Mostrando entradas con la etiqueta Federico II Hohenstaufen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Federico II Hohenstaufen. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de enero de 2023

EZZELINO III DA ROMANO.


Caminando por el Séptimo Círculo del Infierno, lugar donde eran castigados con saña los que en vida se condujeron con excesiva violencia, y guiado por el centauro Neso, Dante Aligheri encontró un alma de cabellos negros, Ezzelino III da Romano. Este capitán de tropas vivió un tiempo en que el mando de un ejército disciplinado, podía otorgar a un general valiente y sin escrúpulos, el gobierno de una tierra. Si además tenía poderosos aliados, el éxito estaba asegurado. En la Italia de la Plena Edad Media surgieron muchos de estos señores de la guerra, hombres de fortuna dispuestos a todo con total de poseer un palmo más de tierra. Conocido como “el feroz”, Ezzelino III fue aliado, protegido y yerno del emperador Federico II, con cuya hija, Selvaggio, contrajo matrimonio. Gibelino, quizá por conveniencia más que por convicción, Ezzelino puso bajo sus pies prácticamente todo el Véneto, al que arrasó a sangre y fuego, logrando el dominio de Trento, Vicenza, Verona, Bassano, Padua y Brescia. Tal fue su poder que se convirtió en un durísimo escollo para la poderosa República de Venecia. En 1250 murió su protector, el emperador Federico y poco después fue acusado de herejía por el papa Alejandro IV. Pero Ezzelino siguió combatiendo con diversa fortuna hasta el final de sus días.


jueves, 4 de mayo de 2017

FEDERICO II HOHENSTAUFEN



Estadista, sabio, hereje y amante, Federico II Hohenstaufen es una de las personalidades más complejas y fascinantes de todo el Medievo europeo, se enfrentó con todo el mundo, jamás se doblegó y siempre fue fiel a sí mismo. Nieto del gran Federico Barbarroja, rey de Sicilia por su madre Constanza, emperador de Alemania por herencia paterna y rey de Jerusalén por su matrimonio con Yolanda. En su poliédrica persona se mezclaron la sangre germana y la sangre normanda, y padeció en sus carnes las contradicciones de ambos mundos: autoritarismo e individualismo.


En una Europa feudal, atomizada en pequeños estados con aires de grandeza, cuando la lucha por conservar lo propio era una constante vital, nació Federico II. Perdió a sus padres antes casi de aprender a caminar, y el papa Inocencio III se encargó de su tutela. Se educó en la corte siciliana, brillante y cosmopolita, un lugar de contacto entre el Islam y la Cristiandad, y pasó toda su vida peleando para que todos, desde el más humilde de sus súbditos hasta el infalible papa de Roma reconociesen su autoridad. En Alemania tuvo que derrotar a Otón IV, hijo de Enrique el León, y en Sicilia necesitó doblegar a toda la oposición.


Siempre se sintió más siciliano que alemán, y mientras que trabajaba para crear una poderoso estado centralista en el sur de Italia, dejaba el gobierno del Imperio en manos de uno de sus hijos. Palermo solía ser su residencia habitual, y allí se rodeó de una cohorte de sabios, poetas y eruditos, cristianos, judíos y hebreos. Gustaba debatir sobre astronomía, ciencias naturales o álgebra, compuso algunos poemas y escribió un tratado de cetrería. En Nápoles fundó una Universidad para formar a los futuros funcionarios del estado. Hombre ecléctico (y en el fondo ateo), mostró respeto y curiosidad por el Islam y se interesó por los movimientos de renovación cristiana de su época, como los Franciscanos. Otro motivo más para desafiar al papa.


Al igual que otros príncipes de su época, Federico era un gran aficionado a la astrología y a los secretos del Cosmos. Sus enemigos hicieron circular una macabro rumor: para saber, a ciencia cierta, que le pasaba al alma después de la muerte, hizo asfixiar a un hombre dentro de una tinaja herméticamente cerrada.


En Apulia mandó construir el extraño Castel del Monte, una fortaleza con estructura octogonal y que presenta las mismas proporciones que la capilla palatina de Aquisgrán.


