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domingo, 11 de mayo de 2014

MUSEO FREDERIC MARÉS



Frederic Marés, escultor y coleccionista catalán, donó en el año 1944 sus colecciones a la ciudad de Barcelona. Un par de años más tarde se inauguraba este museo en el Palacio Real de los Condes de Barcelona en el corazón del Barrio Gótico. En dicho museo podemos disfrutar de una excelente colección de escultura, que van desde la Antigüedad hasta el siglo XIX.


Figurilla femenina de terracota.


Retrato femenino en caliza del siglo I ó II d.C. Época romano imperial.


Retrato de Augusto esculpido en mármol blanco en el Taller de Tarraco en el siglo I d.C.


Copia moderna de un retrato de Marco Licinio Craso, integrante del primer Triunvirato.


Agripina la Menor en mármol blanco. Siglo I d.C.


Torso de Venus.


Torso de Sátiro en mármol blanco procedente de Mas dels Canonges (Tarragona).


Torso de Dionisio del siglo II d.C.


Grupo de dos figuras femeninas, en mármol blanco, procedente de Zaragoza.


Frontal de un sarcófago del siglo IV d.C. que representa escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento, dispuestas a modo de friso corrido. El sarcófago completo se descubrió durante el siglo XVII en Layos (Toledo).


Mare de Déu amb el Nen, escultura medieval de finales del siglo XII. Iglesia de Santa María de Plandogau d'Oliola (Lleida).


Maestro de Cabestany es el nombre por el que se conoce a uno de los máximos representantes de la escultura románica meridional europea, cuya identidad real es un misterio. Este estilo viene marcado por la influencia del mundo clásico, un fuerte sentido expresionista, un importante movimiento de las vestimentas y un gusto cuidado por el detalle. Su arte se extiende desde la Toscana hasta Navarra, el Languedoc y Cataluña.


La aparición de Jesús a sus discípulos en el mar, siglo XII. Este relieve de la portada del monasterio de Sant Pere de Rodes (Girona) se considera una de las obras maestras de Cabestany.


Agnus dei. Arquivolta del monasterio de Sant Pere de Rodes, del Taller de Cabestany. Siglo XII.


Virgen con el Niño. Siglo XII. Talla policromada.


Virgen con el Niño. Finales del XII - principios del XIII. Talla policromada.


Detalle del Niño Jesús en Majestad. Representación típica de la pintura y escultura del Románico.


Cristo de un Descendimiento, talla policromada de finales del siglo XII. Procedente de Asturias.


Cristo Crucificado en madera. Aproximadamente hacia 1.200.


Diversas tallas en madera de la Madre de Dios.


Cristo crucificado de principios del siglo XIV.


Virgen María y San Juan de un Calvario. Talla en madera del siglo XIV procedente de Porquera de Butrón (Burgos).



Sant bisbe. Siglo XIV.



San Pedro. Siglo XIV.



San Miguel.


San bisbe. Segunda mitad del siglo XIV - siglo XV. Piedra arenisca con restos de policromía.


Portada románica de la segunda mitad del siglo XIII, procedente de una iglesia, que aún permanece en pie, en Castillo de Anzano, en Huesca.



Figura yacente de una dama. Cubierta de sarcófago. Siglos XIII - XIV.



Figura yacente de un caballero. Cubierta de un sarcófago gótico de piedra. Siglos XIII - XIV.




Sepulcro de Don Pedro Suárez, del taller de Ferrán González, en alabastro, procedentes del Convento de Santa Isabel de los Reyes (Toledo).


Sepulcro de Juan de Vargas, en alabastro, obra de Mestre Ruiz. Procedente de Convento de Santa Isabel en Alba de Tormes (Salamanca). Escultura renacentista.


San Jorge. Talla policromada de inicios del siglo XVI.


San Miguel derrota al dragón.


Conversión de San Pablo. Talla policromada del siglo XVII.



sábado, 27 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (XIII)



37   Los cimbrios, próximos al Océano, ocupan justamente el saliente de la Germania. Pequeña nación en la actualidad, aunque de pasado glorioso. Subsisten amplios vestigios de su antigua fama: espacios destinados a campamentos en ambas orillas, por cuya extensión se puede calcular aún hoy la magnitud y fortaleza de aquel pueblo y dar credibilidad a un éxodo tan grande. 

Corría el año 640 de nuestra Ciudad cuando por ver primera se oyeron los hechos de armas de los cimbrios, durante el consulado de Cecilio Metelo y Papirio Carbón. Si contamos desde entonces hasta el segundo consulado del emperador Trajano, tenemos un total de casi doscientos años: ¡tanto va tardando Germania en ser sometida!. En un período tan extenso se han producido mutuos y abundantes reveses. Ni el Samnio, ni los cartagineses, ni Hispania o las Galias, ni siquiera los partos, nos han suministrado tantas lecciones. Sin duda, la libertad de los germanos nos cuesta más cara que el despotismo de Arsaces. En efecto, ¿qué otro trastorno, a no ser la muerte de Craso, nos ha causado el Oriente, sometido por Ventidio y que perdió por su parte, a Pacorro?. Los germanos, en cambio, además de derrotar o capturar a Carbón, Casio, Escauro Aurelio, Servilio Cepión y Máximo Manlio, arrebataron al tiempo cinco ejércitos consulares al pueblo romano; incluso lo mismo sucedió al César y a Varo y sus tres legiones. Si bien los derrotó Cayo Mario en Italia, el divino Julio en la Galia y Druso, Nerón y Germánico en su propio territorio, no fue sin sufrir, a su vez, pérdidas. Posteriormente, las grandes amenazas de Cayo César cayeron en el ridículo. Hubo después paz, hasta que, con ocasión de nuestras disenciones y guerras civiles, tras asaltar los cuarteles de invierno de las legiones, trataron también de invadir las Galias y de nuevo fueron rechazados. En los últimos tiempos, más que victorias nos han dado excusas para que celebremos triunfos.

38    Debo hablar ahora sobre los suevos, que no son un solo pueblo, como ocurre con los catos y tencteros. Ocupan la parte más extensa de Germania y se diferencian por sus respectivos nombres nacionales, aunque se les llama comúnmente suevos. Es típico de esta raza peinarse el pelo hacia un lado y sujetárselo por debajo con un moño; de esta manera, los suevos se diferencian de los restantes germanos y los suevos libres de los esclavos. En otros pueblos se da también, aunque raramente y durante la edad juvenil, ya por algún parentesco con los suevos, o, lo que sucede con más frecuencia, por mimetismo. Los suevos, hasta que encanecen, cardan sus hirsutos cabellos y es frecuente que los lleven atados en lo alto de la cabeza. Los próceres llevan el pelo de forma más rebuscada. Tal es su preocupación por la estética; aunque inofensiva, por cuanto no se adornan para amar o ser amados, sino para aparentar una mayor estatura a los ojos de los enemigos e infundir así el terror al entrar en combate. 
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