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domingo, 6 de abril de 2014

CÁLIBES



Los cálibes, también escrito chalibes, eran un pueblo que habitaba la zona del Ponto, muy famosos por trabajar el hierro. Y de todos es conocida la gran utilidad de este metal, que permitió al ser humano comenzar su dominio sobre la naturaleza, y al poseedor de armas de este material, someter a sus vecinos. 

De raza escita se especializaron en trabajar el hierro y el acero. A este último metal los griegos llamaban calibs. Por tanto el nombre de la tribu sería "acero". Según el lingüista Archibald Sayce el nombre girego, Chalybe, procedería del hitita, otro pueblo muy vinculado a la metalurgia del hierro. 

Según Plinio (VII, 197) se les considera los inventores del trabajo del bronce. 

Probablemente la tradición griega los relacione con el hierro, y no con otros metales, a pesar de la riqueza minera de su territorio, basándose en la importancia del hierro cultural y socialmente. 

La mayoría de los autores antiguos los ubica en una zona al este del río Halis, entre Paflagonia y la Cólquide. Más o menos en la Armenia histórica. 

Un pueblo con esta habilidad para trabajar el metal era un bocado apetecible para reinos y pueblos más poderosos. Tal fue el caso de Creso, el rey de Lidia, que los sometió junto a otros en su intento de crear un gran imperio.

"Transcurrió el tiempo, y quedaron sometidos casi todos los que viven al oeste del río Halis, pues descontando a los cilicios y a los licios, Creso tenía sometidos a todos los restantes, a saber, a los lidios, frigios, misios, mariandinos, cálibes, paflagonios, tracios, tinos y bitinios, carios, jonios, dorios, eolios y pánfilos"
Heródoto I, 28 

La famosa expedición de los Diez Mil, cuya maravillosa crónica escrita por Jenofonte sigue siendo una de las obras maestras de la literatura universal, también atravesó el territorio donde habitaban los cálibes.

"Los griegos fueron avanzando a través de este país, a veces amigo, a veces enemigo, durante ocho etapas, hasta que llegaron al territorio de los cálibes. Éstos eran pocos y estaban sometidos a los mosinecos, y su medio de vida, para la mayoría de ellos, procedía de la siderurgia.
Jenofonte. Anábasis. V 5,1.

Como ocurre con muchos pueblos de la Antigüedad es Estrabón el que más detallada información nos transmite de ellos. 

Da noticia de que los armenios Artaxias y Zariadris, en la expansión que protagonizaron arrebataron territorios a los cálibes que vivían en vecindad con la Armenia histórica (XI, 14, 5).

En la descripción de las tierras del Ponto, Estrabón se detiene para escribir sobre los cálibes, que basaban su economía en dos actividades: las minas de hierro y plata, y la pesca de pelamydes, que son atunes de un año y de delfines. 

"Los que hoy día se llaman caldeos eran llamados cálibes en la antigüedad. Justo a la altura de su territorio se encuentra Farnacia, que tiene las ventajas naturales de la pesca de pelamídes en el mar, pues ocupa el primer lugar en la captura de este pez, y de la explotación de minas en la tierra, actualmente sólo de hierro pero antiguamente también de plata. La costa es toda ella muy estrecha en estos lugares, pues muy cerca se elevan las montañas llenas de minas y bosques, pero poco cultivadas. Como forma de ganarse la vida les queda por tanto a los mineros las minas y a los marineros la pesca, especialmente de pelamydes y delfines, pues estos últimos se ponen gordos persiguiendo a los bancos de peces, tanto de jóvenes atunes y atunes hembras como de los propios pelamydes, y se vuelven fáciles de capturar porque se acercan muy imprudentemente a la tierra, poniéndose ellos solos el cebo. Así matan estas gentes a los delfines y usan su gran cantidad de grasa para todo". 

Estrabón. XII, 3, 19.

Conocidos, y muy bien, por los griegos, los romanos también tuvieron el placer de saber de su existencia. Los cálibes apoyaron a Mitrídates del Ponto, un auténtico grano en el culo de Roma, en sus enconadas luchas contras las Águilas del Lazio. 

