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sábado, 6 de julio de 2019

IGLESIA DE SAN NICOLÁS DE BARI EN BURGUETE.




La parroquia de Burguete, consagrada al santo italiano del siglo IV Nicolás de Bari, está situada en una plaza que se abre a la calle principal de Burguete, un pueblo caminero cercano a la legendaria Roncesvalles.


Frente al templo, en Junio del año 1525, se quemaron en la hoguera a cinco personas acusadas y condenadas por brujería.


Estamos ante un templo de origen medieval, pero que ha sido destruida en numerosos incendios a lo largo de su historia. La última reconstrucción, acometida entre 1945 y 1968 le confiere su aspecto actual. En las sucesivas reconstrucciones se fueron incorporando restos de edificaciones anteriores que se pueden ver en la iglesia actual. Lo más destacado que se conserva es la portada monumental de la fachada.

La fachada de sillar culmina en piñón, flanqueada por pináculos, en su centro se enmarca el reloj. Rematada por una torrecilla cuadrada. En la parte inferior se encajó una portada barroca del 1699.


Extraño e inquietante escudo sobre un frontón encima de la puerta barroca.

jueves, 14 de febrero de 2019

CRISTIANOS NUEVOS Y CRIPTOJUDAÍSMO EN TUI.




En 1492 Isabel de Castilla, la Católica majestad, firmó el injusto (por desagradecido) decreto de expulsión de los judíos de las tierras de la Corona, con lo que centenares de sefardíes abandonaron sus ancestrales hogares familiares. Hasta esa fatídica fecha, la ciudad de Tui había sido hogar de un dinámica comunidad judía, que contaba con sinagoga, cementerio e incluso una carnicería. La única carnicería judía documentada en Galicia.

Muchos judíos optaron por marchar, pero otros tantos decidieron conservar sus patrimonios y sus vidas, aunque fuese a costa de convertirse al cristianismo. No obstante estas comunidades asentadas tanto en Castilla como en Portugal manifestaron una identidad religiosa propia a lo largo de los siglos XVI y XVII.

Esta comunidad de cristianos nuevos asentados en Tui desempeñaban destacadas actividades profesionales; médicos, cirujanos, banqueros, boticarios y escribanos. Su éxito profesional venía acompañado de la envidia y los celos de los vecinos más humildes, que se ocupaban, muchas veces de extender bulos y levantar falsos testimonios sobre ellos. Cuanto daño han hecho – y siguen haciendo – los integrismos religioso.


La Casa de Salomón, un reputado mercader local, refleja la importancia de la judería medieval de Tui y data del siglo XV.

En muchas casas de la ciudad, como la situada en la calle de la Misericordia, los cristianos nuevos grababan cruces e inscripciones que daban fe pública de su bautismo.

Sin embargo, la Inquisición se mostró inmisericorde y nunca estuvo dispuesto a tolerar ciertas costumbres nunca erradicadas. Según se desprende de las actas de algunos procesos inquisitoriales, muchas familias continuará en secreto en sus prácticas y costumbres judías, algunas tan peligrosas para los cristianos viejos como respetar el Sabbath, lavar el cuerpo de un difunto con agua caliente, preparar pan ácimo, ayunar durante el Yom Kippur o limpiar la carne de cualquier resto de grasa o sangre.


Algunas familias de Tui, como los Sarabia, los Coronel, los Henríquez o los Pereira sufrieron en sus carnes la crueldad e injusticia inquisitoriales. En 1617 fue detenida Antonia Sarabia acusada de judaizar y de celebrar reuniones secretas en su casa del arrabal de Riomuíños.

Otras familias, como los Coronel, consiguieron medrar y ascender en la escala social. Incluso dos de sus miembros fueron nombrados canónigos, algo que no gustó al cabildo catedralicio. La iglesia montó una farsa, inventó pruebas y juntó testimonios contra la familia, llegando a construir la cárcel en 1611 para encerrar a los canónigos de origen judío.


martes, 6 de marzo de 2018

LA BRUJERÍA EN NAVARRA.




“Y luego, cuando comenzamos a caminar por Navarra fue avisado que las mujeres en aquella tierra eran grandes hechiceras encantadoras, y que tenían pacto y comunicación con el demonio para el efecto de su arte y encantamiento. Y así me avisaban que me guardase y viviese recatado, porque eran poderosas en pervertir a los hombres y aún en convertirlos en bestias y piedras si quería. Y aunque en la verdad en alguna manera me escandalizase, holgué en ser avisado, por que la mocedad, como es regocijada, recibe pasatiempo con semejantes cosas; también porque yo de mi cosecha fuera aficionado a semejantes acontecimientos. Por tanto, iba deseoso de encontrarme con alguna que me encantase ...”
Cristobal de Villalón.
“El Crótalon de Cristóforo Gnofoso”.


