.


Las ciudades cretenses fueron edificadas en la cima de las colinas de la isla. En la cúspide se alzaba el palacio, morada del rey, de la corte y de los funcionarios que trabajaban para la administración. Este palacio se rodeaba de terrazas en las que se plantaban cipreses y olivas, y contaba también con graneros para almacenar trigo. La población artesana y mercantil vivía en casas de uno o dos pisos, agrupadas en barrios que se desparramaban por la ladera de la colina. Las fachadas de las casas eran muy simples y presentaban una decoración formada porfranjas de colores oscuros. En cada área de la ciudad se agrupaban los trabajadores de una profesión determinada (barrios de campesinos, de mercaderes, de artesanos). El núcleo urbano estaba cercado por un recinto de murallas, al exterior de las cuales, en la llanura se extendían campos de cultivo, viñedos y olivares.


Conocemos muchos elementos de la religión cretense, pero muy poco acerca de su significado. Se han hallado numerosas figurillas de toros, imágenes femeninas y hachas de doble filo. Lamentablemente desconocemos los significados que los habitantes de la isla daban a tales representaciones. Lo que si parece seguro es que los cretenses adoraban a una diosa madre, de la cual dependía la fertilidad de los campos y la continuidad de la especia humana. Se trataba de una religión naturista propia de un pueblo de pastores y campesinos que buscaban ganar el favor de un ser supremo y conseguir así la prosperidad. En los ritos cretenses, el culto tenía un papel fundamental la sacerdotisa, cuya imagen fue plasmada por pintores y escultores de Creta. En la lámina podemos ver a una mujer que realiza extrañas ceremonias empuñando en cada mano una serpiente, animal que al igual que la paloma y el toro se consideraba sagrado.


El cretense, como el del retrato, obligado por las circunstancias, llevaba una vida nómada y aventurera. Gran parte de la población de la isla estuvo encuadrada en el ejército real y tomó parte en numerosas campañas que tuvieron por escenario los territorios del mar Egeo. Los griegos del siglo V mantenían vivo el relato de sus gestas, Tucídides escribe: “Minos es el personaje más antiguo conocido por la tradición. Tuvo una flota poderosa con la que conquistó casi todo el mar que hoy es grigo, estableció su dominio en las Cícladas y fundó colonias en ellas, expulsó a los carios y puso como jefes de los territorios conquistados a sus propios hijos. Trabajó con todas sus fuerzas para purgar el mar de piratas y asegurar así la recogida de sus impuestos”. El guerrero cretense, especialista en el combate naval y la lucha en tierra firme, recorrió todas las islas egeas y las sometió a la voluntad de su rey.


La talasocracia – o dominio del mar – establecida por los cretenses les abrió todos los puertos comerciales del antiguo Oriente y les proporcionó pingües beneficios a través del fluido intercambio comercial de los productos. Los navíos mercantes arribaban frecuentemente a los puertos egipcios en la época del Imperio Nuevo, y a cambio de vino, aceite, cerámica y metales labrados, los cretenses obtenían papiro, vasos de alabastro, esclavos, plantas medicinales y objetos de adorno personal, como collares, brazaletes o diademas con las que se engalanaban las mujeres de la aristocracia.


La expansión cretense alcanzó la península de los Balcanes, en la que acababan de irrumpir una serie de pueblos procedentes del Danubio, que conocemos por el nombre de Aqueos. Su asentamiento en estas tierras se consiguió a costa de la destrucción de algunas ciudades, utilizando para ello una nueva arma de guerra: el caballo. Hacia el 1800 a.C. cretenses y aqueos compartían pacíficamente la isla de Melos, en la que existían importantes yacimientos de obsidiana. La fusión entre los recién llegados desde Grecia y la población cretense se realizó poco a poco, pacíficamente. Los jinetes aqueos, divididos en diminutos principados, reconocieron la soberanía cretense y comenzaron a admirar los logros de su refinada civilización.


Como no podía ser de otra manera, la coexistencia pacífica entre cretenses y aqueos no fue duradera. Los recién llegados construyeron ciudades fortificadas – como Micenas y Tirinto – y prepararon a toda su población para hacer la guerra. La sociedad aquea estaba dirigida por una aristocracia militar que vivía en palacios fortificados, que incluso poseían un sistema de conducción de aguas. Los artesanos aqueos se especializaron en el arte bélico, y consiguieron perfecionar la espada, dando a su hoja mayor longitus y corte para que pudiera utilizarse como estoque y como sable, y también crearon un poderoso carro de guerra tirado por cuatro caballos. Estos dos elementos dieron a los aqueos la superioridad militar suficiente para acometer la conquista de Creta.