"Aparte de sus fuerzas anteriores, se le unieron como aliados los cálibes,..."
Apiano. Sobre Mitrídates 69.

domingo, 24 de febrero de 2013

SERTORIO Vidas Paralelas - Tercera Parte




XIX.- Sufrió Sertorio bastantes derrotas, no obstante que en sí mismo y en los que con él peleaban se conservó siempre invicto, sino en las personas de otros generales suyos; pero aún era más admirado por el modo de reparar estos descalabros que sus contrarios por la victoria, como sucedió en la batalla del Júcar [Sucrón] con Pompeyo, y en la del Turia con él mismo y con Metelo. De la del Júcar se dice haberse dado acometiendo Pompeyo, para que Metelo no tuviese parte en la victoria. Sertorio quería también combatir con Pompeyo antes que se le uniese Metelo, y reuniendo a su gente se presentó a la pelea entrada ya la tarde, reflexionando que las tinieblas serían a los enemigos, extranjeros e ignorantes del terreno, un estorbo para huir o para seguir el alcance. Trabada la batalla, hizo la casualidad que no estuviera él al principio opuesto a Pompeyo, sino a Afranio, que mandaba la izquierda, hallándose él colocado en su derecha; pero habiendo entendido que los que contendían con Pompeyo aflojaban y eran vencidos, encargó a la derecha a otros de sus generales, y pasó corriendo a la parte vencida. Reunió y alentó a unos que ya se retiraban, y a otros que se mantenían en formación, y cargando de recio a Pompeyo, que perseguía a los primeros, le puso en desorden, y estuvo en muy poco que no pereciese, habiendo salido herido y salvádose prodigiosamente; y fue que los Africanos que estaban al lado de Sertorio, cuando cogieron el caballo de Pompeyo engalanado con oro y adornado de preciosos arreos, al partirlos altercaron entre sí y le dejaron escapar. Afranio, desde el momento que Sertorio partió en socorro de la otra ala, rechazó a los que tenía al frente, y los llevó hasta el campamento, en el que se precipitó con ellos, y empezó a saquearlo. Era ya de noche, y no sabía que Pompeyo había sido puesto en fuga, ni podía contener a los suyos en el pillaje. Vuelve en esto Sertorio, que por su parte había vencido, y sorprendiendo a los de Afranio, que se aturdieron por hallarse desordenados, hizo en ellos gran matanza. A la mañana temprano armó sus tropas, y bajó de nuevo a dar batalla; pero, noticioso de que Metelo estaba cerca, mudó de propósito, y se retiró al campamento, diciendo: “A fe que al mozuelo éste, si la vieja no hubiera llegado, le habría yo dado una zurra y lo habría enviado a Roma.” 

XX.- Andaba muy decaído de ánimo, a causa de que no parecía por ninguna parte la cierva, y se sentía falto de este artificio para con aquellos bárbaros, entonces más que nunca necesitados de consuelo. Por casualidad, unos que discurrían por el campo con otro motivo dieron con ella, y conociéndola por el color la recogieron. Habiéndolo entendido Sertorio, les prometió una crecida suma, con tal que a nadie lo dijesen; y ocultando la cierva, pasados unos cuantos días se encaminó al sitio de las juntas públicas con un rostro muy alegre, manifestando a los caudillos de los bárbaros que de parte de Dios se le había anunciado en sueños una señalada ventura, y subiendo después al tribunal se puso a dar audiencia a los que se presentaron. Dieron a este tiempo suelta a la cierva los que estaban encargados de su custodia, y ella, que vio a Sertorio, echando a correr muy alegre hacia la tribuna, fue a poner la cabeza entre las rodillas de aquel, y con la boca le tocaba la diestra, como antes solía ejecutarlo. Correspondió Sertorio con cariño a sus halagos, y aun derramó alguna lágrima, lo que al principio causó admiración a los que se hallaban presentes, pero después acompañaron con aplauso y regocijo hasta su habitación a Sertorio, teniéndole por un hombre extraordinario y amado de los Dioses, y cobrando ánimo concibieron faustas esperanzas. 

XXI.- En los campos seguntinos había reducido a los enemigos a la última escasez, y le fue preciso combatir con ellos en ocasión que bajaban a merodear y hacer provisiones. Peleóse denodadamente por una y otra parte, y Memio, el mejor caudillo de los que militaban bajo Pompeyo, murió en lo más recio de la batalla. Vencía, por tanto, Sertorio, y con gran mortandad de los que se le oponían trataba de penetrar hasta Metelo, el cual, sosteniéndose y peleando alentadamente, fuera de lo que permitía su edad, fue herido de un bote de lanza. Los Romanos, que vieron el hecho, o llegaron a oírlo, se cubrieron de vergüenza de que pudiera decirse abandonaban a su general, y al mismo tiempo se encendieron en ira contra los enemigos. Protegiéronle, pues, con los escudos, y combatiendo esforzadamente, no sólo le retiraron, sino que rechazaron a los Españoles. Mudóse con esto la suerte de la victoria, y Sertorio, para proporcionar a los suyos una fuga segura y dar tiempo a que le llegaran nuevas tropas, se retiró a una ciudad montuosa y bien fortificada, cuyos muros empezó a reparar, y a obstruir sus puertas, sin embargo de que en todo pensaba más que en aguantar allí un sitio, sino que así engañó a los enemigos. Porque atendiendo a él solo, y esperando que sin dificultad se apoderarían de la ciudad, no pensaron en perseguir a los bárbaros en su fuga, ni hicieron caso de las fuerzas que de nuevo acudían a Sertorio. Reuníalas en tanto, enviando caudillos a las ciudades que estaban por él, y dándoles orden de que cuando tuvieran bastante número se lo avisaran por un emisario. Cuando ya tuvo estos avisos, salió sin trabajo por medio de los enemigos, fue a unirse con su gente, y presentándose otra vez con respetables fuerzas les interceptaba a aquellos los víveres: los que podían venirles por tierra, armándoles celadas, cortando sus partidas y apareciéndose por todas partes, sin darse ni darles reposo; y los del mar, por medio de barcos corsarios, con los que era dueño de la marina, en términos que, precisados los generales romanos a separarse, Metelo se retiró a la Galia, y Pompeyo hubo de invernar con incomodidad en los Vacceos, por falta de fondos; escribiendo al Senado que no regresaría con el ejército si no se le enviaba dinero: porque ya había gastado todo su caudal peleando por la Italia; en Roma no se hablaba de otra cosa sino de que Sertorio llegaría antes a la Italia que Pompeyo. ¡A este punto trajo la pericia y destreza de Sertorio a los primeros y más hábiles generales de aquel tiempo! 

