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viernes, 19 de julio de 2019

EL NACIMIENTO DE PALAS ATENEA.




Según los pelasgos, la diosa Atenea nació junto al lago Tritonis en Libia, donde la encontraron y criaron las tres ninfas de Libia, quienes vestían pieles de cabra. Cuando era niña mató a su compañera de juegos, Palas, por accidente, mientras libraban un combate amistoso con lanza y escudo, y en señal de pesar puso el nombre de Palas delante del suyo. Fue a Grecia pasando por Creta y vivió al principio en la ciudad de Atenas, junto al río Tritón de la Beocia.
Robert Graves. Los Mitos Griegos.

viernes, 11 de enero de 2019

EL DESTRONAMIENTO DE CRONO.



Crono se casó con su hermana Rea, a quien está consagrado el roble. Pero la Madre Tierra y su moribundo padre Urano profetizaron que uno de sus hijos lo destronaría. En consecuencia, cada año devoraba a los hijos que le daba Rea: primeramente a Hestia, luego a Deméter y Hera, y más tarde a Hades y Posidón. 


Rea estaba furiosa. Dio a luz a Zeus, su tercer hijo, en plena noche en el monte Liqueo de Arcadia, donde ninguna criatura proyecta su sombra y, después de bañarlo en el río Neda, lo entregó a la Madre Tierra, quien lo llevó a Licto en Creta y lo ocultó en la cueva de Dicte en el monte Egeo. La Madre Tierra lo dejó allí para que lo criaran Adrastea, una ninfa del Fresno, su hermana Io, hijas ambas de Meliseo, y la ninfa-cabra Amaltea. Se alimentaba de miel y bebía la leche de Amaltea, con el chivo Pan, su hermano adoptivo. Zeus estaba agradecido a las tres ninfas por su bondad y cuando llegó a ser el Señor del Universo puso la imagen de Amaltea entre las estrellas, como Capricornio y también tomó uno de sus cuernos, que parecía el de una vaca, y se lo dio a las hijas de Meliseo; se convirtió en la famosa Cornucopia, o cuerno de la abundancia, que está siempre lleno de todos los alimentos o bebidas que su poseedor pueda desear. Pero algunos dicen que Zeus fue amamantado por una cerda y cabalgaba montado en su lomo, y que perdió su cordón umbilical en Onfalión, cerca de Cnosos. 

Alrededor de la cuna dorada del niño Zeus, la cual colgaba de un árbol (para que Cronos no lo pudiera encontrar ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el mar) se hallaban los Cúreles armados, hijos de Rea. Golpeaban sus lanzas contra los escudos y gritaban para ahogar el llanto del niño, por temor a que Crono pudiera oírlo desde lejos. Rea había envuelto una piedra en pañales y la había entregado a Crono en el monte Taumacio de Arcadia y él la había devorado, creyendo que devoraba al niño Zeus. Sin embargo, Crono descubrió lo que había sucedido y persiguió a Zeus, quien se transformó a sí mismo en una serpiente y a sus nodrizas en osos: de aquí las constelaciones de la Serpiente y las Osas. 

Zeus llegó a la virilidad entre los pastores del Ida, ocupando otra cueva; luego buscó por todos lados a Metis y la Titánide, quien vivía junto a la corriente del Océano. Por consejo de ella visitó a su madre Rea y le pidió que le nombrara copero de Crono. Rea le ayudó de buena gana en su venganza; le proporcionó la pócima emética que Metis le había encargado mezclar con la bebida dulce de Crono. Cuando Crono hubo bebido en abundancia vomitó primeramente la piedra y luego a los hermanos y hermanas mayores de Zeus. Salieron ilesos y, en agradecimiento, le pidieron que los encabezara en una guerra contra los Titanes, quienes eligieron al gigante Atlante como jefe, pues Crono había pasado ya de la flor de la vida. 


