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martes, 14 de agosto de 2018

MENG TIAN.





El general Meng Tian fue uno de los hombres de confianza del poderoso Qi Shi Huang Ti, el primer emperador de la China unificada. Este valioso general fue enviado por su rey a someter las belicosas tribus nómadas de Asia Central que habían invadido el Norte de China. Meng Tian los expulsó de estas tierras e inició la construcción de la gran muralla. En realidad ya existían fragmentos sueltos levantados por los señores de la guerra que habían sido sometidos por el emperador Qi. Tras la muerte del emperador, Meng Tian cayó en desgracia, y víctima de un complot, fue obligado a quitarse la vida.

sábado, 14 de julio de 2018

GRAN MURALLA CHINA.




Esclavos, prisioneros de guerra, súbditos leales y todo tipo de trabajadores sin cualificación, dejaron sus fuerzas y su vidas para levantar estos recios muros. Esforzados albañiles dirigidos por exigentes capataces, domeñaron la naturaleza y fortificaron (aún más) la roca, con piedra y argamasa.


Desde el Pacífico al Gobi, el chino conquistó las montañas con esta obra de ingeniería ciclópea, una empresa colosal que mantuvo ocupado a miles de hombres durante cientos de años. Por merecimiento propio una de las Siete Maravillas del mundo moderno, el primer emperador Qi Shi Huang Ti, unificó el territorio y todas las murallas existentes para crear este monumento a la constancia y determinación. Maltrecha por el paso de los años, los soberanos Ming le confirieron su aspecto definitivo.


La muralla se encresta mientras la bruma cubre la montaña.


Las almenas siempre miran hacia el Norte, más allá es tierra de bárbaros. 


Hacia septentrión se extiende la inhóspita Mongolia, la patria de los rudos jinetes nómadas de las estepas, tan diferentes del civilizado chino. Eterna disputa entre pastor y campesino, entre nómada y sedentario, entre guerrero y soldado.


Y aunque los chinos siempre miraron hacia el exterior vigilando las fronteras, la mayoría de las veces el enemigo ya se encontraba en casa, a espaldas de la Gran Muralla.


En una ocasión dijo Mao “para ser un hombre de verdad, hay que subir esta muralla”. Un monolito, en el que se fotografía todo el mundo, recuerda la frase, el momento, y como no, al estadista.


La guarnición defiende cada fortín, los centinelas encienden hogueras para comunicarse con el resto de las torres. Esta es la primera línea de contención para mantener alejados a los peligrosos y molestos nómadas esteparios: hunos, turcos, mongoles, pueblos salvajes como perros a ojos de los sofisticados chinos.


Escaleras y rampas de pronunciada pendiente unen una torre con otra. Forman un camino de ronda que se pierde más allá de donde alcanza la visión. Salvan, a veces bruscamente, colinas, picos y repechos, o se precipitan vertiginosamente sobre valles y llanuras.


Una de las grandes ilusiones de mi vida era subir esos escalones y asomarme por las almenas. Allá a lo lejos, el desierto y la vastísima Mongolia. De la niebla surge la muralla misma, construida con tesón (y una cuadriculada organización). Su función, como la de los pirámides de la Meseta de Gizeh, era configurar un estado centralizado. Más allá de defender una frontera – por otro lado indefendible – la cuestión era implicar a todos los súbditos (directa o indirectamente) en la tarea.


La más truculenta de las tradiciones sostiene, que todos las personas que morían mientras trabajaban en su construcción, eran emparedadas en sus muros, de forma que se convirtieran en eternos guardianes de la Gran Muralla China.




martes, 17 de octubre de 2017

CHINA Y SU HISTORIA.



La Historia de China es un auténtico galimatías (imposible de desenmarañar) para los Occidentales. En el país se refieren, con los poco precisos términos “época antigua” o “edad feudal” a todo el periodo anterior al final del Imperio Chino en 1911 y el establecimiento de la República. Sin solución de continuidad se salta desde el primer emperador, Huang Ti, al doctor Sun Yan Set fundador de la república y a Mao Tse Tung.

Los dos mil y pico años que separan a Huang Ti y Sun Yan Set son terreno abonado para la fabulación, la leyenda, el misterio y la superstición. La cacareada Revolución Cultural pretendió eliminar dos milenios de historia, reduciéndolo a mitos y cuentos. Una etapa que terminó hace apenas cien años. Esta es la sensación que uno tiene cuando visita China y le cuentan su historia. Miramos al futuro, un futuro que empezó con Mao. Cuanto daño pueden hacer los fanatismos.


Tan solo se libró del ostracismo el sabio Confucio.  

domingo, 13 de enero de 2013

EL EMPERADOR QUE VIVIÓ CONSTRUYENDO SU MUERTE.


China se llama China por Chin, Chin Shi Huang, que fue su primer emperador.

Él fundó a sangre y fuego la nación, hasta entonces despedazada en reinos enemigos, le impuso una lengua común y un común sistema de pesos y medidas y creó una moneda única, hecha de bronce con un agujerito en el centro. Y para proteger sus dominios alzó la Gran Muralla, una infinita cresta de piedra que atraviesa el mapa y sigue siendo, dos mil doscientos años después, la defensa militar más visitada del mundo.

Pero estas minucias nunca le quitaron el sueño. La obra de su vida fue su muerte: su sepultura, su palacio de después.

Comenzó la construcción el día que se sentó en el trono, a los trece años de su edad, y año tras año el mausoleo fue creciendo, hasta ser más grande que una ciudad. También creció el ejército que iba a custodiarlo, más de siete mil jinetes y soldados de infantería, con sus uniformes del color de la sangre y sus negras corazas. Esos guerreros de barro, que ahora asombran al mundo, habían sido modelados por los mejores escultores. Nacían a salvo de la vejez y eran incapaces de traición.

El monumento funerario era trabajo de presos, que extenuados morían y eran arrojados al desierto. El emperador dirigía la obra hasta en los más mínimos detalles y exigía más y más. Estaba muy apurado. Varias veces sus enemigos habían intentado matarlo, y él tenía pánico de morir sin sepultura. Viajaba disfrazado, y cada noche dormía en un lugar diferente.

Y llegó el día en que la colosal tarea terminó. El ejército estaba completo. El gigantesco mausoleo también, y era una obra maestra. Cualquier cambio ofendería su perfección.

Entonces, cuando el emperador estaba por cumplir medio siglo de vida, vino la muerte a buscarlo y se dejó llevar.

El gran teatro estaba listo, el telón se alzaba, la función comenzaba. Él no podía faltar a la cita. Ésa era una ópera para una sola voz.
Eduardo Galeano. Espejos.
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