XXII.- Manifestó el mismo Metelo cuánto le imponía este insigne varón, y cuán ventajoso era el concepto que de él tenía, porque hizo publicar por pregón que si algún Romano le quitaba la vida le daría cien talentos de plata y veinte mil yugadas de tierra, y si fuese algún desterrado le concedería la vuelta a Roma; lo que era desesperar de poderlo conseguir en guerra abierta, poniéndolo en almoneda para una traición. Además, habiendo vencido en una ocasión a Sertorio, se envaneció tanto y lo tuvo a tan grande dicha, que se hizo saludar emperador, y las ciudades por donde transitaba le recibían con sacrificios y con aras. Dícese que consintió le ciñeran las sienes con coronas y que se le dieran banquetes suntuosos, en los que brindaba adornado con ropa triunfal. Teníanse dispuestas victorias con tal artificio, que por medio de resortes le presentaban trofeos y coronas de oro, y había, coros de mozos y doncellas que le cantaban himnos de victoria: haciéndose justamente ridículo con semejantes demostraciones, pues que tanto se vanagloriaba y tal contento había concebido de haber quedado vencedor por haberse él retirado espontáneamente respecto de un hombre a quien llamaba el fugitivo de Sila y el último resto de la fuga de Carbón. De la grandeza de ánimo de Sertorio son manifiestas pruebas, lo primero, el haber dado el nombre de Senado a los que de este Cuerpo habían huido de Roma y se le habían unido, y el elegir entre ellos los Cuestores y Pretores, procediendo en todas estas cosas según las leyes patrias; y lo segundo, el que, valiéndose de las armas, de los bienes y de las ciudades de los Españoles, ni en lo más mínimo partía con ellos el sumo poder, y a los Romanos los establecía por sus generales y magistrados, como queriendo reintegrar a éstos en su libertad y no aumentar a aquellos en perjuicio de los Romanos. Porque era muy amante de la patria y ardía en el deseo de la vuelta; sino que viéndose maltratado se mostraba hombre de valor; mas nunca hizo contra los enemigos cosa que desdijese, y después de la victoria enviaba a decir a Metelo y a Pompeyo que estaba pronto a deponer las armas y a vivir como particular si alcanzaba la restitución; porque más quería ser en Roma el último de los ciudadanos, que no que se le declarara emperador de todos los demás, teniendo que estar desterrado de su patria. Dícese que era gran parte su madre para desear la vuelta, porque había sido criado por ella siendo huérfano, y en todo no tenía otra voluntad que la suya. Así es que, llamado ya por sus amigos al mando en España, cuando supo que su madre había muerto estuvo en muy poco que no perdiese la vida de dolor, porque siete días estuvo tendido en el suelo sin dar señal a los soldados ni dejarse ver de ninguno de sus amigos, y con dificultad los demás caudillos y otras personas de autoridad, rodeándole en su tienda, pudieron precisarle a que saliera y hablara a los soldados, y se encargara de los negocios, que iban prósperamente; por lo cual muchos entienden que él era naturalmente de condición benigna e inclinado al reposo, y que, por accidentes que sobrevinieron, tuvo que recurrir contra su deseo a mandos militares, y no encontrando seguridad sino en las armas, que sus enemigos le forzaron a tomar, le fue preciso hacer de la guerra un resguardo y defensa de su persona. 

