Primavera del 568, una nueva horda de guerreros germanos, los de largas barbas (longobardos o lombardos) atravesaron los Alpes Julianos, penetrando, sin apenas oposición, en el Norte de Italia. Al frente su rey Alboíno.
En 568 los lombardos invadieron el norte de Italia. Avanzaban como una horda salvaje, devastando cuantas localidades atravesaban. Eran arrianos de religión. No tardaron en someter la Italia septentrional, que tomó el nombre de Lombardía. El gobernador bizantino, falto de bastantes fuerzas para resistir a los lombardos, permaneció al amparo de los muros de Ravena. Los bárbaros, luego de conquistado el norte de Italia, se dirigieron hacia el sur, eludiendo Ravena. Sus numerosas hordas se esparcieron por casi toda la península y ocuparon con la mayor facilidad, las ciudades, carentes de defensa. Así llegaron al sur de Italia, tomando Benevento. Si bien no entraron en Roma, ésta se halló rodeada de bárbaros por el norte, el este y el sur. Los bárbaros cortaban toda comunicación entre Ravena y Roma, de suerte que la última no podía contar con socorros del gobernador bizantino de Ravena. Y menos con la ayuda de los emperadores de Constantinopla, más lejanos todavía y atravesando a la sazón, según vimos, uno de los períodos más críticos y turbados de la historia del Oriente. Así, pronto asistió Italia a la fundación de un gran reino germánico: el lombardo. (Alexander Vasiliev. Historia del Imperio Bizantino).
La invasión de los longobardos planteo al Imperio un reto insuperable, combatir en dos frentes alejados entre sí miles de kilómetros; persas en Oriente, germanos en Occidente. Los éxitos de los lombardos obligaron al imperio a reforzar la presencia y el control de las posesiones en Italia. Para ello se enviaron militares más experimentados y con una autoridad reforzada, de esta manera se prefigura una novedosa administración que se fue asentando en las dos décadas siguientes, que convertía a Rávena en la sede de un comandante con el rango de patricio y el título de exarca. Ningún emperador del siglo VI visitó personalmente las regiones de occidente para observar de primera mano la situación. Siempre se basaban en los informes de hombres de confianza.
Los lombardos ocuparon gran parte del montañoso interior de Italia, mientras que las fuerzas imperiales se centraron en la seguridad de los puertos y las ciudades del litoral. Nunca tuvieron capacidad para expulsar a los invasores. Rávena seguía siendo una plaza inexpugnable gracias a su situación entre los pantanosos afluentes del Po. Una dinámica fortaleza que el Imperio eligió para convertirse en la sede de una nueva forma de gobierno, el exarcado de Rávena.
Esta nueva e ingeniosa forma de administración consiguió mantener considerables zonas del norte y el centro de Italia dentro de la esfera imperial, ejercer un control monetario eficaz y representar la influencia global de Constantinopla, con todos los vínculos políticos y culturales correspondientes, durante unos ciento cincuenta años.(Judith Herrin. Rávena: capital del Imperio, crisol de Europa).
El exarca combinaba los poderes militares y civiles. Según el bizantinista George Ostrogorsky los dos exarcados organizados por el imperio en Occidente, el de Rávena y el de Cartago, sirvieron de experimento de una administración más militarizada, orientada a la guerra, que más adelante se transformaría en los themata orientales. Tras las larga y costosa campaña en Italia, la Pragmática Sanción, subordinaba los elementos judiciales y fiscales a las necesidades del ejército.
En esta nueva forma de administración los cargos civiles de alto rango, como los prefectos pretorianos, quedaron subordinados a la autoridad militar. Sin embargo en Constantinopla no se redactó una legislación que sirviese para implantar el nuevo sistema en las lejanas provincias orientales, más bien el sistema evolucionó a partir del nombramiento de cargos militares dotados de amplios poderes y títulos protocolarios de alto rango, como excelentísimo. Eran los gobernadores de enormes regiones que se administraban desde dos centros, Cartago, en el Norte de África y Rávena en la península Italiana.
Primer exarca en Rávena , Esmaragdo (585 – 589). El 1 de agosto del 608 aparece por vez primera el título oficial de exarca de Italia “exarchus Italiae”. El título se seguiría utilizando casi ciento cincuenta años para designar al gobernador nombrado en Constantinopla. El exarca estaba autorizado a negociar alianzas y tratados con fuerzas extranjeras (ratificados a posteriori por el emperador), era responsable de la administración del territorio y por supuesto de su defensa.
