sábado, 25 de febrero de 2017

MANTÍCORA



Los bestiarios medievales, enciclopedias de seres terroríficos y fantásticos, describían con minuciosidad a un enorme felino, similar al león (imagen que condensa toda la fuerza de la naturaleza), con cabeza humana (rasgo inequívoco de inteligencia) y armado con un letal aguijón de escorpión. La mantícora habitaba en la exótica India y era un depredador particularmente agresivo. Su presa favorita: el ser humano. 

viernes, 24 de febrero de 2017

SUBIDA AL CEBREIRO.



Para tratar, siquiera mínimamente, de alcanzar a conocer los arcanos jacobeos, hay que subir a pie al Cebreiro y dejar que tu piel sea azotada por su vientos. Susurros uranios que tratan de seducir a Gaia, si ella, Madre Tierra, señora eterna, sucumbe a sus encantos, como resistir el alma infantil e inocente de un sencillo peregrino. Me entrego convencido a tu magia, invento mi propio sortilegio, bebo del brebaje de esta tierra, me lleno de tu vitalidad, hincho mis pulmones con tu bruma, las criaturas que moran aquí me señalan el camino.


Al pisar el mítico monte me enamoré del lugar, la vista abrumaba mi alma y sus pallozas evocaban mis sueños de historiador celta. Durante el ascenso me maravillaba con los paisajes, sufriendo el desnivel e llenando el corazón de real y auténtica libertad. Un triunfo personal, un reto para mi cuerpo y un desafío para mi mente. Una vez arriba, regocijo del espíritu y una ilusión cumplida, descubrir una aldea enigmática y mágica, en el sentido absoluto de la palabra. Uno de esos días en que uno se siente plenamente vivo y está agradecido de haber nacido.


El Sol reposa en otro lado del planeta, mientras Selene, Emperatriz de los Cielos, desordena corazones y mentes, los arranca de la falsa realidad cotidiana y los conduce por el camino del autoconocimiento, que nos ha de llevar, en definitiva, al único objetivo cierto, alcanzar la felicidad del alma y del cuerpo, aquí volví a abrir los ojos tras una oscura época de sombras, aquí volví a ilusionarme como un niño . . .


jueves, 23 de febrero de 2017

JEAN III DE VERGY.



Jean de Vergy fue mariscal de los ejércitos borgoñones en tiempos del duque Juan Sin Miedo. Durante la Guerra de los Cien años Jean de Vergy demostró sus dotes como militar y su conocimiento de la artillería, un arma fundamental durante el asedio a ciudades y plazas fuertes.  

miércoles, 22 de febrero de 2017

CASA DEL CID O PALACIO DE ARIAS GONZALO.



En el suroeste de la ciudad medieval de Zamora, integrado en la muralla y muy cerquita de la Catedral de San Salvador se levanta un edificio románico del siglo XII. Contaba con una situación privilegiada junto a la Puerta de Olivares (o del Obispo), no muy lejos del castillo y a un paso del centro del burgo. En esta residencia, propiedad del noble Arias Gonzalo se crío Rodrigo Díaz de Vivar, junto con los hijos del rey Fernando I, todos ellos bajo la tutela del citado caballero.  

martes, 21 de febrero de 2017

SIDONIO APOLINAR.



Sidonio Apolinar fue un aristócrata galo-romano que vivió en una época convulsa, el derrumbamiento del Imperio Romano. Desempeñó diferentes cargos en Italia antes de retirarse a la Auvernia. En el 471 fue nombrado obispo de Clermont-Ferrand en el tiempo que toda la región quedó subyugada por los visigodos. Atrincherado en su sede episcopal se convirtió en férreo defensor de la latinidad. A través de cartas, poemas y numerosos escritos Sidonio se esforzó por preservar la identidad cultural latina y la propia herencia de Roma.

lunes, 20 de febrero de 2017

EL PAPA LEÓN Y ATILA.



