30 de Junio de 1990 en el estadio Olímpico de Roma, Italia continúa su camino triunfal hacia la Copa del Mundo. Y marcó, como no, Totó Schilaci.
Jackie Charlton y Azeglio Vicini vistieron con sus mejores galas. El técnico irlandés con su guardia pretoriana y el italiano que recupera a Donadoni y alinea en vanguardia a los dos jugadores más en forma del equipo Baggio y Schillaci.
Dos escuadras tácticas frente a frente.
Roberto Donadoni está de vuelta.
En su quinta victoria consecutiva, contra la República de Irlanda, Italia ha encontrado las primeras, verdaderas, dificultades de su Mundial, conducido hasta ese momento con una clara supremacía de iniciativa sobre cada adversario. La particular conformación táctica de los irlandeses ha inducido a Vicini a una reestructuración interna, que ha visto actuar a Maldini como segundo stopper, en pareja con Ferri y por delante de Baresi, con Bergomi retrasado a la banda derecha y De Agostini a la izquierda. Una línea de cinco defensores, que ha requerido de más adaptaciones. De Napoli ha hecho tándem con Bergomi por la derecha, mientras que el regresante Donadoni ha tenido que desplazarse al otro lado, para los desdoblamientos con De Agostini. El objetivo principal se ha conseguido, porque Maldini no ha concedido mucho al larguísimo Quinn (y Ferri aún menos a Aldridge), pero el precio pagado ha sido una menor fluidez de maniobra, un inédito sometimiento ante el juego incesante de los irlandeses, además de ser más vivaces atléticamente.
En estas circunstancias se ha tenido la prueba de lo determinante que es contar con un implacable hombre-gol, capaz de sacar puntualmente las castañas del fuego. El endemoniado Totò Schillaci se ha abalanzado con lúcida rapacidad sobre el primer balón útil, invirtiendo la correlación de fuerzas. Schillaci ha marcado cuatro goles en cinco partidos (los dos primeros en un reducido tiempo parcial), de los seis goles totales de los azzurri. Recordar al Rossi de España es incluso quedarse corto: Paolino entró en escena en el quinto partido, tras cuatro jornadas de abstinencia. Totò ha empezado a disparar de inmediato, desde su primera y fugaz aparición. En un fútbol cada vez más nivelado, y a menudo a la baja, la figura del hombre-gol es la única que nunca pasa de moda; al contrario, cada vez es más decisiva para romper equilibrios precarios. Da escalofríos solo de pensar qué habría sido de Italia, a pesar de estar tan eficazmente planificada, sin este inspirado alborotador caído del cielo, justo al límite del tiempo reglamentario, para firmar hazañas portentosas e infinitas.
Un toque de mala suerte y alguna que otra ignominiosa distracción arbitral le han quitado hasta ahora a Schillaci la etiqueta de súper goleador del torneo, la cual, en cualquier caso, le corresponde más allá de los números. La otra cara de la Italia ganadora es una defensa que sigue invicta, un búnker tan bien organizado que es capaz de compensar incluso el inesperado bajón de su hombre más representativo, Franco Baresi, protagonista de una primera media hora alarmante frente a la República de Irlanda (Eire). Los primeros y leves síntomas de debilitamiento físico instarán, creo yo, a Vicini a realizar algún ajuste del centro del campo hacia adelante, también para aprovechar al máximo la fortuna (y la habilidad) de haber llevado al Mundial a veintidós jugadores, todos ellos de alto nivel competitivo. (Adalberto Bortolotti).
Juegan al estilo italiano sin el ... trap. Por Arrigo Sacchi en Guerin Sportivo.
Ya estamos en el momento de la verdad, pero no me parece que el balance —tanto bajo el perfil técnico como bajo el espectacular— sea muy estimulante. Por lo general, los aficionados siguen los partidos con poco entusiasmo, a excepción —se entiende— de aquellos en los que juega el equipo de sus amores. El aplanamiento táctico es más que evidente: todas las selecciones (o casi) juegan de la misma manera, preocupándose antes que nada de no encajar goles. El exceso de... de defensa, con cinco o seis jugadores alineados delante del portero, ha matado la competición, regalando muy pocos destellos a quienes han ido al estadio, quizás desafiando el insoportable calor de estos días. Y lo que más me preocupa es que han sido las primeras de la clase, es decir, las selecciones que todos pronosticaban como protagonistas, las que han dado el mal ejemplo, «obligando» a las secundarias a adaptarse. Las excepciones han sido pocas y hay que destacarlas: Italia, en un par de ocasiones (contra Checoslovaquia y durante la primera parte del partido contra Austria), ha dado lecciones de buen fútbol, al igual que Alemania ha mostrado todo su potencial contra Yugoslavia y —en parte— contra Países Bajos.
