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domingo, 25 de enero de 2026

BÉCQUER. UNA ESCULTURA.

 


 Gustavo Adolfo Bécquer, alma romántica y pluma de la imaginación y fantasía de las letras españolas. Acompañado de Cupido, el amor que hiere, y se Eros, el amor herido. Tres mujeres y tres fases del amor; el enamoramiento que llega, el amor presente y el amor perdido.

 



 

lunes, 21 de octubre de 2019

CABEZA DE ATENEA.




Unos ojos que te miran desde el pasado. Verdes los tuvo Minerva escribió el sevillano universal Gustavo Adolfo Bécquer. Una mirada que quedó atrapada en el frío mármol. Esculpida en un taller romano, inspirada en un obra olvidada del círculo de Fidias. Una diosa de la sabiduría, también de la guerra. Lechuza y yelmo. Inteligencia y estrategia, furia y compasión. ¿Recuerdan a Aracne?. Esos mismos ojos, que hoy parecen vivos, maldijeron (hace miles de años) a la tejedora. A veces pienso que Palas tenía el corazón dentro de la cabeza. No tuvo madre (y eso tuvo que afectar al desarrollo de su compleja personalidad), nació de la mente pensante de Zeus. Patrona de Atenas y adorada a orillas del Tíber. Sobre un busto como este se posó el Cuervo que atormentaba al poeta Edgar Alan Poe. Pluma y mármol, negro sobre blanco.



domingo, 11 de agosto de 2019

CAMPO DE CRIPTANA.




. . . ves allí, amigo Sancho, donde se descubren treinta, o poco más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla . . .



Quiere una hermosa tradición que aquellos gigantes con los que Don Quijote entabló batalla son los molinos que aún hoy son visibles en el cerro que domina la villa manchega de Campo de Criptana. Estamos en Tierra de Gigantes.



Gustavo Adolfo Bécquer, y tal vez don Miguel de Cervantes si se me permite la mención, son los únicos autores que se atrevieron a explorar un mundo de aventuras y fantasía. Siempre me he preguntado porque España, una tierra prolífica en grandes literatos, jamás alumbrase a un Verne o a un Dumas, un Stevensson, un Walter Scott o un Goethe. La crítica literaria patria siempre trató de defenestrar a todas aquellos autores que se decantaron por la magia, la aventura y la fantasía. Pero aquí en La Mancha ocurren cosas extraordinarias, como que dos rameras analfabetas se convirtieran en damas de la nobleza, o que un ventero simple y ramplón, tenga el honor de armar a un caballero andante.



Carreteras largas, rectas, infinitas, cruzan pueblos y villas, y llegan hasta la Plaza Mayor, a la puerta misma de la Parroquia. Los gigantes de Campo de Criptana, se elevan por encima de la planicie manchega. La literatura, y más tarde el cine, han forjado a lo largo de los siglos la imagen mental que todos tenemos de La Mancha.




Campo de Criptana (con el Toboso, Argamasilla de Alba y Alcázar de San Juan) configuran una ruta de ensueño, a través del País del Quijote. Cualquiera de las cuatro localidades es un buen punto de partida (o de paso) para entrar de lleno en La Mancha, perderse por sus caminos y dejarse atrapar por las letras y el paisaje.



Los molinos de Campo de Criptana ya no muelen nada. Treinta o cuarenta hubo en tiempos de Cervantes. “La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o poco más, desaforados gigantes, con quienes hacer batalla . . . “, exclama don Quijote al pasar por aquí. Hoy quedan unos diez. Se los ves en las pardas crestas, indiferentes y blancos, espiando la inmensa llanura sin confines. El viajero sospecha que Cervantes se fijó en ellos debido a su exotismo, pues resulta dudoso que antes de los Austrias se posasen en los pelados cabezos. Hoy el progreso no quiere saber nada de ellos, y si sobreviven es gracias a la literatura, que les ha otorgado el valor de las reliquias sagradas.
Viaje al corazón de España.
Fernando García de Cortázar.





Pósito Real. Es un edificio construido en el siglo XVI, ampliado posteriormente en el XVII. Este Pósito fue la sede de un banco agrícola, administrado por el ayuntamiento, y prestaba grano a los campesinos en épocas de carestía, como un adelanto del año venidero.




La fuente del Moco se ubica en las Escalerillas que suben (y bajan) al Cerro de la Paz.



El conocido como Albaicín de Campo de Criptana forma el núcleo de población original de la villa. Su denominación deriva de su topografia especial, y por que a fines del siglo XVI se asentaron aquí familias moriscas procedentes de Granada. El entramado de callejuelas recuerda lejanamente al más sombrío, fresco y animado Albaicín granaino.