El exarcado de Italia se dividía en dos grandes regiones, el nordeste, con centro en Rávena y el oeste, con centro en Roma. Antiguas vías que cruzaban los Apeninos, y dividían los territorios ocupados por los lombardos, unían las dos ciudades. Las calzadas romanas Flaminia y Amerina, seguían los valles fluviales, ascendían la columna vertebral montañosa italiana y descedían por el otro lado.
Dominaba además una importante región en el nordeste, que incluía la Pentápolis, y el territorio que se extendía desde la cabecera del Adriático (Istria) en el norte, hasta la costa oriental adriática, Dalmacia, pasando por Pola. Contaba con la colaboración de oficiales subalternos (tribunos o duques) que comandaban guarniciones en castillos y ciudades fronterizas.
Para la defensa del territorio el exarca contaba con fuerzas regulares, que podían verse incrementadas con el ejército de la Pentápolis y de otras regiones. A finales del siglo VI, las tropas acantonadas en Italia procedían del ejército de Narsés o de unidades orientales reclutadas posteriormente. El exarca contaba con el obsequium, una especie de guardia personal que le acompañaba en todas las campañas y actuaba en cualquier situación en que fuese necesaria.
El exercitus Ravennatis era la guarnición regular encargada de la defensa de la ciudad, compuesta fundamentalmente por soldados de la zona. Algunas de estas tropas tenían cuarteles en la ciudad y adoptaban el nombre de los barrios concretos en los que se asentaban y se encargaban de defender. Las banderas y estandartes de cada una de estas unidades se custodiaban en una iglesia específica. Eran emblemas de fidelidad muy importantes. A principios del siglo VIII aparece una unidad denominada bandus Ravenna.
La corte del exarca estaba instalada en el palacio de Teodorico. El exarca ejecutaba las órdenes procedentes de Constantinopla, adonde enviaba informes escritos en griego. Sin embargo, los asuntos locales, se trataban en latín. En Occidente había pocas personas que hablasen, escribiesen o entendiesen el griego. Aunque algunos exarcas dominaban el latín, su uso habitual del griego, lo ponían en desventaja.
A medida que el exarcado se fue consolidando, las funciones administrativas se fueron aclarando. En la cúspide el exarca y sus más estrechos colaboradores, que usaban el griego, se encargaban de los asuntos relativos a la guerra y a la paz, lo que podríamos llamar política exterior. Por debajo de ellos se situaba el Gobierno Civil, cuyos miembros usaban el latín, y se dedicaban a gestionar los asuntos locales. Gran parte de esta administración civil y eclesiástica estaba dominada por obispos autóctonos, que nombraban a los sacerdotes de las iglesias de las ciudades y presidían sus propios tribunales para resolver conflictos. El exarcado perduró hasta el año 751 y se sucedieron dieciocho exarcas.
Las autoridades bizantinas de Italia no podían oponer resistencia suficiente a los lombardos, que se habían adueñado de dos tercios de la península. En tales circunstancias, y ante el grave peligro que amenazaba a Italia, el gobierno bizantino decidió fortificar su poder concentrando en manos de los gobernadores las funciones civiles y militares. Al frente de la administración bizantina en Italia fue puesto un gobernador militar con el título de exarca, con residencia en Ravena y al que quedaron subordinados todos los funcionarios civiles. La creación del exarcado de Ravena data de fines del siglo VI, época del emperador Mauricio. La concentración de funciones administrativas y judiciales en manos de la autoridad militar no significaba la supresión inmediata de los funcionarios civiles, que seguían existiendo, paralelos a las autoridades militares, aunque subordinados a ellas. Sólo más tarde las autoridades civiles, según toda probabilidad, desaparecieron, siendo substituidas por las militares. El exarca, como representante de la autoridad imperial, introdujo en su gobierno los rasgos, de esencia imperial, del cesaropapismo, convirtiéndose en arbitro de los asuntos religiosos del exarcado. El exarca, provisto de poderes ilimitados, gozaba de honores imperiales; su palacio de Ravena se llamaba sagrado (Sacrum Palatium, nombre dado tan sólo a las residencias imperiales); cuando el exarca llegaba a Roma se le acogía como a un emperador y el Senado, el clero y el pueblo iban a su encuentro en procesión solemne, extramuros de la ciudad. Todos los asuntos militares, la administración civil, lo judicial y lo financiero dependían del exarca. (Alexander Vasiliev. Historia del Imperio Bizantino).


No hay comentarios:
Publicar un comentario