El resto del panorama, sin embargo, es desolador. Solo Colombia y Bélgica han intentado elevarse de la mediocridad, aunque sin tener a los hombres adecuados. En un panorama de este tipo, era casi obvio que también Países Bajos terminara en el mismo saco. Por suerte, Gullit me ha parecido en continuo ascenso y Van Basten no es un problema: Marco venía de una temporada estresante y se ha encontrado jugando en el equipo... equivocado, sin tener la oportunidad de poder desenvolverse a su manera.
A estas alturas, mi clara favorita sigue siendo Italia, por al menos cinco razones: somos los anfitriones, hemos desplegado el mejor juego, los azzurri me parecen en forma, las decisiones de Vicini han resultado ser todas acertadas y, un detalle nada despreciable, nuestros rivales juegan... al estilo italiano sin tener la cultura ni la estructura mental para ello. Este es el Mundial del «casi catenaccio», de las formaciones cerradas en banda y listas para aprovechar el contraataque o los golpes de genio de los fuera de serie (un ejemplo entre todos: Argentina y Maradona). En resumen, si se me permite el chiste —y sin tonos polémicos, que quede claro—, a Italia '90 le ha faltado, sobre todo, el verdadero maestro de un determinado tipo de juego. Que no es otro que Giovanni Trapattoni, el más grande entre los «italianistas».
Aquel increíble deseo de Italia por Ottavio Bianchi.
Estábamos tan ocupados buscando en otra parte modelos en los cuales inspirarnos, que casi no nos dábamos cuenta de que los demás... imitan nuestro fútbol. Ya que, en realidad, este Mundial —feíto desde el punto de vista del espectáculo y poco interesante en el plano táctico— ha reafirmado una vez más lo que deberíamos saber desde hace tiempo: el verdadero fútbol mundial se juega aquí, en nuestros campos, en nuestro torneo. E Italia '90, más allá de cuál sea el resultado final, ha sido una gran victoria de nuestra organización futbolística.
En los otros frentes, en cambio, se ha podido admirar muy poco. He visto a equipos de segundo nivel luchar de igual a igual con formaciones que debían ser de otra categoría: a Bélgica (y luego a Camerún) poner en aprietos a Inglaterra; a Brasil —que, de todos modos, no había encandilado— perder un partido increíble contra Argentina; a la República de Irlanda (Eire) —dentro de sus posibilidades— darle guerra a los azzurri. Sin embargo, lo que más me ha sorprendido ha sido el comportamiento de Camerún. El fútbol africano merece atención y respeto; los jugadores son fuertes en el plano físico, tienen un buen manejo del balón y son increíblemente ágiles. Muchos de ellos militan en equipos europeos y de este modo han podido perfeccionarse tácticamente. Todavía flojean bajo el perfil de la experiencia, pero son las fuerzas emergentes: en el deporte, ellos saben encontrar valores que nosotros, por desgracia, estamos perdiendo de vista; se sacrifican por el juego de equipo, tienen la «rabia» necesaria para luchar por cada balón, desde el primero hasta el último minuto. En mi opinión, algunos de ellos podrían encontrar espacio incluso en nuestros clubes menos laureados, si tan solo los equipos italianos no se vieran obligados —por los medios de comunicación y por la afición— a fichar a jugadores de nombres rimbombantes.
A la hora de hacer un balance de estos primeros veinticuatro días de Mundial, hay dos cosas (una en positivo, la otra en negativo) que me han llamado especialmente la atención. Entre las notas alegres, el increíble «deseo de Italia» que he encontrado un poco por todas partes, tanto en el Olímpico como por las calles de las ciudades. Entre las notas «desafinadas», en cambio, el primer puesto se lo llevan los árbitros. Los he visto desorientados por las nuevas directrices llegadas desde la FIFA y con demasiada frecuencia han terminado por condicionar el desarrollo de los partidos. Los colegiados italianos están sin duda entre los mejores del mundo: si tan solo encontraran uniformidad en sus decisiones, serían incluso para... quitarse el sombrero.
¿Vicini?. Agradezcamoslo ahora. Marino Bartoletti en Guerin Sportivo.
No puedo saber qué escribiré en esta página dentro de ocho días. Lo espero, lo sueño: pero no estoy en condiciones de darme... garantías absolutas. Por esto quiero escribir desde ahora algunas cosas sobre Azeglio Vicini: para evitar unirme a la improvisación crítica que, por nuestras latitudes, nace casi siempre de la emotividad. Si Italia lo considera un derrotado (este es un país en el que incluso una final perdida es considerada un desastre nacional, independientemente de lo que se haya hecho para conquistarla), no tendré ningún motivo para ensañarme con él: porque siempre he apoyado, compartido y en cualquier caso intentado comprender sus decisiones. Si Italia, por el contrario, lo considera un ganador, yo seré el último —pero realmente el último— en intentar subirme a su carro: porque la estima y sobre todo la amistad no pueden prescindir de la discreción más absoluta.
