Michael Hutter, o El Bosco reencarnado en un artista del siglo XX. Una pintura de toques surrealistas inspiradas en el gótico de Pieter Brueghel y Hieronimus Bosch.
HISTORIA, VIAJES, NATURALEZA Y CULTURA.
Muy breve historia del origen, desarrollo y caída del Imperio Romano, o ¿cómo una pequeña aldea del centro de la península italiana fue ...
Michael Hutter, o El Bosco reencarnado en un artista del siglo XX. Una pintura de toques surrealistas inspiradas en el gótico de Pieter Brueghel y Hieronimus Bosch.
En medio de pantanos, marismas y canales, Rávena es la isla del tesoro, donde artistas de otro tiempo escondieron sus elaboradas obras de arte. Para muestra esta Capilla de San Andrés.
La Capilla de San Andrea se localiza en la primera planta del Museo Arzobispal. El complejo del Palacio del Arzobispo se remonta al siglo V. El santuario pasó a formar parte del museo en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando el obispo Maffeo Nicolo Farsetti, decidió demoler la basílica Ursina para levantar una nueva catedral, y trasladar mosaicos, epígrafes, lápidas, capiteles y piezas valiosas, a una nueva ubicación para su conservación, ya que no tenían cabida en el nuevo templo.
La capilla fue erigida a principios del siglo VI a instancias del obispo Pedro II, poco tiempo después de haber sido nombrado arzobispo en el año 495. Un oratorio privado al servicio de los obispos católicos durante el reinado del ostrogodo Teodorico, construido como una reacción al arrianismo. Este templo católico pretendía ser una protesta frente al culto predominante, en un tiempo en que la clase dirigente, de origen godo, practicaba el culto arriano.
Modesta capilla en forma de cruz griega dedicada, en origen, al Salvador. Monograma Cristológico y la iglesia triunfante. La decoración de la capilla celebra el triunfo de la iglesia, cuatro arcángeles sostienen el monograma cristológico, y aparecen acompañados de los símbolos de los cuatro evangelistas, aquellas plumas que se hicieron eco de la buena nueva, la llegada del Cristo y el triunfo sobre las tinieblas.
Después de la conquista bizantina de Rávena, cuando ya la herejía arriana había perdido fuerza, y ya no suponía un problema, la capilla fue dedicada a San Andrés, cuyas reliquias llegaron a la ciudad procedentes de Constantinopla en algún momento del siglo VI. En la actualidad las reliquias de San Andrés se conservan en otras ciudades.
Toda la simbología de la capilla se centra en proteger y promocionar la ortodoxia católica frente a las creencias, consideradas heréticas, de los seguidores de Arrio. Como ese Cristo guerrero, que viste toga y armadura, en actitud marcial, derrotando y pisoteando a las bestias de la herejía, al león y a la serpiente. Estamos ante la representación de una iglesia militante. La escena está situada en un luneto sobre la puerta del vestíbulo.
Sobre su hombro derecho una larga cruz y sujeta en la mano izquierda un libro abierto donde se puede leer “Ego sum vía, veritas et vita.” “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Una cita del Evangelio de San Juan (14:6). Jesús es la única vida hacia Dios.
La inscripción: Aut lux hic nata est aut capat hic libera regnat (O la luz nació aquí o, hecha prisionera, aquí reina libre). Se refiere con toda probabilidad a la luz ortodoxa, que se opone al arrianismo, y se refleja sublimemente en el brillo de los mosaicos. También hace referencia a la luz neoplatónica.
A esto se añaden las imágenes de los mártires, apóstoles y evangelistas, toda la corte cristiana, que contribuyen a la glorificación.
Decoración natural.
Espíritus santos.
Una de las piezas más destacadas es la cátedra del obispo Maximiano, obra realizada por artistas bizantinos en el siglo VI. Un excelente talla realizada en marfil.
No se conoce con exactitud su origen, aunque las hipótesis más extendidas, defienden que fue labrada en alguna ciudad de la parte oriental del Imperio, tal vez Antioquía o Alejandría, incluso la misma Constantinopla, y posteriormente trasladada a la sede de Rávena.
Se piensa también que pudo ser un regalo del emperador Justiniano a Maximiano de Rávena. Maximiano, que era de origen humilde, no era aceptado por las clases altas de la ciudad, aunque con determinación logró convertirse en un pilar del poder imperial en Rávena. Tanto protagonismo adquirió Maximiano que aparece en los mosaicos de San Vital al lado del emperador. Es el único de los personajes identificado con su nombre.