La guerra duró diez años, pero al final la Madre Tierra profetizó la victoria para su nieto Zeus si éste tomaba como aliados a aquellos a quienes Crono había confinado en el Tártaro; en consecuencia, se acercó secretamente a Campe, la vieja carcelera del Tártaro, la mató, le quitó las llaves y después de poner en libertad a los Cíclopes y a los gigantes de las cien manos, los fortaleció con comida y bebida divinas. En consecuencia los Cíclopes le dieron a Zeus el rayo como arma ofensiva, a Hades un yelmo que la hacía invisible, y a Posidón un tridente. Después de celebrar los tres hermanos un consejo de guerra. Hades se presentó invisible ante Crono para robarle sus armas; y mientras Posidón le amenazaba con el tridente, desviando de este modo su atención, Zeus lo derribó con el rayo. Los tres gigantes de las cien manos alzaron rocas y las arrojaron contra los demás Titanes y un grito súbito de la Cabra-Pan los puso en fuga. Los dioses los persiguieron. Crono y todos los Titanes vencidos, excepto Atlante, fueron desterrados a una isla británica del lejano oeste (o, según algunos, confinados en el Tártaro), bajo la guardia de los gigantes de las cien manos. No volvieron a perturbar la Hélade. A Atlante pese a ser su jefe de guerra, se le impuso un castigo ejemplar, ordenándole sostener el firmamento sobre sus espaldas; pero se perdonó a las Titánides, en atención a Metis y Rea. 

Zeus mismo instaló en Belfos la piedra que había vomitado Crono. Está todavía allí, se la unta constantemente con aceite y se ofrecen sobre ella hebras de lana destejida. 

Algunos dicen que Posidón no fue devorado ni vomitado, sino que Rea dio a Crono en lugar de él un potro, y lo ocultó entre las manadas de caballos. Y los cretenses, que son mentirosos, refieren que Zeus nace cada año en la misma cueva con un fuego centelleante y un chorro de sangre, y que cada año muere y lo entierran. 

Los Mitos Griegos. Robert Graves. 

martes, 1 de enero de 2019

LOS MITOS HOMÉRICO Y ÓRFICO DE LA CREACIÓN



Algunos dicen que todos los dioses y todas las criaturas vivientes  surgieron del Océano que circunda al mundo y que Tetis  fue la madre de todos sus hijos. Pero los órficos dicen que la Noche de alas negras, diosa por la que incluso Zeus sentía un temor reverente, fue cortejada por el Viento y puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad; y que Eros, a quien algunos llaman Fanes, salió de ese huevo y puso el Universo en movimiento. Eros tenía doble sexo y alas doradas y, como poseía cuatro cabezas, a veces mugía como un toro o rugía como un león, y otras veces silbaba como una serpiente o balaba como un carnero. La Noche, que le dio el nombre de Ericepayo y Protógeno Faetón vivía en una cueva con él y se manifestaba en forma de tríada: la Noche, el Orden y la Justicia. Delante de esa cueva se sentaba la ineludible madre Rea, tocando un tambor de latón para captar la atención de los hombres sobre los oráculos de la diosa. Panes creó la tierra, el cielo, el sol y la luna, pero la diosa triple gobernó el universo hasta que su cetro pasó a Urano. 

Robert Graves. Los Mitos Griegos. 


martes, 25 de diciembre de 2018

LAS CINCO EDADES DEL HOMBRE.




Algunos niegan que Prometeo creara a los hombres, o que algún hombre brotara de los dientes de una serpiente. Dicen que la Tierra los produjo espontáneamente, como el mejor de sus frutos, especialmente en la región del Ática, y que Alalcomeneo fue el primer hombre que apareció, junto al lago Copáis en Beocia, incluso antes que existiera la Luna. Actuó como consejero de Zeus, con ocasión de su querella con Hera, y como tutor de Atenea cuando ésta era todavía una muchacha.

Estos hombres constituían la llamada raza de oro; eran súbditos de Crono, vivían sin preocupaciones ni trabajo, comían solamente bellotas, frutos silvestres y la miel que destilaban los árboles, bebían leche de oveja y cabra, nunca envejecían, bailaban y reían mucho; para ellos la muerte no era más terrible que el sueño. Todos ellos han desaparecido, pero sus espíritus sobreviven como genios de los felices lugares de retiro rústicos, donantes de buena fortuna y mantenedores de la justicia.

