Mostrando entradas con la etiqueta Nicolás Flamel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nicolás Flamel. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de abril de 2015

BLANCA DE EVREUX. DISCRECIÓN HERMOSA Y ARTES OSCURAS.



Creemos caminar por el borde de un mundo maniqueo, a un lado la luz, el día y el bien, al otro la oscuridad, la noche y el mal. En realidad ese límite no es tal, es mera ilusión. Luz y Oscuridad, Masculino y Femenino, Cielo y Tierra se funden, se entremezclan, y es humanamente imposible (al menos en términos absolutos) discernir donde acaba lo uno, y donde empieza lo otro.

Con la Historia y sus personajes ocurre lo mismo. Hay una historia real y verídica, iluminada por los documentos, concretada mediante datos, y otra historia velada, y hasta cierto punto imaginada, sustentada en leyendas, ancestrales creencias y tradiciones orales. Y amigos míos, al igual que no es concebible (ni cognoscible) el Yin sin el Yang, no pude existir la historia sin la leyenda, no podemos aprehender la esencia humana (individual y colectiva) si no tenemos en cuenta el mito. Nadie vibra ni se apasiona con el estudio de fríos datos, fechas, estadísticas o listas de nombres sin sentido. Los que buceamos en el pasado lo hacemos con la esperanza segura de encontrar la hazaña, la pasión, la tragedia, la belleza y la magia. Sin estos elementos el pasado se borra y la memoria olvida.

Blanca de Evraux fue una reputada dama, hija de la reina Juana II de Navarra y Felipe de Evraux , y reina consorte de Francia, sin embargo, su fama actual está vinculada a episodios algo más fantasiosos. Dos historias, dos caras. Una real y documentada, otra legendaria y fantástica. La primera la estudia la historia académica. De la otra se hacen eco los círculos más heterodoxos del conocimiento.

Al principio de su vida, Blanca parecía destinada a jugar un importante papel en las difíciles relaciones entre Navarra y Castilla. Sus mayores decidieron entregarla en matrimonio al infante Pedro (futuro Pedro I) hijo de Alfonso XI. El enlace buscaba forjar de una vez por todas una alianza favorable a Castilla, y a Francia. Los franceses no se inmiscuirían en los asuntos castellanos y apoyarían en su particular reconquista, mientras que Castilla auxiliaría a los franceses en la Guerra de los Cien Años. La boda estaba prevista cuando la niña cumpliese quince años, pero ni la alianza fraguó, ni la ceremonio se celebró. A Blanca le esperaba otro rey.

A la muerte de sus padres, Blanca quedó bajo la tutela de su hermano Carlos, a la sazón nuevo rey de Navarra (Carlos II). Como buen hermano (y político) Carlos intentó buscar a Blanca un buen marido, y pensó en otro joven heredero, el delfín Juan (futuro Jean Le Bon), hijo del rey francés Felipe VI.

Desde muy joven la princesa despertó la admiración de propios y extraños por su belleza e inteligencia, de tal forma que una crónica de la época la define como "Bella Sagesse" (Discreción Hermosa). Si hacemos casos de los documentos Blanca era un dechado de virtudes, un modelo a seguir como dama virtuosa y fiel siempre a los intereses de su linaje. La hija de Juana representaba el ideal de la mujer noble del siglo XIV. Tal fue la repercusión de la infanta Blanca, que recientes estudios han identificado a Blanca de Evreux con la heroína protagonista del "Roman de la Dame a la Licorne et du biau chevalier au lion" compuesto hacia 1350.

El rey Felipe VI acaba de enviudar y debía andar el hombre un poco melancólico, pero cuando vio en persona a Blanca, famosa en toda Europa por su belleza y cuarenta años más joven, se enamoró locamente de ella. El rey le dijo a su hijo Juan "que naranjas de la China", que Blanca ya no iba a ser su esposa, sino su madrastra.

Se celebró la boda, Blanca se convirtió en Reina de Francia y Luis encontró un nuevo motivo de alegría. Bromas crueles del destino, el infortunado rey poco pudo disfrutar de su lozana esposa, pues las Moiras decidieron cortar los hilos seis meses después del enlace. Las lenguas malintencionadas (o bienintencionadas, según se mire) atribuyen la muerte del monarca al agotamiento sexual, lo que hablaría bien a las claras de las dotes amatorias de la princesa navarra. No obstante, la fogosidad del rey le permitió engendrar una hija, que fue bautizada como Juana (onomástica recurrente en la dinastía franconavarra).