Capitel de mármol del siglo V .
Panel con una escena de la Natividad realizado en mármol (c. 1497).
Efigie en un mosaico que ha sido identificada con el obispo Ursicino (o Urso de Rávena).
El Juicio de Salomón y el triunfo de David, dos anónimas del siglo XVIII pintadas en estilo veneciano.
Estatua acéfala de un emperador tallada en porfirio y datada en el siglo V. Recuerda a los Tetrarcas de San Marcos.
Teodorico, rey de los ostrogodos, y casi emperador de Italia. Rávena fue el centro de sus dominios y en Rávena duerme el sueño eterno.
El mausoleo está levantado con bloques de piedra traídos desde la cercana Istria y se utilizó una técnica constructiva denominada “seca” que no hace uso de ningún tipo de mortero ni argamasa para unir los bloques. La piedra se corta con gran precisión, para que encajen unas con otras y se engarzan entre sí utilizando grapas de hierro.
El edificio está formado por dos niveles y es rematado con una enorme monolito cortado a modo de cúpula. Las plantas de ambos niveles tienen forma de dodecágono, siendo el nivel superior más estrecho que el inferior. Esto le confiere a la estructura una sensación de ser demasiado pesada en su base. En su interior, la roca se muestra completamente desnuda, tal y como la parió la madre naturaleza. El nivel superior, carente de escalera, era el lugar donde se ubicaba el cuerpo del rey, dado el carácter de inviolabilidad, probablemente en el interior de la gran bañera de pórfido rojo que aún se conserva en el lugar.
El rey había encargado que le enviasen mármol blanco de Istria para levantar su mausoleo. El mausoleo entronca con la tradición romana anterior a la cristianización del imperio. Siguió el modelo del siglo IV de los sepulcros imperiales romanos , que eran edificios con cúpulas circulares. Inspirado tal vez en el de Diocleciano en la ciudad de Split, a orillas del Adriático. Recuerda lejanamente a los impresionantes mausoleos de Augusto y de Adriano en Roma.
Teodorico pasa la eternidad en completa soledad. A media tarde, si te acercas suficiente puedes oír sus pensamientos que llegan desde el más allá. Teodorico falleció en 526, con unos setenta años, había gobernado en Rávena durante treinta y tres. Tras el entierro de Teodorico, su hija, Amalasunta, se hizo cargo del estado en nombre de su hijo Atalarico, que contaba diez años de edad. Otra vez una mujer al frente de Rávena, y otra vez gobernando en nombre de un hombre.
A mediodía, con el Sol en todo lo suyo, chicharras y urracas acompañan al sueño eterno del rey ostrogodo. A lo lejos, el incesante zumbido de automóviles y motocicletas. Animales de la Naturaleza y animales humanos porfiando por los mismos espacios.
La época de crecimiento de Rávena, cuando se convirtió en la capital del Imperio, la registró por escrito cuatrocientos años más tardes un clérigo del siglo IX llamado Agnelo. Un ravenés orgulloso de su ciudad que relató la vida de todos sus obispos, cuarenta y seis en total, desde el mítico fundador san Apolinar, hasta el arzobispo Jorge, coetáneo del propio Agnelo. Su libro recoge muchos detalles curiosos, derivados de tradiciones orales, a menudo inventados, y por tanto, nada fiables. Incluyó divertidas anécdotas y relatos de que aprendió de los vecinos más ancianos, y además copió inscripciones de edificios que hoy ya no existen. Es un maestro de la historia local, y sin su Libro de los pontífices de Rávena habría un agujero enorme (e insalvable) en la historia de la ciudad.
Muere Atila y rápidamente se descompone su inestable imperio. Los ostrogodos recuperan la autonomía. Tres hermanos, Valamiro, Teodomiro y Videmiro reinan conjuntamente sobre su pueblo. Los ostrogodos pasaron de ser vasallos de los hunos a dueños de un reino propio con base territorial en Panonia.
