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miércoles, 31 de octubre de 2012

MARBODUO


Maroboduo (c. 18 a.C. - 37 d.C.), rey de los marcomanos, fue uno de los primeros gobernantes germanos en crear un poderoso, y por momentos estable, estado allende de sus territorios originales.

Nacido en una familia de nobles marcomanos, pasó su juventud en Italia, durante el imperio de Augusto, pero hacia el 9 a.C. regresó a su tierra natal y se puso al frente de su pueblo.

“Ciertamente, había estado allí de joven gozando del favor de Augusto; pero volvió para hacerse con el poder.”
Estrabón. VII. 1,3.

Las legiones romanas amenazaban las cuencas del Rin y el Danubio, su avance parecía imparable, no quedarían pueblos libres por estas tierras. En este contexto de invasión, Druso encontró a los marcomanos y a los hermunduros junto al Main, los derrotó (año 9 a.C.) obligándoles a desplazarse hacia el este.

Marboduo guió a los marcomanos, y contingentes de otras tribus germanas, a unas tierras resguardadas por el Danubio, la Selva Hercinia y los Alpes, nos referimos a la actual Bohemia. Tras expulsar de Bohemia a los boios, que estaban asentados aquí desde el siglo V a.C. y que dieron el nombre a la región, estableció un estado fuerte. Los boios que quedaron en la zona quedaron absorvidos e integrados por los marcomanos invasores.

“En este lugar se encuentra la Selva Hercinia y los pueblos suevos, los cuales habitan en el interior del bosque, como los cuados; y en cuyo territorio se localiza además Boihemo, sede real de Marobodo; un lugar hacia el que dicho rey trasladó a muchas otras gentes y, en particular, a su propio pueblo, los marcomanos”.
Estrabón VII. 1,3.

Augusto planteó destruir el nuevo estado marcomano que estaba convirtiéndose en un serio peligro para los intereses de Roma en el Corazón de Europa, las tropas romanas llegaron hasta el Albia, actual Elba, y de esta forma, Bohemia quedaba rodeada.

En el año 6 d.C. Tiberio tenía todo preparado para asaltar el estado marcomano. Marboduo llevaba años entrenando a sus tropas para el decisivo enfrentamiento, contando con unos 75.000 guerreros. Pero cuando las legiones romanas estaban prestas para acometer la invasión, estalló una rebelión en la retaguardia, en Iliria, Panonia y Dalmacia, dirigidas por el caudillo Batón. Tiberio hubo de detener la ofensiva para sofocar la revuelta. Además firmó una tregua con Marboduo, reconociéndolo como rey y aliado de Roma. Que Roma te reconozca como amigo es preludio casi seguro de traición, tal y como hicieron con el lusitano Viriato.

En otro orden de cosas, el año 9 d.C. tuvo lugar el desastre de Teotoburgo, y el querusco Arminio, con la idea de atraerse para su causa a Marboduo, le envió la cabeza de Varo. El rey marcomano entregó la cabeza a los romanos, y permaneció neutral en la guerra de venganza que siguió.

La rivalidad con Arminio aumentó, pero para Roma, Marboduo seguía siendo un escollo que frenaba su política expansiva. Ante esta tesitura, desde la Ciudad Eterna se promovió la disención interna dentro del reino marcomano. Catualda, al parecer un noble exiliado por Marboduo, regresó y con el apoyo de otros nobles, a los que Marboduo había retirado sus privilegios, derrotaron al rey.

Marboduo huyó a Italia, pidió asilo, y vivió sus últimos días en Rávena, recluido por Tiberio.

“Maroboduo, por todos abandonado, no tuvo más remedio que apelar a la misericordia del César. […] Maroboduo, efectivamente, fue instalado en Rávena”
Tácito. Anales. II, 63.
 

sábado, 27 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (XIII)



37   Los cimbrios, próximos al Océano, ocupan justamente el saliente de la Germania. Pequeña nación en la actualidad, aunque de pasado glorioso. Subsisten amplios vestigios de su antigua fama: espacios destinados a campamentos en ambas orillas, por cuya extensión se puede calcular aún hoy la magnitud y fortaleza de aquel pueblo y dar credibilidad a un éxodo tan grande. 

Corría el año 640 de nuestra Ciudad cuando por ver primera se oyeron los hechos de armas de los cimbrios, durante el consulado de Cecilio Metelo y Papirio Carbón. Si contamos desde entonces hasta el segundo consulado del emperador Trajano, tenemos un total de casi doscientos años: ¡tanto va tardando Germania en ser sometida!. En un período tan extenso se han producido mutuos y abundantes reveses. Ni el Samnio, ni los cartagineses, ni Hispania o las Galias, ni siquiera los partos, nos han suministrado tantas lecciones. Sin duda, la libertad de los germanos nos cuesta más cara que el despotismo de Arsaces. En efecto, ¿qué otro trastorno, a no ser la muerte de Craso, nos ha causado el Oriente, sometido por Ventidio y que perdió por su parte, a Pacorro?. Los germanos, en cambio, además de derrotar o capturar a Carbón, Casio, Escauro Aurelio, Servilio Cepión y Máximo Manlio, arrebataron al tiempo cinco ejércitos consulares al pueblo romano; incluso lo mismo sucedió al César y a Varo y sus tres legiones. Si bien los derrotó Cayo Mario en Italia, el divino Julio en la Galia y Druso, Nerón y Germánico en su propio territorio, no fue sin sufrir, a su vez, pérdidas. Posteriormente, las grandes amenazas de Cayo César cayeron en el ridículo. Hubo después paz, hasta que, con ocasión de nuestras disenciones y guerras civiles, tras asaltar los cuarteles de invierno de las legiones, trataron también de invadir las Galias y de nuevo fueron rechazados. En los últimos tiempos, más que victorias nos han dado excusas para que celebremos triunfos.

38    Debo hablar ahora sobre los suevos, que no son un solo pueblo, como ocurre con los catos y tencteros. Ocupan la parte más extensa de Germania y se diferencian por sus respectivos nombres nacionales, aunque se les llama comúnmente suevos. Es típico de esta raza peinarse el pelo hacia un lado y sujetárselo por debajo con un moño; de esta manera, los suevos se diferencian de los restantes germanos y los suevos libres de los esclavos. En otros pueblos se da también, aunque raramente y durante la edad juvenil, ya por algún parentesco con los suevos, o, lo que sucede con más frecuencia, por mimetismo. Los suevos, hasta que encanecen, cardan sus hirsutos cabellos y es frecuente que los lleven atados en lo alto de la cabeza. Los próceres llevan el pelo de forma más rebuscada. Tal es su preocupación por la estética; aunque inofensiva, por cuanto no se adornan para amar o ser amados, sino para aparentar una mayor estatura a los ojos de los enemigos e infundir así el terror al entrar en combate. 
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