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jueves, 17 de enero de 2013

GEOGRAFÍA DE IBERIA ESTRABÓN (XXVII)



5 LAS ISLAS

1. Pitiusas y Gimnesias 
De las islas próximas a Iberia, las dos Pitiusas y las dos Gimnesias (las llaman también Baliarides) están frente al litoral comprendido entre Tarracon y el Sucron, en el que se alza Sagunto. Las más alejadas de la costa con las Pitiusas, situadas al occidente de las Gimnesias. De ellas, una recibe el nombre de Ebuso y tiene una ciudad del mismo nombre; el perímetro de la isla es de cuatrocientos estadios y su longitud y anchura son semejantes. La otra, Ofiusa, deshabilitada y mucho más pequeña que la anterior, se encuentra cerca de ella. De las Gimnesias, la mayor tiene dos ciudades, Palma y Polentia, una al este, Polentia, y la otra al oeste. La longitud de la isla es de poco menos de seiscientos estadios y la anchura de doscientos, pero Artemidoro ha cifrado en el doble tanto la anchura como la longitud. La menor dista de Polentia unos doscientos setenta estadios, y si bien en extensión la mayor le saca mucha ventaja, por sus excelencias no es en nada inferior a ella; pues ambas son fértiles y tienen buenos puertos, aunque sus entradas están minadas de escollos, de manera que exigen la atención de los que arriban a ellos. Debido a la fertilidad de los lugares viven en paz sus habitantes, lo mismo que los de Ebuso; pero en una ocasión en que unos cuantos malhechores hicieron causa común con los piratas del mar, cobraron mala fama todos y tuvo que hacer una expedición naval contra ellos Metelo, el apodado Baliárico, que fue también el que fundó las ciudades.

Como a causa de su misma fertilidad son objeto de asechanzas, tiene fama, a pesar de ser pacíficos, de ser los mejores honderos, y según dicen se ejercitaron en esta práctica sobre todo a partir de que los fenicios ocuparan las islas. También se dice que fueron éstos los primeros que vistieron a sus gentes con túnicas de bandas anchas; pero iban al combate sin ceñirse, llevando al brazo un escudo de piel de cabra y un venablo endurecido al fuego, raramente provisto también de una pequeña punta de hierro. Llevan alrededor de la cabeza tres hondas hechas bien de meláncranis [una especie de junco con el que se trenzan las cuerdas; dice Filitas en la Elegía a Hermes:

es mugrienta la túnica y raída; y alrededor del talle delgado se enrolla un trozo de meláncranis,

como diciendo "ceñido con un junco"], bien de crines o de nervios, una larga para los lanzamientos a gran distancia, otra corta para los tiros a corta distancia y otra mediana para los medianos. Se ejercitaban desde niños con las hondas de tal modo que ni pan se les daba si no le acertaban con la honda. Por eso precisamente Metelo, cuando se acercaba a las islas por mar, extendía pieles sobre las cubiertas como protección contra las hondas. Introdujo como colonos tres mil romanos procedentes de Iberia. 

miércoles, 30 de junio de 2010

HONDEROS BALEÁRICOS




Armados con tres hondas de diferentes tamaños, según una descripción de Diodoro Sículo, los habitantes de las Illers Balears, expertos y reputados honderos, fueron utilizados como mercenarios desde muy antiguo, formando parte imprescindible de los ejércitos cartagineses, en especial de aquel, que guiado por el general Aníbal marchó a Italia, con el firme propósito de conquistar Roma. 

"Próxima a ellos situó la tercera parte de su ejército, compuesta por celtas y ligures, y mezclados con éstos, en todas partes, arqueros y honderos mauritanos y baleares".
Apiano. Sobre África  40  

Desde niños, los baleáricos eran adiestrados en el buen uso de la honda, como parte del entrenamiento, las madres colocaban la comida en la copa de un alto árbol, siendo la única manera de conseguir el alimento, lanzando proyectiles con la honda.

"Su equipo de combate consta de tres hondas, una de las cuales llevan en la cabeza, otra en la cintura y una tercera en la mano; utilizando esta arma son capaces de arrojar proyectiles mayores que los lanzados por otros honderos y con una fuerza tan grande que parece que el proyectil ha sido lanzado por una catapulta. Por ello en los ataques a las ciudades son capaces de desarmar y derribar a los defensores que se encuentran en las murllas y, si se trata de combates en campo abierto, consiguen romper un número enorme de escudos, yelmos y toda clase de corazas"
Diodoro de Sicilia V, 18,3. 
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