“Durante ochenta años, los ostrogodos habían estado bajo la dominación de los hunos y habían combatido al lado de ellos, particularmente en la batalla de los Campos Cataláunicos. Al derrumbarse el imperio huno después de la muerte de Atila, los ostrogodos recuperaron su libertad. Se convirtieron al cristianismo arriano y se establecieron al sur del Danubio, donde un siglo antes sus primos visigodos habían morado, y donde ahora ellos, como antes los visigodos, eran una constante amenaza para el Imperio de Oriente”. (Isaac Asimov)
Muere Atila y su frágil imperio se desmorona como un castillo de naipes. Los vasallos germanos se rebelan y los hunos intentan aplastar la rebelión. Uno de los hijos de Atila, Elak al frente de los hunos, y con el incondicional apoyo de los alanos, se enfrenta a una coalición formada por los gépidos de Ardarico, los godos de Valamiro y Teodomiro, además de hérulos, rugios y suevos. La poderosa caballería huna se estrelló contra la formidable infantería pesada germana en la batalla de Nedao (454). La muerte de Elak en batalla provocó la desbandada de los hunos.
“Correspondiente a la división entre los tres hermanos Amali, los ostrogodos se asentaron en tres distritos. Valamir era considerado rey y era el señor soberano de todos ellos. El área de asentamiento godo real probablemente se extendía —en forma de media luna— desde el extremo suroccidental del lago Balatón hasta el río Drava, desde allí río abajo hasta la desembocadura del Karasica-Aqua Nigra al oeste de Mursa-Osijek, y llegando finalmente a Sirmium-Sremska Mitrovica al oeste del río Scarniunga-Jarcina. El más occidental de los tres subreinos era gobernado por Teodomiro; la sección más débil era la del hermano menor y estaba situada en el centro. Valamir, como el más fuerte de los hermanos, se hizo cargo de la parte más amenazada en el este. En términos modernos, Teodomiro habría tenido la parte central y meridional del condado de Somogy, así como el noreste de Croacia, mientras que Vidimiro habría tenido la alta Eslavonia y Valamir la baja. En aquellos días, se habría hablado de partes de las provincias de Pannonia I, Savia y Pannonia II (Sirmiensis). Valamir y sus hermanos probablemente comandaban cerca de dieciocho mil guerreros”. (History of the Goths. Herwig Wolfram).
El mayor, Valamiro, líder militar, derrotó a los descencientes de Atila en batalla y consigue la independencia para su pueblo. Teodomiro, asumió el poder tras la muerte de Valamiro. Videmiro, el menor de los tres, dirigió campañas militares en la zona del Danubio. Dirigió contingentes godos hacia la Galia e Hispania y su linaje acabó diluyéndose entre los visigodos. Los ostrogodos se asentaron en Panonia como federados de Roma pero con una autonomía real. Para asegurarse que los germanos no rompieran el pacto, el emperador León I, exigió a Teodomiro que enviase a Constantinopla a su hijo Teodorico como rehén. Teodorico el Grande fue el artífice del próspero reino ostrogodo de Rávena.
San Vital en Rávena, un crisol donde Oriente se mezcló con Occidente, y la Antigüedad comenzó poco a poco a transformarse en Edad Media.
Y sigue habiendo quien se empeña en hablar de Edad Oscura o Época de Tinieblas para referirse a la Edad Media Occidental.
La iglesia de San Vital de Rávena es la simbiosis perfecta entre Oriente y Occidente, la Hélade y el mundo latino, la fusión de los espíritus romano, germano y paleocristiano, y el punto geográfico exacto donde la Antigüedad se transforma en Edad Media. Los Césares de Roma, olvidados los laureles del triunfo y abandonada la Caput Mundi, se bajaron del trono. Llegaba el turno de los godos, bajo la atenta mirada de los basileus bizantinos.
La construcción de San Vital, y también la de San Apolinar in Classe, fueron iniciadas durante el reinado de Teodorico (493 - 526), con los fondos monetarios donados por un banquero local. Ambas fueron concluidas después del 540.
Consagrada por el obispo de la ciudad, Maximiano, en el año 547, reproduce el modelo preferido de la arquitectura bizantina de planta centralizada y gran cúpula central sostenida por pilares y columnas.
San Vital se relaciona con la iglesia de San Sergio y San Baco de Constantinopla, que forman parte del ambicioso proyecto constructivo de Justiniano, con su planta octogonal (de evidente sentido simbólico), exedras de dos pisos con columnas, cubierta por una cúpula ligera, y rodeada por una nave. Posee además un ábside y un nártex. Es posible que el obispo Ecclesius, que viajó a Constantinopla al frente de una embajada, regresara a Rávena con los planos de San Vitale. E incluso pudo llegar acompañado por un maestro de obras o un arquitecto. Un monumento bizantino en su concepción pero occidental en su ejecución. Se aleja de la influencia romana, pero no abandona cierta concepción occidental, como la articulación racional de los espacios y las proporciones esbeltas con altísimos pilares que acentúan la verticalidad.