La reina viuda, con un velo blanco sobre el rostro, símbolo del luto, abandonó la corte y se retiró a las posesiones que su marido le había legado, concretamente a Neaufles Saint Martin cerca de Gisors. Aunque hubo un intento de casarla con Pedro IV de Aragón, la Reina Blanca se negó, argumentando que por tradición las reinas viudas de Francia no volvían a casarse. Otra interpretación sostiene que a Carlos II, el rey navarro, le interesaba que su hermana se mantuviese como reina viuda de Francia, y no romper el entendimiento que se había alcanzado entre ambas coronas tras el matrimonio.

Durante sus años de viudedad, mantuvo una estrecha relación con su hermano, al que ayudó siempre que pudo, y con los asuntos de gobierno en Navarra. Además a Blanca tampoco le temblaba el pulso cuando tenía que actuar, en 1364 defendió Vernon frente a las tropas de du Gesclin . Tal era la confianza que Carlos II había depositado en su hermana que no dudó en nombrarla en su testamento, como tutora de su hijo, el futuro Carlos III el Noble.

Blanca murió en 1398, recibió sepultura en la abadía de Saint Denis y nunca dejó de ser considerada la Reina viuda de Francia. Hasta aquí la historia oficial.

La historia incómoda, extraoficial y heterodoxa, cuenta que en su retiro Blanca se dedicó a la práctica de la alquimia y al estudio de las artes oscuras. Esta historia heterodoxa está llena de intuiciones y de tópicos, que a pesar de todo, puede ser que escondan algo de verdad. Se cuenta que en los sótanos de su castillo hizo construir un laboratorio para llevar a cabo sus experimentos de alquimia y que pasaba horas leyendo y estudiando nigromancia y otras artes oscuras. Mientras escribo estas líneas no puedo dejar de pensar en Erzebeth Bathory, devota de la sangre.

Sus castillos de Neuphe y de Gisors estaban comunicados mediante un túnel secreto, que como todos estos túneles secretos no han podido ser descubiertos. La tradición cuenta que en su biblioteca - era una ávida lectora - poseía una obra alquímica de valor incalculable producida en el Languedoc durante el siglo XIV, pero basada en manuscritos de seiscientos años atrás.

Esta princesa atípica mantuvo una estrecha relación de amistad y mecenazgo con Nicolás Flamel , acaso el alquimista más popular de su tiempo. La última vuelta de tuerca de esta esotérica historia hace de Blanca una de los Grandes Maestres del supuesto Priorato de Sion, la enigmática orden de la Dan Brown escribe en el Código da Vinci. Además el mismo Flamel sucedió a Blanca en dicho maestrazgo. ¿Dónde termina la realidad?.

Y si hablamos de una joven reina, guapa e inteligente, que vive en castidad, apartada del mundo, no puede faltar una amante. Si no lo hay, se inventa. Durante su retiro, la Reina Blanca disfrutó de la pasión amorosa de un enigmático caballero del que poco o nada se sabe, que alguien aha bautizado (no se bien con que criterio) como Poulain, y que visitaba a la princesa nigromante en las largas noches invernales para ofrecer su ardor amoroso.


Alquimia y nigromancia, el arte de la luz y la ciencia de la oscuridad, doctrinas esotéricas que provocan los más encontrados sentimientos de atracción y repulsión en el alma humana. ¿Qué tienen de auténtico?. Difícil precisarlo. A lo largo de la historia vivieron hombres y mujeres empeñados en desentrañar los secretos y misterios de la Naturaleza, y en el fondo no es, ni más ni menos, que la eterna y continua búsqueda del conocimiento, una pulsión que responde a la innata e inevitable curiosidad humana.  

domingo, 19 de octubre de 2014

NICOLÁS FLAMEL, ALQUIMIA EN EL CAMINO DE SANTIAGO.