En las últimas semanas, el Seleccionador Nacional ha pasado, en las columnas de los periódicos, de la simpatía a la frialdad, del consenso unánime a la sospecha de... brujería, en una especie de torbellino ideológico que en ciertos momentos ha rozado la frenesí. Su predecesor Bearzot, en este sentido, fue... más afortunado: si se salvó, es decir, viniendo considerado un retrasado por bastantes meses y luego un taumaturgo intocable por los ocho años sucesivos. Con respecto a Vicini, en cambio, la crítica ha sido generalmente más indulgente, pero también más cambiante y sutilmente infiel. ¿Recuerdan el linchamiento contra el «blando» Giannini? ¿Recuerdan el torbellino de «sugerencias» para recomendar a este o aquel «socio» de Vialli? ¿Recuerdan las ociosas disputas sobre la convivencia «imposible» entre Maldini y De Agostini? ¿Recuerdan los altos y bajos vinculados a la elección «obligada» y luego al rechazo de Baggio? ¿Recuerdan incluso las gratuitas polémicas sobre la preferencia de Serena sobre Fusi en la lista de los «veintidós»?
Por nuestra fortuna (y subrayo tanto «nuestra» como «fortuna» desde ahora), Azeglio siempre ha hecho las cosas a su cabeza, haciendo valer ante quienes pretendían influenciarlo «desde fuera», el arma que habría tenido que silenciar a todos: el conocimiento de causa. Es decir, la exclusivísima capacidad de poder valorar el «pulso» de una situación que solo él tenía bajo control cotidianamente en todos sus aspectos: psicológicos, técnicos, atléticos, prácticos e incluso morales. Ha insistido con Giannini y ha hecho muy bien; ha mantenido «en caliente» tanto a Maldini como a De Agostini y los resultados le han dado la razón; ha dosificado la inserción de Baggio y ahora todos están de su parte; ha tenido el valor histórico de redimensionar a uno de sus hijos predilectos (Vialli) y nadie ha podido hacer objeciones; ha dado confianza a Serena y ha recogido frutos inesperados; ha mantenido en tensión a Berti y ha obtenido lo mejor de él. Persisto en la explosión de Schillaci, a mí me parece ver una victoria suya (repito: «victoria», como quiera que terminen las cosas). Lo ha lanzado a la refriega en el momento históricamente más perfecto y fructífero. La inserción demasiado precoz en una Selección aún no en condiciones de «aceptarlo» habría podido significar, en la peor de las hipótesis, quemarlo totalmente. Pero incluso en la hipótesis —digamos— «mejor», habría al menos precluido ese efecto sorpresa sobre el cual Totò ha indudablemente construido sus éxitos. Sin duda, la perfecta elección de tiempo del Seleccionador ha evitado al goleador azul ese aturdimiento (positivo o negativo no importa) que en un momento dado estaba por destruir incluso a una joya como Roberto Baggio. Y junto a todo esto, me gusta ahora subrayar también su ya probada habilidad de lúcido ensamblador (de «filosofías» futbolísticas directamente antípodas: como aquellas... casi incestuosas de la defensa interista y de la defensa milanista) y la paterna capacidad de convicción con la cual —en ausencia de «bloques» de club— ha construido uno de los primeros verdaderos «bloques azules» de la historia de nuestro fútbol. Por esto, vaya como vaya, yo ya estoy listo para decirle gracias. Y, en este «deber», me gustaría tanto no sentirme solo.
Han pasado casi dos meses. Era el domingo 6 de mayo cuando en Coverciano se reunió, por primera vez, esta Selección nuestra que ha entrado tan brillantemente en el póker de los cuatro mejores equipos del mundo. Sucedió, lo recordarán, un episodio desagradable: Schillaci, futuro «héroe» azul, fue vilipendiado e insultado; su coche llenado de patadas y de escupitajos. Ninguno de los —no pocos— gallardos autores de aquella gamberrada incívica y cobarde tuvo jamás el valor de revelarse ni mucho menos de disculparse. Quién sabe si tendrá el valor de hacerlo ahora. Yo lo dudo: de todos modos, estas páginas están abiertas a cualquier tipo de disculpa civil, aunque sea póstuma, admisión de culpa. No sé si nuestros "escupidores" están entre los que ahora bajan a la plaza para vitorear a Totò y a la Selección. Pero sé que incluso en las casas de las personas más maleducadas hay espejos. Que se miren estos «campeones»: y nos hagan al menos saber qué sienten.





No hay comentarios:
Publicar un comentario