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martes, 31 de marzo de 2015

LUCIO CORNELIO SILA



Ojos fríos, mirada altiva, cabellos dorados, corazón orgulloso. Vividor, militar y político. Miembro de una notable familia patricia venida a menos, Sila vivió una juventud de crápula, alternando con truhanes, gladiadores y meretrices, y consiguió aquello que John Voight anhelaba en Cowboy de Medianoche, una mujer que lo mantuviese. Una ramera griega algo mayor que él a la que maltrató sin remordimiento. 

Salió de la inmundicia para enrolarse en el ejército (única salida para los desechos sociales). Sirvió como cuestor en el ejército de Cayo Mario durante la guerra de Yugurta, interviniendo de forma crucial en la traición que posibilitó la captura del rey numida.

Vuelto a la decadencia de Roma se lanzó a la política para poder pagar vicios y sus numerosas deudas, y rápidamente se enfrentó abiertamente a su antiguo general. Los optimates (ricos y poderosos) vieron en Sila, al hombre capaz de derrotar al bando popular acaudillado por Mario. 

Hombre capaz y talentoso, pero un político contradictorio hasta la temeridad. Por un lado pretendía mantener vigente la legalidad, pero sus acciones marcaron el comienzo del fin de la República. En un alarde de prepotencia e irresponsabilidad acampó a sus hombres en el foro, siendo el primer general en lanzar un ejército romano contra la propia Roma, sentando un peligroso precedente. 

Embriagado de sí mismo, se proclamó cónsul vitalicio y organizó una auténtica masacre con los seguidores y simpatizantes de Mario, sembrando de muerte una agonizante república. Sila dispuso del mayor poder personal que existió en toda la historia de Roma, hasta la irrupción de César. Un Julio César al que precisamente Sila perdonó la vida, al tiempo que mascullaba entre dientes "cometo una tontería, pues hay muchos Marios en ese muchacho". Con esta decisión permitió al joven Julio labrarse un futuro más que prometedor. 

Cansado de la diplomacia de los políticos, la parsimonia de los chupatintas, asqueado del ejercicio del poder y aburrido de una existencia insulsa, un día decidió abdicar, y retirarse a una villa rural en la fértil Campania, cerquita de Nápoles. A partir de entonces vivió como un Padrino de la Cosa Nostra retirado de los negocios, rodeado de sus aduladores veteranos, enfrascado en interminables conversaciones sobre filosofía, dulcificando el día a día con el vino de la región y fornicando como un adolescente con su bella y joven esposa Valeria.

Antes de morir rubricó su intensa vida con un epitafio de su propia cosecha, "he correspondido con creces a los amigos que me hicieron favores y a los enemigos que me ofendieron". 

sábado, 23 de febrero de 2013

SERTORIO Vidas Paralelas - Primera Parte


I. No es maravilla quizá que en un tiempo indeterminado, inclinándose ora a una parte y ora a otra la fortuna, los acontecimientos vuelvan a repetirse muchas veces con las mismas circunstancias. Porque si hay una muchedumbre infinita de accidentes, la fortuna tiene un poderoso artífice de la semejanza de los sucesos en lo indefinido de la materia, y si los acontecimientos están contraídos a un número prefijado, es necesario también que muchas veces los mismos efectos sean producidos por las mismas causas. Hay algunos, por tanto, que, complaciéndose en cotejar lo que han leído u oído de esta clase de accidentes, forman una colección de los que parecen hechos de intento y con meditado discurso, como, por ejemplo, que habiendo habido dos Atis, personajes ilustres, el uno Siro y el otro Arcade, ambos fueron muertos por jabalíes. De dos Acteones, el uno fue despedazado por sus perros, y el otro, por sus amadores. De dos Escipiones, por el uno fueron primero vencidos los Cartagineses, y por el otro fueron después arruinados del todo. Troya fue tomada por Heracles, a causa de los caballos de Laomedonte; por Agamenón, mediante el caballo llamado de madera, y tercera vez, por Caridemo, a causa del accidente de haberse caído un caballo en las puertas y no haber podido los Troyanos cerrarlos prontamente. De dos ciudades que tienen nombres de dos plantas de suavísimo olor, Ío y Esmirna, en la una se dice haber nacido el poeta Homero y haber muerto en la otra. Ea, pues, añadamos a estos acasos el que entre los grandes generales, los más guerreros y que más grandes cosas acabaron por la astucia y la sagacidad todos fueron tuertos: Filipo, Antígono, Aníbal y éste de quien ahora escribimos, Sertorio; el cual se hallará haber sido más contenido que Filipo en el trato con mujeres, más fiel que Antígono con sus amigos, más humano que Aníbal con los contrarios, y, no habiendo sido inferior a ninguno en la prudencia, fue muy inferior a todos en la fortuna, la que siempre le fue más adversa que sus más poderosos enemigos, y, sin embargo, desterrado y extranjero, nombrado caudillo de unos bárbaros, fue digno competidor de la pericia de Metelo, de la osadía de Pompeyo, de la fortuna de Sila y de todo el poder de los Romanos. A éste, el que encontramos más semejante entre los Griegos es el Cardiano Éumenes: ambos eran nacidos para mandar ejércitos; ambos eran fecundos en estratagemas; ambos, arrojados de su país, fueron caudillos de gentes extrañas, y a ambos, finalmente, fue en su muerte muy dura y violenta la fortuna, porque perecieron traidoramente a manos de aquellos mismos con quienes habían vencido a los enemigos.

