Trieste
es una ciudad austríaca que el destino situó en Italia. Unos
cuantos kilómetros hacia Levante (unos 20 minutos en coche sin
contar salir de la urbe triestina) encontramos la modélica Pirán,
una ciudad veneciana en Eslovenia. Y hace cincuenta años en
Yugoslavia.
Un
balcón al Adriático, Pirán es como un espejo de Venecia construida
en las alturas. Imagina Venecia con calles empinadas, cuestas y altos
balcones que miran al mar. Eso es Pirán. Es también una Sibenik en
miniatura. Concentra tanta belleza en tan poco espacio.
La
plaza Tartini, homenaje al célebre violinista nacido aquí, es el
centro neurálgico de Pirán, situada en el exiguo litoral esloveno.
El
viejo puerto de Pirán se organizó alrededor de una bahía natural
durante el dominio veneciano (1283 – 1797). Los venecianos
construyeron el Palazzo Comunales, la Loggia, el Fondaco, la iglesia
de San Pedro, la Casa Veneciana y otros edificios. En la segunda
mitad del Ottocento (siglo XIX), época de dominio austriaco, algunos
de estas construcciones fueron sustituidas por la nueva arquitectura
(las modas mandan). El puerto fue cegado en 1894, y en la plaza que
se levantó en el mismo lugar se colocó la estatua de Tartini en
1896.
Uno
de los edificios más destacados de la plaza es el ayuntamiento. En
su fachada ondean cuatro banderas que ocultan ligeramente la figura
del león alado de San Marco, símbolo de la República de Venecia.
Cuando
Giusseppe Tartini nació en 1692, Pirán se llamaba Pirano y formaba
parte de los dominios (como casi todo el Adriático Occidental) de la
República de Venecia. Virtuoso del violín, polifacétivo y
brillante, fue además un consumado investigador del arte musical y
de la física del sonido. Una personalidad compositiva que tendió un
puente entre el Barroco y el Clasicismo. Un artista que consiguió
que el violín fuese capaz de imitar la voz humana, de cantar con
emoción.
Una
noche de 1713 Tartini cayó en un profundo sueño y cuando despertó,
cogió su violín y compuso su obra más perfecta, el Trino del
Diablo. El mismísimo Lucifer se la había mostrado durante el citado
sueño.
El
más exquisito de los violinistas, capaz de detener el tiempo cuando
vibran las cuerdas, el Ángel Caído tocado por la Gracia Divina, el
Rebelde insatisfecho, pactó con Tartini y le mostró su secreto.
Después del agitado sueño el violinista poseía en sus dedos la
magia embaucadora del Diablo.
En
las calles de Pirán se superpone, se alternan, se dan la mano
elementos arquitectónicos neoclásicos y ornamentos góticos, las
inconfundibles ventanas venecianas con las fachadas color pastel que
nos devuelven, por unos instantes, al decadente Imperio de los
Habsburgo.
Las
torres de las murallas que defendían la ciudad aparecen rematadas
por los merlones típicos de la arquitectura veneciana.
En
la parte alta de la ciudad está situada la parroquia de San Giorgio.
El Campanile es un faro visible desde la orilla del mar, las amplias
plazas, las estrechas callejuelas y los caminos que llegan de más
allá de la ciudad.
Las
murallas protegen la ciudad mientras que el arcángel vigila desde su
atalaya.
La
pequeña ciudad ha sido asaltada por los turistas y es normal verlos
tumbados tomando el Sol en cualquier rincón. Estos días de agosto
la villa monumental se ha transformado en un resort para los
bañistas. Bares, terrazas y cafeterías reducen el espacio viario.
Es casi imposible caminar. Pero lo peor no es eso, el colmo de la
inmundicia es gente en bañador, tomando el Sol en medio de la calle.
Todos los bañistas colocados en un escaparate para el caminante, que
siente cierto pudor al ir con zapatillas de deporte y la camiseta
puesta. Es uno de los ambientes más extraños que he visto en una
ciudad costera. Supongo que a los vecinos no les hará mucha gracia
todo este circo de turisteo barato.
De
Algeciras a Estambul ni un metro de mar Mediterráneo sin su toalla o
hamaca. Las pequeñas ciudades del litoral mediterráneo no están
preparadas para detener la llegada masiva de inmigrantes ilegales.
Perdón quise escribir turistas. Aunque estos últimos traigan los
bolsillos llenos. Espectáculo dantesco y bochornoso.
Y uno puede faltar el homenaje a los que cayeron por la libertad. La patria siempre necesita gente dispuesta a morir por ella.
Ciudades
que penetran en el mar, compartiendo su esencia. Poblaciones casi,
casi anfibias.
Desde los mismos orígenes de la ciudad su población ha explotado los recursos marinos. Pescado y sal. (Fragmento de Expreso de los Balcanes 4: Eslovenia).
Y un pueblo de comerciantes siempre será un pueblo de comerciantes.
De la montaña al mar.
Una
fachada que mira al mar y sufre sus consecuencias. El vieno, el agua
y la sal esculpen el paso del tiempo en muros, ventanas, verjas y
mobiliario.
Gusari
Pirán. Piratas del mar Adriático, a los que enfrentó Pompeyo,
desde los viejos liburnios a los bien organizados uscoques. Costas
recortadas y ricas ciudades portuarias crean el hábitat ideal para
la piratería.
Los
pasos que damos nos devuelven al mismo lugar. En un extremo de la
península donde se asienta el casco viejo, la iglesia de San
Clemente y su campanario que recuerda a un faro marino.
La
Sirena se enamoró de Pirán y el hechizo la convirtió en piedra.
Si te bañas en sus aguas siempre anhelarás regresar.