Cada uno de los niveles de exedras está formado por tríos de arcos separados entre sí por dos pares de columnas. Columnas y exedras dinamizan el conjunto, creando un gran dinamismo de entrantes y salientes.
La cúpula central no conserva los mosaicos originales, sino una decoración pictórica barroca del siglo XVIII.
Este modelo arquitectónico fue adoptado por el arte carolingio para erigir la fastuosa capilla palatina de Aquisgrán, consagrada en el 805.
"El octógono central con tribunas en el piso superior (destinadas a las mujeres) tal vez derivara de la capilla del palacio imperial de Constantinopla. Sea como fuere, la sencilla claridad de la basílica y de las plantas circulares o cruciformes de los cristianos primitivos había sido sacrificada a un diseño que, por medio de un juego sutil de llenos y vacíos, entre espacios brillantemente iluminados o en penumbra, confiere a San Vitale una sensación de suspense y maravilla. Sus afinidades con los edificios contemporáneos de Constantinopla son tan manifiestas que puede considerársela bizantina. Ello refleja un cambio en la situación política, ya que, tras su reconquista por los ejércitos de Justiniano, Italia pasó a ser una mera provincia de un imperio cuyo jerarca residía en Constantinopla y no hablaba latín". (Historia del Arte. H. Honour y J. Fleming).
Las obras de San Vital las comenzó el obispo Eclesio durante los últimos años del reinado de Teodorico, y fue precisamente este prelado el responsable de la insólita planta octogonal del templo. (Y no era templario. El que quiera entender que entienda). Antes de fallecer, Eclesio se aseguró de ser inmortalizado junto a Cristo en el mosaico del ábside, identificado con su nombre. Eclesio es representado como ideólogo del tempo y sostiene entre las manos una maqueta de su iglesia octogonal. ¿De dónde sacó Eclesio la inspiración para unas características tan novedosas?.
Cuenta la tradición que la inspiración de Eclesio fue la visita a Constantinopla en el 525 como miembro de una embajada enviada por el rey Teodorico. Los miembros de la embajada pudieron admirar las principales iglesias de la ciudad; la de los Santos Apóstoles (con el mausoleo anexo), y la basílica de Santa Sofía, que aún no tenía el aspecto que conocemos en la actualidad. Ninguno de estos edificios tenía planta octogonal. Sin embargo esa disposición se encuentra en varios edificios paleocristianos en Jerusalén, como las iglesias de la Anástasis y de la Ascensión, cuyas cúpulas se reprodujeron en muchos de los edificios con cúpula de la cristiandad primitiva, incluyendo, por supuesto, San Vital. La innovadora planta de San Vital, como la de la contemporánea de los Santos Sergio y Baco en Constantinopla, probablemente deriven de la práctica constructiva oriental que circulaba por el mundo mediterráneo en el siglo VI.
La construcción de San Vital se prolongó en el tiempo, durante los obispados de Ursicino, Víctor y Maximiano, que terminó y consagró la iglesia. Las obras se realizaron durante unas décadas convulsas, la regencia de Amalasunta, las guerras góticas y la conquista bizantina. El sucesor de Eclesio, Ursicino fundó la basílica de San Apolinar en Classe. Sería Víctor quién se hizo cargo de continuar la construcción de San Vital, probablemente tras la conquista de la ciudad por los bizantinos.
Un personaje notablemente rico, Juliano el Argentario, cuyo nombre aparece en varias inscripciones, fue uno de los principales donantes de la iglesia. Invirtió gran parte de su fortuna para sufragar los proyectos arquitectónicos del obispo Víctor. Aportó veintiséis mil sólidos para la construcción de San Vital. También apoyó la construcción de San Apolinar en Classe. El término argentario se utilizaba para referirse a los cambistas, personas que proporcionaban calderilla a quienes deseaban transformar sus sólidos de oro en monedas de bronce que se utilizaban para las compras. Argentario era cambista, banquero y prestamista.
Se accede al presbiterio a través de un arco triunfal en cuyo intradós aparecen medallones en los que se representan apóstoles y santos. Como Protasio, uno de los hijos de San Vital.
No pueden faltar las representaciones de los evangelistas, los portadores de la buena nueva, cada uno de ellos con sus símbolos.
