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domingo, 27 de enero de 2019
domingo, 24 de enero de 2016
BURGUILLOS DEL CERRO.
Burguillos del Cerro, en
la provincia de Badajoz, entre Zafra y Jerez de los Caballeros,
cuenta una centenaria historia de moros, judíos y órdenes
militares.
Una villa de gran
solera, cuyo núcleo poblacional está situado al sur de su imponente
castillo, y en el que sobresalen las casas solariegas con riquísima
heráldica, los espacios abiertos situados en el llano, a los que
abren sus puertas numerosos bares y restaurantes, y todo ello rodeado
de bellísimos espacios adehesados.
Calles de casas
encaladas y bajas, delineadas bajo la sombra protectora del viejo
castillo templario, del que solo quedan ruinas.
El modelo de ocupación
ha sido, prácticamente desde los primeros tiempos históricos,
conformado por pequeñas núcleos de población, dispersos por todo
el territorio, articulados en torno al recinto fortificado que
existía en el lugar que hoy ocupa el castillo.
En el contexto general
de la llamada (bien o mal) Reconquista, Alfonso IX de León entró en
Burguillos en 1230, para perderla rápidamente ante el contragolpe
musulmán. Años después, en 1238 Fernando III conquista
definitivamente esta villa y la cede a la Orden del Temple.
Como parte del “Imperio
Templario” Burguillos del Cerro perteneció al Bayliato de Jerez de
los Caballeros. Tras la desaparición de la Orden (1314) la villa
cambió varias veces de dueño, hasta que Enrique III la donó a
Diejo López de Zúñiga (permanecerá en manos de la familia de los
Zúñiga hasta la abolición del régimen señorial en 1837).
Entre los edificios
religiosos cobra especial protagonismo (por su omnipresencia) la
iglesia parroquial de Santa María de la Encina, con una maravillosa
torre en estilo sevillano.
En uno de los extremos
del núcleo de población, cerca del límite urbano, está enclavada
la iglesia de San Juan Bautista.
Casas blancas de tejados
rojizos perfectamente alineadas en manzanas y calles rectas, salvo la
antigua judería más abigarrada. A media tarde, el Sol aún se
encuentra en alto en el horizonte, y un lúgubre tañido de campanas,
es el recuerdo de un lenguaje musical que se niega a fenecer. Mucho
antes de la radio, el teléfono e Internet, existían las campanas
para establecer comunicación a distancia.
Extremadura, tierra de
pastos, dehesas y castillos, historia viva de la nación española.
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Burguillos del Cerro,
Diego López de Zúñiga,
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Fernando III el Santo,
Iberia Medieval Cristiana,
Orden del Temple,
Zafra
jueves, 14 de enero de 2016
DIEGO HURTADO DE MENDOZA “ALMIRANTE DE CASTILLA”.
Miembro
destacado del poderoso linaje de los Mendoza que tanto peso tuvieron
en la política castellana de la Baja Edad Media, Diego Hurtado, por
mediación de su padre, Pedro González de Mendoza, contrajo
matrimonio con María de Castilla, hija ilegítima del rey Enrique II
Trastámara. Diego participó en la derrota de Aljubarrota a manos
portuguesas, y tuvo que regresar a casa con el cadáver de su padre,
caído en dicha batalla.
Protegido
de su tío, el canciller Pedro López de Ayala, su cercanía a la
corte castellana, le sirvió a Diego para convertirse en Almirante
Mayor de Castilla durante el reinado de Enrique III “el Doliente”
y desempeñar la función de mayordomo mayor del rey. Como almirante
realizó incursioens en las costas portuguesas y defendió con éxito
el Estrecho de Gibraltar de la armada lusa.
Fallecida
su esposa, casó en segundas nupcias con Leonor de la Vega, y entre
su numerosa prole, destacaría su sucesor Íñigo López de Mendoza,
Marqués de Santillana.
miércoles, 13 de enero de 2016
VILLA DE FERIA.
Azotado
por el viento, el castillo que lleva siglos oteando el horizonte, se
eleva por encima de la villa que reposa a sus pies. A pocos
kilómetros de Zafra, la Villa de Feria, en la espléndida Tierra de Barros, fue sede de una poderosa
dinastía, señores de estas tierras; los condes y duques de Feria.
Lo que hoy es castillo fue un poblado del Calcolítico, un castro
celta y un fuerte romano, aprovechado por los árabes para defender
la Taifa de Toledo. Tras la conquista cristiana, Alfonso X reparte
las tierras de Badajoz entre las órdenes militares. Feria fue a
parar a manos de la Orden de Santiago. En 1394 Enrique III, rey de
Castilla conocido como “el Doliente”, cedió esta villa al
Maestre de la Orden de Santiago Lorenzo Suárez de Figueroa (como
recompensa por defender los intereses de Castilla frente a Portugal),
que la transfirió a su hijo Gómez Suárez de Figueroa, naciendo de
esta manera el Señorío de Feria. En 1460 Enrique IV otrogó a los
Suárez de Figueroa el título de Condes de Feria, y más tarde
Felipe II transformó el Condado en Ducado.
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martes, 12 de enero de 2016
GÓMEZ SUÁREZ DE FIGUEROA, PRIMER SEÑOR DE FERIA.
Prohombre
castellano de gran influencia en la Baja Extremadura, hijo del
maestre de Santiago Lorenzo Suárez de Figueroa. Gómez Suárez fue
mayordomo mayor de la reina Catalina de Lancaster, esposa del rey
Enrique III, yerno del almirante Diego Hurtado de Mendoza, miembro
del Consejo Real de Juan II, capitán general de la frontera de
Andalucía y Primer Señor de Feria. El señorío fue concedido a su padre por el rey Enrique III.
Tras
las muerte del maestre, Gómez I consolidará el Señorío de Feria,
siendo la construcción de las murallas de Zafra una de sus obras
civiles más destacadas. La ciudad en cuestión necesitaba de esas
fortificaciones, pues al enclavarse en un llanura, carecía de
defensas naturales. A lo largo de su vida siempre se mantuvo fiel a
Castilla y murió combatiendo mientras luchaba a favor del rey Juan
II. Fue enterrado en el Convento de Santa Clara en Zafra, erigido por
él mismo para convertirlo en el panteón familiar de los Suárez de
Figueroa.
lunes, 11 de mayo de 2015
PALACIO REAL DE TORDESILLAS.
Lugares desaparecidos que
aún mantienen vivo su recuerdo. Una mañana lluviosa de domingo
caminaba por Tordesillas y reparé en un dibujo de Enrique III
sedente sosteniendo sobre sus rodillas el antiguo y desaparecido
Palacio Real de Tordesillas. El rey Enrique III "el Doliente" de Castilla construyó
una palacio con preciosas vistas al Duero, y que se convirtió en
sede de la corte itinerante castellana. Su inquilina más afamada fue
la reina Juana de Castilla, tristemente conocida como Juana la Loca,
que residió aquí durante más de cuarenta años.
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