II.- Nació Quinto Sertorio en la ciudad de Nursia, país de los Sabinos, de oscuro linaje. Criado con esmero por su madre, viuda, habiendo quedado huérfano de padre, parece que fue con extremo amante de aquella, de la cual se dice haber tenido por nombre el de Rea. Ejercitóse en las causas con bastante aplauso, y siendo aún joven llegó, según es fama, a adquirir cierto poder en Roma por su elegancia en el decir; pero su sobresaliente mérito y sus hazañas en la milicia llamaron hacia esta parte su ambición.

III.- En primer lugar, cuando los Cimbros y los Teutones invadieron la Galia, militó con Cepión, y habiendo los Romanos peleado débilmente y entregádose a la fuga, no obstante haber perdido su caballo y hallarse herido, pasó el Ródano a nado, costándole mucho el vencer, embarazado con la coraza y el escudo, la contraria corriente: ¡tan fuerte y robusto era su cuerpo, y tan sufridor del trabajo en fuerza del ejercicio! En segundo lugar, cargando aquellos con numerosísimo ejército y terribles amenazas, de manera que se reputaba por cosa extraordinaria que un Romano se mantuviera en formación y obedeciera al general, fue enviado por Mario en observación de los enemigos. Vistióse el traje de los Galos, y, aprendiendo lo más común del idioma para poder contestar oportunamente, se metió entre los bárbaros; de donde, habiendo visto por sí unas cosas y preguntado otras a los que tenía a mano, regresó al campamento. Concediósele entonces el prez del valor, y habiendo dado durante toda la expedición muchas pruebas de prudencia y de arrojo, adquirió fama y se ganó la confianza del general. Después de esta guerra de los Cimbros y Teutones fue enviado a España de tribuno con el pretor Didio, y se hallaba en cuarteles de invierno en Cazlona, ciudad de los Celtíberos. Sucedió que, insolentes los soldados con la abundancia, y dados a la embriaguez, incurrieron en el desprecio de los bárbaros, los cuales enviaron a llamar a sus vecinos de Orisia; éstos, yendo de casa en casa, acabaron con ellos; pudo, sin embargo, Sertorio evadirse con unos pocos, y recogiendo a otros que también huían dio la vuelta en rededor a la ciudad, y hallando abierta la puerta por donde los bárbaros habían entrado secretamente, no cayó en el error de éstos, sino que, poniendo guardias y tomando todas las avenidas, dio muerte a todos los que estaban en edad de llevar armas. Ejecutado esto, mandó a todos los soldados que dejaran sus propias armas y vestidos y adornándose con los de los bárbaros le siguieran a otra ciudad, de donde salieron los que en la noche los habían sorprendido. Con la vista de las armas logró que estos otros se engañaran, y hallando abierta la puerta se le vinieron a las manos gran número de habitantes, que creían salir a recibir a sus amigos y conciudadanos, que volvían después de conseguido su intento; así fue que muchos recibieron la muerte en la misma puerta, y otros que se entregaron fueron vendidos como esclavos.

IV.- Hízose con esto Sertorio muy celebrado en España; apenas volvió a Roma, fue nombrado cuestor de la Galia Cispadana, en ocasión de urgencia; amenazando, en efecto, la Guerra Mársica, se le dio el encargo de levantar tropas y de reunir armas, y como hubiese puesto mano a la obra con una diligencia y prontitud muy diferente de la pesadez y delicadeza de los demás jóvenes, adquirió fama de hombre activo y eficaz. Mas no por haber sido promovido a la dignidad de caudillo aflojó en el denuedo militar, sino que, ejecutando brillantes hazañas, y arrojándose sin tener cuenta de su persona a los peligros, quedó privado de un ojo, habiéndoselo sacado en un encuentro. De esta pérdida hizo después vanidad toda la vida, diciendo que los demás no llevaban siempre consigo el testimonio de los premios alcanzados, siéndoles forzoso dejar los collares, las lanzas y las coronas, cuando él tenía siempre consigo las señales de su valor; y los que eran espectadores de su infortunio lo eran al mismo tiempo de su virtud. Tributóle también el pueblo el honor que le era debido: porque al verle entrar en el teatro le recibieron con aplausos y con expresiones de elogio, distinción de que con dificultad gozaban aun los más provectos en edad y más recomendados por sus méritos. Pidió el tribunado de la plebe; pero, oponiéndosele la facción de Sila, quedó desairado; por lo que parece fue desde entonces enemigo de éste. Después, cuando Mario, vencido por Sila, tuvo que huir, y éste se ausentó para hacer la guerra a Mitridates, como uno de los cónsules, Octavio, mantuviese el partido de Sila, y Cina, que aspiraba a cosas nuevas, tratase de suscitar la facción vencida de Mario, arrimóse a éste Sertorio; y más viendo que el mismo Octavio estaba fluctuante y solo no se atrevía a fiarse de los amigos de Mario. Trabóse una acción reñida en la plaza entre ambos cónsules, en la que quedó vencedor Octavio, y Cina y Sertorio, que habían perdido poco menos de diez mil hombres, huyeron; pero como hubiesen podido reunir con sus persuasiones la mayor parte de las tropas esparcidas por la Italia, volvieron muy pronto en estado de poder medir las armas con Octavio.

