miércoles, 6 de mayo de 2026

DE NEGREIRA A SANTIAGO. ETERNO RETORNO.

 



Quietud y calma antes del amanecer. 

 


Negreira. Comenzamos nuestra ultima etapa por estas tierras. 

 


Plácidas las aguas del río Tambre.  

 





La luz del Sol inunda Pontemaceira. Normalmente venimos caminando desde el lado contrario. Hoy andamos con el sol de cara, damos la espalda al Poniente matutino. 

 




En torno al puente que cruza el río Tambre surge una pintoresca aldea, el lugar de Pontemaceira. En  una orilla el municipio de Negreira, en la opuesta el de Amés. 

 


La fuerza motriz del agua. 

 





La arquitectura tradicional se enmarca en el paisaje dando forma a una preciosa y bucólica postal. A primeras horas de la mañana, antes de la llegada de visitantes y turistas, un remanso de paz. 

 





Trasmonte.  



No existen los caminos llanos, ni sencillos. Un continuo subir y bajar, cambiar el ritmo de la marcha, adaptar las piernas y el cuerpo a cada circunstancia. Nos movemos por el Alto do Mar de Ovellas. 

 



Augapesada es una especie de bisagra en la que se unen una vertiginosa bajada y una prolongada subida. Da igual el sentido de la marcha.

 


Belleza trágica, melancolía y nostalgia. 

 


Compostela en el horizonte, el apóstol, impaciente, espera nuestra llegada. 

 


Un faro magnético que nos atrae irremediablemente verano tras verano. 

 



El bosque llega prácticamente a la puerta de la ciudad. 

 


 Un último esfuerzo.

 


Siempre prestos a recibirte o a despedirte con amabilidad y una sonrisa en los labios. 

 


La Rúa das Hortas me vio marchar y la Rúa das Hortas me ha visto regresar. Después de alcanzar Fisterra, tocar el Océano y regresar a Santiago me siento como el flemático Phileas Fog a punto de completar su vuelta al mundo.

 


Todos los Caminos confluyen en el Obradoiro, un crisol donde se culmina la transformación. 

 

 

El final es solo el principio.  


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