Excomulgado por Gregorio IX, Federico II organizó su propia cruzada, y con la ayuda del sultán egipcio al-Kamil, partió a Tierra Santa. Defensor del uso de la diplomacia acordó con el dueño de Jerusalén, hermano de su amigo al-Kamil, que los cristianos pudiesen volver a los Santos Lugares. De esta manera consiguió con la palabra aquello que se resistía a la espada. Desafió al papa, ignoró sus quejas y se coronó rey de Jerusalén en el mismísimo Santo Sepulcro. El cruzado excomulgado recuperó para la Cristiandad el anhelado Reino de los Cielos.



A su regreso a Europa el conflicto con el Papa era ya una guerra abierta que terminó afectando a buena parte de Europa, en un enfrentamiento total de intereses políticos, religiosos y económicos. Inglaterra, Pisa, Venecia e Imperio Bizantino de Nicea apoyaron al emperador, mientras que Génova y la Liga de ciudades lombardas se inclinaron hacia Roma.


Los últimos años de su agitada vida estuvieron marcados por el desgaste, la represión violenta de cualquier conjura y el interminable conflicto con el Papa, con victorias y reveses a partes iguales. Su mayor triunfo fue en Cortenuova, y el ambicioso Federico lo celebró como los antiguos Césares, con un desfile triunfal en Cremona.


Conquistador de corazones y apasionado por el sexo femenino, Federico tuvo tres esposas – Constanza de Aragón y Castilla, Yolanda de Jerusalén e Isabel e Inglaterra – y una pléyade de amantes, entre las que sobresalió Blanca Lanzia. Unas y otras le dieron una abundante prole. Cuentan las malas lenguas que Federico, pervertido fornicador, tenía un harén con lascivas bailarinas y musculosos efebos sarracenos, custodiado por obedientes eunucos.


En su época se referían a Federico II como “estupor del mundo” y para Joaquín de Fiore y sus seguidores el emperador encarnaba al mismísimo Anticristo. El tiempo, juez y verdugo, lo encumbró como defensor implacable de la independencia del Estado y precursor de los maquiavelicos príncipes del Renacimiento. Un monarca que nunca dejó indiferente a nadie, al que se le atribuye el Tratado de los Tres Impostores que se puede resumir en una sentencia lapidaria (y llena de fundamento): “el mundo ha sido engañado por tres impostores: Moisés, Jesucristo y Mahoma”.



Murió el hombre y nació el mito. Una leyenda medieval cuenta que Federico II nunca murió, sino que duerme un sueño soterrado en el interior de su sepulcro. Estas historias dieron pábulo al “Rey bajo la Montaña” popularizada en el siglo XIX por los hermanos Grimm.  


jueves, 16 de junio de 2016

JEAN DE BRIENNE, REY SIN TRONO DE JERUSALÉN.



Jean de Brienne, hijo menor de un acaudalado señor feudal de la Champaña, fue regente del Reino de Jerusalén y coemperador del Imperio Latino de Constantinopla. Aunque parecía destinado a la carrera eclesiástica acabó convertido en caballero, sin mucha fortuna eso sí, hasta que trabó cierta amistad con el rey Felipe II Augusto. Juglares y escritores de la época incluyen a Jean de Brienne entre los cruzados que tomaron Constantinopla en la Cuarta Cruzada y entre los caballeros que asaltaron la ciudad cátara de Beziers en el transcurso de la más vergonzosa de las cruzadas habidas en suelo europeo. Ambas posibilidades son bastante remotas.

Con el apoyo de Felipe II y del papa Inocencia III, y el consentimiento (imprescindible) de los barones, Jean contrajo matrimonio con María de Montferrato, hija del difunto Conrado Montferrato, y por consiguiente reina legítima del estado cruzado de Jerusalén. Poco después María murió y Jean se convirtió en regente en nombre de su hija Yolanda.

Como el hombre no puede vivir solo, Jean contrajo matrimonio con una princesa armenia y casó a su hija (con la mediación del maestre de la Orden de los Caballeros Teutónicos Herman Von Salza) con Federico II Hohenstaufen. En cuanto tuvo ocasión el ambicioso emperador sacro relegó a Jean del poder.