V.- Habiendo regresado Mario del África, y puéstose a las órdenes de Cina, como correspondía lo hiciese un particular respecto de un cónsul, los demás eran de opinión de que convenía recibirle; pero Sertorio se opuso, bien fuera por creer que Cina le atendería menos luego que tuviese cerca de sí a un militar de más nombre, o bien por la dureza de Mario, no fuera que lo echara todo a perder, abandonándose a una ira que pasaba todos los términos de lo justo cuando quedaba superior. Decía, pues, que era muy poco lo que les quedaba que hacer hallándose ya vencedores, y que si recibían a Mario éste se arrogaría toda la gloria y todo el poder, siendo hombre desabrido y muy poco de fiar para la comunión de mando. Respondiále Cina que discurría con acierto; pero que él estaba entre avergonzado y dudoso para alejar a Mario, a quien él mismo había llamado a tener parte en la empresa; a lo que le repuso Sertorio: “Pues yo, en el concepto de que Mario había venido a Italia por impulso propio, reflexionaba sobre el partido que convendría tomar; pero tú no has debido conferenciar sobre este negocio cuando llega el que tú deseabas que viniese, sino admitirle y valerte de él, pues que la palabra empeñada no debe dejar lugar a reflexiones”. Resolvióse, por tanto, Cina a llamar a Mario, y, habiendo repartido las tropas en tres divisiones, las mandaron los tres. Terminóse la guerra; y entregados Cina y Mario a toda crueldad e injusticia, tanto que a los Romanos les parecían ya oro los males de la guerra, se dice que sólo Sertorio no quitó a nadie la vida, por aversión, ni se ensoberbeció con la victoria, sino que antes se mostró irritado de la conducta de Mario; y hablando a solas a Cina e intercediendo con él logró ablandarlo. Finalmente, como a los esclavos que tuvo Mario por camaradas en la guerra, y de quienes se valió después como ministros de tiranía, les hubiese dado éste más soltura y poder de lo que convenía, concediéndoles o mandándoles unas cosas, y propasándose ellos a otras con la mayor injusticia, dando muerte a sus amos, solicitando a sus amas y usando de toda violencia con los hijos, no pudo Sertorio llevarlo en paciencia, y hallándose reunidos en un mismo campamento los hizo asaetar a todos, que no bajaban de cuatro mil.

VI.- Falleció luego Mario; Cina fue muerto de allí a poco, y Mario el joven se arrogó, contra la voluntad de Sertorio y con quebrantamiento de las leyes, el consulado; los Carbones, los Norbanos y los Escipiones hacían tibiamente la guerra a Sila, que llegaba; perdíanse unas cosas por cobardía y desidia de los generales y otras por traición se malograban. En este estado era inútil su presencia para unos negocios enteramente desesperados, por el poco tino de los que tenían en sus manos el poder. Por colmo de desorden, Sila, que tenía su campo al frente del de Escipión y hacía correr la voz de que se gozaría de paz, corrompió el ejército, y aunque Sertorio se lo previno y advirtió a Escipión, no pudo hacérselo entender. Entonces, pues, dando por enteramente perdida la ciudad, partió para España, con la mira de anticiparse a ocupar en ella el mando y la autoridad, y preparar allí un refugio a los amigos desgraciados. Sobrecogiéronle malos temporales en países montañosos, y tuvo que comprar de los bárbaros, a costa de subsidios y remuneraciones, que le dejaran continuar el camino. Incomodábanse los suyos y le decían no ser digno de un procónsul romano pagar tributo a unos bárbaros despreciables; mas él, no poniendo atención en lo que a éstos les parecía una vergüenza, “Lo que compro - les respondio- es la ocasión, que es lo que más suele escasear a los que intentan cosas grandes”; así continuó ganando a los bárbaros con dádivas, y apresurándose ocupó, la España. Halló en ella una juventud floreciente en el número y en la edad; pero como la viese mal dispuesta a sujetarse a toda especie de mando, a causa de la codicia y malos tratamientos de los Pretores que les habían cabido, con la afabilidad se atrajo a los más principales, y con el alivio de los tributos a la muchedumbre; pero con lo que principalmente se hizo estimar fue con librarlos de las molestias de los alojamientos. Obligó, en efecto, a los soldados a armarse barracas en los arrabales de los pueblos, siendo él el primero que se hospedaba en ellas. Sin embargo, no se debió todo a la benevolencia de los bárbaros, sino que, habiendo armado de los Romanos allí domiciliados a los que estaban en edad de tomar las armas, y habiendo construído naves y máquinas de todas especies, de este modo tuvo sujetas a las ciudades, siendo benigno cuando se disfrutaba de paz y apareciendo temible a los enemigos con sus prevenciones de guerra.

VII.- Habiéndole llegado noticia de que Sila dominaba en Roma, y la facción de Mario y Carbón había sido arruinada, al punto receló que el ejército vencedor iba a venir contra él con algunos de los caudillos, y se propuso cerrar el paso de los montes Pirineos por medio de Julio Salinátor, que mandaba seis mil infantes. Fue, en efecto, enviado de allí a poco por Sila Gayo Anio, el cual, viendo que la posición de Julio era inexpugnable, se quedó en la falda, sin saber qué hacerse; pero habiendo muerto a traición a Julio un tal Calpurnio, dicho por sobrenombre Lanario, y abandonando los soldados las cumbres del Pirineo, seguía su marcha Anio con grandes fuerzas, arrollando los obstáculos. Considerábase Sertorio muy desigual, y retirándose con tres mil hombres a Cartagena, allí se embarcó, y atravesando el Mediterráneo aportó al África por la parte de la Mauritania. Sorprendieron los bárbaros a sus soldados, mientras, sin haber puesto centinelas, se proveían de agua, y habiendo perdido bastante gente se dirigía otra vez a España; vióse, no obstante, apartado de ella, por haber tenido la desgracia de dar con unos piratas de Cilicia, y arribó a la isla Pitiusa, donde desembarcó, habiendo desalojado la guarnición que allí tenía Anio. Acudió este bien pronto con gran número de naves y cinco mil hombres de infanteria; Sertorio se preparaba a pelear con él en combate naval, aunque sus buques eran de poca resistencia, y dispuestos más bien para la ligereza que para la fuerza; pero, alborotado el mar con un violento céfiro, perdió la mayor parte de ellos, estrellados en las rocas por su falta de peso, y con sólo unos pocos, arrojado del mar por la tempestad y de la tierra por los enemigos, anduvo fluctuando por espacio de diez días; y luchando contra las olas y contra tan deshecha borrasca se vio en mil apuros para no perecer.