XXIII.- Mostróse asimismo su grandeza de ánimo en la conducta que tuvo con Mitridates; porque cuando este rey, rehaciéndose como para una segunda lucha del descalabro que sufrió con Sila, quiso de nuevo acometer al Asia, era ya grande la fama que de Sertorio había corrido por todas partes, y los navegantes, como de mercancías extranjeras, habían llenado el Ponto de su nombre y sus hazañas. Tenía resuelto enviarle embajadores, acalorado principalmente con las exageraciones de los lisonjeros, que comparando a Sertorio con Anibal y a Mitridates con Pirro decían que los Romanos, dividiendo su atención a dos partes, no podrían resistir a tanta fuerza y destreza juntas, si el más hábil general llegaba a unirse con el mayor de todos los reyes. Envía, pues, Mítridates embajadores a España con cartas para Sertorio, y con el encargo de decirle que le daría fondos y naves para la guerra, sin solicitar más de él sino que le hiciera segura la posesión de toda aquella parte del Asia que había tenido que ceder a los Romanos conforme a los tratados ajustados con Sila. Convocó Sertorio a Consejo, al que, como siempre, llamó Senado; y siendo los demás de dictamen de que se accediera a la propuesta como muy admisible, pues que no pidiéndosele más que nombres y letras vanas sobre objetos que no estaban en su facultad, iban en cambio a recibir cosas positivas que les hacían gran falta, no vino en ello Sertorio, sino que dijo que no repugnaría el que Mitridates ocupase la Bitinia y la Capadocia, provincias dominadas siempre por el rey y que no pertenecían a los Romanos, pero en cuanto a una provincia que, poseída por éstos con el mejor título, Mitridates se la había quitado y retenido, perdiéndola después, primero, por haberla reconquistado Fimbria con las armas, y luego por haberla cedido aquel a Sila en el tratado, no consentiría que volviese ahora a ser suya; porque mandando él, debía tener aumentos la república y no hacer pérdidas a trueque de que mandase: pues era propio del hombre virtuoso el desear vencer con honra; pero con ignominia, ni siquiera salvar la vida. 

XXIV.- Oyó Mitridates esta respuesta con grande admiración, y se dice haber exclamado ante sus amigos: “¿Qué mandará Sertorio sentado en el palacio, si ahora, relegado al mar Atlántico señala límites a mi reino, y porque tengo miras sobre el Asia me amenaza con la guerra? Con todo, hágase el tratado, y convéngase con juramento en que Mitridates tendrá la Capadocia y la Bitinia, enviándole Sertorio un general y soldados, y en que Sertorio percibírá de Mítrídates tres mil talentos y cuarenta naves.” En consecuencia, fue enviado de general al Asia, por Sertorio, Marco Mario, uno de los senadores fugitivos que habían acudido a él; y habiendo tomado Mitridates con su auxilio algunas ciudades en el Asia, entrando aquel en ella con las fasces y las hachas, iba él en pos tomando voluntariamente el segundo lugar, y haciendo, como quien dice, el papel de criado. Marco concedió la libertad a algunas ciudades y a otras la exención de tributos, anunciándoles que lo ejecutaba en obsequio de Sertorio, de manera que el Asia, molestada otra vez por los exactores, y agobiada con las extorsiones e insolencias de los alojados, se levantó a nuevas esperanzas y empezó a desear la mudanza de gobierno que ya se entreveía. 

XXV.- En España, los Senadores y personas de autoridad que estaban con Sertorio, luego que entraron en alguna confianza de resistir y se les desvaneció el miedo, empezaron a tener celos y necia emulación de su poder. Incitábalos principalmente Perpena, a quien con loca vanidad hacía aspirar al primer mando el lustre de su linaje, y dio principio por sembrar insidiosamente entre sus confidentes estas especies sediciosas: “¿Qué mal Genio es el que se ha apoderado de nosotros para arrojarnos de mal en peor? Nos desdeñábamos de ejecutar, sin salir de nuestras casas, las órdenes de Sila, que lo dominaba todo por mar y por tierra, y por una extraña obcecación, queriendo vivir libres, nos hemos puesto en una voluntaria servidumbre, haciéndonos satélites del destierro de Sertorio; y aunque se nos llama Senado, nombre de que se burlan los que lo oyen, en realidad pasamos por insultos, por mandatos y por trabajos en nada más tolerables que los que sufren los Íberos y Lusitanos.” Seducían a los más estos discursos, y aunque no desobedecían abiertamente, por miedo a su poder, bajo mano desgraciaban los negocios y agraviaban a los bárbaros, tratándoles ásperamente de obra y de palabra, como que era de orden de Sertorio; de donde se originaban también rebeliones y alborotos en las ciudades. Los que eran enviados para remediar y sosegar estos desórdenes, volvían, habiendo suscitado mayores inquietudes y aumentado las sediciones que ya existían, tanto que, haciendo salir a Sertorio de su primera benignidad y mansedumbre, se encrudeció con los hijos de los Íberos educados en Huesca, dando muerte a unos y vendiendo a otros en almoneda. 

