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martes, 23 de julio de 2019

LA SEGUNDA DERROTA DE LA CABALLERÍA.




El renacimiento del romanticismo caballeresco, con su renovado entusiasmo por la vida heroica, y la nueva moda de las novelas de caballerías, fenómeno que se percibe por primera vez hacia fines del siglo XV en Italia y Flandes y que alcanza su punto culminante en el siglo XVI en Francia y España, son esencialmente un síntoma del incipiente predominio de la forma autoritaria de Estado, de la degeneración de la democracia burguesa y de la progresiva cortesanización de la cultura occidental. Los ideales de vida y los conceptos de virtud caballerescos son la forma sublimada de que revisten su ideología la nueva nobleza, que en parte asciende desde abajo, y los príncipes, que se inclinan al absolutismo. El emperador Maximiliano es considerado el “último caballero”, pero tiene muchos sucesores que aspiran a este título, y todavía Ignacio de Loyola se llama a sí mismo “caballero de Cristo” y organiza su Compañía según los principios de la ética caballeresca, aunque a la vez con el espíritu del nuevo realismo político. Los mismos ideales caballerescos no son ya suficientemente apropiados; su inconciliabilidad con la estructura racionalista de la realidad política y social y su falta de vigencia en el mundo de los “molinos de viento” son demasiado evidentes. Después de un siglo de entusiasmo por los caballeros andantes y de orgía de aventuras en las novelas caballerescas, la caballería sufre su segunda derrota. Los grandes poetas del siglo, Shakespeare y Cervantes, son nada más que los portavoces de su tiempo; únicamente anuncian lo que la realidad denota a cada paso, a saber: que la caballería ha llegado al fin de sus días y que su fuerza vital se ha vuelto una ficción.


En ninguna parte alcanzó el nuevo culto de la caballería la intensidad que en España, donde, en la lucha de siete siglos contra los árabes, las máximas de la fe y del honor, los intereses y el prestigio de la clase señorial se habían fundido en unidad indisoluble, y donde las guerras de conquista en Italia, las victorias sobre Francia, las extensas colonizaciones y el aprovechamiento de los tesoros de América se brindaban, puede decirse, por sí mismos a convertir en héroe la figura del guerrero. Pero donde brilló con más esplendor el resucitado espíritu caballeresco también fue la desilusión más grande, al descubrirse que el predominio de los ideales caballerescos era una ficción. A pesar de sus triunfos y de sus tesoros, la victoriosa España hubo de ceder ante la supremacía económica de los mercachifles holandeses y de los piratas ingleses; no estaba en condiciones de aprovisionar a sus héroes probados en la guerra; el orgulloso hidalgo se convirtió en hambriento, si no en pícaro y vagabundo. Las novelas caballerescas en realidad se probó que eran la preparación menos adecuada para las tareas que había de realizar un guerrero licenciado para establecerse en el mundo burgués.


La biografía de Cervantes revela un destino sumamente típico de la época de transición del romanticismo caballeresco al realismo. Sin conocer esta biografía es imposible valorar sociológicamente Don Quijote. El poeta procede de una familia pobre, pero que se considera entre la nobleza caballeresca; a consecuencia de su pobreza se ve obligado desde su juventud a servir en el ejército de Felipe II como simple soldado y a pasar todas las fatigas de las campañas en Italia. Toma parte en la batalla de Lepanto, en la que es gravemente herido. A su regreso de Italia cae en manos de los piratas argelinos, pasa cinco amargos años en cautividad, hasta que después de varios intentos fracasados de fuga es redimido en el año 1580. En su casa encuentra de nuevo a su familia completamente empobrecida y endeudada. Pero para él mismo —el soldado lleno de méritos, el héroe de Lepanto, el caballero que ha caído en cautividad en manos de paganos — no hay empleo; tiene que conformarse con el cargo subalterno de modesto recaudador de contribuciones, sufre dificultades materiales, entra en prisión, inocente, o a consecuencia de una leve infracción, y, finalmente, tiene todavía que ver el desastre del poder militar español y la derrota ante los ingleses. La tragedia del caballero se repite en gran escala en el destino del pueblo caballeresco por excelencia. La culpa de la derrota, en lo grande como en lo pequeño, la tiene, como ahora se ve bien claramente, el anacronismo histórico de la caballería, la inoportunidad del romanticismo irracional en este tiempo esencialmente antirromántico. Si Don Quijote achaca a encantamiento de la realidad la inconciliabilidad del mundo y de sus ideales y no puede comprender la discrepancia de los órdenes subjetivo y objetivo de las cosas, ello significa sólo que se ha dormido mientras que la historia universal cambiaba, y, por ello, le parece que su mundo de sueños es el único real, y, por el contrario, la realidad, un mundo encantado lleno de demonios. Cervantes conoce la absoluta falta de tensión y polaridad de esta actitud, y, por ello, la imposibilidad de mejorarla. Ve que el idealismo de ella es tan inatacable desde la realidad, como la realidad exterior ha de mantenerse intocada por este idealismo, y que, dada la falta de relación entre el héroe y su mundo, toda su acción está condenada a pasar por alto la realidad.