Cuando la palabra (y/o el dinero) derrotan a la espada. Atila y sus hunos campaban a sus anchar por Europa Occidental y tras haber sumido en el caos las tierras del Imperio su siguiente objetivo era Roma. Enterado de la tormenta que se avecinaba el papa León I salió al encuentro del Azote de Dios escoltado por San Pedro y San Pablo (el gran Rafael Sanzio pintó la escena en las estancias vaticanas). Utilizando buenas palabras, y tal vez algo de oro, el Sumo Pontífice consiguió que el jefe bárbaro retirase sus tropas. Años más tarde, el mismo papa León no pudo impedir que el caudillo vándalo Genserico saquease Roma.  

sábado, 18 de febrero de 2017

A PASO DE FORMIGA.



Animales gregarios, trabajadores y disciplinados, incansables caminantes dispuestos al sacrificios individual en aras del bien común. Oficiales, ingenieros y soldados desfilan en ordenadas hileras, protegen a su reina, dadora de vida, y colonizan el entorno. Son los mirmidones de Aquiles.  

viernes, 17 de febrero de 2017

VELLIDO DOLFOS.



Como sucede con Bruto, aquel que apuñaló a Julio César durante los Idus de Marzo, Vellido Dolfos que asesinó al rey Sancho II el no menos famoso Cerco de Zamora, es tratado indistintamente como héroe y como traidor. El que históricamente se ha conocido como Portillo de la Traición en Zamora ha mutado su nombre y ahora es Puerta de la Libertad. Juzgue cada cuál como considere oportuno.  

jueves, 16 de febrero de 2017

UMAR



En febrero del año 638 Umar entró en Jerusalén montado en un camello blanco, cubierto con un manto raído y mugriento. Iba al frente de un ejército tosco, curtido en mil batallas, pero su disciplina era perfecta. El conquistador se dirigió enseguida hacia el lugar del Templo de Salomón, desde donde su buen amigo Mahoma había ascendido a los cielos.

Umar ibn al – Jattab, segundo de los califas perfectos – u ortodoxos – aquellos que sucedieron al Profeta. Pasional y puritano a dosis iguales, no dudaba en golpear a todo aquel que contraviniera la ley coránica. Un auténtico martillo de pecadores. Se cuenta, sabe Alá si es cierto, que mató a su propio hijo cuando lo sorprendió bebiendo vino. Antes que se condenase eternamente prefirió mandarlo al mismo infierno de un buen mamporro.


Un espartano auténtico. Frugal y disciplinado. Sólo comía pan y dátiles, dormía sobre la tierra y únicamente poseía una camisa y un manto. Sucedió a Abu Bakr y continuó con la expansión del Islam.  

miércoles, 15 de febrero de 2017

TEOBALDO V DE BLOIS.



Las famosas ferias medievales de Champaña deben parte de su notoriedad, y proyección continental, a los nobles de la región que se encargaban de garantizar la seguridad de los mercaderes. Ante la ausencia de instituciones eran las personas las que auspiciaban su desarrollo.


En el año 1137 Teobaldo (Thibaud le Bon), conde de Blois, concedió a perpetuidad a los hombres del antiguo mercado de Provins la feria de San Martín (matanza de cerdos, chacinas y embutidos). Posteriormente se enroló en la Tercera Cruzada. Nunca regresó a casa.  

martes, 14 de febrero de 2017

LA PROMESA. UNA LEYENDA DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER.