XXVI.- Teniendo ya Perpena muchos conjurados para su proyecto, agregó además a él a Mallo, uno de los caudillos. Amaba éste a un jovencito de tierna edad, y entre las caricias que le prodigaba le descubrió la conspiración, encargándole que no hiciera caso de los demás amadores y sólo se aficionase a él, que dentro de breves días ocuparía un gran puesto. El joven descubre este secreto a Aufidio, otro de sus amadores, a quien él apreciaba más. Quedóse Aufidio suspenso, porque también él entraba en la conjuración contra Sertorio, pero ignoraba que Mallo tuviese en ella parte; turbado después, al ver que aquel mozo le nombraba a Perpena, a Graciano y a otros que él sabía eran de los conjurados, lo primero que hizo fue desvanecerle aquella idea, exhortándole a que despreciara a Mallo, que no tenía más que vanidad y orgullo; y después se fue a Perpena, a quien manifestó el peligro y la necesidad que había de aprovechar cuanto antes la oportunidad, instándole a la ejecución. Convinieron en ello, y, disponiendo que uno se presentase con cartas para Sertorio, le condujeron ante él. En las cartas se anunciaba una victoria conseguida por uno de sus lugartenientes, con gran mortandad de los enemigos; y como Sertorio se hubiese mostrado muy contento y hubiese hecho sacrificios por la buena nueva, Perpena le convidó a un banquete con los amigos que se hallaban presentes, que eran todos del número de los conjurados, y haciéndole grandes instancias le sacó la palabra de que asistiría. Siempre en los banquetes de Sertorio se observaba grande orden y moderación, porque no podía ni ver ni oír cosa indecente, y, estaba acostumbrado a que los demás que a ellos asistían, en sus chistes y entretenimientos, guardaran la mayor moderación y compostura. Entonces, cuando se estaba en medio del festín, para buscar ocasión de reyerta, empezaron a usar de expresiones del todo groseras, y fingiendo estar embriagados se propasaron a otras Insolencias para irritarle. Él entonces, o porque le incomodase aquel desorden o porque llegase a colegir su intento del precipitado modo de hablar y de la poca cuenta que contra la costumbre se hacía de su persona, mudó de postura y se reclinó en el asiento, como que no atendía ni oía lo que pasaba; pero habiendo tomado Perpena una taza llena de vino, y dejádola caer de las manos en el acto de estar bebiendo, se hizo gran ruido, que era la señal dada, y entonces Antonio, que estaba sentado al lado de Sertorio, le hirió con un puñal. Volvióse éste al golpe, y se fue a levantar, pero Antonio se arrojó sobre él y le cogió de ambas manos, con lo que, hiriéndole muchos a un tiempo, murió sin haberse podido defender. 

XXVII.- La mayor parte de los Españoles abandonaron al punto aquel partido, y se entregaron a Pompeyo y Metelo, enviándoles al efecto embajadores; y de los que quedaron se puso al frente Perpena, con resolución de tentar alguna empresa. Valióse de las disposiciones que Sertorio tenía tomadas, pero no fue más que para desacreditarse y hacer ver que no era para mandar ni para ser mandado; habiendo, en efecto, acometido a Pompeyo, fue en el momento derrotado por éste; y quedando prisionero, ni siquiera supo llevar el último infortunio, como a un general correspondía, sino que, habiendo quedado dueño de la correspondencia de Sertorio, ofreció a Pompeyo mostrarle cartas originales de varones consulares y de otros personajes de gran poder en Roma, que llamaban a Sertorio a la Italia, con deseo de trastornar el orden existente y mudar el gobierno; pero Pompeyo se condujo en esta ocasión, no como un joven, sino como un hombre de prudencia consumada, libertando a Roma de grandes sustos y calamidades. Porque, recogiendo todas aquellas cartas y escritos de Sertorio, los quemó todos, sin leerlos ni dejar que otro los leyera, y a Perpena le quitó al instante la vida, por temor de que no se esparcieran aquellos nombres entre algunos y se suscitaran sediciones y alborotos. De los que conjuraron con Perpena, unos fueron traídos ante Pompeyo, y perdieron la vida, y otros, habiendo huído al África, fueron asaetados por los Mauritanos. Ninguno escapó, sino Aufidio, el rival en amores de Mallo; el cual, o porque se escondió, o porque no se hizo cuenta de él, mendigo y odiado de todos, llegó a hacerse viejo en un aduar de los bárbaros.
Plutarco 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

SERTORIO EL LIBERTADOR DE LOS HISPANOS (II)


Refugiado en Mauritania, Sertorio recibió la visita de unos embajadores lusitanos, que le solicitaron que los guiase en la guerra que mantenían con Roma. Después de luchar bajo el mando de Púnico, de acariciar la gloria a las órdenes de Viriato, los irreductibles lusitanos volvían a la carga, seguían su lucha interminable contra el invasor romano, y en esta ocasión, con Sertorio al frente.

