domingo, 8 de marzo de 2020

LARISA LATYNINA, LA REINA DE OROS.




Finaliza la Segunda Guerra Mundial y cae el telón, pero un Telón de Acero que dividió Europa (y gran parte del planeta con ella) en dos mundos enemistados, contradictorios, que se daban la espalda el uno al otro, y únicamente se juntaban para participar en competiciones deportivas. En piscinas, pistas y pabellones se dirimieron, durante varias décadas, algunos de los enfrentamientos más apasionantes de la Guerra Fría. En los Juegos Olímpicos, el gran escaparate deportivo, cada estado concentraba alrededor de su bandera a sus grandes atletas. Ninguna brilló tanto, por la cantidad de medallas que se colgó del cuello, como Larisa Latynina.

La gimnasta soviética Larisa Latynina es la deportista con más medallas olímpicas y la segunda del ránking absoluto, únicamente superada por Michael Phelps. Durante casi cincuenta años y hasta la irrupción del nadador estadounidense, nadie había ganado más preseas olímpicas que ella (18 en total).


Larisa nació en un pueblo ucraniano a orillas del río Dnieper, llamado Jersón. Su infancia debió ser dura, muy dura, en una Ucrania convertida en uno de los escenarios más cruentos de la Segunda Guerra Mundial. Su padre murió combatiendo en Stalingrado (como miles de personas) y su madre murió poco después. La Larisa niña, huérfana con once años, había encontrado refugio en el ballet y la danza. Aunque comenzó a practicar ballet, lo abandonó por la gimnasia, dejó su localidad natal y se mudó a Kiev para mejorar su preparación. En 1954 en los Campeonatos del Mundo formó parte del combinado soviético que ganó el oro. La gimnasta tenía 19 años cuando se produjo su debut internacional. Antes se empezaba a entrenar y a competir más tarde que ahora, y por ese motivo la carrera en la alta competición se prolongaba más en el tiempo.

En los Juegos Olímpicos de 1956, celebrados en la ciudad australiana de Melbourne, llegó su primer gran momento. Larisa Latynina y la húngara Agnes Keleti (que acaba de cumplir 99 años el pasado enero) compitieron por convertirse en la triunfadora absoluta de la especialidad (un duelo con el conflicto político entre URSS y Hungría de fondo). La contienda fue intensa e igualada, sin que podamos señalar cual de las dos salió derrotada. Cada una se colgó seis medallas (el oro de suelo compartido por ambas con una puntuación de 18.733), pero fue Larisa quien ganó el concurso individual y el concurso por equipos. Agnes tenía 35 años y Larisa 21. El futuro era ucraniano.

Dos años después Larisa demostró su supremacía, y estando embarazada ganó cinco oros (como los meses de embarazo que llevaba) en los Mundiales de Moscú de 1958. Su hija Tania cuando era niña presumía de que juntas habían ganado esos cinco metales. En 1960 llega a Roma y en la cita olímpica se consagra como la gran estrella de la gimnasia, liderando a su equipo para revalidar el oro y colgarse además, otras cinco preseas.


En 1964 participó en sus terceros Juegos Olímpicos, los celebrados en Tokio, y aunque consiguió otras seis medallas, demostrando su dominio aplastante en suelo y por equipos, el relevo generacional estaba servido en la figura de la checoslovaca Vera Caslavska. Con 32 años, y tras participar en los Mundiales de 1966 Larisa se retira de la gimnasia pero continuó vinculada al deporte. Primero como seleccionadora soviética y luego como organizadora de la competición de gimnasia en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Al frente del combinado nacional soviético cosechó otros tres oros olímpicos sucesivos México 1968, Munich 1972 y Monreal 1976.



Sus éxitos deportivos le permitieron disfrutar de algunos privilegios en el rígido sistema social y económico de la época soviética, como ella misma comentó en una entrevista a El País: En Melbourne gané seis y recibí un premio en dinero. Era aproximadamente lo que costaba un coche. Me dieron el derecho de comprar un coche sin ponerme en lista de espera, porque en la Unión Soviética todo era deficitario. Yo tuve derecho a saltármela gracias a una medalla olímpica. La gran categoría deportiva, y competitiva, de Larisa Latynina, eso que la convierte en una de las más brillantes de la historia, queda ilustrada con el siguiente dato; consiguió 18 medallas en las 19 competiciones que disputó (no pudo subir al podium en la prueba de equilibrio en Melbourne 1956).


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