Las circunstancias geográficas del mundo egeo obligaron a sus habitantes a especializarse en las artes de la mar. La hegemonía cretense se basó en una flota bien armada y pilotada por expertos marinos. Por otro lado, en los puertos era necesaria la existencia de astilleros, donde los carpinteros se dedicaban a construir y a reparar navíos comerciales, de pesca y de guerra. Cada tipo de navío tenía características especiales de acuerdo a su función: para el comercio se necesitaban barcos con grandes bodegas, para la guerra bajeles velocres y para la pesca pequeñas embarcaciones que permitiesen fondear en las playas y adentrarse por los estrechos pasos. Tras la destrucción de las ciudades cretenses, el Mediterráneo se convirtió en un mar fenicio.


A través del arte conocemos el aspecto que debían tener algunas ceremonias religiosas. La lámina reproduce una procesión ritual celebrada en el palacio de Cnossos. Un sacerdote que enarbola una palma abre la comitiva, seguido de varios músicos semidesnudos, mientras el público se agolpa en la terraza de palacio. La ceremonia tendría como finalidad festejar la recogida de la cosecha de cereales o de aceitunas. Homero, en la Ilíada describe una de estas ceremonias, a las que tan aficionados eran los miembros de la aristocracia: “Los mancebos y las vírgenes...de las manos cogidos danzaban y se divertían. Ellas iban vestidas con telas sutiles de lino, y ellos con túnicas muy bien tejidas brillantes de aceite; muy hermosas guirnaldas ceñían las frentes de aquéllas, dagas de oro y tahalíes de plata llevaban los jóvenes....”


El habitante de la isla supo sacar el máximo provecho del mar que le rodeaba por todas partes. La pesca fue una actividad económica de primer orden, en la que se especializó buena parte de la población isleña. Se practicó con redes, ya fuera en el litoral o en mar adentro, por medio de embarcaciones de vela y remo, que formaban flotillas muy numerosas. Todas las especies de peces que viven en el Mediterráneo fueron capturadas por los cretenses que aprendieron a adobarlas o salarlas en grandes tinajas, un sistema que aseguraba una conservación prácticamente indefinida. En lugares poco profundos expertos buceadores practicaban la pesca de esponjas.


En sus travesías los barcos cretenses, dominadores del Mare Nostrum, eran seguidos de cerca por bandas de delfines que brincaban sobre las olas mientras esperaban los suculentos desperdicios que los marineros tiraban por la borda. Este espectaculo de cetáceos voladores entusiasmó a los navegantes, que quisieron inmortalizar la escena en los muros de las casas. Los pintores cretenses elaboraron maravillosos frescos policromos en los palacios, reproduciendo con maestría y fidelidad a los delfines en su hábitat. Los delfines que decoran el palacio de Cnossos siguen sorprendiendo por su dinamismo: el delfín en movimiento, con su cola en forma de media luna, la aleta erguida sobre el lomo oscuro y el simpático morro picudo. A los antiguos cretenses estos frescos ejecutados con vivos colores sobre la pared les tuvo que sugerir una imaginaria ventana abierta al mar.


lunes, 5 de octubre de 2015

FENICIOS.

VIDA Y COLOR 2
(Colección de Cromos de 1968).


Dos milenios antes del nacimiento de Cristo, la llanuras de la Costa Sirio-Palestina comenzaron a poblarse densamente y nacieron pequeñas ciudades autónomas rodeadas por campos de cultivo. Los habitantes de estas tierras eran cananeos, y los griegos les dieron el nombre de Fenicios. Ante la creciente inestabilidad política de la región que provocaban las invasiones que asolaron Próximo Oriente, surgieron en el país ciudades edificadas en lugares fáciles de defender, en islas próximas a la costa, como Tiro, o en promontorios, como Biblos y Sidón. El cotidiano contacto de sus moradores con el mar Mediterráneo insufló en los fenicios una clara vocación marinera y aventurera. Poco a poco la primitiva navegación de cabotaje se fue transformando en una arriesgada navegación de altura, que llevó a los fenicios a dominar todo el Mediterráneo hasta el estrecho de Gibraltar. Es muy probable que aprovechasen la decadencia de los pueblos que habitaban las islas del Egeo y los micénicos, para controlar los mercados de Egipto, Chipre y Asia Menor, y lanzarse a fundar factorías en el Norte de África, la Península Ibérica y las islas del Mediterráneo Occidental. 


A pesar de las prosperidad de sus ciudades, los fenicios carecieron de un arte con personalidad propias. No obstante la continua acumulación de riqueza hizo posible contratar a múltiples artistas extranjeros – arquitectos, pintores o escultores -. Por otro lado, los dinámicos marineros fenicios, acostumbrados como estaban a visitar países diversos, aprendieron a apreciar las artes de otros pueblos, en especial las de Egipto y Chipre. En definitiva el arte que podemos considerar propiamente fenicio se nutrió de una serie de variopintas influencias. 