I


Margarita lloraba con el rostro oculto entre las manos; lloraba sin gemir, pero las lágrimas corrían silenciosas a lo largo de sus mejillas, deslizándose por entre sus dedos para caer en la tierra hacia la que había doblado su frente.
Junto a Margarita estaba Pedro, quien levantaba de cuando en cuando los ojos para mirarla, y viéndola llorar tornaba a bajarlos, guardando a su vez un silencio profundo.
Y todo callaba alrededor y parecía respetar su pena. Los rumores del campo se apagaban; el viento de la tarde dormía, y las sombras comenzaban a envolver los espesos árboles del soto.
Así transcurrieron algunos minutos, durante los cuales se acabó de borrar el rastro de luz que el sol había dejado al morir en el horizonte; la luna comenzó a dibujarse vagamente sobre el fondo violado del cielo del crepúsculo, y unas tras otras fueron apareciendo las mayores estrellas.
Pedro rompió al fin aquel silencio angustioso, exclamando con voz sorda y entrecortada y como si hablase consigo mismo:
-¡Es imposible... imposible!
Después, acercándose a la desconsolada niña y tomando una de sus manos, prosiguió con acento más cariñoso y suave:
-Margarita, para ti el amor es todo, y tú no ves nada más allá del amor. No obstante, hay algo tan respetable como nuestro cariño, y es mi deber. Nuestro señor el conde de Gómara parte mañana de su castillo para reunir su hueste a las del rey Don Fernando, que va a sacar a Sevilla del poder de los infieles, y yo debo partir con el conde. Huérfano oscuro, sin nombre y sin familia, a él le debo cuanto soy. Yo le he servido en el ocio de las paces, he dormido bajo su techo, me he calentado en su hogar y he comido el pan a su mesa. Si hoy le abandono, mañana sus hombres de armas, al salir en tropel por las poternas de su castillo, preguntarán maravillados de no verme: -¿Dónde está el escudero favorito del conde de Gómara? Y mi señor callará con vergüenza, y sus pajes y sus bufones dirán en son de mofa: -El escudero del conde no es más que un galán de justes, un lidiador de cortesía.
Al llegar a este punto, Margarita levantó sus ojos llenos de lágrimas para fijarlos en los de su amante, y removió los labios como para dirigirle la palabra; pero su voz se ahogó en un sollozo.
Pedro, con acento aún más dulce y persuasivo, prosiguió así:
-No llores, por Dios, Margarita; no llores, porque tus lágrimas me hacen daño. Voy a alejarme de ti; mas yo volveré después de haber conseguido un poco de gloria para mi nombre oscuro... El cielo nos ayudará en la santa empresa; conquistaremos a Sevilla, y el rey nos dará feudos en las riberas del Guadalquivir a los conquistadores. Entonces volveré en tu busca y nos iremos juntos a habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen que hasta el cielo es más limpio y más azul que el de Castilla. Volveré, te lo juro; volveré a cumplir la palabra solemnemente empeñada el día en que puse en tus manos ese anillo, símbolo de una promesa.
-¡Pedro! -exclamó entonces Margarita dominando su emoción y con voz resuelta y firme-. Ve, ve a mantener tu honra; -y al pronunciar estas palabras, se arrojó por última vez en brazos de su amante. Después añadió con acento más sordo y conmovido:- Ve a mantener tu honra pero vuelve..., vuelve a traerme la mía.
Pedro besó la frente de Margarita, desató su caballo, que estaba sujeto a uno de los árboles del soto, y se alejó al galope por el fondo de la alameda.
Margarita siguió a Pedro con los ojos hasta que su sombra se confundió entre la niebla de la noche; y cuando ya no pudo distinguirle, se volvió lentamente al lugar, donde la aguardaban sus hermanos.
-Ponte tus vestidos de gala -le dijo uno de ellos al entrar-, que mañana vamos a Gómara con todos los vecinos del pueblo para ver al conde que se marcha a Andalucía.
-A mí más me entristece que me alegra ver irse a los que acaso no han de volver -respondió Margarita con un suspiro.
-Sin embargo -insistió el otro hermano-, has de venir con nosotros y has de venir compuesta y alegre: así no dirán las gentes murmuradoras que tienes amores en el castillo y que tus amores se van a la guerra.