VIII.- Habiendo por fin cedido el viento, aportó a unas islas, entre sí muy próximas, desprovistas de agua, de las que hubo de partir; y pasando por el Estrecho Gaditano, dobló a la derecha y tocó en la parte exterior de España, poco más arriba de la embocadura del Betis, que desagua en el mar Atlántico, dando nombre a la parte que baña de esta región. Diéronle allí noticia unos marineros, con quienes habló de ciertas islas del Atlántico, de las que entonces venían. Éstas son dos, separadas por un breve estrecho, las cuales distan del África diez mil estadios, y se llaman Afortunadas. Las lluvias en ellas son moderadas y raras, pero los vientos, apacibles y provistos de rocío, hacen que aquella tierra, muelle y crasa, no sólo se preste al arado y a las plantaciones, sino que espontáneamente produzca frutos que por su abundancia y buen sabor basten a alimentar sin trabajo y afán a aquel pueblo descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que reina en aquellas islas, pues los cierzos y solanos que soplan de la parte de tierra, difundiéndose por la distancia de donde vienen en un vasto espacio van decayendo y pierden su fuerza; y los del mar, el ábrego y el céfiro, siendo portadores de lluvias suaves y escasas, por lo común, con una serenidad humectante es con la que refrigeran y con la que mantienen las plantas, de manera que hasta entre aquellos bárbaros es opinión, que corre muy válida, haber estado allí los Campos Elisios, aquella mansión de los bienaventurados que tanto celebró Homero.

IX.- Engendró esta relación en Sertorio un vivo deseo de habitar aquellas islas y vivir con sosiego, libre de la tiranía y de toda guerra; pero habiéndolo entendido los de la Cilicia, que ninguna codicia tenían de paz y de quietud, sino de riqueza y de despojos, le dejaron con sus deseos, y se dirigieron al África para restituir a Áscalis, hijo de Ifta, al trono de la Mauritania. No pudo tampoco contenerse Sertorio, sino que resolvió ir en auxilio de los que peleaban contra Áscalis, para que sus tropas, concibiendo nuevas esperanzas, y teniendo ocasión de nuevas hazañas, no se le desbandasen por la falta de recursos. Habiendo sido su llegada de gran placer para los Mauritanos, puso mano a la obra, y, vencido Áscalis, le puso sitio Sila, en tanto, envió en socorro de éste a Paciano, con las correspondientes fuerzas; mas habiendo venido Sertorio a batalla con él, le dio muerte, y quedando vencedor agregó a las suyas estas tropas, poniendo después cerco a la ciudad de Tingis, adonde Ascalis se había retirado con sus hermanos, Dicen los Tingitanos que está allí enterrado Anteo, y Sertorio hizo abrir su sepulcro, no queriendo dar crédito a aquellos bárbaros, a causa de su desmedida grandeza; pero visto el cadáver, que tenía de largo, según se cuenta, sesenta codos, se quedó pasmado, y sacrificando víctimas volvió a cerrar la sepultura, habiéndole dado con esto mayor honor y fama. Añaden los Tingitanos a esta fábula que, muerto Anteo, su mujer, Tingis, se ayuntó con Heracles, y habiendo tenido en hijo a Sófax, reinó éste en el país y puso a la ciudad el nombre de la madre, y que de este Sófax fue hijo Diodoro, a quien obedecieron muchas gentes del África, por tener a sus órdenes un ejército griego, compuesto de los que fueron allí trasladados por Heracles de Olbia y de Micenas. Mas todo esto sea dicho en honor de Juba, el mejor historiador entre los reyes, por cuanto se dice que su linaje traía origen de Diodoro y Sófax. Sertorio, aunque logró triunfar de todos, en nada ofendió a los que le suplicaron y se pusieron en sus manos, sino que les restituyó los bienes, las ciudades y el gobierno, recibiendo sólo lo que buenamente había menester, y aun esto por pura dádiva.

Plutarco

miércoles, 26 de diciembre de 2012

SERTORIO EL LIBERTADOR DE LOS HISPANOS (II)


Refugiado en Mauritania, Sertorio recibió la visita de unos embajadores lusitanos, que le solicitaron que los guiase en la guerra que mantenían con Roma. Después de luchar bajo el mando de Púnico, de acariciar la gloria a las órdenes de Viriato, los irreductibles lusitanos volvían a la carga, seguían su lucha interminable contra el invasor romano, y en esta ocasión, con Sertorio al frente.

“Le llamaron los lusitanos cuando meditaba adonde se dirigiría, ofreciéndole el mando por medio de embajadores, pues, faltos como estaban de un general de fama y experiencia para oponer al terror inspirado por los romanos, sólo tenían confianza en él, conociendo como conocían su carácter por los que con él habían estado. Pues se dice que Sertorio no se dejaba dominar ni por el placer ni por el miedo, impasible por naturaleza ante los peligros, moderado en la prosperidad; entablado el combate, no era inferior en valentía a ninguno de los generales de su tiempo; y cuando en la guerra se trataba de dedicarse al saqueo y a la presa, ocupar posiciones ventajosas o infiltrarse por entre los enemigos con engaños y estratagemas, era en estos casos extremadamente segaz y astuto. Era liberal y magnífico premiando los servicios, benigno en los castigos”.
Plutarco. Sertorio, 10.