Luego vino una raza de plata, comedora de pan, también de creación divina. Los hombres estaban completamente sometidos a sus madres y no se atrevían a desobedecerlas, aunque podían vivir hasta los cien años de edad. Eran pendencieros e ignorantes y nunca ofrecían sacrificios a los dioses, pero al menos no se hacían mutuamente la guerra. Zeus los destruyó a todos.

A continuación vino una raza de bronce, hombres que cayeron como frutos de los fresnos y estaban armados con armas de bronce. Comían carne y pan, y les complacía la guerra, pues eran insolentes y crueles. La peste terminó con todos.

La cuarta raza de hombres era también de bronce, pero más noble y generosa, pues la engendraron los dioses en madres mortales. Pelearon gloriosamente en el sitio de Tebas, la expedición de los argonautas y la guerra de Troya. Se convirtieron en héroes y habitan en los Campos Elíseos.

La quinta raza es la actual de hierro, indignos descendientes de la cuarta. Son degenerados, crueles, injustos, maliciosos, libidinosos, malos hijos y traicioneros.

Robert Graves. Los Mitos Griegos.





martes, 27 de noviembre de 2018

EL MITO OLÍMPICO DE LA CREACIÓN.



En el principio de todas las cosas la Madre Tierra emergió del Caos y dio a luz a su hijo Urano mientras dormía. Contemplándola tiernamente desde las montañas, él derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, y ella produjo hierbas, flores y árboles, con los animales y las aves adecuados para cada planta. La misma lluvia hizo que corrieran los ríos y llenó de agua los lugares huecos, creando así los lagos y los mares. 

Sus primeros hijos de forma semihumana fueron los gigantes de cien manos llamados Enarco, Giges y Coto. Luego aparecieron los tres feroces Cíclopes de un solo ojo, constructores de murallas gigantescas y maestros herreros, primeramente de Tracia y luego de Creta y Licia, a cuyos hijos encontró Odiseo en Sicilia. Se llamaban Brontes, Estéropes y Arges, y sus espíritus han vivido en las cavernas del volcán Etna desde que Apolo los mató en venganza por la muerte de Asclepio. 

Los libios, sin embargo, pretenden que Garamante nació antes que los cíclopes de cien manos y que, cuando surgió de la llanura, ofreció a la Madre Tierra un sacrificio de bellotas dulces.
Robert Graves. 
Los Mitos Griegos. 

domingo, 4 de noviembre de 2018

DOS MITOS FILOSÓFICOS DE LA CREACIÓN




Algunos dicen que al principio reinaba la Oscuridad y de la Oscuridad nació el Caos. De la unión entre la Oscuridad y el Caos nacieron la Noche, el Día; el Erebo y el Aire. De la unión de la Noche y el Erebo nacieron el Hado, la Vejez, la Muerte, el Asesinato, la Continencia, el Sueño, los Desvaríos, la Discordia, la Miseria, la Vejación, Némesis, la Alegría, la Amistad, la Compasión, las tres Parcas y las tres Hespérides. De la unión del Aire y el Día nacieron la Madre Tierra, el Cielo y el Mar. De la unión del Aire y la Madre Tierra nacieron el Terror, la Astucia, la Ira, la Lucha, las Mentiras, los Juramentos, la Venganza, la Intemperancia, la Disputa, el Pacto, el Olvido, el Temor, el Orgullo, la Batalla, y también Océano, Metis y los otros Titanes, Tártaro y las Tres Erinias o Furias. De la unión de la Tierra y el Tártaro nacieron los Gigantes.

De la unión del Mar y sus Ríos nacieron las Nereidas. Pero todavía no había hombres mortales, hasta que, con el consentimiento de la diosa Atenea, Prometeo, hijo de Jápeto, los formó a semejanza de los dioses. Para ello utilizó arcilla y agua de Panopeo en Fócide y Atenea les insufló la vida.