Puede muy bien ocurrir que Cervantes no fuera desde el principio consciente del profundo sentido de su idea, y que comenzara en realidad por pensar sólo en una parodia de las novelas de caballería. Pero debe de haber reconocido pronto que en el problema que le ocupaba se trataba de algo más que de las lecturas de sus contemporáneos. El tratamiento paródico de la vida caballeresca hacía tiempo que no era nuevo; ya Pulci se reía de las historias caballerescas, y en Boiardo y Ariosto encontramos la misma actitud burlona frente a la magia caballeresca. En Italia, donde lo caballeresco estaba representado en parte por elementos burgueses, la nueva caballería no se tomó en serio. Sin duda, Cervantes fue preparado para su actitud escéptica frente a la caballería allí, en la patria del liberalismo y del humanismo, y desde luego hubo de agradecer a la literatura italiana la primera incitación a su universal burla. Pero su obra no debía ser sólo una parodia de las novelas de caballerías de moda, artificiosas y estereotipadas, y una mera crítica de la caballería extemporánea, sino también una acusación contra la realidad dura y desencantada, en la que a un idealista no le quedaba más que atrincherarse detrás de su idea fija. No era, por consiguiente, nuevo en Cervantes el tratamiento irónico de la actitud vital caballeresca, sino la relativización de ambos mundos, el romántico idealista y el realista racionalista. Lo nuevo era el insoluble dualismo de su mundo, el pensamiento de que la idea no puede realizarse en la realidad y el carácter irreductible de la realidad con respecto a la idea.