“Sertorio, igualmente favorecido por la naturaleza en fuerza corporal y en inteligencia, vióse obligado por la proscripción de Sila a erigirse en caudillo de los lusitanos”
Valerio Máximo, 7, 3,6.

Al mando de un variopinto ejército formado por romanos, libios y lusitanos volvió a la península y se lanzó a un ataque total.

“Después de haberlos hecho así tan dóciles, los tenía dispuestos para todo, persuadidos como estaban de estar mandados, no por el juicio de un extranjero, sino por un dios, al mismo tiempo que los hechos atestiguaban que su poder había aumentado fuera de lo previsible; porque con dos mil seiscientos hombres a los que llamó romanos, mezclados con setecientos libios que le acompañaron a Lusitania y cuatro mil infantes y setecientos lusitanos, combatía a cuatro generales romanos que disponían de ciento veinte mil infantes, seis mil de caballería, dos mil arqueros y honderos, y un grandísimo número de ciudades, cuando él al principio no tuvo más que veinte; y, habiendo empezado con tan escasas y débiles fuerzas, no sólo sometió a muchos pueblos y conquistó a muchas ciudades, sino que, de los generales contrarios, a Cota lo venció en un combate naval cerca del puerto de Melaria”
Plutarco. Sertorio, 12.

En la primavera del año 79 a.C. llega a Hispania Q. Cecilio Metelo, un experimentado personaje, al mando de un poderosos ejército de 40000 hombres. Los iberos de Sertorio son capaces de mantenerlo a raya. Al igual que hizo Viriato cien años antes, Sertorio dispuso de la mejor táctica bélica posible, la guerra de guerrillas, en la que los soldados hispanos, eran auténticos expertos.

“Por otra parte Metelo era ya de bastante edad, y después de los muchos y grandes combates que había sostenido se había entregado a una vida más regalada que antes; y luchaba con Sertorio, en el pleno de sus ímpetus, y que tenía muy ejercitado su cuerpo en fuerza, ligereza y frugalidad. Porque ni en el mayor ocio se entregaba nunca al vino y se había acostumbrado a grandes fatigas, largas marchas, frecuentes vigilias, contentándose con escasos y sencillos alimentos; cuando estaba ocioso se daba a andar por el campo y a la caza, maniobrando como el que huye, o como si envolviese en su persecución al enemigo, y así adquiría conocimiento de los lugares accesibles e inaccesibles. Por tanto, Metelo, no alcanzando trabar batalla, padecía lo mismo que el vencido, mientras que para Sertorio el huir era como si él persiguiese, porque les cortaba el agua, y les interceptaba los víveres; si el enemigo quería marchar, le cerraba el paso, le molestaba en su reposo.”
Plutarco. Sertorio. 13.


Por otro lado, Hirtuleyo, lugarteniente de Sertorio, comienza la conquista de la Citerior. A partir de ahora, Sertorio ya no huye, no tiene necesidad de replegarse, muy al contrario, pasa a la ofensiva y comienza a extender su poder por la península.

“El procónsul Lucio Manlio y el legado Marco Domicio fueron vencidos en una batalla por el cuestro Hirtuleyo”
Tito Livio. Per. 90

“Ardía toda la Hispania Citerior”
Salustio. Historias, 1, 85.

En cierta ocasión, Sertorio volvería a demostrar su conocimiento sobre las creencias de los lusitanos, pues para ellos el ciervo es un animal cargado de connotaciones mágicas. Para José María Blázquez el culto al ciervo es particularmente lusitano y poseía un carácter oracular. Como veremos en los siguientes textos, Sertorio también era consciente de la capacidad del ciervo para emitir oráculos.

“Tenía Sertorio una cierva, blanca, mansa y acostumbrada a la libertad. Desapareció esta cierva, y Sertorio, juzgándolo de mal agüero, entristecióse y permaneció inactivo sin cuidarse de las burlas que sobre la cierva le dirigían los enemigos. Pero viéndola un día salir corriendo del bosque, salióle al encuentro Sertorio, y al punto, como inspirado por ella, empezó a hostilizar a los enemigos”
Apiano. Guerras Civiles. 1, 110

“Recibióla Sertorio (a la cierva), y al principio no demostró por ella ningún placer extraordinario, pero, con el tiempo, habiéndose hecho tan dócil y sociable que acudía donde la llamaba y le seguía donde quiera que fuese, sin espantarse del ruido y estrépito de las tropas, poco a poco la fue divinizando, diciendo ser un don de Artemisa, dando a entender que le revelaba las cosas ocultas, sabiendo que los bárbaros eran por naturaleza dados a la superstición. Y a esto añadía aún el siguiente artificio: cuando confidencial y secretamente sabía que los enemigos iban a invadir su territorio, o trataban de ganarle una ciudad, fingía que la cierva la hablaba en sueño, previniéndole que tuviese a punto las tropas. Por otra parte, si sabía que alguno de sus generales había alcanzado una victoria, escondía al mensajero, y presentaba a la cierva coronada, como anunciadora de buenas nuevas, excitándoles a la alegría y a sacrificar a los dioses, puesto que habían de recibir una fausta noticia”.
Plutarco. Sertorio 11

El 78 a.C. será un año de suma importancia. El bando optimate sufre un duro revés, la muerte de Sila. Pero sin embargo, le va a suceder un personaje de igual calibre, un grandísimo general, aunque pésimo político; Pompeyo el Grande.
Sila
Un año más tarde, Sertorio completa el dominio de la península Ibérica, a excepción de la Bética, autentico feudo de los optimates, y de Cartagonova. Prácticamente toda Iberia es controlada por Sertorio.

Poco después, hacia el 76 a.C. Sertorio va a recibir el refuerzo de Marco Perpenna, que llega desde Italia con un poderoso ejército formado por 20000 hombres.