“Le llamaron los lusitanos cuando meditaba adonde se dirigiría, ofreciéndole el mando por medio de embajadores, pues, faltos como estaban de un general de fama y experiencia para oponer al terror inspirado por los romanos, sólo tenían confianza en él, conociendo como conocían su carácter por los que con él habían estado. Pues se dice que Sertorio no se dejaba dominar ni por el placer ni por el miedo, impasible por naturaleza ante los peligros, moderado en la prosperidad; entablado el combate, no era inferior en valentía a ninguno de los generales de su tiempo; y cuando en la guerra se trataba de dedicarse al saqueo y a la presa, ocupar posiciones ventajosas o infiltrarse por entre los enemigos con engaños y estratagemas, era en estos casos extremadamente segaz y astuto. Era liberal y magnífico premiando los servicios, benigno en los castigos”.
Plutarco. Sertorio, 10.

“Sertorio, igualmente favorecido por la naturaleza en fuerza corporal y en inteligencia, vióse obligado por la proscripción de Sila a erigirse en caudillo de los lusitanos”
Valerio Máximo, 7, 3,6.

Al mando de un variopinto ejército formado por romanos, libios y lusitanos volvió a la península y se lanzó a un ataque total.

“Después de haberlos hecho así tan dóciles, los tenía dispuestos para todo, persuadidos como estaban de estar mandados, no por el juicio de un extranjero, sino por un dios, al mismo tiempo que los hechos atestiguaban que su poder había aumentado fuera de lo previsible; porque con dos mil seiscientos hombres a los que llamó romanos, mezclados con setecientos libios que le acompañaron a Lusitania y cuatro mil infantes y setecientos lusitanos, combatía a cuatro generales romanos que disponían de ciento veinte mil infantes, seis mil de caballería, dos mil arqueros y honderos, y un grandísimo número de ciudades, cuando él al principio no tuvo más que veinte; y, habiendo empezado con tan escasas y débiles fuerzas, no sólo sometió a muchos pueblos y conquistó a muchas ciudades, sino que, de los generales contrarios, a Cota lo venció en un combate naval cerca del puerto de Melaria”
Plutarco. Sertorio, 12.

En la primavera del año 79 a.C. llega a Hispania Q. Cecilio Metelo, un experimentado personaje, al mando de un poderosos ejército de 40000 hombres. Los iberos de Sertorio son capaces de mantenerlo a raya. Al igual que hizo Viriato cien años antes, Sertorio dispuso de la mejor táctica bélica posible, la guerra de guerrillas, en la que los soldados hispanos, eran auténticos expertos.

“Por otra parte Metelo era ya de bastante edad, y después de los muchos y grandes combates que había sostenido se había entregado a una vida más regalada que antes; y luchaba con Sertorio, en el pleno de sus ímpetus, y que tenía muy ejercitado su cuerpo en fuerza, ligereza y frugalidad. Porque ni en el mayor ocio se entregaba nunca al vino y se había acostumbrado a grandes fatigas, largas marchas, frecuentes vigilias, contentándose con escasos y sencillos alimentos; cuando estaba ocioso se daba a andar por el campo y a la caza, maniobrando como el que huye, o como si envolviese en su persecución al enemigo, y así adquiría conocimiento de los lugares accesibles e inaccesibles. Por tanto, Metelo, no alcanzando trabar batalla, padecía lo mismo que el vencido, mientras que para Sertorio el huir era como si él persiguiese, porque les cortaba el agua, y les interceptaba los víveres; si el enemigo quería marchar, le cerraba el paso, le molestaba en su reposo.”
Plutarco. Sertorio. 13.


Por otro lado, Hirtuleyo, lugarteniente de Sertorio, comienza la conquista de la Citerior. A partir de ahora, Sertorio ya no huye, no tiene necesidad de replegarse, muy al contrario, pasa a la ofensiva y comienza a extender su poder por la península.

“El procónsul Lucio Manlio y el legado Marco Domicio fueron vencidos en una batalla por el cuestro Hirtuleyo”
Tito Livio. Per. 90

“Ardía toda la Hispania Citerior”
Salustio. Historias, 1, 85.

En cierta ocasión, Sertorio volvería a demostrar su conocimiento sobre las creencias de los lusitanos, pues para ellos el ciervo es un animal cargado de connotaciones mágicas. Para José María Blázquez el culto al ciervo es particularmente lusitano y poseía un carácter oracular. Como veremos en los siguientes textos, Sertorio también era consciente de la capacidad del ciervo para emitir oráculos.