Un tema relacionado con el sacrificio, Abel, vestido como pastor, ofrece un cordero, del otro lado, Melquisedec, sale del templo y ofrece el pan. Entre los dos se dispone una mesa y sobre la mesa el cáliz que contiene el vino. Por encima de ellos la mano de Dios que ofrece la bendición.
Los artistas bizantinos (mitad romanos, mitad griegos) utilizaron con maestría la técnica del mosaico para embellecer el interior de los edificios. A la técnica usada por los romanos sumaron la delicadeza, el lujo y la sofisticación de Oriente. La luz que se filtra por vanos y ventanas reverbera sobre los brillantes mosaicos creando una atmósfera mística y por momentos, sobrenatural. Al que los contempla se le llenan los ojos de belleza. En este templo de San Vital se conservan algunos de los mosaicos bizantinos más apreciados por su ejecución y excelencia artística. En el interior de la iglesia los mosaicos se distribuyen siguiendo una disposición jerárquica. En zócalos, paredes y pechinas se representa el ámbito terrenal y humano. Los techos, cúpulas y la bóveda del ábside, constituyen la esfera celestial, y como tal quedan reservados para la divinidad.
Si elevamos la vista hacia el firmamento, mirando al frente, en la concha del ábside, se materializa el Cosmocrátor, gobernador del mundo, de todo lo que existe, entronizado sobre un Orbe, el Cosmos, finito y abarcable, flanqueado por dos ángeles. Un Cristo imberbe, de límpido rostro, vestido con la púrpura imperial, ofrece a San Vital la corona del martirio. En el lado opuesto el obispo Ecclesius, fundador del templo, sostiene la maqueta del edificio. La escena se ubica en los floridos prados del Edén, regados por las aguas puras y cristalinas de los cuatro ríos. Sobre el ábside dos ángeles sostienen un medallón, con la letra alfa grabada (más bien crismón). A un lado Belén, y al otro Jerusalén, los puntos que marcan el inicio y el final de la vida terrena de Jesús.
El interior de la iglesia nos transporta a la caverna, al templo primigenio, al lugar en que se fusionan las dos esferas de la existencia. Pasamos en un abrir y cerrar de ojos de Altamira o Lascaux a San Vital. En la parte inferior de las paredes del ábside nos trasladamos de la Corte Celeste a la Corte terrenal del emperador Justiniano y su esposa Teodora. Un espacio para la mística, pero también para la exaltación del poder de la pareja imperial, que de esta manera busca (y consigue) acercarse a la eternidad.
Emperador y emperatriz se sirvieron de estas imágenes para reafirmar su poder. Ambas figuras ocupan un lugar central en sus respectivos paneles, y sus aureolas reflejan su especial relevancia en el ámbito espiritual y en el humano. Justiniano deseaba ser visto como el décimo tercer apóstol, destinado a conseguir el triunfo definitivo del Reino de Cristo sobre la Tierra. Intención de los mosaicos imperiales, glorificar a Justiniano y a Teodora, y la institución de la autocracia imperial. Y sin embargo, Teodora y Justiniano, nunca estuvieron en Rávena.
Un cortejo imperial se dirige en procesión, con solemnidad y boato, desde el presbiterio hacia el altar, al encuentro con el Creador, fusionarse en la Jerusalén Celeste, alcanzando una especie de nirvana cristiano. Las personas que integran ambos mosaicos dan forma a una procesión imaginaria, pues nunca estuvieron juntas. Emperador y emperatriz hacen ostentación de su poder terrenal y (casi) divino, y realizan una ofrenda para celebrar la inauguración de la iglesia de San Vital, comenzada durante el dominio ostrogodo y finalizada ya en periodo bizantino. El naturalismo propio del arte clásico cede paso a una representación hierática y solemne de los personajes, en consonancia con la tradición oriental. Podíamos estar mirando a un soberano persa de la dinastía aqueménida. El creyente se arrodilla ante la divinidad, y por extensión, también a los pies del emperador. Figuras que resaltan sobre un fondo dorado, triple símbolo de riqueza, pureza y realeza, la perspectiva es inexistente y los personajes parecen flotar, creando una atmósfera etérea e irreal de atemporalidad. La constante búsqueda humana de la inmortalidad.