En su relación con los problemas de la caballería, Cervantes está determinado completamente por la ambigüedad del sentimiento manierista de la vida; vacila entre la justificación del idealismo ajeno del mundo y de la racionalidad acomodada a éste. De ahí resulta su actitud ambigua frente a su héroe, la cual introduce una nueva época en la literatura. Hasta entonces había en ella solamente caracteres de buenos y de malos, salvadores y traidores, santos y criminales, pero ahora el héroe es santo y loco en una persona. Si el sentido del humor es la aptitud de ver al mismo tiempo las dos caras opuestas de una cosa, el descubrimiento de estas dos caras en un carácter significa el descubrimiento del humor en la literatura, del humor que antes del Manierismo era desconocido en este sentido. No tenemos un análisis del Manierismo en la literatura que se salga de las exposiciones corrientes del Manierismo, gongorismo y direcciones semejantes; pero si se quisiera hacer tal análisis, habría que partir de Cervantes. Junto al sentido vacilante ante la realidad y las borrosas fronteras entre lo real y lo irreal, se podrían estudiar también en él, sobre todo, los otros rasgos fundamentales del Manierismo: la trasparencia de lo cómico a través de lo trágico y la presencia de lo trágico en lo cómico, como también la doble naturaleza del héroe, que aparece ora ridículo, ora sublime. Entre estos rasgos figura especialmente también el fenómeno del “autoengaño consciente”, las diversas alusiones del autor a que en su relato se trata de un mundo ficticio, la continua transgresión de los límites entre la realidad inmanente y la trascendente a la obra, la despreocupación con que los personajes de la novela se lanzan de su propia esfera y salen a pasear por el mundo del lector, la “ironía romántica” con que en la segunda parte se alude a la fama ganada por los personajes gracias a la primera, la circunstancia, por ejemplo, de que lleguen a la corte ducal merced a su gloria literaria, y cómo Sancho Panza declara allí de sí mismo que él es “aquel escudero suyo que anda, o debe de andar en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, si no es que me trocaron en la cuna, quiero decir, que me trocaron en la estampa”. Manierista es también la idea fija de que está poseído el héroe, la constricción bajo la cual se mueve, y el carácter marionetesco que en consecuencia adquiere toda la acción. Es manierista lo grotesco y caprichoso de la representación; lo arbitrario, informe y desmesurado de la estructura; el carácter insaciable del narrador en episodios siempre nuevos, comentarios y digresiones; los saltos cinematográficos, divagaciones y sorpresas. Manierista es también la mezcla de los elementos realistas y fantásticos en el estilo, del naturalismo del pormenor y del irrealismo de la concepción total, la unión de los rasgos de la novela de caballería idealista y de la novela picaresca vulgar, el juntar el diálogo sorprendido en lo cotidiano, que Cervantes es el primer novelista en usar, con los ritmos artificiosos y los adornados tropos del conceptismo. Es manierista también, y de manera muy significativa, que la obra sea presentada en estado de hacerse y crecer, que la historia cambie de dirección, que figura tan importante y aparentemente tan imprescindible como Sancho Panza sea una ocurrencia a posteriori, que Cervantes — como se ha afirmado — no entienda al cabo él mismo a su héroe. Manierista es, finalmente, lo desproporcionado, ora virtuosista y delicado, ora descuidado y crudo, de la ejecución, por la que se ha llamado al Don Quijote la más descuidada de todas las grandes creaciones literarias, es verdad que sólo a medias con razón, pues hay obras de Shakespeare que merecen igualmente tal título.


Cervantes y Shakespeare son casi compañeros de generación; mueren, aunque no de la misma edad, en el mismo año. Los puntos de contacto entre la visión del mundo y la intención artística de ambos poetas son numerosos, pero en ningún punto es tan significativa la coincidencia entre ellos como en su relación con la caballería, que ambos tienen por algo extemporáneo y decadente. A pesar de esta unanimidad fundamental, sus sentimientos respecto del ideal caballeresco de vida, como no cabe esperar de otro modo ante fenómeno tan complejo, son muy distintos. El dramaturgo Shakespeare adopta ante la idea de la caballería una actividad más positiva que el novelista Cervantes; pero el ciudadano de Inglaterra, más adelantado en su historia social, rechaza la caballería como clase más terminantemente que el español, no tan completamente libre de prejuicios a causa de su propia prosapia caballeresca y de su carrera militar. El dramaturgo no quiere, incluso por razones estilísticas, renunciar al realce social de sus héroes: tienen que ser príncipes, generales y grandes señores para levantarse teatralmente sobre sus contemporáneos, y caer desde una altura suficiente, para causar, con la peripecia de su destino, una impresión tanto mayor.
Arnold Hauser. 
Historia Social de la Literatura y el Arte.


sábado, 29 de junio de 2019

ELOÍSA.



Una chica lista y culta no debe enamorarse, piensan algunos, eso es para las tontas. Bonita e inteligente, una mujer extraordinaria y cuentan, con una belleza fuera de lo común, su delito, enamorarse de Pedro Abelardo.

Eloisa, una joven diferente de las demás, una intelectual de su tiempo (algo extraño para una chica de la Edad Media), con diecisiete añitos enamoró al gran Abelardo, una auténtica eminencia del conocimiento. Un amor prohibido y trágico, su historia la pudo haber escrito (varios siglos más tarde) William Shakespeare. Tras su fracaso amoroso terminó convertida en Abadesa del Paráclito.

martes, 11 de septiembre de 2018

KRONBORG, EL CASTILLO DE HAMLET.




El célebre castillo de Hamlet guardó durante siglos el estrecho canal que separa Dinamarca y Suecia. Estamos en la orilla danesa y a un tiro de cañón se encuentra Suecia.