“Tenía Sertorio una cierva, blanca, mansa y acostumbrada a la libertad. Desapareció esta cierva, y Sertorio, juzgándolo de mal agüero, entristecióse y permaneció inactivo sin cuidarse de las burlas que sobre la cierva le dirigían los enemigos. Pero viéndola un día salir corriendo del bosque, salióle al encuentro Sertorio, y al punto, como inspirado por ella, empezó a hostilizar a los enemigos”
Apiano. Guerras Civiles. 1, 110

“Recibióla Sertorio (a la cierva), y al principio no demostró por ella ningún placer extraordinario, pero, con el tiempo, habiéndose hecho tan dócil y sociable que acudía donde la llamaba y le seguía donde quiera que fuese, sin espantarse del ruido y estrépito de las tropas, poco a poco la fue divinizando, diciendo ser un don de Artemisa, dando a entender que le revelaba las cosas ocultas, sabiendo que los bárbaros eran por naturaleza dados a la superstición. Y a esto añadía aún el siguiente artificio: cuando confidencial y secretamente sabía que los enemigos iban a invadir su territorio, o trataban de ganarle una ciudad, fingía que la cierva la hablaba en sueño, previniéndole que tuviese a punto las tropas. Por otra parte, si sabía que alguno de sus generales había alcanzado una victoria, escondía al mensajero, y presentaba a la cierva coronada, como anunciadora de buenas nuevas, excitándoles a la alegría y a sacrificar a los dioses, puesto que habían de recibir una fausta noticia”.
Plutarco. Sertorio 11

El 78 a.C. será un año de suma importancia. El bando optimate sufre un duro revés, la muerte de Sila. Pero sin embargo, le va a suceder un personaje de igual calibre, un grandísimo general, aunque pésimo político; Pompeyo el Grande.
Sila
Un año más tarde, Sertorio completa el dominio de la península Ibérica, a excepción de la Bética, autentico feudo de los optimates, y de Cartagonova. Prácticamente toda Iberia es controlada por Sertorio.

Poco después, hacia el 76 a.C. Sertorio va a recibir el refuerzo de Marco Perpenna, que llega desde Italia con un poderoso ejército formado por 20000 hombres.

“No sólo era querido por los hispanos, sino también por los soldados venidos de Italia. Perpenna, hijo de Ventón, del mismo partido que Sertorio, había llegado a Hispania para hacer la guerra a Metelo”
Plutarco. Sertorio. 15.

En la ciudad de Osca, Sertorio va a establecer su capital, organizando un Senado de 300 miembros. Estos años suponen el máximo apogeo de Sertorio, que debió pensar seriamente que la victoria era posible, y que esta empresa culminaría con un gran éxito.

“Habiéndose hecho famoso por su audacia, eligió a trescientos de los amigos que con él estaban, y los constituyó en consejo, al que dio el nombre de Senado, para injuriar al de Roma”
Apiano. Guerras Civiles. 1, 108.

La inteligencia de Sertorio le fue muy útil, supo aprovecharse de las instituciones sociales y políticas prerromanas, adaptándolas y estimulándolas. Para mantener sus clientelas utilizó todos los medios que tenía al alcance.

Con el objetivo de atraerse a las masas, las agasajaba con regalos, les hacía vestir con ropajes que fuesen distintivos de una elevada clase social, e incluso les hace creer que llegaran a formar parte del engranaje político de Roma.

“Por estas hazañas miraban a Sertorio con gran amor aquellos bárbaros, y también porque acostumbrándolos a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana, y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, había reducido sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes cuadrillas de bandoleros que antes parecían. Además de esto, no perdonando gastos, les adornaba con oro y plata los cascos, les pintaba con distintos colores los escudos, enseñábales a usar de mantos y túnicas brillantes y, fomentando por este medio su vanidad, se ganaba su afición. Mas lo que principalmente les cautivó la voluntad fue la disposición que tomó con los jóvenes; porque reuniendo en Osca, ciudad grande y populosa, a los hijos de los más principales e ilustres entre aquellas gentes, y poniéndoles maestros de todas las ciencias y profesiones griegas y romanas en la realidad los tomaba en rehenes, pero en la apariencia los instruía, para que, en llegando a la edad varonil, participasen del gobierno y de la magistratura. Los padres, en tanto, estaban muy contentos viendo a sus hijos ir a las escuelas muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sertorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba por sí muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los romanos llaman bulas”
Plutarco. Sertorio, 14

Inicia un programa de educación, en una vertiente política y militar. Transformará bandoleros en legionario, la guerrilla en un ejército. Va a utilizar a los jóvenes que educa como si fueran rehenes.

Para conseguir formar un auténtico ejército, tendrá que domeñar la intrepidez, la indisciplina y anarquía del guerrillero ibérico. Sertorio hará uso de la oratoria, una de sus grandes virtudes, e intentará forjar la personalidad de sus hombres a través de la representación de una especie de fábula.