Zugarramurdi, Burguete y otros enclaves navarros han quedado grabados en el imaginario popular como enclaves brujeriles. Los puñeteros cristianos no pudieron acabar con el culto a la Madre Tierra, la Gran Madre, la Mari Vasca y arrojaron a muchas mujeres (y también unos pocos hombres) al fuego. Y esto sucedió en el brillante Renacimiento y no en la oscura Edad Media.

Caseríos, aldeas y pueblos navarros, básicamente el entorno rural y montaraz, sufrieron  durante las primeras centurias de la Edad Moderna una caza de brujas en toda regla, perpetrada por la Inquisición española (o castellano-aragonesa si se quiere) Aunque el caso más famoso (por el cine, la literatura y los programas televisivos sobres misterios) fue el de Zugarramurdi, desgraciadamente no fue el único.


A decir verdad, la Inquisición española anduvo siempre más preocupada de cazar herejes y desenmascarar conversos que en mandar a mujeres a la hoguera. No obstante, en un momento preciso del siglo XVI dirigió su mirada hacia un rincón concreto de la piel de toro, agazapado junto al Pirineo, cubierto de húmedos bosques y poblado de tradicionales caseríos, y allí encontró, aquello que había ido a buscar. Curiosamente el último territorio peninsular en ser incorporado a la corona que los Trastámara forjaron para los Habsburgo. Navarra, un reino que Fernando el Católico, antes de pasar a mejor vida, se empeñó en anexionar. En todo este asunto resulta complicado abstraerse del contexto político de la época y no intuir una maniobra más de anexión y asimilación de un territorio, una gente y una sociedad, utilizando el miedo y el terror.

La palabra “sorgiña”, que significa bruja en euskera, no aparece en la documentación fiscal de los tribunales navarros de justicia civil hasta bien entrado el siglo XV. En esa misma centuria, año 1480, encontramos en Navarra la publicación “De Superstitionibus”, su autor, Martín de Andosilla, se refiere a las supuestas brujas que habitan en la región vascona de los Pirineos. Este libro fue redactado siete años antes que el manual por excelencia utilizado por los cazadores de brujas; el Malleus Maleficarum. Poco a poco, se va abonando el terreno para la persecución brujeril que estaba a punto de desencadenarse.

Informes judiciales, documentos civiles, actas de la inquisición, testimonios y narraciones, hacen posible rastrear, cuatro siglos después, las huellas de las brujas, demonios, aquelarres, exorcismos, y como no, de los inquisidores. Aunque la primera noticia sobre una redada brujeril en la comarca pirenaica data de 1329, es a comienzos de la Edad Moderna, cuando este fenómeno se desarrolla con toda su crudeza. A partir de la documentación existente, sabemos que entre los siglos XVI y XVII se sucedieron en Navarra cuatro procesos brujeriles:


* El primero en 1525, centrado en los valles del Roncal y Salazar, con quema de brujas en la localidad de Buguete.


* Una segunda oleada, también en los citados valles, concluyó con un autor de fe celebrado en la capital Pamplona en 1540. 


* El tercero de estos procesos tuvo lugar entre los años 1575 y 1577, y dos personas fueron ejecutadas en el prado de la Taconera situado en Pamplona. 


* La última fase de la persecución es la famosa caza de brujas de Zugarramurdi, acaecida entre 1609 y 1612, con el auto de fe celebrado en Logroño.

Después de esta última oleada la fiebre brujeril se fue apagando, marcando, en cierta manera, el final de la brujería en Navarra.


Nunca sucede algo porque sí. Nunca ocurre nada sin motivo. Detrás de cada acción subyace uno, o varios motivos. Los inquisidores perseguían (fundamentalmente) dos objetivos, uno religioso y otro social; acabar con ciertas prácticas paganas y dominar, a través del miedo, demostrar a las sencillas gentes del pueblo quien manda. A través del miedo y la represión socavar, de paso, la autoestima de las mujeres. En el caso que estamos analizando, la quema de brujas fue una forma de someter al pueblo navarro recién incorporado a la corona española.


