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sábado, 22 de septiembre de 2018

ALICANTE, UNA CIUDAD LLENA DE LUZ.



Alicante es una población arqutípica del Viejo Mediterráneo, el mismo que recorrió Odiseo, donde las omnipresentes montañas que escribiera Fernand Braudel, se precipitan para besar el mar, y en esa región donde la Madre Tierra se fusiona con los dominios de Poseidón se desarrolla la urbe histórica



A medio camino entre Valencia y Cartagena, históricos y dinámicos puertos marítimos, la Akra Leuka fundada por Amílcar Barca, la Leukante ibera, la Lucentum romana y la Medina Alaqant musulmana, antecedieron a la ciudad cristiana que formó parte del Reino de Castilla y más tarde de la Corona de Aragón. Precisamente el rey aragonés Fernando II le concedió el título de ciudad en 1490.


Una rambla urbanizada como avenida, una montaña coronada por el castillo de Santa Bárbara, un concurrido paseo marítimo que discurre junto a la playa y un interesante puerto comercial son los elementos que definen esta brillante ciudad.
 
 


 
Plaza del Mar, actualmente Plaza del Ayuntamiento, el corazón del barrio de Santa Cruz en Alicante. 
 


Pequeñas callejuelas, calles y plazoletas se arremolinan alrededor de la plaza de abastos, lugares ideales para disfrutar de las delicias gastronómicas de la tierra. 
 

 


Una calle céntrica de cuyo centro brotan unas simpáticas y coloridas setas. ¿Serán venenosas?.




La Concatedral de San Nicolás, levantada sobre la antigua mezquita mayor, es el principal templo cristiano de la ciudad.



Desde tiempos remotos el toro es uno de los animales más representativos del ámbito mediterráneo.



Entre el cerro del castillo y la ciudad queda enclavado el pintoresco barrio de Santa Cruz, especialmente colorido y festivo cuando llega Mayo.




miércoles, 29 de noviembre de 2017

LA LARGA MARCHA HASTA LA CIVILIZACIÓN.





Orientarse a través del espacio familiar del Mediterráneo exige poco esfuerzo. Si cerramos los ojos, se agolpan los recuerdos: estamos en Venecia, en Provenza, en Sicilia, en Malta, en Estambul. Orientarse a través de la totalidad del tiempo vivido por este mismo Mediterráneo representa una dificultad bien distinta. En busca del tiempo perdido, hay que desenredar a contrapelo un hilo interminable que, a medida que nos lleva hacia el pasado remoto, se hace cada vez más inasible.

¿Debemos interrumpir nuestro viaje en el umbral del tercer milenio? En ese momento acaban de aparecer, en Oriente Próximo, las primeras civilizaciones, ya densas, con sus campos, sus animales domésticos, sus aldeas agrupadas, sus ciudades, sus dioses, sus príncipes, sus sacerdotes, sus escribas, sus barcos, su comercio... Nos encontraríamos sin sorpresa con civilizaciones clásicas, que siguen marcando, aún en nuestros días, el comienzo de cualquier educación histórica. En Egipto, en Mesopotamia, casi estamos en casa, pero ¿no será una ilusión reconocerles el valor de punto de partida?

Sin duda se trata de un giro radical. La gran cesura no está entre antes y después de la caída de Roma, como pensaban los historiadores ilustres del pasado, Fustel de Coulanges, Ferdinand Lot, Henri Pirenne, sino antes y después de la agricultura y la escritura. Ésta es la gran línea que abre en dos las aguas del mundo: «Prehistoria» por un lado, «historia» por el otro, en el sentido tradicional y demasiado estrecho del término. Sí, pero, al contrario de lo que se pensaba antes, agricultura e historia están lejos de aparecer en el mismo momento.