El bachiller Sansón Carrasco, amigo y rival, némesis de Don Quijote, también es recordado aquí.



La ermita de la Virgen de la Paz, ubicada en el cerro, se mimetiza con el resto de edificios del barrio alto. Su exterior muestra los elementos propios de las viviendas que existen a su alrededor; rejería, teja curva árabe y paredes encaladas. Vista desde lejos es difícil identificar al edificio como ermita.





Sobre el otero que domina la llanura sin límite se levanta el Santuario de la Virgen de Criptana, adonde seguramente peregrinó más de dos veces Sara Montiel, no tanto por virgen como por criptanense. La hija más ilustre para el skyline más inmortal e inmortalizado de Castilla: los diez molinos de viento que coronan el espinazo de la sierra, a cuya falda nace el luminoso barrio blanco de Albaicín, y bajando, bajando, se derrama el pueblo entero. Se sopesó conceder a Sara el título oficial de undécimo molino de Criptana, pero se optó finalmente por encerrar su legado en Culebro, nombre del molino que custodia el Museo Sara Montiel.
En el Camino de Don Quijote, 400 años después.
Jorge Bustos. El Mundo.



Un oficio estrechamente vinculado a los campos de la Mancha es el de molinero. La persona que comprende los entresijos de la maquinaria y es capaz de hablar con los vientos. Los hijos de Eolo le dicen como y cuando comenzar la molienda del grano.



Es allí donde el paisaje quedó inmortalmente caracterizado por los molinos de viento. Pero el lector del Quijote que quisiera darse una idea del escenario de uno de sus episodios y buscara aquellos molinos, se llevaría una desilusión. Sólo en el campo de Criptana quedan algunos formando conjunto, aunque ni con mucho se acercan a los “treinta o poco más” que señaló Cervantes. En 1928 estaban en pie cinco, aunque en tan malas condiciones que su funcionamiento era imposible. Azorín, a comienzos de siglo, los vio aún funcionar, y por él se sabe entre la gente letrada que su implantación no data de más allá de 1575, lo cual explica, en parte, la sorpresa de don Quijote al contemplarlos. Productos de la técnica medieval, los molinos de viento alcanzaron nuestro suelo por influencia de los Países Bajos, tan relacionados con España en la época de los Austrias, y son un ejemplo de elemento cultural que por su poca adecuación tiene una vida efímera en comparación con otros.
Julio Caro Baroja.
Los pueblos de España II.



Las viejas casas cuevas, excavadas en la roca, originarias del siglo XVI, pueblan los barrios altos de la villa. Estas casas servían de almacén y también de refugio al molinero.



Los molinitos de Criptana andan y andan.
Azorín. La Ruta de Don Quijote.



Según el catastro del Marqués de la Ensenada, en 1752 hubo censados un total de 34 molinos de viento. Esta era la población que más molinos reunía.



Infanto, Burleta y Sardinero son los tres molinos originales del siglo XVI que aún se conservan en esta localidad. Con la estructura y mecanismo de la época y en los que se escenifican moliendas tradicionales de la misma forma que se hacían antaño. Además de los originales se conservan otros diez molinos restaurados y tres en ruinas. En uno de ellos se ha instalado una oficina de atención al turista y otro es la sede de un pequeño museo dedicado a Sara Montiel. Un molesto bar de moda ha invadido la zona donde se ubican estos famosos molinos. La primavera, el sol del Domingo de Ramos y un ambiente excesivamente festivo. La muchedumbre mata el espíritu quijotesco de este bonito rincón de la geografía española.



Siguiendo los pasos de don Alonso Quijano y su leal amigo y escudero, Sancho Panza, encontré la belleza hecha mujer, una sex symbol en una época que estaban prohibidas, la inigualable Sara Montiel. Por mi edad tan solo puede conocer su decrepitud, pero hemerotecas y filmotecas están ahí para algo. De estas tierras salen, han salido y seguirán saliendo personalidades arrolladoras, sin complejos y seguras de su forma de ser y de actuar. Como muestra tres botones, Pedro Almodovar, José Luis Cuerda y Sarísima.



Calles empinadas, casas encaladas y ornamentadas con una llamativa franja azul, abandonan con cierta brusquedad la plaza Mayor y se encaraman en la montaña, buscando la zona más alta, la cumbre dominada por los gigantes. La Sierra de los Molinos y el sugerente barrio del Albaicín conforman el núcleo literario de esta singular localidad manchega.