“No sólo era querido por los hispanos, sino también por los soldados venidos de Italia. Perpenna, hijo de Ventón, del mismo partido que Sertorio, había llegado a Hispania para hacer la guerra a Metelo”
Plutarco. Sertorio. 15.

En la ciudad de Osca, Sertorio va a establecer su capital, organizando un Senado de 300 miembros. Estos años suponen el máximo apogeo de Sertorio, que debió pensar seriamente que la victoria era posible, y que esta empresa culminaría con un gran éxito.

“Habiéndose hecho famoso por su audacia, eligió a trescientos de los amigos que con él estaban, y los constituyó en consejo, al que dio el nombre de Senado, para injuriar al de Roma”
Apiano. Guerras Civiles. 1, 108.

La inteligencia de Sertorio le fue muy útil, supo aprovecharse de las instituciones sociales y políticas prerromanas, adaptándolas y estimulándolas. Para mantener sus clientelas utilizó todos los medios que tenía al alcance.

Con el objetivo de atraerse a las masas, las agasajaba con regalos, les hacía vestir con ropajes que fuesen distintivos de una elevada clase social, e incluso les hace creer que llegaran a formar parte del engranaje político de Roma.

“Por estas hazañas miraban a Sertorio con gran amor aquellos bárbaros, y también porque acostumbrándolos a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana, y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, había reducido sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes cuadrillas de bandoleros que antes parecían. Además de esto, no perdonando gastos, les adornaba con oro y plata los cascos, les pintaba con distintos colores los escudos, enseñábales a usar de mantos y túnicas brillantes y, fomentando por este medio su vanidad, se ganaba su afición. Mas lo que principalmente les cautivó la voluntad fue la disposición que tomó con los jóvenes; porque reuniendo en Osca, ciudad grande y populosa, a los hijos de los más principales e ilustres entre aquellas gentes, y poniéndoles maestros de todas las ciencias y profesiones griegas y romanas en la realidad los tomaba en rehenes, pero en la apariencia los instruía, para que, en llegando a la edad varonil, participasen del gobierno y de la magistratura. Los padres, en tanto, estaban muy contentos viendo a sus hijos ir a las escuelas muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sertorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba por sí muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los romanos llaman bulas”
Plutarco. Sertorio, 14

Inicia un programa de educación, en una vertiente política y militar. Transformará bandoleros en legionario, la guerrilla en un ejército. Va a utilizar a los jóvenes que educa como si fueran rehenes.

Para conseguir formar un auténtico ejército, tendrá que domeñar la intrepidez, la indisciplina y anarquía del guerrillero ibérico. Sertorio hará uso de la oratoria, una de sus grandes virtudes, e intentará forjar la personalidad de sus hombres a través de la representación de una especie de fábula.

“Sertorio tenía a su lado a todos los pueblos que habitaban en la parte de acá del Iber, y su número era grande; además, de todas partes, y continuamente, corrían a presentársele nuevos contingentes. Preocupado por la bárbara indisciplina y la temeridad de esta gente, que clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin esperar a más, intentó sosegarla con palabras. Mas como a pesar de ello las viese irritadas y decididas a llevar a término sus designios, no les prestó por entonces atención, y les dejó que partieran al encuentro de los enemigos, con la esperanza de que no fuesen totalmente aniquilados, sino que, recibiendo algún daño, quedasen más sumisos para en adelante. Habiendo sucedido lo que se imaginó, acudió en auxilio de ellos y recogió a los que huían, llevándolos con seguridad al campamento. Queriendo luego arrancarles el desánimo consiguiente, les convocó días más tarde a una reunión general, a la cual llevó dos caballos: el uno, muy desmedrado y viejo ya; el otro, grande y fuerte, admirable por el espesor y belleza de las cerdas de su cola. Junto al caballo flaco se puso un hombre grande y de fuerzas, y al lado del caballo más robusto, otro, pequeño y de aspecto despreciable. Dada una señal, el hombre más fuerte tiró de la cola del caballo con ambas manos, como para arrancársela, mientras el hombre más débil arrancaba las cerdas del caballo brioso una a una. Como al cabo de cierto tiempo el uno se hubiese esforzado mucho y en vano, dando que reír a los espectadores, mientras el otro, en poco tiempo y sin esfuerzo, hubiese logrado pelar de cerdas la cola del caballo más robusto, Sertorio, levantándose, dijo: Ved como, aliados míos, la paciencia es más fecunda en resultados que la fuerza, y cómo muchas cosas, que juntas son imposibles de solucionar, se superan poco a poco, pues la constancia es difícil de vencer. . .
Plutarco. Sertorio. 16

Otra institución muy presente en tierras ibéricas, de la que sabrá sacar partido Sertorio, es la devotio, el juramente de fidelidad absoluta que mantiene el guerrero para con su jefe, llegando incluso a morir con él.

“Siendo costumbre entre los hispanos que los que hacían formación aparte con el general perecieran con él si venía a morir, a lo que aquellos bárbaros llamaban consagración. Así se refiere que, en ocasión de retirarse a una ciudad, teniendo ya a los enemigos cerca, los hispanos, olvidados de sí mismos, salvaron a Sertorio, tomándolo sobre los hombros y pasándolo así de uno a otro, hasta ponerlo encima de los muros, y luego que tuvieron en seguridad a su general, cada uno de ellos se entregó a la fuga”
Plutarco, Sertorio 14.