Sabemos desde los últimos descubrimientos arqueológicos que la primera agricultura, la primera domesticación de animales salvajes, la primera toma de conciencia del hombre frente a su destino, los primeros artesanos de la cerámica y del cobre, las primeras ciudades, los primeros intercambios marítimos no empiezan ni en Sumer, ni con Menes Narmer, el legendario primer faraón de Egipto, sino dos, tres o cuatro milenios antes, en Asia Menor, en Palestina, en Irak. ¿Nos seguiremos atreviendo a decir La historia comienza en Sumer, título de un libro, hermoso por otra parte, publicado en 1958? Sumer no surgió de la nada. Y como empezamos a saber un poco mejor lo que ocurrió siglos y milenios antes de Sumer, el deseo de echar un vistazo se vuelve imperioso.
Braudel, 
"Memorias del Mediterráneo"

sábado, 23 de mayo de 2015

LAS MONTAÑAS OMNIPRESENTES.



El espacio mediterráneo está devorado por las montañas. Ahí están, llegando a la orilla, abusivas, apiñadas unas contra otras, esqueleto y telón de fondo inevitable de los paisajes. Dificultan la circulación, torturan las carreteras, limitan el espacio reservado a las alegres campiñas, a las ciudades, al trigo, a la vid, incluso al olivo, pues la altitud, tarde o temprano, puede con la actividad de los hombres. Tanto como al mar liberador, pero durante mucho tiempo cargado de peligros y poco o nada utilizado, los hombres del Mediterráneo se han visto abocados a la montaña, donde en general (las excepciones confirman la regla) sólo puede desarrollarse, y mantenerse, Dios sabe como, una vida primitiva. El Mediterráneo de las llanuras, a falta de sitio, se reduce en general a escasas bandas, a unos puñados de tierra cultivada. Más allá, comienzan los senderos escarpados, duros con el paso de los hombres y de los animales.

Es más, el llano, sobre todo cuando alcanza dimensiones importantes, será a menudo el territorio de las aguas sin control. Habrá que arrebatárselo a la marisma hostil. La fortuna de los etruscos se debió, en parte, al arte de sanear las tierras bajas semiinundadas. Evidentemente, cuanto más extensa es la llanura más difícil es el trabajo, más ingrato, más tardío. La desmesurada llanura del Po, donde se precipitan los ríos salvajes que bajan de los Alpes y de los Apeninos, fue tierra de nadie durante casi toda la época prehistórica. El hombre sólo se instalará allí a partir de las ciudades palustres de las Terramaras, hacia el siglo XV antes de Cristo.

En general, la vida brota más espontáneamente en las tierras altas, inmediatamente aprovechables, que al nivel del mar Mediterráneo. Las llanuras sometidas, sólo accesibles al hombre inmerso en sociedades obedientes, nacen del trabajo colectivo y de su eficacia. Son la otra cara de las tierras altas, encaramadas, pobres, libres, con las que establecer un diálogo necesario, aunque temeroso. La llanura se siente, se considera superior; come hasta hartarse, alimentos escogidos; no obstante, no deja de ser una presa, con sus ciudades, sus riquezas, sus tierras feraces, sus caminos abiertos. Telémaco mira con condescendencia a los montañeses del Peloponeso, comedores de bellotas. Lógicamente, Campania o Apulia viven aterrorizadas por los campesinos de los Abrazos, pastores que se abalanzan con sus rebaños sobre las cálidas llanuras al empezar el invierno. A fin de cuentas, los hombres de Campania prefieren el bárbaro romano al bárbaro de las alturas. El servicio que Roma presta a la Italia del Sur, en el siglo III, es reducir a la obediencia y al orden el macizo salvaje y temible de los Abrazos.

El drama de las incursiones montañesas es moneda corriente y podemos encontrarlo en cualquier época, en cualquier región del mar. La vida enfrenta machaconamente a los hombres de las alturas, comedores de bellotas o de castañas, cazadores de animales salvajes, vendedores de pieles, de cuero, de cabezas de ganado, siempre dispuestos a emprender la marcha y emigrar, con las gentes del llano, apegadas a la tierra, sometidos los unos, soberbios los otros, amos de las tierras, de los resortes del poder, de los ejércitos, de las ciudades, de los barcos que recorren los mares. Es el diálogo, aún presente en nuestros días, entre la nieve y el frío de las alturas austeras y las tierras bajas donde florecen los naranjos y las civilizaciones.