II
Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba, cuando empezó a oírse por todo el campo de Gómara la aguda trompetería de los soldados del conde, y los campesinos que llegaban en numerosos grupos de los lugares cercanos vieron desplegarse al viento el pendón señorial en la torre más alta de la fortaleza.
Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos en las copas de los árboles, éstos vagando por la llanura; aquéllos coronando las cumbres de las colinas, los de más allá formando un cordón a lo largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que los curiosos esperaban el espectáculo, no sin que algunos comenzaran a impacientarse, cuando volvió a sonar de nuevo el toque de los clarines, rechinaron las cadenas del puente, que cayó con pausa sobre el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras se abrían de par en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco que conducía al patio de armas.
La multitud corrió a agolparse en los ribazos del camino para ver más a su sabor las brillantes armaduras y los lujosos arreos del séquito del conde de Gómara, célebre en toda la comarca por su esplendidez y sus riquezas.
Rompieron la marcha los farautes que deteniéndose de trecho en trecho, pregonaban en voz alta y a son de caja las cédulas del rey llamando a sus feudatarios a la guerra de moros, y requiriendo a las villas y lugares libres para que diesen paso y ayuda a sus huestes.
A los farautes siguieron los heraldos de corte, ufanos con sus casullas de seda, sus escudos bordados de oro y colores y sus birretes guarnecidos de plumas vistosas.
Después vino el escudero mayor de la casa, armado de punta en blanco, caballero sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el pendón de rico-hombre con sus motes y sus calderas, y al estribo izquierdo el ejecutor de las justicias del señorío, vestido de negro y rojo.
Precedían al escudero mayor hasta una veintena de aquellos famosos trompeteros de la tierra llana, célebres en las crónicas de nuestros reyes por la increíble fuerza de sus pulmones.
Cuando dejó de herir el viento el agudo clamor de la formidable trompetería, comenzó a oírse un rumor sordo, acompasado y uniforme. Eran los peones de la mesnada, armados de largas picas y provistos de sendas adargas de cuero. Tras éstos no tardaron en aparecer los aparejadores de las máquinas, con sus herramientas y sus torres de palo, las cuadrillas de escaladores y la gente menuda del servicio de las acémilas.
Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba el casco de sus caballos, y lanzando chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron los hombres de armas del castillo formados en gruesos pelotones, que semejaban a lo lejos un bosque de lanzas.
Por último, precedido de los timbaleros, que montaban poderosas mulas con gualdrapas y penachos, rodeado de sus pajes, que vestían ricos trajes de seda y oro, y seguido de los escuderos de su casa, apareció el conde.
Al verle, la multitud levantó un clamor inmenso para saludarle, y entre la confusa vocería se ahogó el grito de una mujer, que en aquel momento cayó desmayada y como herida de un rayo en los brazos de algunas personas que acudieron a socorrerla. Era Margarita, Margarita que había conocido a su misterioso amante en el muy alto y muy temido señor conde de Gómara, uno de los más nobles y poderosos feudatarios de la corona de Castilla.