El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Eso debió pensar el rey Mitrídates del Ponto, que decidió enviar una flota formada por piratas para ayudar a Sertorio en su lucha contra Roma. Además le ofreció una importante suma de dinero con la que sufragar gastos. 
“Tenía resuelto enviarle embajadores, acalorado principalmente con las exageraciones de los lisonjeros, que, comparando a Sertorio con Aníbal y a Mitrídates con Pirro, decían que los romanos, dividiendo su atención a dos partes, no podrían resistir a tanta fuerza y destreza juntas, si el más hábil general llegaba a unirse con el mayor de todos los reyes. Envía, pues, Mitrídates embajadores a Hispania con cartas para Sertorio, y con el encargo de decirle que le daría fondos y naves para la guerra, sin solicitar más de él sino que le hiciera segura la posesión de toda aquella parte del Asia que había tenido que ceder a los romanos conforme a los tratados ajustados con Sila”
Plutarco. Sertorio, 23.

SERTORIO EL LIBERTADOR DE LOS HISPANOS (I)


Sertorio, general romano que se enfrentó a la República contando con la ayuda de los gentes de Iberia.
Quinto Sertorio nació a finales del siglo II a.C., año 121, en Sabina, y gracias a su valentía y éxitos militares, pronto conseguirá un ascenso en la sociedad romana. Destacada fue su actuación en la batalla de Aquae Sextae, bajo el mando de Cayo Mario contra los teutones y sus aliados ambrones. Sertorio se disfrazó de germano, penetró en el campamento enemigo y descubrió los planes de los teutones, lo que valió la victoria del ejército romano.

“Después de la guerra de los cimbrios y teutones Sertorio fue enviado a Iberia en calidad de tribuno militar bajo el mando de Didio y pasó el invierno en la ciudad de Cástulo, entre los celtíberos”
Plutarco. Sertorio 3.

A pesar de todo, Sertorio era un “homo novis”, un advenedizo recién llegado y por tanto nunca contará con la aprobación de los optimates, cuya facción estaba encabezada por Sila, rival político de Mario.

A estos optimates el poder les viene por su nacimiento y riquezas, eran una aristocracia de abolengo, mientras que los populares habían conseguido alcanzar su privilegiado estatus social gracias a su talento y sus méritos. En ocasiones, los populares eran optimates que habían desertado, por diversos motivos, de dicha facción. Como su propio nombre indica, los populares buscaban el apoyo del pueblo para conseguir sus objetivos políticos.
Cayo Mario uno de los más insignes militares de la Historia de Roma
El líder popular Cayo Mario se va a enfrentar al optimate Sila, en una sangrienta guerra civil que finalizará con la victoria total de Sila. Tras derrotar a Mario, se inicia en Roma la persecución y represión de todos sus partidarios. En estos momentos, Sertorio no tiene más remedio que huir de Roma para salvar el pellejo, y se va a refugiar en la Península Ibérica.

“El último de los trabajos causados por Sila fue la guerra de Sertorio, de ocho años de duración, nada fácil ni ligera para los romanos, quienes no tenían que luchar contra los iberos, sino contra conciudadanos suyos y contra Sertorio”
Apiano. Guerras Civiles. 1, 108.

Varios fueron los motivos que llevaron a Quinto Sertorio utilizar la Península Ibérica como teatro de operaciones. En el año 91 a.C. Sertorio había sido cuestor en Hispania, por tanto conocía de primera mano el territorio, la situación política y socioeconómica, y lo que resultó más determinante, la idiosincracia de sus gentes.

El conocer la Península Ibérica le abre a Sertorio todo un abanico de posibilidades. Tendría al alcance de la mano el poder contar con los famosos mercenarios lusitanos y celtíberos, rodearse de clientelas políticas y militares que le apoyasen en su causa y obtener los importantes recursos económicos de Iberia. Además, el proceso de romanización ya había comenzado, por tanto, se trata de un territorio afín a la cultura romana. Por último, señalar la privilegiada situación estratégica de la península, con Italia y la propia Roma a un tiro de piedra por si se viera en la necesidad de regresar rápidamente.

Quinto Sertorio llega a la península mal pertrechado, cruzando los Pirineos con un pequeño ejército de unos 3000 hombres, perseguidos por los 40000 legionarios del ejército optimate dirigido por Anio Lusco. Los territorios que tuvo que atravesar estaban poblados por tribus hostiles, a las que tuvo que pagar para poder cruzarlos. A pesar de esta inferioridad numérica y las condiciones adversas, Sertorio, con la inestimable ayuda de los hispanos, fue capaz de mantener una guerra contra Roma durante una década.

Los hispanos enfrentados al Senado de Roma, hartos de abusos, injusticias y despropósitos, ven en Sertorio una posibilidad de vencer, y por este motivo se van a unir a él. En ese sentido Sertorio parece convertirse, al menos durante algún tiempo, en un auténtico Libertador de los Hispanos.

Una vez en Hispania, lo primero que va hacer Sertorio es atraerse a los indígenas, diciéndoles lo que quieren oír, y haciendo promesas que luego no va a cumplir. Vamos, como cualquier político de nuestro tiempo.
Aristócrata ibero.
Sertorio busca la energía de la juventud, se atrae a los caudillos y élites indígenas, que en su mayoría está descontenta con Roma. Les va a liberar de los tributos y del alojamiento y manutención del ejército.