En el cerro te esperan los gigantes de cuatro aspas, que parecen dibujar una Rosa de los Vientos sobre el inmaculado cielo de la Mancha. El blanco y el azul son los colores identitarios de este pueblo que comienza a existir de abajo hacia arriba. Los mozos y las mozas debían acarrear el grano desde los campos de cultivo a la base de los molinos. La faena más dura corresponde al molinero. Cuanto ha evolucionado la técnica desde aquellos molinos de mano que aparecieron durante el Neolítico hasta estos Titanes de la Molienda. En ese momento el ser humano se desligó definitivamente del resto del Reino Animal. Fuimos capaces de elaborar nuestro propio alimento. De Ceres, cereal y cerveza. Prometeo nos regaló el fuego, y pudimos convertir la harina en pan. La espiga resiste, se dobla pero no se quiebra, adapta su cuerpo a las exigencias del viento. Doce vientos, dicen, soplan en Criptana.



Y hay quien dice, con razón o si ella, que el ilustre don Miguel de Cervantes se inspiró en los molinos de Criptana . . . y lo que parecían molinos de viento resultaron ser gigantes . . .



. . . los gigantes de Campo de Criptana, por mas que el bueno de Sancho se empeñase en ver molinos. . .



martes, 13 de noviembre de 2018

MEZQUITA DEL CRISTO DE LA LUZ.



El año 1085 las tropas cristianas habían conseguido, por fin, rendir la ciudad de Toledo. Cuando el victorioso monarca leonés Alfonso VI traspasó las murallas para tomar posesión de la valiosa plaza conquistada, su caballo hincó la rodilla en una losa blanca situada delante de la mezquita. Los sorprendidos miembros del séquito, con su rey a la cabeza, entraron en el templo y asombrados contemplaron una extraña luz que provenía de una pared. 

Prestos, apartaron piedras y excavaron, para encontrar un Cristo crucificado que había sido escondido allí para protegerlo, cuando los ejércitos musulmanes comenzaron la invasión de la Península Ibérica varios siglos atrás. Junto al valioso crucifijo una pequeña lamparita seguía ardiendo desde sabe Dios cuando, y es por ese motivo que decidieron bautizarlo como Cristo de la Luz . . . y la mezquita se transformó en la Ermita del Cristo de la Luz. 

Cuando paseamos por Toledo nos asaltan leyendas en cada callejón y nos maravilla un edificio en cada calle, por eso es tan difícil quedarse con uno sólo, elegir uno entre un millón, sin embargo, este pequeño templo es, sin duda, uno de los más sugerentes y bellos de todo el casco histórico de la Ciudad Imperial. El interior se nos revela como un arte califal vestido de románico. Todo un goce para los sentidos. 


La pequeña ermita es un valioso tesoro milenario fechado en el año 999 y fue en origen una mezquita o una pequeña sala de oración de época califal. Teniendo en cuenta la planta del edificio, y por comparación con las construidas por los fatimíes en Egipto, se ha especulado que fuese utilizada como madrasa o centro de estudios, puesto que su disposición especial es propicia para acoger a los estudiantes en torno al maestro. Sus elementos tanto decorativos como constructivos parecen inspirados en la Mezquita de Córdoba. 


El muro de la quibla, espacio singular de la mezquita, orientado a la ciudad de Córdoba. 



Años después de la conquista de Toledo por los ejércitos de Alfonso VI se documenta la donación del templo a la Orden de San Juan de Jerusalén para que fuese lugar de oración para sus caballeros. Finalmente se convirtió en capilla privada y se le añadió un ábside en su costado oriental. 


El presbiterio se halla decorado con pinturas al fresco en franco deterioro. En la bóveda aparece representado el Pantócrator románico, el Cristo en Majestad, que se intuye (por el estado de conservación) rodeado por el Tetramorfos, los símbolos de los cuatro evangelistas. 


En palabras del poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer: “La primera palabra de una maravillosa escuelta arquitectónica, un recuerdo histórico encarnado en un edificio material”. 


Un jardín agradable, especialmente bajo el sol de la tarde, y una amplia terraza rodean el edificio y completan el maravilloso conjunto, delimitada por el tramo de muralla que finaliza en la famosa Puerta del Sol. Desde este precioso paseo se disfruta de una fascintante panorámica de la ciudad. 