III
El ejército de Don Fernando, después de salir de Córdoba, había venido por sus jornadas hasta Sevilla, no sin haber luchado antes en Écija, Carmona y Alcalá del Río de Guadaira, donde, una vez expugnado el famoso castillo, puso los reales a la vista de la ciudad de los infieles.
El conde de Gómara estaba en la tienda sentado en un escaño de alerce, inmóvil, pálido, terrible, las manos cruzadas sobre la empuñadura del montante y los ojos fijos en el espacio, con esa vaguedad del que parece mirar un objeto y, sin embargo, no ve nada de cuanto hay a su alrededor.
A un lado y de pie, le hablaba el más antiguo de los escuderos de su casa, el único que en aquellas horas de negra melancolía hubiera osado interrumpirle sin atraer sobre su cabeza la explosión de su cólera.
-¿Qué tenéis, señor? -le decía-. ¿Qué mal os aqueja y consume? Triste vais al combate y triste volvéis, aun tornando con la victoria. Cuando todos los guerreros duermen rendidos a la fatiga del día, os oigo suspirar angustiado; y si corro a vuestro lecho, os miro allí luchar con algo invisible que os atormenta. Abrís los ojos, y vuestro terror no se desvanece. ¿Qué os pasa, señor? Decídmelo. Si es un secreto, yo sabré guardarlo en el fondo de mi memoria como en un sepulcro.
El conde parecía no oír al escudero; no obstante, después de un largo espacio, y como si las palabras hubiesen tardado todo aquel tiempo en llegar desde sus oídos a su inteligencia, salió poco a poco de su inmovilidad y, atrayéndole hacia sí cariñosamente, le dijo con voz grave y reposada:
-He sufrido mucho en silencio. Creyéndome juguete de una vana fantasía, hasta ahora he callado por vergüenza; pero no, no es ilusión lo que me sucede. Yo debo de hallarme bajo la influencia de alguna maldición terrible. El cielo o el infierno deben de querer algo de mí, y lo avisan con hechos sobrenaturales. ¿Te acuerdas del día de nuestro encuentro con los moros de Nebrija en el aljarafe de Triana? Éramos pocos; la pelea fue dura y yo estuve a punto de perecer. Tú lo viste: en lo más reñido del combate, mi caballo herido y ciego de furor se precipitó hacia el grueso de la hueste mora. Yo pugnaba en balde por contenerle; las riendas se habían escapado de mis manos, y el fogoso animal corría llevándome a una muerte segura. Ya los moros, cerrando sus escuadrones, apoyaban en tierra el cuento de sus largas picas para recibirme en ellas; una nube de saetas silbaba en mis oídos: el caballo estaba a algunos pies de distancia del muro de hierro en que íbamos a estrellarnos, cuando..., créeme, no fue una ilusión, vi una mano que agarrándole de la brida lo detuvo con una fuerza sobrenatural, y volviéndole en dirección a las filas de mis soldados, me salvó milagrosamente. En vano pregunté a unos y otros por mi salvador; nadie le conocía, nadie le había visto.
-Cuando volabais a estrellaros en la muralla de picas -me dijeron-, ibais solo, completamente solo; por eso nos maravillamos al veros tornar, sabiendo que ya el corcel no obedecía al jinete.
-Aquella noche entré preocupado en mi tienda; quería en vano arrancarme de la imaginación el recuerdo de la extraña aventura; mas al dirigirme al lecho, torné a ver la misma mano, una mano hermosa, blanca hasta la palidez, que descorrió las cortinas, desapareciendo después de descorrerlas. Desde entonces, a todas horas, en todas partes, estoy viendo esa mano misteriosa que previene mis deseos y se adelanta a mis acciones. La he visto, al expugnar el castillo de Triana, coger entre sus dedos y partir en el aire una saeta que venía a herirme; la he visto, en los banquetes donde procuraba ahogar mi pena entre la confusión y el tumulto, escanciar el vino en mi copa, y siempre se halla delante de mis ojos, y por donde voy me sigue: en la tienda, en el combate, de día, de noche.... ahora mismo, mírala, mírala aquí apoyada suavemente en mis hombros.
Al pronunciar estas últimas palabras, el conde se puso de pie y dio algunos pasos como fuera de sí y embargado de un terror profundo.
El escudero se enjugó una lágrima que corría por sus mejillas. Creyendo loco a su señor, no insistió, sin embargo, en contrariar sus ideas, y se limitó a decirle con voz profundamente conmovida:
-Venid..., salgamos un momento de la tienda; acaso la brisa de la tarde refrescará vuestras sienes, calmando ese incomprensible dolor, para el que yo no hallo palabras de consuelo.