Constantemente los ferris cruzan el estrecho en uno y otro sentido.


Esta preciosa fortaleza, famosa por ser el hogar del trágico personaje shakesperiano, tuvo función recaudatoria, pues aquí se cobraba peaje a todos los barcos que cruzaban el estrecho.


Con el tiempo adoptó su estructura para soportar y acoger artilleria, con baluartes, casamatas y varios anillos de muralla. Paulatinamente el castillo fue modificando sus formas, convirtiéndose en un magnífico ejemplo de castillo renacentista similar al de Kalmar o al Frederiksborg.

viernes, 15 de diciembre de 2017

CABALLEROS TEMPLARIOS Y CABALLEROS JEDI.



Caballeros de capucha y espada, monjes guerreros, mitad místicos y mitad soldados, guardianes de una antigua tradición, adalides de la justicia y buscadores incansables de la perfección del espíritu. Templarios y Jedi comparten una misma esencia.

Los grandes creadores de sueños de la historia, desde Homero hasta Georges Lucas, pasando por William Shakespeare, J.R.R. Tolkien y Walt Disney, siempre bucearon en los océanos de la literatura, la historia, el arte, las leyendas y las tradiciones populares, para configurar a sus criaturas y personajes. Como escribió Sánchez Dragó hace cuarenta años en su Gárgoris y Habidis “es imposible fabular desde el vacío”. Del mismo modo que es imposible soñar sin recuerdos ni vivencias. La generación espontánea es una simple quimera.


A la hora de dibujar a los Caballeros Jedi, el visionario George Lucas buscó (y encontró) inspiración en los samuráis japoneses, en los monjes shaolín chinos y en la Orden del Temple. Esta orden miliar surgió en un momento y en un contexto muy concreto: la época de las cruzadas. Aunque la Orden del Temple es la más conocida, no fue la única creada en Tierra Santa, pues la Orden de San Juan de Jerusalén o la de los Caballeros Teutónicos, también nacieron al calor de la cruzada. Los miembros de estas órdenes militares aunaban la faceta militar y la monástica.

Utilizando la lupa de la curiosidad (aumentada con ciertas dosis de frikismo) podemos encontrar ciertas similitudes entre los caballeros del temple y los caballeros jedi.

Jedi y Templarios eran caballeros, expertos en la lucha cuerpo a cuerpo, pero también se comportan como monjes, y siguen la estricta regla de la Orden. Una orden que se muestra perfectamente jerarquizada, con aprendices (padawan), caballeros y maestros. El Capítulo General es el órgano supremo de la Orden del Temple, y el Consejo Jedi guía los destinos de sus caballeros y establece las directrices a seguir.

La fuerza - el equilibrio del Universo - o Dios. No hay que ser muy avispado para comprender que la fuerza se puede equiparar con Dios (sea el Dios que sea). Los Jedi tienen su propio templo, que sirve como sede de la Orden, y los templarios tuvieron su primera casa en las ruinas del antiguo templo de Salomón en Jerusalén.


Al igual que la fuerza tiene su reverso tenebroso, también el Dios Cristiano lo tiene, pero en este caso no nos referimos a Lucifer (qué también) sino al Islam, al secular rival del Temple. Los templarios encontraron a sus sith en los musulmanes sarracenos o en los fanáticos hashshashin , desencadenando una auténtica guerra santa. Tanto en los conflictos en que se vieron implicados los templarios, como la lucha denodada de los jedi, subyace la idea de cruzada.


La espada, el símbolo arquetípico del caballero, del noble, del aristócrata, define en definitiva a templarios y jedi. Al fin y al cabo, los jedi no dejan de formar una casta, cerrada, con sus propias reglas y estrictas normas. Célibes, pobres y obedientes como cualquier monje. Y cuidadito con el que intente evadir estos votos. (Anakin lo hizo y mirad como acabó)..Ambos caballeros – jedi y templario – renuncian al amor romántico, por un amor más puro y universal.


Fijémonos ahora en el enigmático sello de los templarios: dos cabalgan juntos; el maestro y el aprendiz. Obi Wan y Anekin, Yoda y el joven Luke. El Jedi y el Padawan. Hasta hoy nadie ha sabido explicar de forma convincente el significado del símbolo templario en que dos caballeros utilizan una misma montura. ¿No encontramos con un caballero y su aprendiz?