Toledo es una ciudad famosa por su belleza, pero también por sus leyendas y existe otra, también relacionada con el Cristo de la Luz, esta vez, protagonizada por miembros de la tercera comunidad religiosa que moraban aquí: dos judíos. La leyenda recoge que dos judíos golpearon la imagen de Cristo con una pica en el costado (sin que se cuenten los motivos para tal acción) y casi de inmediato comenzó a sangrar. Asustados corrieron a enterrarla en una cuadra, pero el Cristo dejó un reguero de sangre que permitió ser encontrado por un grupo de cristianos. Ni que decir tiene, que a partir de este momento el fervor y la devoción por este Cristo de la Luz, no cesó de crecer. 


martes, 14 de febrero de 2017

LA PROMESA. UNA LEYENDA DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER.




I


Margarita lloraba con el rostro oculto entre las manos; lloraba sin gemir, pero las lágrimas corrían silenciosas a lo largo de sus mejillas, deslizándose por entre sus dedos para caer en la tierra hacia la que había doblado su frente.
Junto a Margarita estaba Pedro, quien levantaba de cuando en cuando los ojos para mirarla, y viéndola llorar tornaba a bajarlos, guardando a su vez un silencio profundo.
Y todo callaba alrededor y parecía respetar su pena. Los rumores del campo se apagaban; el viento de la tarde dormía, y las sombras comenzaban a envolver los espesos árboles del soto.
Así transcurrieron algunos minutos, durante los cuales se acabó de borrar el rastro de luz que el sol había dejado al morir en el horizonte; la luna comenzó a dibujarse vagamente sobre el fondo violado del cielo del crepúsculo, y unas tras otras fueron apareciendo las mayores estrellas.
Pedro rompió al fin aquel silencio angustioso, exclamando con voz sorda y entrecortada y como si hablase consigo mismo:
-¡Es imposible... imposible!
Después, acercándose a la desconsolada niña y tomando una de sus manos, prosiguió con acento más cariñoso y suave:
-Margarita, para ti el amor es todo, y tú no ves nada más allá del amor. No obstante, hay algo tan respetable como nuestro cariño, y es mi deber. Nuestro señor el conde de Gómara parte mañana de su castillo para reunir su hueste a las del rey Don Fernando, que va a sacar a Sevilla del poder de los infieles, y yo debo partir con el conde. Huérfano oscuro, sin nombre y sin familia, a él le debo cuanto soy. Yo le he servido en el ocio de las paces, he dormido bajo su techo, me he calentado en su hogar y he comido el pan a su mesa. Si hoy le abandono, mañana sus hombres de armas, al salir en tropel por las poternas de su castillo, preguntarán maravillados de no verme: -¿Dónde está el escudero favorito del conde de Gómara? Y mi señor callará con vergüenza, y sus pajes y sus bufones dirán en son de mofa: -El escudero del conde no es más que un galán de justes, un lidiador de cortesía.
Al llegar a este punto, Margarita levantó sus ojos llenos de lágrimas para fijarlos en los de su amante, y removió los labios como para dirigirle la palabra; pero su voz se ahogó en un sollozo.
Pedro, con acento aún más dulce y persuasivo, prosiguió así:
-No llores, por Dios, Margarita; no llores, porque tus lágrimas me hacen daño. Voy a alejarme de ti; mas yo volveré después de haber conseguido un poco de gloria para mi nombre oscuro... El cielo nos ayudará en la santa empresa; conquistaremos a Sevilla, y el rey nos dará feudos en las riberas del Guadalquivir a los conquistadores. Entonces volveré en tu busca y nos iremos juntos a habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen que hasta el cielo es más limpio y más azul que el de Castilla. Volveré, te lo juro; volveré a cumplir la palabra solemnemente empeñada el día en que puse en tus manos ese anillo, símbolo de una promesa.
-¡Pedro! -exclamó entonces Margarita dominando su emoción y con voz resuelta y firme-. Ve, ve a mantener tu honra; -y al pronunciar estas palabras, se arrojó por última vez en brazos de su amante. Después añadió con acento más sordo y conmovido:- Ve a mantener tu honra pero vuelve..., vuelve a traerme la mía.
Pedro besó la frente de Margarita, desató su caballo, que estaba sujeto a uno de los árboles del soto, y se alejó al galope por el fondo de la alameda.
Margarita siguió a Pedro con los ojos hasta que su sombra se confundió entre la niebla de la noche; y cuando ya no pudo distinguirle, se volvió lentamente al lugar, donde la aguardaban sus hermanos.
-Ponte tus vestidos de gala -le dijo uno de ellos al entrar-, que mañana vamos a Gómara con todos los vecinos del pueblo para ver al conde que se marcha a Andalucía.
-A mí más me entristece que me alegra ver irse a los que acaso no han de volver -respondió Margarita con un suspiro.
-Sin embargo -insistió el otro hermano-, has de venir con nosotros y has de venir compuesta y alegre: así no dirán las gentes murmuradoras que tienes amores en el castillo y que tus amores se van a la guerra.


