Las hermosas cerámicas
del campaniforme fueron empleadas, entre otros menesteres, para
usarlas en banquetes y celebraciones. Análisis precisos han
demostrado que los vasos contenían bebidas fermentadas, como cerveza
o hidromiel con las que brindar en certámenes competitivos o
reuniones sociales, o comidas sólidas – estofados de carne – con
las que celebrar ágapes funerarios.
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miércoles, 9 de diciembre de 2015
miércoles, 24 de octubre de 2012
GERMANIA DE TÁCITO (VIII)
22 Se lavan nada más salir del sueño, que prolongan hasta bien entrado el día; por lo regular, lo hacen con agua caliente, cosa lógica entre quienes dura mucho el invierno. Ya lavados, toman el alimento; cada cual tiene un sitio distinto y su propia mesa. Acto seguido acuden armados a sus asuntos, y de la misma guisa con no menor frecuencia a los banquetes. Para nadie es vergonzoso pasar el día y la noche bebiendo continuamente. Las riñas, como es natural entre gente muy dada a la bebida, concluyen pocas veces con insultos y más a menudo con muertes y heridas. Pero en los banquetes también deliberan sobre la reconciliación de los enemigos, sobre la paz y la guerra, porque en ninguna otra ocasión está el ánimo más abierto para los pensamientos sinceros o más enardecido para los más trascendentes. Gente nada astuta y sin doblez, abre todavía más los secretos de su corazón por el ambiente relajado que proporciona el lugar; la mente de todos permanece franca y sin velos. Se continúa al día siguiente y las pautas generales de cada momento quedan a salvo; deliberan cuando no saben fingir, deciden cuando no pueden errar.
23 Beben un líquido que obtienen de la cebada o del trigo que, al fermentar, adquiere cierta semejanza con el vino. Los ribereños compran también vino. Su alimentación es sencilla: frutos silvestres, carne fresca de caza o leche cuajada; se quitan el hambre sin complicaciones ni refinamientos. Frente a la sed, no mantienen igual moderación; si favoreces su embriaguez suministrándoles cuanto deseen, se les venderá por sus vicios no menos fácilmente que con las armas.
24 El tipo de espectáculos es uno sólo y el mismo en todas las reuniones: jóvenes desnudos, para quienes esto constituye una diversión, se arrojan de un brinco entre espadas y amenazadoras frameas. La práctica les ha proporcionado técnica; la técnica, belleza; pero no los mueve el lucro o la recompensa: el placer de los espectadores es el premio a su juego por peligrosos que sea. Sobrios y formales, practican los juegos de azar con tanta temeridad a la hora de ganar o perder que, cuando ya no les queda nada, se juegan su libertad y su persona en un desesperado y definitivo envito. El vencido afronta una esclavitud voluntaria; por más joven y fuerte que sea, se deja atar y vender; tal es su obstinación en este lamentable asunto. Pero ellos lo consideran fidelidad a su compromisos. Se deshacen de los esclavos de esta condición vendiéndolos, y así se libran al mismo tiempo del bochorno de tal victoria.
25 No utilizan a los demás esclavos encomendándoles funciones domésticas concretas, como hacemos nosotros. Cada cual lleva su casa y sus penates. El señor impone la entrega de cierta cantidad de trigo o de ganado o de tela, como si fuera un colono, y el esclavo acata estas condiciones. La mujer y los hijos realizan las restantes tareas de la casa. Es poco frecuente azotar al esclavo y someterlo a cadenas y a trabajos penosos. Suelen matarlos no para dar ejemplo de disciplina y muestra de rigor, sino en un acceso de ira, como si se tratase de un enemigo, aunque en este caso el homicidio queda impune.
Los libertos no están muy por encima de los esclavos; es raro que tengan influencia en la casa; nunca en la vida pública, excepto en las naciones de régimen monárquico: allí se remontan por encima de los ciudadanos libres y de los nobles; en los demás pueblos, la condición inferior de los libertos es prueba de su libertad.
26 Desconocen el ejercer el préstamo y el aumentarlo hasta la usura, y así se mantiene tal situación mejor que si estuviesen prohibidos. Van ocupando todos por turnos la superficie cultivable, según el número de agricultores, y se la reparten de acuerdo con su condición social. La gran extensión de sus campiñas facilita tal reparto. Cambian anualmente de terreno y aún sobra campo. Por este motivo, su esfuerzo no está a la altura de la riqueza y abundancia del suelo; así que no plantan árboles frutales, ni reservan espacios para prados, ni riegan huertas; sólo exigen a la tierra sus mies. De ahí que nos distingan en el año los cambios que corresponden a nuestras divisiones: el invierno, la primavera y el verano tienen para ellos un significado y un vocablo; del otoño ignoran tanto el nombre como sus dones.
jueves, 18 de octubre de 2012
TUMBA DE LOS LEOPARDOS
En la necrópolis de Tarquinia, encontramos, oculta, en el interior de la tierra, bajo una cúpula tumular, la Tumba de los Leopardos.