Las casas estaban decoradas por pinturas murales ejecutadas con tonos vivos, como muestra la lámina y reproducían motivos ornamentales complicados y caprichosos. Un adorno compuesto por volutas coronadas por una especie de flor de loto que recuerda las obras egipcias. Los faraones egipcios importaban cedros de los Montes del Líbano en grandes cantidades y pagaban las mercancía con oro u otros objetos artísticos. Tanta fue la influencia egipcia que era frecuente que los personajes importantes se enterrasen en bellos sarcófagos de piedra tallados en el país del Nilo.


Este personaje con su barbita recortada y mirada avispada es un comerciante fenicio que sabe escribir con unos signos muy simples mediante los cuales puede extender recibos de la mercancía vendida, sellar contratos o listar todo cuanto posee. La forma de escribir de los fenicios fue imitada en muchos puntos del Mediterráneo y de ella deriva nuestro abecedario. A los fenicios se debe uno de los descubrimientos más trascendentales para la historia de la Humanidad: el alfabeto. 


La mujer fenicia presenta bellas facciones, grandes ojos oscuros y labios carnosos. Su cabello era moreno, y según la Biblia, las mujeres cananeas tenían costumbres disolutas y adoraban a una gran multitud de dioses paganos. Un de estas mujeres, que pertenecía a la realeza, huyó de su país al ser asesinado su esposo Aquerbas y fundó la ciudad de Cartago, que al correr del tiempo se convirtió en la capital de un próspero emporio comercial. 


Las empresas marineras de los fenicios nunca tuvieron un carácter militar. Su interés en tierras extrañas se limitaba a la fundación de una factoría comercial, emplazada normalmente en un lugar aislado que fuera fácil de defender y desde la que se pudiesen realizar intercambios de productos indígenas. Las operaciones de intercambio se hacían mediante el comercio silencioso: los fenicios depositaban en la playa sus mercancías y se retiraban. Luego los aborígenes las observaban y ponían junto a ellas la cantidad de oro, o cualquier otro metal precioso, que consideraban justo. Si los fenicios veían que el trato era satisfactorio, recogían los bienes y los embarcaban en sus naves para transportarlos a nuevos mercados. 


La necesidad de una gran flota comercial obligó a los fenicios a disponer de numerosos artilleros en los que trabajaban miles de carpinteros. La materia prima, es decir la madera, la obtenían de los cercanos bosques de cedros situados en las tierras del Líbano. Tal era la calidad de esta madera, que se exportaba en ingentes cantidades a Egipto, a Judea y a otros estados del mundo antiguo. Los carpinteros navales fenicios ganaron merecida fama, pues sus barcos, soportaban fácilmente las tempestades. Por otra parte la flota fenicia participó en numerosas campañas militares, normalmente como aliados o como mercenarios de otros reinos. 


Además del comercio, los fenicios destacaron en la metalurgia. Sus expediciones les proporcionaron grandes cantidades de mineral en bruto de calidad: la isla de Chipre y el desierto del Negev suministraban cobre, de Asia Menor, la Península Ibérica y ls islas Casitérides, obtenían estaño, oro y plata. La fundición de todos estos metales, y su aleación se realizaban en enormes factorías que poseían hornos, crisoles y almacenes donde se custodiaban los lingotes. Estos lugares eran vigilados con celo y su existencia se mantenía en el mayor de los secretos. Los artesanos fenicios transformaban estas materias primas en objetos manufacturados que alcanzaban altos precios en los mercados. Los broncistas de la ciudad de Tiro gozaban de fama y reputación.


Además de los trabajadores del metal y los constructores de barcos, Fenicia contaba con numerosos artesanos que fabricaban los objetos destinados al consumo interior o a la exportación. Todos ellos llevaban una existencia sedentaria entre sus casas y sus talleres, en ciudades y aldeas. Las cerámicas eran muy cotizadas en todo el mar Mediterráneo. 


Sobre el trabajo del marfil también ejercieron los fenicios su monopolio. La materia prima les llegaba desde muy lejos, tras pasar por las manos de múltiples intermediarios, encareciéndose siempre, y recorrer miles de kilómetros por los medios de transporte más variados. Los colmillos de elefante procedían del África Negra, de las lejanas regiones del sur del Sudán. Debido a la dificultad con que se obtenía, el marfil era un producto de lujo sólo al alcance de los bolsillos de los más potentados. Los escultores elaboraban pequeñas placas decoradas con figuras de animales o de dioses que se colocaban en las paredes de las viviendas aristocráticas.


El pavo real, de la familia de los faisánidas, una de las aves más espectaculares del mundo, por su plumaje suntuoso y multicolor era muy apreciado entre los fenicios. Éstos los utilizaron para decorar los jardines de sus palacios, convirtiéndola en ave doméstica, de tal forma que pronto se convirtió en una lucrativa actividad económica, encaminada a la venta de sus vistosas plumas. 






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