II
Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba, cuando empezó a oírse por todo el campo de Gómara la aguda trompetería de los soldados del conde, y los campesinos que llegaban en numerosos grupos de los lugares cercanos vieron desplegarse al viento el pendón señorial en la torre más alta de la fortaleza.
Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos en las copas de los árboles, éstos vagando por la llanura; aquéllos coronando las cumbres de las colinas, los de más allá formando un cordón a lo largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que los curiosos esperaban el espectáculo, no sin que algunos comenzaran a impacientarse, cuando volvió a sonar de nuevo el toque de los clarines, rechinaron las cadenas del puente, que cayó con pausa sobre el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras se abrían de par en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco que conducía al patio de armas.
La multitud corrió a agolparse en los ribazos del camino para ver más a su sabor las brillantes armaduras y los lujosos arreos del séquito del conde de Gómara, célebre en toda la comarca por su esplendidez y sus riquezas.
Rompieron la marcha los farautes que deteniéndose de trecho en trecho, pregonaban en voz alta y a son de caja las cédulas del rey llamando a sus feudatarios a la guerra de moros, y requiriendo a las villas y lugares libres para que diesen paso y ayuda a sus huestes.
A los farautes siguieron los heraldos de corte, ufanos con sus casullas de seda, sus escudos bordados de oro y colores y sus birretes guarnecidos de plumas vistosas.
Después vino el escudero mayor de la casa, armado de punta en blanco, caballero sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el pendón de rico-hombre con sus motes y sus calderas, y al estribo izquierdo el ejecutor de las justicias del señorío, vestido de negro y rojo.
Precedían al escudero mayor hasta una veintena de aquellos famosos trompeteros de la tierra llana, célebres en las crónicas de nuestros reyes por la increíble fuerza de sus pulmones.
Cuando dejó de herir el viento el agudo clamor de la formidable trompetería, comenzó a oírse un rumor sordo, acompasado y uniforme. Eran los peones de la mesnada, armados de largas picas y provistos de sendas adargas de cuero. Tras éstos no tardaron en aparecer los aparejadores de las máquinas, con sus herramientas y sus torres de palo, las cuadrillas de escaladores y la gente menuda del servicio de las acémilas.
Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba el casco de sus caballos, y lanzando chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron los hombres de armas del castillo formados en gruesos pelotones, que semejaban a lo lejos un bosque de lanzas.
Por último, precedido de los timbaleros, que montaban poderosas mulas con gualdrapas y penachos, rodeado de sus pajes, que vestían ricos trajes de seda y oro, y seguido de los escuderos de su casa, apareció el conde.
Al verle, la multitud levantó un clamor inmenso para saludarle, y entre la confusa vocería se ahogó el grito de una mujer, que en aquel momento cayó desmayada y como herida de un rayo en los brazos de algunas personas que acudieron a socorrerla. Era Margarita, Margarita que había conocido a su misterioso amante en el muy alto y muy temido señor conde de Gómara, uno de los más nobles y poderosos feudatarios de la corona de Castilla.