La tumba recibe su nombre de las pinturas que la adornan, que datan aproximadamente del 450 a.C., pues representan a este hermoso felino.
Reproducen un exquisito banquete, acompañado de músicos y danzantes, con la intención de que el fallecido comience su nueva vida con alegría. Desde mi modesto punto de vista, esta forma de adornar la morada eterna, es muy significativa, de la concepción vitalista que tenía el pueblo etrusco sobre la existencia, tanto la terrena, como la ultraterrena.
Un enorme y festivo banquete para celebrar que se ha vivido.
La combinación de unas figuras en movimiento, con otras en actitud de reposo, otorgan a estos frescos un bello dinamismo.
Sumergirse en las entrañas de la tierra, sentir las fuerzas telúricas y maravillarse con estos vitalistas y detallados frescos. Una visita muy recomendable.
martes, 15 de mayo de 2012
TOMYRIS, REINA DE LOS MASÁGETAS
El rey persa Ciro, en su pretensión de expandir su imperio,
había puesto sus ojos en los territorios dominados por los maságetas. En
aquellos tiempos, una mujer, tras la muerte de su marido, era reina
entre los maságetas, su nombre, Tomyris.
Ciro envió una embajada a
la bella Tomyris, con el pretexto de pedirle matrimonio. La inteligente
reina, descubrió el ardid, pues Ciro pretendía su reino, no amarla a
ella. Encolerizada ante la insolencia del persa, Tomyris le negó la
entrada a su reino.
Envalentonado por anteriores éxitos, Ciró dedició invadir las
tierras maságetas e hizo marchar su ejército hacia el río Araxes, que
establecía la frontera entre ambos reinos. Esta vez fue la reina de los
maságetas la que envió un heraldo a Ciro con el siguiente mensaje: "Rey
de los medos, abandona este demencial proyecto, pues no estás seguro de
que acabe bien. Gobierna lo que es tuyo y deja que yo gobierne lo que es
mío".
Pero Ciro, no
retrocedió, muy al contrario dirigió su ejército al interior del país
maságeta, atravesando inmensas y desoladas llanuras, y tras una jornada
de marcha, escogió a sus tropas más fuertes y veteranas y retrocedió,
dejando allí acampados a los soldados más débiles, jóvenes e inexpertos.
No tardaron en se
descubierto por los merodeadores maságetas que se abalanzaron con
violencia sobre el desprotegido ejército persa, pasándolos a todos por
el filo de la espada. Viendo los fatigados maságetas las mesas que
estaban prestas para un banquete, se sentaron y se hartaron de comida y
vino, embriagándose con el fruto de la vid y cayendo en un profundo
sueño.
Cuando la noche hubo
caído, el resto del ejército persa, la mejor parte del mismo, liderados
por el propio Ciro, regresaron y sorprendiendo al enemigo dormido,
mataron a muchos de ellos. A pesar de la matanza, hubo algunos
supervivientes, entre ellos Espargapises, el hijo preferido de la Reina.
Tomyris,
enterada de lo acontecido envió a Ciro un mensaje que contenía la
siguiente advertencia; "Ciro, bestia insaciable de sangre, devuélveme a
mi hijo y retírate de mi reino. Si no lo haces, te juro por el dios del
Sol, señor supremo de mi pueblo, que te saciaré de sangre !oh, Ciro, el
insaciable¡.
Ciro,
hizo caso omiso al mensaje. Mientras, Espargapises, despierto y
liberado su juicio de los efectos del vino, comprobó con rabia y
tristeza, que había caído en desgracia, y suplicó a Ciro que le
liberase. Una vez Espargapises volvió a ser dueño de sus manos, empuñó
una espada y se dio muerte.
Enfurecida, Tomyris reunió a todo su
ejército y lanzó todo su odio materno contra las huestes de Ciro,
entablándose la batalla más cruente y reñida habida entre naciones
bárbaras. El combate fue feroz, ningún soldado abandonaba la lucha,
muchos valientes regaron el suelo con su sangre y a la postre resultó
vencedor el aguerrido ejército maságeta.
El propio Ciro halló la
muerte en tierras maságetas. Tomyris llenó un odre de sangre humana, con
sus propias manos cercenó la cabeza del cadáver de Ciro y la introdujo
en el odre, profiriendo estas lapidarias palabras: "Me mataste a mi
hijo, pero yo aún sigo viva, y tal como te prometí, te saciaré de
sangre".
(Adaptación libre de lo narrado por
Heródoto, Libro I, 201 - 215).
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