La princesa Kristina fue
una gélida flor del Norte, de bellos rasgos y tez blanquecina, que
se marchitó bajo el sofocante calor de Sevilla. Como parte de los
acuerdos firmados entre Castilla y Noruega, la infanta Kristina, hija
del rey Haakon IV fue prometida en matrimonio con un hermano de
Alfonso X el Sabio, que buscaba con este enlace conseguir apoyos en
su carrera por convertirse en emperador. Arrancada de su hogar
paterno, bajo la promesa de lujosos palacios y vistosos jardines
construídos por los delicados artistas moriscos, la joven Kristina
llegó a la capital hispalense en 1258 después de pasar por
Valladolid donde se celebró la boda con don Felipe. Kristina nunca
pudo adaptarse ni al clima, ni a las costumbres, ni a la gente, tan
diferentes a lo que ella conocía, y cuatro años después de su
llegada murió, según cuentan, ajada por la melancolía.
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sábado, 2 de julio de 2016
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