“Entonces, pues, dando por enteramente perdida la ciudad, partió para Hispania, con la mira de anticiparse a ocupar en ella el mando y la autoridad, y preparar allí un refugio a los amigos desgraciados. Sobrecogiéronle malos temporales en países montañosos, y tuvo que comprar de los bárbaros, a costa de subsidios y exacciones, que le dejaran continuar el camino. Incomodábanse los suyos y le decían no ser digno de un procónsul romano pagar tributo a unos bárbaros despreciables; más él, no poniendo la atención en lo que a estos les parecía una vergüenza, les contestó: Lo que compro es la ocasión, que es lo que más suele escasear a los que intentan cosas grandes; así continuó ganando a los bárbaros con regalos, y apresurándose, ocupó Hispania. Halló en ella una juventud floreciente en el número y en la edad; pero como la viese mal dispuesta a sujetarse a toda especie de mando a causa de la codicia y los malos tratamientos de los pretores que les habían cabido, con la afabilidad se atrajo a los más principales, y con el alivio de los tributos a la muchedumbre; pero con lo que sobre todo se hizo estimar, fue con librarlos de las molestias de los alojamientos. Obligó a sus soldados a armarse barracas en los arrabales de los pueblos, siendo él el primero que se hospedaba en ellas. Mas, sin embargo, no se debió todo a la benevolencia de los bárbaros, sino que, habiendo armado de los romanos allí domiciliados a los que estaban en edad de tomar las armas, y habiendo construido naves y máquinas de todas especies de este modo tuvo sujetas a las ciudades, siendo benigno cuando se disfrutaba de paz y apareciendo temible a los enemigos con sus prevenciones”
Plutarco. Sertorio 6

Los primeros éxitos militares de Sertorio se deben a la habilidad para atraerse a los indígenas hispanos. Su verdadero plan consistía en ganar la guerra desde la península, para luego marchar sobre Roma. De ninguna manera pensaba en liberar a los hispanos.

“De la grandeza de ánimo de Sertorio son pruebas, primero el haber denominado Senado a los senadores que, huídos de Roma, estaban con él, y el elegir entre ellos a los cuestores y pretores, procediendo en todo de acuerdo con las leyes patrias. En segundo lugar, el que, a pesar de valerse de las armas, las riquezas y las ciudades de los españoles, no les concedía la más mínima participación en el poder supremo, imponiéndoles a los romanos por generales y magistrados, como si quisiese restablecer a éstos en su libertad, no hacer prosperar a aquéllos a costa de los romanos. Era muy amante de la patria y tenía un gran deseo de volver a ella, pero, siendo maltratado, se mostraba hombre de valor, aunque nada indigno hizo nunca contra los enemigos, y después de obtener una victoria enviaba a decir a Metelo y a Pompeyo que estaba dispuesto a dejar las armas y vivir como un particular si obtenía la restitución, pues antes prefería ser en Roma el más insignificante de los ciudadanos que, desterrado de ella, ser proclamado rey de todos los demás. Dícese que no menos que la patria echaba de menos a su madre, porque, siendo huérfano, había sido cuidado por ella, y en todo la obedecía. Y, llamándole sus amigos para ocupar el mando en Hispania, al saber la muerte de su madre, por poco pierde la vida por el dolor; pues siete días estuvo tendido sin dar la señal a los soldados, ni dejarse de ver por ningún amigo, y con trabajo pudieron los generales y gente de autoridad, rodeando su tiendo, obligarle a presentarse a los soldados y ocuparse de los negocios que prosperaban. Por lo que creen muchos que por naturaleza era benigno e inclinado a la tranquilidad, pero que las circunstancias le llevaron a tener que usar de los mandos militares; y no encontrando seguridad en otra parte, sus enemigos le forzaron a lanzarse a la guerra, buscando en las armas sus seguridad personal”.
Plutarco. Sertorio, 22


Entre los años 81 y 79 a.C. hostigado continuamente por el ejército de los optimates, Sertorio nomadea de acá para allá; Ibiza, la Bética, Mauritania, para finalmente acabar en Lusitania.

“Y así Sertorio, dejando una ligera guarnición en la Mauritania, aprovechando una noche oscura, a favor de la corriente intentó pasar sin combate, o furtivamente o por su rapidez”
Salustio. Historias. 1, 104.

En todo este periplo, es posible que pisara suelo canario. Según se desprende del texto de Plutarco, Sertorio llegaría a desembarcar en las Islas Afortunadas.

“Habiendo por fin cedido el viento arribó a unas islas, entre sí muy próximas, desprovistas de agua, de las que hubo de partir; y pasando por el estrecho gaditano, dobló a la derecha y tocó en la parte exterior de Hispania, poco más arriba de la embocadura del Betis, que desagua en el mar Exterior, dando nombre a la parte que baña esta región. Diéronle allí noticias unos marineros, con quienes habló de ciertas islas del Atlántico, de las que entonces venían. Estas son dos, separadas por un breve estrecho, las cuales distan de África 10.000 estadios, y se llaman Afortunadas. Las lluvias en ellas son moderadas y raras, pero los vientos, apacibles y provistos de rocío, hacen que aquella tierra, muelle y crasa, no sólo se preste al arado y a las plantaciones, sino que espontáneamente produzca frutos que por su abundancia y buen sabor basten a alimentar sin trabajo y afán a aquel pueblo descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que reina en aquellas islas, pues los cierzos y solanos que soplan de la parte de tierra, difundiéndose por la distancia de donde vienen en un vasto espacio, van decayendo y pierden su fuerza; y los del mar, el ábrego y el céfiro, siendo portadores de lluvias suaves y escasos, por lo común, con una serenidad humectante, es con la que refrigeran y con la que mantienen las plantas; de manera que hasta entre aquellos bárbaros es opinión, que corre muy válida, haber estado allí los Campos Elíseos, aquella mansión de los bienaventurados que tanto celebró Homero”
Plutarco. Sertorio, 8.

Aparecen tópicos literarios atribuidos a lugares lejanos, exóticos y en su mayor parte desconocidos para los romanos. En su continua huída, Quinto Sertorio llegó a este archipiélago tan distante de la propia Roma.

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