El Camino de Santiago ha sido imaginado y contextualizado desde diferentes puntos de vista (históricos y esotéricos) como un camino iniciático, una camino hacia el autoconocimiento, y como tal, también relacionado con la alquimia. Nicolás Flamel, acaso el más afamado alquimista medieval, concibe en su obra "El libro de las Figuras Jeroglíficas" el Camino de Santiago, como el recorrido (real o metafórico) que le llevó a lograr su meta personal; la Piedra Filosofal, para a través de ella convertir cualquier metal en oro y alcanzar la inmortalidad. En cierta manera, podemos concebir el Camino de Santiago, como un proceso alquímico en el cual, el objeto transformado es el propio peregrino (en cuerpo y alma).

Aunque yo, NICOLAS FLAMEL, escribano y vecino de París, en este año de 1399, y residiendo en mi casa de la rue des Ecrivains, cerca de la capilla de St. Jacques de la Boucherie. Aunque ―digo― no haya aprendido más que un poco de latín, debido a los escasos medios de mis padres, que eran estimados, incluso de mis envidiosos, como gente de bien: sin embargo, por la gracia de Dios y la intercesión de los bienaventurados santos y santas del paraíso, y sobre todo de monseñor Santiago de Galicia, he podido llegar a los libros de los Filósofos y aprender sus ocultos secretos.
El Libro de las Figuras Jeroglíficas.

Nicolás Flamel es uno de esos personajes en que lo legendario ha ido devorando al hombre, hasta llegar a un punto donde no se puede saber donde empieza éste y donde termina aquel. Flamel, el hombre, fue hombra instruido de su época, rabino, escribano y librero parisino del siglo XIV. El Flamel legendario fue un amafado alquimista medieval capaz de ejecutar la Magna Obra de la Alquimia, elaborar la piedra filosofal, y a través de ella transmutar cualquier metal en oro y lograr la inmortalidad. Durante la Guerra de los Cien Años, mientras trabajaba de librero en París llegó a sus manos un viejo grimorio alquímico y empleó más de veinte años en descifrarlo.

Siempre empezaba de nuevo; y cuando estaba a punto de perder la esperanza de entender estas figuras, hice una promesa a Dios y a Santiago de Galicia para impetrar la interpretación de éstas a algún sacerdote judío en alguna de las Sinagogas de España.
El Libro de las Figuras Jeroglíficas.


Con el objetivo de obtener los conocimientos necesarios para traducir el grimonio, Nicolás Flamel viajó a la Península Ibérica, llegó a Santiago de Compostela, pero nada consiguió.Derrotado y cabizbajo emprendió el regreso a casa, con las esperanzas perdidas llegó a León, y finalmente en la antigua capital del reino, pudo contactar con el Maestro Canches, un anciano rabí que identifió el grimorio con el mítico Aesc Mezareph del judio Abraham, y consintió en enseñar a Flamel todo el conocimiento esotérico y simbólico necesario para su interpretación. Este viaje (externo e interno) fue narrado en su Libro de las Figuras jeroglíficas, describiendo su ascenso hasta el conocimiento supremo como si de la peregrinación a Santiago de Compostela se tratase.


Me puse, pues, en camino y llegué a Montjoye, y luego a Santiago, donde cumplí mi voto con gran devoción. A la vuelta, encontré en León a un mercader de Boulogne quien me presentó a un médico judío convertido al cristianismo, y que era muy sabio. Se llamaba Maestro Canches, Cuando le mostré las figuras de mi resumen, preso de extrañeza y alegría, me preguntó de inmediato si sabía algo del libro de donde fueron sacadas. Le respondí en latín de la misma manera en que me preguntó que esperaba buenas noticias si alguien me descifraba esos enigmas. De inmediato y poseído de gran ardor y alegría, empezó a descifrar el principio.
El Libro de las Figuras Jeroglíficas.

De regreso a París se puso manos a la obra, fue capaz de elaborar la piedra filosofal, consiguiendo ingentes cantidades de oro. También asegura la leyenda que gracias a la peidra, él y su esposa Perenelle, obtuvieron la inmortalidad. Hay quien afirma haberlos visto en la Ópera de Paris años antes del estallido revolucionario. Si esta historia es cierta, quizás algún día, en algún recóndito lugar del Viejo Mundo, me tope con Nicolás y Perenelle



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...