Otros dicen que el Dios de Todas las Cosas —quienquiera que pudiera haber sido, pues algunos lo llaman Naturaleza— apareció de pronto en el Caos y separó la tierra del cielo, el agua de la tierra y el aire superior del inferior. Después de desenredar los elementos los puso en el orden debido, tal como está en la actualidad. Dividió la tierra en zonas, unas muy calurosas, otras muy frías y algunas templadas; la moldeó en forma de llanuras y montañas, y la revistió con hierba y árboles. Sobre ella puso el firmamento rodante, al que tachonó con estrellas, y asignó posiciones a los cuatro vientos. Pobló también las aguas con peces, la tierra con animales y el cielo con el sol, la luna y los cinco planetas. Finalmente, hizo al hombre —quien, único entre todos los animales, alza su rostro hacia el cielo y observa el sol, la luna y las estrellas—, a menos que sea cierto que Prometeo, hijo de Jápeto, hizo el cuerpo del hombre con agua y arcilla, y que el alma le fue proporcionada por ciertos elementos divinos errantes que habían sobrevivido desde la Primera Creación.
Robert Graves. 
Los Mitos Griegos.


sábado, 27 de octubre de 2018

SÍSIFO.




Sísifo, hijo de Éolo, se casó con la hija de Atlante llamada Mérope, la Pléyade, quien le dio como hijos a Glauco, Ornitión y Sinón, y poseía un excelente rebaño de vacas en el istmo de Corinto.

Cerca de él vivía Autólico, hijo de Quíone, cuyo hermano mellizo Filammón fue engendrado por Apolo, aunque el propio Autólico consideraba como su padre a Hermes.

Ahora bien, Autólico era un experto en el robo, pues Hermes le había dado el poder de metamorfosear a cualquier animal que robaba quitándole los cuernos, o cambiándolo de negro en blanco, y viceversa. Por lo tanto, aunque Sísifo se daba cuenta de que sus rebaños disminuían constantemente en tanto que los de Autólico aumentaban, al principio no podía acusarle de robo; en consecuencia un día grabó en el interior de los cascos de todos sus animales el monograma SS, o, según dicen algunos, las palabras «Robado por Autólico». Esa noche Autólico procedió como de costumbre y al amanecer las huellas de los cascos a lo largo del camino proporcionaron a Sísifo una prueba suficiente para llamar a sus vecinos como testigos del robo. Fue al establo de Autólico, reconoció los animales robados por los cascos marcados, y, dejando a sus testigos para reconvenir al ladrón, entró en la casa y mientras seguía la discusión sedujo a Antíclea, hija de Autólico y esposa del argivo Laertes. Ella le dio como hijo a Odiseo, y la manera como fue concebido basta para explicar la sagacidad que mostraba habitualmente y su apodo «Hipsipilón».

Sísifo fundó Efira, llamada luego Corinto, y la pobló con hombres nacidos de hongos, a menos que sea cierto que Medea le regaló el reino. Sus contemporáneos le consideraban el peor bribón del mundo y sólo le concedían que promovía el comercio y la navegación de Corinto.

Cuando, a la muerte de Éolo, Salmoneo usurpó el trono de Tesalia, Sísifo, que era el heredero legítimo, consultó con el oráculo de Delfos, que le dijo: «Engendra hijos con tu sobrina; ellos te vengarán.» En consecuencia sedujo a Tiro, la hija de Salmoneo, la cual, al descubrir por casualidad que su motivo no era el amor por ella, sino el odio a su padre, mató a los dos hijos que le había dado. Sísifo fue entonces al mercado de Larisa [mostró los cadáveres, acusó falsamente a Salmoneo de incesto y asesinato] e hizo que lo desterraran de Tesalia.

Cuando Zeus raptó a Egina, el padre de ésta, el dios fluvial Asopo, fue a Corinto en su busca. Sísifo sabía muy bien lo que le había sucedido a Egina, pero no quiso revelar nada a menos que Asopo se comprometiera a abastecer a la ciudadela de Corinto con un manantial perenne. En conformidad, Asopo hizo que surgiera el manantial de Pirene detrás del templo de Afrodita, donde hay ahora imágenes de la diosa armada, del Sol y del arquero Eros. Entonces Sísifo le dijo todo lo que sabía.

