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sábado, 29 de junio de 2019

ELOÍSA.



Una chica lista y culta no debe enamorarse, piensan algunos, eso es para las tontas. Bonita e inteligente, una mujer extraordinaria y cuentan, con una belleza fuera de lo común, su delito, enamorarse de Pedro Abelardo.

Eloisa, una joven diferente de las demás, una intelectual de su tiempo (algo extraño para una chica de la Edad Media), con diecisiete añitos enamoró al gran Abelardo, una auténtica eminencia del conocimiento. Un amor prohibido y trágico, su historia la pudo haber escrito (varios siglos más tarde) William Shakespeare. Tras su fracaso amoroso terminó convertida en Abadesa del Paráclito.

jueves, 3 de abril de 2014

ABELARDO Y ELOÍSA. LOS INFORTUNIOS DEL AMOR



Pedro Abelardo, considerado uno de los grandes genios de la historia de la lógica, era uno de los más respetados maestros de Teología de la Universidad de París durante la Edad Media, además de ser hombre elegante y altivo. Motivos ambos que despertaban por igual, envidias y admiraciones. 

El canónigo de Notre Dame, Fulgencio, entusiasmado por la fama del enseñante, le elegió para convertirlo en maestro y tutor de su joven sobrina Eloísa. Una chica de diecisiete años, guapa, inteligente y que destacaba por sus amplios conocimientos del latín, el griego y el hebreo.

¿Admiración mutua?, ¿pasión  desbordada?, ¿amor incondicional?. Quizás todo junto prendió la llama del amor entre el maestro y la alumna. Tal fue la devoción que sentían el uno por el otro, que no dudaron en celebrar esponsales en secreto. 

Pero la naturaleza sigue su curso y Eloísa quedó embarazada. La noticia llegó a oídos de Fulgencio, que lleno de ira y de rabia, planeó una horrible venganza. La sobrina fue encerrada en un monasterio donde dio a luz a un niño, que recibió un extraño nombre: Astrolabio. Más doloroso y humillante fue el castigo para Abelardo, pues unos sicarios penetraron en su habitación y castraron al maestro.

Abelardo se retiró de la vida pública y se recluyó en Nogent-sur-Seine y Eloisa se convirtió en la abadesa de Argentuil. A partir de este momento Abelardo y Eloisa tuvieron que seguir su relación mediante cartas. Pero la distancia no pudo disolver este amor.

Cuentan que cuando Eloísa murió, ventiún años después que su amado y su cuerpo era bajado para ser depositado en la sepultura, Abelardo extendió los brazos para dormir a su lado por toda la eternidad.
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