En realidad, mucho cambia la cosa de la azotea a la planta baja. Aquí, progresar, allá tratar de vivir. Incluso las cosechas, a unas horas de marcha, no se rigen por el mismo calendario. El trigo, que se esfuerza por subir todo lo que puede, madura dos meses más tarde en las tierras altas que al nivel del mar, así que los accidentes meteorológicos no pueden tener el mismo significado para las cosechas en función de la altitud. Una lluvia tardía en abril o en mayo es una bendición en la montaña y una catástrofe en el llano, donde el trigo casi maduro podría enmohecerse y pudrirse. Estas observaciones son tan válidas para la Creta minoica como para la Siria del siglo XVII después de Cristo, o la Argelia de nuestros días.

F. Braudel "Memorias del Mediterráneo"

domingo, 10 de mayo de 2015

EL MEDITERRÁNEO EN EL CORAZÓN DEL VIEJO MUNDO.



"Por muy amplio que sea el Mediterráneo, medido a la escala de las velocidades de antaño, nunca se encerró en su propia historia. Rápidamente franqueó sus límites: al Oeste, hacia el océano Atlántico; al Este, a través de Oriente Próximo que será su objeto de fascinación durante siglos; al Sur hacia las marcas desérticas, mucho más allá de los límites de los palmerales compactos; al Norte, hacia las interminables estepas eurasiáticas que llegan hasta el mar Negro; mucho más al Norte, hacia la Europa forestal que se despierta lentamente, muy lejos de los límites tradicionales y casi sacrosantos del olivo. Cuando dejamos atrás el último olivo, la vida y la historia del Mediterráneo no se detienen para dar gusto al geógrafo, al botánico o al historiador.

En realidad el rasgo principal del destino de este Mare Internum es estar inmerso en el más amplio conjunto de tierras emergidas que pueda haber en el mundo: el grandioso, el «gigantesco continente unitario», euroafroasiático, como un planeta por el que todo circuló precozmente. Los hombres han encontrado en estos tres continentes soldados el gran escenario de su historia universal, en el que se desarrollaron sus intercambios decisivos.

Y como la masa humana que va rodando interminablemente hasta el mar Interior se detiene regularmente en sus orillas, no es de extrañar que el Mediterráneo haya sido tan pronto uno de los centros vivos del universo, y que se haya proyectado a su vez a través de estos continentes macizos, que son para él una caja de resonancia. La historia del Mediterráneo está a la escucha de la historia universal, pero su propia música se deja oír a lo lejos. Estos flujos y reflujos son lo esencial de un pasado bajo el doble signo del movimiento: está lo que el Mediterráneo da, y está lo que recibe; los «regalos» intercambiados pueden ser tanto calamidades como favores. Todo está entreverado y la brillante aparición de las primeras civilizaciones, en el Mediterráneo, es el resultado, ahora lo veremos, de una confluencia".
Braudel, F. "Memorias
del Mediterráneo".

miércoles, 17 de abril de 2013

¿QUÉ ES EL MEDITERRÁNEO?




"¿Qué es el Mediterráneo? Mil cosas a la vez. No un paisaje, sino innumerables paisajes. No un mar, sino una sucesión de mares. No una civilización, sino civilizaciones amontonadas unas sobre otras. Viajar por el Mediterráneo es hallar el mundo romano en el Líbano, la prehistoria en Cerdeña, las villas griegas en Sicilia, la presencia árabe en España y el Islam turco en Yugoslavia. Es zambullirse en lo más profundo de los siglos, hasta las construcciones megalíticas de Malta o hasta las pirámides de Egipto"
Fernard Braudel
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