El emperador preside el primer mosaico, con un halo dorado sobre la cabeza, viste clámide púrpura, sujeto con una enorme fíbula de oro y joyas y entre sus manos porta su ofrenda, un recipiente de oro. Aparece rodeado por los dos pilares en que se apoya su poder, la Iglesia y el Ejército. Justiniano representado como emperador y también (y eso no podemos obviarlo) como cabeza visible de la iglesia ortodoxa.
A su izquierda aparece el obispo Maximiano, identificado con su nombre, y otros dos miembros del clero. Uno porta un libro encuadernado en oro y gemas, y otro un incensario. Maximiano, identificado con su propio nombre y colocado junto al emperador, indican su posición predominante y tal vez la intención de elevar la categoría de Rávena como patriarcado por detrás de Constantinopla. Un cuarto personaje podría ser Juliano Argentario, banquero que financió la construcción antes de la época de dominio bizantino. A la derecha de Justianiano la representación burocrática y militar, dos personas de alto rango y una facción del ejército. Hay quien ha interpretado que el oficial barbado podría ser Belisario, general que conquistió la ciudad, para mayor gloria del emperador. Un soldado sostiene un escudo con el crismón del Salvador, emblema de Constantino, el primer emperador cristiano de Roma. El marco en que se sitúa la escena está delimitado por elementos arquitectónicos, dos columnas corintias situadas en los extremos, que sirven para vincular la Grecia Clásica con los Imperios (el de Oriente y el de Occidente).
El séquito de Teodora está formado por damas y eunucos en el momento de la ofrenda. La pedrería que exhibe sin pudor la emperatriz, los anillos y brazaletes de los acompañantes, las cortinas y las bellas túnicas nos dan una idea aproximada de la suntuosidad y magnificencia de la corte oriental. La emperatriz, engalanada con joyas transporta un cáliz de gran tamaño. Las damas se han identificado como Antonia, esposa de Belisario y amiga de la emperatriz, y su sobrina Joannina. Unas identificaciones muy difíciles de corroborar. Circunstancia insólita, una mujer, y además laica, representada en el altar.
El extraordinario grado de detalle, el escenario y la autoridad de estos dos retratos de cuerpo entero del emperador y la emperatriz con sus séquitos en San Vital han desempeñado desde entonces, aunque solo sea por su supervivencia en un lugar tan emblemático, un papel clave en la imaginación del poder. Aquí podemos ver el despliegue completo de la vestimenta y las joyas imperiales oficiales, que se remonta a la adopción por parte de Diocleciano de las insignias reales y las túnicas púrpuras de los persas. Las coronas, los orbes y los cetros asociados a este estilo de vestimenta ceremonial han llegado hasta nuestros días en los rituales de las cortes de todo el mundo y en el atuendo oficial de sumos sacerdotes, papas y obispos. (Judith Herrin).
Estos magníficos mosaicos contribuyen a hacer palpable la sensación de espacio sagrado, lleno de significación religiosa donde la intensidad del color, el brillo del oro y la luz, que llega suave y tamizada, diseñan un efecto sobrenatural.
Los bizantinos utilizaron los mosaicos con un sentido aristocrático, intelectualista y docente, al tiempo que heredaron la tendencia oriental de llenar totalmente las superficies. El resultado es una brillantez abrumadora. El mosaico como el reflejo misterioso de un mundo sobrenatural en el que ocupaba un lugar destacado el emperador como representante de Dios en la Tierra.
La profusa decoración del interior de San Vital se complementa con hermosos ornamentos, como los cimacios que aparecen sobre los capiteles hábilmente labrados, en forma de pirámide invertida y truncada.
Durante cientos de años, en todo el territorio del Imperio Romano se confeccionaban mosaicos, sin embargo, los de Rávena se emplean de forma singular y novedosa, en lugar de decorar el pavimento de las prósperas villas romanas, pasarán a dar luz, brillo y gran vistosidad a muros y ábsides de las iglesias, que se convirtieron en el centro de atención. El otro cambio, sustituir los fondos blancos por el suntuoso dorado. El mosaico romano concebido para la vida civil, el bizantino forma parte intrínseca de su propio ritual religioso. Desde la época de Constantino y por supuesto de su madre, Santa Helena, el oro se asoció al culto cristiano.
Al atravesar el portal, penetrar en el interior de San Vital y contemplar los mosaicos mi ser es tocado por el mismo espíritu que sorprendió a Stendhal y a Fulcanelli, la belleza sublime nos llena de dicha. Prodigiosos mosaicos que datan de casi mil años antes que las celebradas obras de arte del Renacimiento italiano.