1 de Julio de 1990. En el césped de San Paolo, el campo donde Dios juega con el balón, las selecciones de Inglaterra y Camerún regalaron al mundo una oda al fútbol, un partido que sintetiza toda la belleza y toda la pasión del deporte rey. Cenicienta invitada al baile. Y el Príncipe Azul encantado de bailar con ella.
Un partido que tuvo de todo, nervios, tensión, pasión desbordada, alternancias en el marcador y un equipo africano, por vez primera en la historia, acariciando las semifinales.
Inglaterra, tras salir de una larga pesadilla, se lanza hacia su mejor puesto de siempre lejos de los sagrados confines de la isla. El solitario laurel de 1966 nunca ha sido respaldado por una posición destacada. Ahora vuelve a encontrarse en la semifinal con Alemania, que en aquella lejana ocasión fue su última e irreductible adversaria. Pero a quince minutos del final del tiempo reglamentario, en los apasionantes «cuartos» de Nápoles, el destino de los blancos de Bobby Robson parecía ya cruelmente marcado por los golpes de un Camerún irresistible, revitalizado por la entrada del increíble Milla; sin embargo, este fue tan incurablemente narcisista como para buscar el adorno refinado, el gol de tacón, en lugar de preocuparse por cerrar rápidamente el asunto. El Camerún deja Italia '90 tras haber derrochado las sensaciones más intensas y genuinas y, al mismo tiempo, la perspectiva de una revolución en las jerarquías consolidadas, que se diría no muy lejana. Honor a los leones de África, pero también el consejo de ser en el futuro más prácticos y menos vanidosos. Inglaterra tiene un campeón de verdad, Gascoigne, un hombre-gol recuperado, Lineker, y la fuerza interior de haber superado ya cualquier previsión. (Adalberto Bortoloti. Guerin Sportivo).

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