La tragedia sobreviene en esta larga historia. el papa Clemente V en connivencia con el rey de Francia – Felipe IV el Hermoso - desarticuló la orden del temple y mandó a la hoguera su último maestre Jacques de Molay , mientras que los jedi – en virtud de la orden 66 – fueron traicionados, masacrados y declarados proscritos. Mas a pesar de la brutalidad algunos caballeros lograron sobrevivir.

Mucho se ha escrito sobre la supervivencia de la Orden del Temple, se cuenta que algunos caballeros llegaron a Escocia y ayudaron al rey Robert Bruce a derrotar a los invasores ingleses o que un enigmático personaje llamado Marcus Larmenius mantuvo la existencia de la orden en la clandestinidad. En el fondo se trata de leyendas de reciente creación, poca tradición y nula credibilidad.


Pero de la misma manera que Luke Skywalker dirigió la fundación (y desarrollo) de la Nueva Orden Jedi, el rey portugués Dionisio I “el labrador”, aglutinó a los antiguos caballeros templarios y sus posesiones, y fundó la Orden de Cristo. Un siglo después, esta Orden de Cristo, bajo el maestrazgo de Enrique el Navegante, se lanzó a la conquista de los mares.

La espada (de luz o de acero) , es la más noble de las armas y símbolo de un cuerpo creado para defender al más débil, llámese Cristiandad o República. Los Jedi fueron los defensores de la República, de un ideal de democracia, amenazada por las ansias absolutistas del Imperio Galáctico. La Orden Teutónica era – de forma similar – el brazo armado de la Hansa, una poderosa asociación de comerciantes y ciudades del Norte de Europa.


Como las aventuras de Obi Wan Kenobi, Qui Gon Jin, Luke Skywalker y el maestro Yoda ocurrieron hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, nunca sabremos a ciencia cierta si George Lucas se inspiró en los Templarios, o si por el contrario, fueron los pobres caballeros de Cristo los que imitaron a los Jedi. En una última vuelta de tuerca, podemos jugar a imaginar a un noble caballero jedi que huyendo de la traición, llegó con su nave a nuestro planeta durante la Edad Media, para acabar instruyendo a los primeros caballeros de Hugo de Payns en las ruinas del templo de Jerusalén.  


domingo, 30 de julio de 2017

HERNE EL CAZADOR.



Las noches de plenilunio, entre los árboles del bosque de Windosor, acecha la sombra errante y fantasmal de Herne el Cazador. Un siniestro ser cornudo, que arrastra cadenas, monta un negro corcel y atormenta a los ganados.


Según la leyenda Herne era el montero mayor del rey inglés Ricardo II. Durante una partida de caza, el valiente cazador salvó la vida de su señor, pero a cambio quedó malherido, al borde de la muerte. Una vieja hechicera del lugar logró curar sus heridas y salvar su vida, pero a cambio tuvo que prometer no volver a cazar jamás. Desde ese lejano día es posible encontrarse con la sombra de Herne vagando solitaria por los bosques de Windsor.


El dramaturgo universal William Shakespeare recoge la leyenda en su obra “Las alegres comadres de Windsor”: “Hay una antigua conseja que refiere que Herne el cazador, que fue antaño guardabosques de Windsor, vuelve en invierno a la hora de la media noche y con la frente coronada de astas de ciervo se pasea alrededor de una encina, y allí deseca los árboles y ataca al ganado, y hace que la vaca vierta, en vez de leche, sangre, y sacude una cadena del modo más terrible y espantoso. Habéis oído hablar de ese espíritu y sabéis que los antiguos, en su credulidad supersticiosa, recibieron como una verdad, y la transmitieron a nuestros días, la leyenda de Herne el cazador”.




 Aunque la mención de Shakespeare es la más antigua, no falta quién pretende establecer conexiones entre esta leyenda y antiguos cultos forestales y deidades paganas – como el céltico Cernunnos - cuyo origen se perdería en la noche de los tiempos.
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