IV
El real de los cristianos se extendía por todo el campo de Guadaira, hasta tocar en la margen izquierda del Guadalquivir. Enfrente del real y destacándose sobre el luminoso horizonte, se alzaban los muros de Sevilla flanqueados de torres almenadas y fuertes. Por encima de la corona de almenas rebosaba la verdura de los mil jardines de la morisca ciudad, y entre las oscuras manchas del follaje lucían los miradores blancos como la nieve, los minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya, sobre cuyo aéreo pretil lanzaban chispas de luz, heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de oro, que desde el campo de los cristianos parecían cuatro llamas.
La empresa de Don Fernando, una de las más heroicas y atrevidas de aquella época, había traído a su alrededor a los más célebres guerreros de los diferentes reinos de la Península, no faltando algunos que de países extraños y distantes vinieran también; llamados por la fama, a unir sus esfuerzos a los del santo rey.
Tendidas a lo largo de la llanura, mirábanse, pues, tiendas de campaña de todas formas y colores, sobre el remate de las cuales ondeaban al viento distintas enseñas con escudos partidos, astros, grifos, leones, cadenas, barras y calderas, y otras cien y cien figuras o símbolos heráldicos que pregonaban el nombre y la calidad de sus dueños. Por entre las calles de aquella improvisada ciudad circulaban en todas direcciones multitud de soldados que hablando dialectos diversos, y vestidos cada cual al uso de su país y cada cual armado a su guisa, formaban un extraño y pintoresco contraste.
Aquí descansaban algunos señores de las fatigas del combate sentados en escaños de alerce a la puerta de sus tiendas y jugando a las tablas, en tanto que sus pajes les escanciaban el vino en copas de metal; allí algunos peones aprovechaban un momento de ocio para aderezar y componer sus armas, rotas en la última refriega; más allá cubrían de saetas un blanco los más expertos ballesteros de la hueste entre las aclamaciones de la multitud, pasmada de su destreza; y el rumor de los tambores, el clamor de las trompetas, las voces de los mercaderes ambulantes, el golpear del hierro contra el hierro, los cánticos de los juglares que entretenían a sus oyentes con la relación de hazañas portentosas, y los gritos de los farautes que publicaban las ordenanzas de los maestres de campo, llenando los aires de mil y mil ruidos discordes, prestaban a aquel cuadro de costumbres guerreras una vida y una animación imposibles de pintar con palabras.
El conde de Gómara, acompañado de su fiel escudero, atravesó por entre los animados grupos sin levantar los ojos de la tierra, silencioso, triste, como si ningún objeto hiriese su vista ni llegase a su oído el rumor más leve. Andaba maquinalmente, a la manera que un sonámbulo, cuyo espíritu se agita en el mundo de los sueños, se mueve y marcha sin la conciencia de sus acciones y como arrastrado por una voluntad ajena a la suya.
Próximo a la tienda del rey y en medio de un corro de soldados, pajecillos y gente menuda que le escuchaban con la boca abierta, apresurándose a comprarle algunas de las baratijas que anunciaba a voces y con hiperbólicos encomios, había un extraño personaje, mitad romero, mitad juglar, que ora recitando una especie de letanía en latín bárbaro, ora diciendo una bufonada o una chocarrería, mezclaba en su interminable relación chistes capaces de poner colorado a un ballestero con oraciones devotas, historias de amores picarescos con leyendas de santos. En las inmensas alforjas que colgaban de sus hombros se hallaban revueltos y confundidos mil objetos diferentes: cintas tocadas en el sepulcro de Santiago; cédulas con palabras que él decía ser hebraicas, las mismas que dijo el rey Salomón cuando fundaba el templo, y las únicas para libertarse de toda clase de enfermedades contagiosas; bálsamos maravillosos para pegar a hombres partidos por la mitad; Evangelios cosidos en bolsitas de brocatel; secretos para hacerse amar de todas las mujeres; reliquias de los santos patronos de todos los lugares de España: joyuelas, cadenillas, cinturones, medallas y otras muchas baratijas de alquimia de vidrio y de plomo.
Cuando el conde llegó cerca del grupo que formaban el romero y sus admiradores, comenzaba éste a templar una especie de bandolín o guzla árabe con que se acompaña en la relación de sus romances. Después que hubo estirado bien las cuerdas unas tras otras y con mucha calma, mientras su acompañante daba la vuelta al corro sacando los últimos cornados de la flaca escarcela de los oyentes, el romero empezó a cantar con voz gangosa y con un aire monótono y plañidero un romance que siempre terminaba con el mismo estribillo.
El conde se acercó al grupo y prestó atención. Por una coincidencia, al parecer extraña, el título de aquella historia respondía en un todo a los lúgubres pensamientos que embargaban su ánimo. Según había anunciado el cantor antes de comenzar, el romance se titulaba elRomance de la mano muerta.
Al oír el escudero tan extraño anuncio, pugnó por arrancar a su señor de aquel sitio, pero el conde, con los ojos fijos en el juglar, permaneció inmóvil, escuchando esta cantiga:

1
La niña tiene un amante
que escudero se decía;
el escudero le anuncia
que a la guerra se partía.
-Te vas y acaso no tornes.
-Tornaré por vida mía.
Mientras el amante jura,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!

2
El conde con la mesnada
de su castillo salía:
ella, que le ha conocido,
con gran aflicción gemía:
-¡Ay de mí, que se va el conde
y se lleva la honra mía!
Mientras la cuitada llora,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!

3
Su hermano, que estaba allí,
éstas palabras oía:
-Nos has deshonrado, dice.
-Me juró que tornaría.
-No te encontrará, si torna,
donde encontrarte solía.
Mientras la infelice muere,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!

4
Muerta la llevan al soto,
la han enterrado en la umbría;
por más tierra que la echaban,
la mano no se cubría:
la mano donde un anillo
que le dio el conde tenía.
De noche, sobre la tumba,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!


Apenas el cantor había terminado la última estrofa, cuando rompiendo el muro de curiosos, que se apartaban con respeto al reconocerle, el conde llegó adonde se encontraba el romero, y cogiéndole con fuerza del brazo, le preguntó en voz baja y convulsa:
-¿De qué tierra eres?
-De tierra de Soria -le respondió éste sin alterarse.
-¿Y dónde has aprendido ese romance? ¿A quién se refiere la historia que cuentas? -volvió a exclamar su interlocutor, cada vez con muestras de emoción más profunda.
-Señor -dijo el romero clavando sus ojos en los del conde con una fijeza imperturbable-, esta cantiga la repiten de unos en otros los aldeanos del campo de Gómara y se refiere a una desdichada cruelmente ofendida por un poderoso. Altos juicios de Dios han permitido que al enterrarla quedase siempre fuera de la sepultura la mano en que su amante le puso un anillo al hacerle una promesa. Vos sabréis quizá a quién toca cumplirla.
V
En un lugarejo miserable y que se encuentra a un lado del camino que conduce a Gómara, he visto no hace mucho el sitio en donde se asegura tuvo lugar la extraña ceremonia del casamiento del conde.
Después que éste, arrodillado sobre la humilde fosa, estrechó en la suya la mano de Margarita, y un sacerdote autorizado por el Papa bendijo la lúgubre unión, es fama que cesó el prodigio, y la mano muerta se hundió para siempre.
Al pie de unos árboles añosos y corpulentos hay un pedacito de prado, que al llegar la primavera se cubre espontáneamente de flores.
La gente del país dice que allí está enterrada Margarita.



lunes, 13 de febrero de 2017

TARIK



Tarik ibm Ziyad desembarcó en Gibraltar con 7000 bereberes, finiquitó el reino visigodo y puso patas arriba toda la Península Ibérica, desde el Guadalete hasta Fisterra. Definitivamente había finalizado el Mundo Antiguo y las instituciones clásicas quedaron sepultadas bajo las infalibles suras del Corán.

domingo, 12 de febrero de 2017

LAS FUENTES DEL SANTO GRIAL.