En la actualidad el gobierno de Navarra ha diseñado cuatro itinerarios (tan interesantes como lucrativos) que recorren escenarios históricos de este fenómeno. Transitando por ellos es posible descubrir su historia, sus ritos y creencias, y revivir su existencia misma.

La iglesia cristiana (la católica y las protestantes) transformó (a su antojo) en brujas a las practicantes (en su mayoría eran mujeres) de la magia natural y el culto a la Gran Madre (que en su día describió Marija Gimbutas). Aunque a veces (demasiadas) eran los propios convecinos los ejecutores. Siempre ha sido muy fácil culpar a otro de los problemas que nos afectan. No llueve, la gallina no pone huevos, la vaca no pare terneritos, mi esposa me engaña con otro hombre. Sin duda, la culpa es de una bruja. Actualmente la palabra bruja sigue utilizándose como un insulto para la mujer.



La historia de la brujería es la historia de su persecución, puesto que no hubo brujos ni embrujados hasta que comenzó a hablar y a escribir sobre ellos. La autosugestión y la psicosis colectiva alimentaban testimonios y acusaciones en los procesos judiciales. Si añadimos las supersticiones, las tradiciones, el rigorismo religioso y los conflictos políticos obtenemos un ambiente ideal en el que desencadenar la caza de brujas. Y en aquellos siglos si hubo un lugar en que la credulidad dio pie a vivir bajo el temor constante a fuerzas sobrenaturales, ese era el mundo rural y fronterizo del antiguo Reino de Navarra. En ese sentido, el inquisidor Salazar Frías sentenció en el año 1613 que “no hubo brujas ni embrujados hasta que se habló y se escribió de ello”.

sábado, 24 de junio de 2017

FRANCESCO BUONAGUISI.



Comerciante de origen florentino que instaló su residencia y negocios en la Andalucía de los Reyes Católicos. Explotó las salinas de Tortosa, exportó trigo del valle del Guadalquivir, fue armador de los barcos que disputaban el monopolio comercial a Portugal y administró las flotas que se dirigían a la Mina de Oro en Guinea.

Vistió la Gran Canaria y en 1486 los Reyes Católicos lo convirtieron en corregente de la recién fundad Villa de Puerto Real. Con este nombramiento demostraban los monarcas que necesitaban controlar una salida al Atlántico en la Bahía de Cádiz.


Los Reyes Católicos otorgaron a Buonaguisi un tercio de los bienes confiscados por la Santa Inquisición a los herejes. El corregidor de Puerto Real invirtió ese dinero para levantar la iglesia del pueblo y construir las defensas de la villa.

lunes, 24 de marzo de 2014

CIUDAD REAL UNA VILLA DE REALENGO EN EL CAMPO DE CALATRAVA.



La poderosa Orden Militar de Calatrava se enseñoreaba de toda esta región como señores absolutos y poderosos, y la Corona de Castilla no podía permanecer de brazos cruzados. Para la monarquía era necesario manifestar su poder en la zona. 


Alfonso X para contrarrestar el poder calatravo decide fundar en 1255 una población de realengo con el nombre de Vila Real. El lugar elegido fue una pequeña aldea llamada Pozuelo Seco de don Gil, que había sido fundada en las anteriores campañas de repoblación en las "tierras de nadie". La población fue creciendo paulatinamente tras el declive de la vecina Alarcos en 1195.


Un monumento conmemorativo a la fundación de la ciudad se ubica en la Plaza del Pilar. 


En 1255 Alfonso X concedió una Carta Puebla a los habitantes de Alarcos para que se asentasen en la aldea, dando por fundada esta villa de realengo, que ni era señorío, ni pertenecía a la Orden de Calatrava. 


Se construyó una muralla que contaba con siete puertas, de la que sólo se conserva la Puerta de Toledo y era defendida por más de treinta torres.

Juan II en Ciudad Real
A principios del siglo XIV, 1420, Juan II le concedió la categoría de Ciudad, como agradecimiento por su apoyo en el conflicto que le enfrentó a las Órdenes Militares. A partir de este momento se denominó Ciudad Real. 

Con los Reyes Católicos Ciudad Real vivió su máximo esplendor, con la ubicación en ella del Tribunal de la Santa Inquisición y la Real Chancillería. La expulsión de los moriscos y los judíos, y el traslado de sendas instituciones a Toledo y Granada, marcan el inicio de su lenta decadencia. 
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