III
El ejército de Don Fernando, después de salir de Córdoba, había venido por sus jornadas hasta Sevilla, no sin haber luchado antes en Écija, Carmona y Alcalá del Río de Guadaira, donde, una vez expugnado el famoso castillo, puso los reales a la vista de la ciudad de los infieles.
El conde de Gómara estaba en la tienda sentado en un escaño de alerce, inmóvil, pálido, terrible, las manos cruzadas sobre la empuñadura del montante y los ojos fijos en el espacio, con esa vaguedad del que parece mirar un objeto y, sin embargo, no ve nada de cuanto hay a su alrededor.
A un lado y de pie, le hablaba el más antiguo de los escuderos de su casa, el único que en aquellas horas de negra melancolía hubiera osado interrumpirle sin atraer sobre su cabeza la explosión de su cólera.
-¿Qué tenéis, señor? -le decía-. ¿Qué mal os aqueja y consume? Triste vais al combate y triste volvéis, aun tornando con la victoria. Cuando todos los guerreros duermen rendidos a la fatiga del día, os oigo suspirar angustiado; y si corro a vuestro lecho, os miro allí luchar con algo invisible que os atormenta. Abrís los ojos, y vuestro terror no se desvanece. ¿Qué os pasa, señor? Decídmelo. Si es un secreto, yo sabré guardarlo en el fondo de mi memoria como en un sepulcro.
El conde parecía no oír al escudero; no obstante, después de un largo espacio, y como si las palabras hubiesen tardado todo aquel tiempo en llegar desde sus oídos a su inteligencia, salió poco a poco de su inmovilidad y, atrayéndole hacia sí cariñosamente, le dijo con voz grave y reposada:
-He sufrido mucho en silencio. Creyéndome juguete de una vana fantasía, hasta ahora he callado por vergüenza; pero no, no es ilusión lo que me sucede. Yo debo de hallarme bajo la influencia de alguna maldición terrible. El cielo o el infierno deben de querer algo de mí, y lo avisan con hechos sobrenaturales. ¿Te acuerdas del día de nuestro encuentro con los moros de Nebrija en el aljarafe de Triana? Éramos pocos; la pelea fue dura y yo estuve a punto de perecer. Tú lo viste: en lo más reñido del combate, mi caballo herido y ciego de furor se precipitó hacia el grueso de la hueste mora. Yo pugnaba en balde por contenerle; las riendas se habían escapado de mis manos, y el fogoso animal corría llevándome a una muerte segura. Ya los moros, cerrando sus escuadrones, apoyaban en tierra el cuento de sus largas picas para recibirme en ellas; una nube de saetas silbaba en mis oídos: el caballo estaba a algunos pies de distancia del muro de hierro en que íbamos a estrellarnos, cuando..., créeme, no fue una ilusión, vi una mano que agarrándole de la brida lo detuvo con una fuerza sobrenatural, y volviéndole en dirección a las filas de mis soldados, me salvó milagrosamente. En vano pregunté a unos y otros por mi salvador; nadie le conocía, nadie le había visto.
-Cuando volabais a estrellaros en la muralla de picas -me dijeron-, ibais solo, completamente solo; por eso nos maravillamos al veros tornar, sabiendo que ya el corcel no obedecía al jinete.
-Aquella noche entré preocupado en mi tienda; quería en vano arrancarme de la imaginación el recuerdo de la extraña aventura; mas al dirigirme al lecho, torné a ver la misma mano, una mano hermosa, blanca hasta la palidez, que descorrió las cortinas, desapareciendo después de descorrerlas. Desde entonces, a todas horas, en todas partes, estoy viendo esa mano misteriosa que previene mis deseos y se adelanta a mis acciones. La he visto, al expugnar el castillo de Triana, coger entre sus dedos y partir en el aire una saeta que venía a herirme; la he visto, en los banquetes donde procuraba ahogar mi pena entre la confusión y el tumulto, escanciar el vino en mi copa, y siempre se halla delante de mis ojos, y por donde voy me sigue: en la tienda, en el combate, de día, de noche.... ahora mismo, mírala, mírala aquí apoyada suavemente en mis hombros.
Al pronunciar estas últimas palabras, el conde se puso de pie y dio algunos pasos como fuera de sí y embargado de un terror profundo.
El escudero se enjugó una lágrima que corría por sus mejillas. Creyendo loco a su señor, no insistió, sin embargo, en contrariar sus ideas, y se limitó a decirle con voz profundamente conmovida:
-Venid..., salgamos un momento de la tienda; acaso la brisa de la tarde refrescará vuestras sienes, calmando ese incomprensible dolor, para el que yo no hallo palabras de consuelo.