Ocho minnesänger tiene el Grial en tierras de occidente: el mago Merlín (que recitó su historia en la corte de Arturo), el moro Flegetanis (que la escribió en Toledo), el armenio Kyot (que tradujo nuestro manuscrito a la lengua occitana), el francés Roberto de Boron (que a principios del siglo XIII urdió una trilogía sobre el tema), Chrétien de Troyes (que puso la versión al oc en gabacho paladino). Wolfram de Eschembach (que se la llevó al alemán), Ana Catalina Emmerich («que añadió cuanto ignoraban los anteriores») y Ricardo Wagner (que, entre otras cosas, supo dar al mito su forma más sublime). A ver dónde nos lleva este mosaico.
Fernando Sánchez Dragó. 
Gárgoris y Habidis.

sábado, 11 de febrero de 2017

EDMUNDO DE LANCASTER.



Edmundo era conocido como Crouchback por su participación en la novena cruzada. Era el segundo hijo del rey inglés Enrique III, se desempeñó como político y fue el I Conde de Lancaster. Tras enviudar de su primera mujer se casó con Blanca de Artois reina viuda de Navarra.

viernes, 10 de febrero de 2017

BERMEO.



Típica villa de larga tradición pesquera y animado puerto situado cerca del Golfo de Vizcaya. Fundada en el año 1236 ostentó el título de Cabeza de Vizcaya siendo, además, la población más importante del Señorío de Vizcaya. También formó parte de la Hermandad de las Marismas que agrupaba a los principales puertos del Cantábrico.


La Torre Ercilla – Ertzila dorretxea – del siglo XV, es la única casa torre medieval que continúa en pie.


Balcones y terrazas se abren en fachadas de colores que miran al puerto.



La población se organiza alrededor de los muelles y los bares de pintxos abren sus puertas al mar, ofreciendo a los comensales lo mejor de su cocina.


Oficios tradicionales. 



Por encima del puerto, junto a las casas más humildes, las sufrientes familias esperan impacientes, pero llenas de esperanza, el regreso de todos aquellos que zarparon.




jueves, 9 de febrero de 2017

TEÓFANO SKLERAINA.



Princesa bizantina de ascendencia griega, con fama de mujer hermosa. Esposa de Otón II. Cuando falleció su esposo (querido esposo no gustaría creer) se convirtió en regente de su hijo, el pequeño Otón III, y en auténtica emperatriz del Sacro Imperio. ¿Qué hubiese sido de las monarquías europeas sin esas mujeres fuertes y decididas que tuvieron que actuar de regenteas en los momentos más difíciles, superando las situaciones más adversas?. Muy religiosa y fiel, iba piadosamente a misa, no se casó nunca más, y acudía diariamente a visitar la tumba de su esposo.  

miércoles, 8 de febrero de 2017

PIERRE DE MONTREUIL.



Constructor francés, maestro del gótico y principal arquitecto durante el reinado de San Luis. Dirigió las obras de la catedral de Notre Dame. Antes de morir escribió su propio epitafio; “fue en su vida doctor en piedra”.  

martes, 7 de febrero de 2017

ERMITA DE SANTA CATALINA EN MUNDAKA.



Solitaria y asilada de la población de Mundaka, la ermita de Santa Catalina (Santa Katalina baseliza), a orillas del mar Cantábrico, expuesta a la lluvia y la galerna, ha contemplado de cerca la cara más amarga del sufrimiento humano. Leprosería, hospital o lugar de refugio, en el interior de sus muros buscaron protección, amparo y consuelo lo más desgraciados.  


lunes, 6 de febrero de 2017

PALACIO DE LOS POLENTINOS EN ÁVILA.



Ávila medieval y renacentista es la ciudad de los palacios, edificios señoriales abiertos a toda la población.


El Palacio de los Polentinos, o Casa de los Contreras, fue edificado durante los primeros años del siglo XVI siguiendo los planos de Vasco de la Zarza. Todo el conjunto se estructura en torno a un patio central cuadrangular.



La abundante riqueza decorativa de la portada plateresca servía para realzar el orgullo militar de sus moradores.  
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