“Sertorio tenía a su lado a todos los pueblos que habitaban en la parte de acá del Iber, y su número era grande; además, de todas partes, y continuamente, corrían a presentársele nuevos contingentes. Preocupado por la bárbara indisciplina y la temeridad de esta gente, que clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin esperar a más, intentó sosegarla con palabras. Mas como a pesar de ello las viese irritadas y decididas a llevar a término sus designios, no les prestó por entonces atención, y les dejó que partieran al encuentro de los enemigos, con la esperanza de que no fuesen totalmente aniquilados, sino que, recibiendo algún daño, quedasen más sumisos para en adelante. Habiendo sucedido lo que se imaginó, acudió en auxilio de ellos y recogió a los que huían, llevándolos con seguridad al campamento. Queriendo luego arrancarles el desánimo consiguiente, les convocó días más tarde a una reunión general, a la cual llevó dos caballos: el uno, muy desmedrado y viejo ya; el otro, grande y fuerte, admirable por el espesor y belleza de las cerdas de su cola. Junto al caballo flaco se puso un hombre grande y de fuerzas, y al lado del caballo más robusto, otro, pequeño y de aspecto despreciable. Dada una señal, el hombre más fuerte tiró de la cola del caballo con ambas manos, como para arrancársela, mientras el hombre más débil arrancaba las cerdas del caballo brioso una a una. Como al cabo de cierto tiempo el uno se hubiese esforzado mucho y en vano, dando que reír a los espectadores, mientras el otro, en poco tiempo y sin esfuerzo, hubiese logrado pelar de cerdas la cola del caballo más robusto, Sertorio, levantándose, dijo: Ved como, aliados míos, la paciencia es más fecunda en resultados que la fuerza, y cómo muchas cosas, que juntas son imposibles de solucionar, se superan poco a poco, pues la constancia es difícil de vencer. . .
Plutarco. Sertorio. 16

Otra institución muy presente en tierras ibéricas, de la que sabrá sacar partido Sertorio, es la devotio, el juramente de fidelidad absoluta que mantiene el guerrero para con su jefe, llegando incluso a morir con él.

“Siendo costumbre entre los hispanos que los que hacían formación aparte con el general perecieran con él si venía a morir, a lo que aquellos bárbaros llamaban consagración. Así se refiere que, en ocasión de retirarse a una ciudad, teniendo ya a los enemigos cerca, los hispanos, olvidados de sí mismos, salvaron a Sertorio, tomándolo sobre los hombros y pasándolo así de uno a otro, hasta ponerlo encima de los muros, y luego que tuvieron en seguridad a su general, cada uno de ellos se entregó a la fuga”
Plutarco, Sertorio 14.

El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Eso debió pensar el rey Mitrídates del Ponto, que decidió enviar una flota formada por piratas para ayudar a Sertorio en su lucha contra Roma. Además le ofreció una importante suma de dinero con la que sufragar gastos. 
“Tenía resuelto enviarle embajadores, acalorado principalmente con las exageraciones de los lisonjeros, que, comparando a Sertorio con Aníbal y a Mitrídates con Pirro, decían que los romanos, dividiendo su atención a dos partes, no podrían resistir a tanta fuerza y destreza juntas, si el más hábil general llegaba a unirse con el mayor de todos los reyes. Envía, pues, Mitrídates embajadores a Hispania con cartas para Sertorio, y con el encargo de decirle que le daría fondos y naves para la guerra, sin solicitar más de él sino que le hiciera segura la posesión de toda aquella parte del Asia que había tenido que ceder a los romanos conforme a los tratados ajustados con Sila”
Plutarco. Sertorio, 23.

sábado, 13 de octubre de 2012

HIPEPENOS


Pueblo de Lidia, en Asia Menor, del que nos da noticia Apiano con motivo de la "Guerra de Mitrídates": "Enterados de estos sucesos, los tralianos, hipepenos, mesolitas y algunos otros, y por temor a lo que les había ocurrido a los de Quíos, hicieron los mismo que los efesios."
Apiano. Sobre Mitrídates, 48 

lunes, 18 de junio de 2012

AGAROS


Una tribu escita, según Apiano. Tolomeo da el nombre de Agarus a un río, posiblemente se trataba de un afluente del Istro (Danubio).
Eran especialistas en venenos de serpiente y en sus antídotos, y por ello se dedicaban a asistir a los Reyes. Ponían al servicio de reyes extranjeros, como a Mitrídates del Ponto, sus conocimientos como curanderos y los inmunizaban contra los venenos.

"A Mitrídates lo curaban los agaros, una tribu escita, que usaban del veneno de las serpientes como medicina y, por esta razón, siempre acompañaban al rey".
Apiano. Sobre Mitrídates 88.

La relación entre la serpiente y la medicina, aparece claramente reflejada en el texto de Apiano, un simbolismo que llega hasta nuestros días, pues la serpiente sigue siendo un icono presente en las Farmacias.  
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