IV
El real de los cristianos se extendía por todo el campo de Guadaira, hasta tocar en la margen izquierda del Guadalquivir. Enfrente del real y destacándose sobre el luminoso horizonte, se alzaban los muros de Sevilla flanqueados de torres almenadas y fuertes. Por encima de la corona de almenas rebosaba la verdura de los mil jardines de la morisca ciudad, y entre las oscuras manchas del follaje lucían los miradores blancos como la nieve, los minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya, sobre cuyo aéreo pretil lanzaban chispas de luz, heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de oro, que desde el campo de los cristianos parecían cuatro llamas.
La empresa de Don Fernando, una de las más heroicas y atrevidas de aquella época, había traído a su alrededor a los más célebres guerreros de los diferentes reinos de la Península, no faltando algunos que de países extraños y distantes vinieran también; llamados por la fama, a unir sus esfuerzos a los del santo rey.
Tendidas a lo largo de la llanura, mirábanse, pues, tiendas de campaña de todas formas y colores, sobre el remate de las cuales ondeaban al viento distintas enseñas con escudos partidos, astros, grifos, leones, cadenas, barras y calderas, y otras cien y cien figuras o símbolos heráldicos que pregonaban el nombre y la calidad de sus dueños. Por entre las calles de aquella improvisada ciudad circulaban en todas direcciones multitud de soldados que hablando dialectos diversos, y vestidos cada cual al uso de su país y cada cual armado a su guisa, formaban un extraño y pintoresco contraste.
Aquí descansaban algunos señores de las fatigas del combate sentados en escaños de alerce a la puerta de sus tiendas y jugando a las tablas, en tanto que sus pajes les escanciaban el vino en copas de metal; allí algunos peones aprovechaban un momento de ocio para aderezar y componer sus armas, rotas en la última refriega; más allá cubrían de saetas un blanco los más expertos ballesteros de la hueste entre las aclamaciones de la multitud, pasmada de su destreza; y el rumor de los tambores, el clamor de las trompetas, las voces de los mercaderes ambulantes, el golpear del hierro contra el hierro, los cánticos de los juglares que entretenían a sus oyentes con la relación de hazañas portentosas, y los gritos de los farautes que publicaban las ordenanzas de los maestres de campo, llenando los aires de mil y mil ruidos discordes, prestaban a aquel cuadro de costumbres guerreras una vida y una animación imposibles de pintar con palabras.
El conde de Gómara, acompañado de su fiel escudero, atravesó por entre los animados grupos sin levantar los ojos de la tierra, silencioso, triste, como si ningún objeto hiriese su vista ni llegase a su oído el rumor más leve. Andaba maquinalmente, a la manera que un sonámbulo, cuyo espíritu se agita en el mundo de los sueños, se mueve y marcha sin la conciencia de sus acciones y como arrastrado por una voluntad ajena a la suya.
Próximo a la tienda del rey y en medio de un corro de soldados, pajecillos y gente menuda que le escuchaban con la boca abierta, apresurándose a comprarle algunas de las baratijas que anunciaba a voces y con hiperbólicos encomios, había un extraño personaje, mitad romero, mitad juglar, que ora recitando una especie de letanía en latín bárbaro, ora diciendo una bufonada o una chocarrería, mezclaba en su interminable relación chistes capaces de poner colorado a un ballestero con oraciones devotas, historias de amores picarescos con leyendas de santos. En las inmensas alforjas que colgaban de sus hombros se hallaban revueltos y confundidos mil objetos diferentes: cintas tocadas en el sepulcro de Santiago; cédulas con palabras que él decía ser hebraicas, las mismas que dijo el rey Salomón cuando fundaba el templo, y las únicas para libertarse de toda clase de enfermedades contagiosas; bálsamos maravillosos para pegar a hombres partidos por la mitad; Evangelios cosidos en bolsitas de brocatel; secretos para hacerse amar de todas las mujeres; reliquias de los santos patronos de todos los lugares de España: joyuelas, cadenillas, cinturones, medallas y otras muchas baratijas de alquimia de vidrio y de plomo.
Cuando el conde llegó cerca del grupo que formaban el romero y sus admiradores, comenzaba éste a templar una especie de bandolín o guzla árabe con que se acompaña en la relación de sus romances. Después que hubo estirado bien las cuerdas unas tras otras y con mucha calma, mientras su acompañante daba la vuelta al corro sacando los últimos cornados de la flaca escarcela de los oyentes, el romero empezó a cantar con voz gangosa y con un aire monótono y plañidero un romance que siempre terminaba con el mismo estribillo.
El conde se acercó al grupo y prestó atención. Por una coincidencia, al parecer extraña, el título de aquella historia respondía en un todo a los lúgubres pensamientos que embargaban su ánimo. Según había anunciado el cantor antes de comenzar, el romance se titulaba elRomance de la mano muerta.
Al oír el escudero tan extraño anuncio, pugnó por arrancar a su señor de aquel sitio, pero el conde, con los ojos fijos en el juglar, permaneció inmóvil, escuchando esta cantiga:

1
La niña tiene un amante
que escudero se decía;
el escudero le anuncia
que a la guerra se partía.
-Te vas y acaso no tornes.
-Tornaré por vida mía.
Mientras el amante jura,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!

2
El conde con la mesnada
de su castillo salía:
ella, que le ha conocido,
con gran aflicción gemía:
-¡Ay de mí, que se va el conde
y se lleva la honra mía!
Mientras la cuitada llora,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!

3
Su hermano, que estaba allí,
éstas palabras oía:
-Nos has deshonrado, dice.
-Me juró que tornaría.
-No te encontrará, si torna,
donde encontrarte solía.
Mientras la infelice muere,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!