Otra vez viudo Jean inició un periplo por tierras de Occidente, intentando recabar acá y allá, apoyos para organizar un nueva cruzada (la quinta sería) recorriendo Francia, Italia, León y Castilla. De paso aprovechó la ocasión para peregrinar a Santiago de Compostela y postrarse ante la tumba del apostol. Entre la peregrinación y la cruzada Jean intentaba labrarse un futuro junto al Altísimo. Durante su presencia en la Península Ibérica contajo matrimonio (en maravillosa ciudad de Toledo) con la infanta Berenguela, hija de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla. Precisamente la reina consorte de León, descendiente de Leonor de Aquitania, puso todo su interés en que se celebrase este enlace.

Durante la quinta cruzada eclipsó al ferviente rey católico Andrés II de Hungría, llamdo a brillar con luz propia en la expedición, y dirigió con acierto el asalto (y conquista) del estratégico puerto de Damieta situado en una de las bocas del río Nilo. Sin embargo, los ejércitos cruzados acabaron estrellándose contra El Cairo.

Arrastrado por los follones políticos-diplomáticos del momento, Jean fue invitado a Constantinopla para ser mentor, protector y regente del joven Balduino II en al frente del Imperio Latino. Un veterano Jean de Brienne defendió, como hubiese hecho cualquier monarca legítimo, el estado latino, repeliendo los feroces ataques de los búlgaros de Ivan Asen II y de los vecinos griegos de Nicea.


Según algunas fuentes, anciano y con la salud mermada, se convirtió en fraile franciscano, no mucho antes de morir. En cuanto al lugar donde se encuentra su tumba, tampoco existe consenso.  

viernes, 10 de junio de 2016

HERMAN VON SALZA.



Experimentado diplomático, maestre de la Orden Teutónica, amigo (y consejero) de Federico II Hohenstaufen, mediador entre Emperador y Papa e influyente político en la Europa del siglo XIII.

Antes de participar en la quinta cruzada, Herman von Salza dirigió una expedición militar contra los cumanos a petición del rey de Hungría Andrés II. Una serie de controversias con la nobleza local y el propio monarca, desencaderon la expulsión de la orden del territorio magiar.

En Tierra Santa actuó como casamentero de su amigo el emperador, participando en los acuerdos prematrimoniales con Isabel II de Jerusalén, la hija de Juan de Brienne. También intervino, junto a otras personalidades, en las negociaciones que hicieron posible la recuperación de Jerusalén para la causa cristiana.

A Herman von Salza le picó el gusanillo de la cruzada y convencido de lo difícil que iba ser medrar en Oriente, dirigió su punto de mira a otra región de Europa: el Báltico. En colaboración con Conrado I de Masovia puso en marcha una cruzada para evangelizar a los pueblos bálticos que seguían manteniendo sus tradiciones paganas. De esta manera el maestre de la Orden Teutónica ponía las bases para la expansión alemana en Europa Nororiental. A partir de este momento los Caballeros Teutónicos formaron un estado feudal centralizado en Prusia y en 1237 incorporaron en sus filas a los Hermanos Livonios de la Espada.

Agotado y sintiendo el aliento del Parca en el cogote, abandonó la orden y se retiró a Salerno. El inevitable desenlace ocurrió pocos meses después.


martes, 25 de noviembre de 2014

CATTEDRALE DI SANTA MARIA ANNUNCIATA EN VICENZA.



Aspecto renacentista, espíritu medieval. Esta es la impresión que uno tiene cuando contempla la Catedral de Santa María de la Anunciación en Vicenza. Aunque como me sucede más veces de las que me gustaría, no pude visitar.



Su construcción se inició a principios del siglo XI, coincidiendo con el despegue de la ciudad en un lugar donde venía practicándose cultos cristianos desde el siglo III y fue restaurada en el siglo XIII después de sufrir un terremoto y el saqueo por parte de las tropas del emperador Federico II en 1236. A principios del siglo XVI adquirió su envoltura renacentista, con la maravillosa cúpula diseñada por el arquitecto predilecto de Vicenza, Andrea Palladio, y nuevamente se tuvo que acometer el acondicionamiento y restauración del templo en el siglo XIX.  
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...