4
Muerta la llevan al soto,
la han enterrado en la umbría;
por más tierra que la echaban,
la mano no se cubría:
la mano donde un anillo
que le dio el conde tenía.
De noche, sobre la tumba,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!


Apenas el cantor había terminado la última estrofa, cuando rompiendo el muro de curiosos, que se apartaban con respeto al reconocerle, el conde llegó adonde se encontraba el romero, y cogiéndole con fuerza del brazo, le preguntó en voz baja y convulsa:
-¿De qué tierra eres?
-De tierra de Soria -le respondió éste sin alterarse.
-¿Y dónde has aprendido ese romance? ¿A quién se refiere la historia que cuentas? -volvió a exclamar su interlocutor, cada vez con muestras de emoción más profunda.
-Señor -dijo el romero clavando sus ojos en los del conde con una fijeza imperturbable-, esta cantiga la repiten de unos en otros los aldeanos del campo de Gómara y se refiere a una desdichada cruelmente ofendida por un poderoso. Altos juicios de Dios han permitido que al enterrarla quedase siempre fuera de la sepultura la mano en que su amante le puso un anillo al hacerle una promesa. Vos sabréis quizá a quién toca cumplirla.
V
En un lugarejo miserable y que se encuentra a un lado del camino que conduce a Gómara, he visto no hace mucho el sitio en donde se asegura tuvo lugar la extraña ceremonia del casamiento del conde.
Después que éste, arrodillado sobre la humilde fosa, estrechó en la suya la mano de Margarita, y un sacerdote autorizado por el Papa bendijo la lúgubre unión, es fama que cesó el prodigio, y la mano muerta se hundió para siempre.
Al pie de unos árboles añosos y corpulentos hay un pedacito de prado, que al llegar la primavera se cubre espontáneamente de flores.
La gente del país dice que allí está enterrada Margarita.



martes, 27 de enero de 2015

ARCOS DE SAN JUAN DE DUERO



Soria es tierra de leyendas que espolea la imaginación y el alma creativa humana sugestionada por un paraje natural modelado por los dioses hace eones. Los caballeros hospitalarios terminaron de configurar un espacio mágico con la construcción del Monasterio de San Juan a orillas de un río dulzón, el Duero.


El monasterio tiene su origen en una iglesia románica construida en el siglo XII, con una traza muy hermosa por su sencillez, constituida por una sola nave. Favorecidos por la política repobladora de Alfonso I el Batallador, los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén se instalaron aquí.


Los hospitalarios, cuyo cometido (al igual que otras órdenes como sus odiados rivales templarios) era la protección y acogida de caminantes, viajeros, desvalidos y peregrinos, se establecían a las afueras de la ciudad, en las vías de tránsito, de entrada y salida. Ellos fueron los artífices del monasterio cuyas ruinas permanecen en pie, como un lejano recuerdo de una época que se resiste a ser sepultada bajo las arenas del tiempo.


Duero y Soria forman el páramo más poético de toda la Meseta castellana. Personalmente, uno de los rincones sublimes de toda la geografía ibérica. 


Este lugar sirvió a Gustavo Adolfo Bécquer para hablarnos del Monte de las Ánimas, ¿realidad o ficción?.


"¿Oyes?. Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan de Duero, las ánimas del monte comenzarán a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cobran sus fosas . . . ¡las ánimas!".


En los arcos y columnas del ruinoso claustro podemos observar una mezcla de estilos medievales que van desde el románico al árabe.  Este claustro adosado al muro meridional de la iglesia, una lugar que invita a la reflexión, a la ensoñación y al autoconocimiento, se fue completando con preciosos arcos de influencia islámica. Todo el recinto del claustro fue aprovechado como lugar de enterramiento.


Los arcos románicos, que aún quedan en pie, proyectan su sombra sobre el pasto rojizo, que viste el suelo del antiguo claustro en ruinas, y como un viejo profesor enseña la historia de un monasterio y de unos caballeros que llegaron de lejos.


...monasterio en ruinas,
lejanos ecos de violentos enfrentamientos
entre templarios y hospitalarios,
la carne difunta alimenta a los carroñeros,
blanquecinas calaveras yacen en el monte,
donde antaño hubo sangrientas batallas,
al sonar las campanas
de la medianoche de Todos los Santos,
por unas horas
las ánimas vuelven a la vida
para continuar su eterna disputa....

Aquí puedes leer la leyenda de Bécquer http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/becquer/montede.htm


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