Zeus, quien por muy poco había escapado a la venganza de Asopo, ordenó a su hermano Hades que llevase a Sísifo al Tártaro y le castigase eternamente por haber revelado los secretos divinos. Pero Sísifo no se intimidó: astutamente, puso a Hades unas esposas con el pretexto de aprender cómo se manejaban y en seguida se apresuró a cerrarlas. Así quedó Hades preso en la casa de Sísifo durante varios días, creando una situación imposible, porque nadie podía morir, ni siquiera los hombres que habían sido decapitados o descuartizados; hasta que al fin Ares, cuyos intereses quedaban amenazados, acudió apresuradamente, liberó a Hades y puso a Sísifo en sus garras.

Pero Sísifo tenía otra treta en reserva. Antes de descender al Tártaro ordenó a su esposa Mérope que no lo enterrara, y cuando llegó al Palacio de Hades fue directamente a ver a Perséfone y le dijo que, como persona que no había sido enterrada, él no tenía derecho a estar allí, sino que debían haberlo dejado en el otro lado del Estigia. «Permíteme volver al mundo superior —suplicó— para que arregle mi entierro y vengue el descuido cometido conmigo. Mi presencia aquí es sumamente irregular. Volveré dentro de tres días.» Perséfone se dejó engañar y le concedió lo que pedía. Pero tan pronto como Sísifo se encontró de nuevo bajo la luz del sol faltó a la promesa hecha a Perséfone. Por fin hubo que llamar a Hermes para que lo llevase de vuelta por la fuerza.

Quizá porque había agraviado a Salmoneo, o porque había revelado el secreto de Zeus, o porque había vivido siempre del robo y asesinado con frecuencia a viajeros confiados —algunos dicen que fue Teseo quien puso fin a la carrera de Sísifo, aunque generalmente esto no se menciona entre las hazañas de Teseo—, lo cierto es que se impuso a Sísifo un castigo ejemplar. Los Jueces de los Muertos le mostraron una piedra gigantesca —idéntica en su tamaño a la roca en que se había transformado Zeus cuando huía de Asopo— y le ordenaron que la subiera a la cima de una colina y la dejara caer por la otra ladera. Pero nunca ha conseguido hacer eso. Tan pronto como está a punto de llegar a la cima le obliga a retroceder el peso de la desvergonzada piedra, que salta al fondo mismo una vez más. Él la vuelve a tomar cansadamente y tiene que reanudar la tarea, aunque el sudor le baña el cuerpo y se alza una nube de polvo sobre su cabeza.

Mérope, avergonzada por ser la única Pléyade con un marido en el Infierno —y además criminal— abandonó a sus rutilantes hermanas en el firmamento nocturno y nunca se la ha vuelto a ver jamás. Y así como el lugar donde está la tumba de Neleo en el istmo de Corinto era un secreto que Sísifo se negó a revelar incluso a Néstor, así también los corintios se muestran igualmente reticentes cuando se les pregunta dónde fue enterrado Sísifo.

Robert Graves. Los Mitos Griegos.


sábado, 29 de septiembre de 2018

TESEO Y LAS AMAZONAS



Algunos dicen que Teseo tomó parte en la afortunada expedición de Heracles contra las Amazonas y recibió como su parte en el botín a su reina Antíope, llamada también Melanipa; pero que este no fue un destino tan desdichado para ella, como pensaban muchos, pues le había entregado la ciudad de Temiscira sobre el río Termodón, en prueba de la pasión que él había encendido ya en su corazón. 

Otros dicen que Teseo fue al país de las Amazonas algunos años más tarde, en compañía de Pirítoo y sus camaradas, y que las Amazonas, complacidas por la llegada de tantos guerreros apuestos, no les hicieron resistencia. Antíope salió a recibir a Teseo con regalos, pero tan pronto como subió a bordo de su nave, Teseo ordenó levar, anclas y la raptó. Otros más dicen que Teseo permaneció algún tiempo en Amazonia y agasajó a Antíope como su, invitada. Añaden que entre sus compañeros se hallaban tres hermanos atenienses, Euneo, Tóloas y Solunte, el último de los cuales se enamoró de Antípode, pero como no se atrevía a cortejarla directamente, pidió a Euneo que defendiera su causa. Antíope rechazó esos requerimientos, pero siguió tratando a Solunte con la misma cortesía que anteriormente, hasta que él se arrojó al río Termodonte y se ahogó Teseo no se enteró de lo que había sucedido y eso le afligió mucho. Recordando una advertencia que le había hecho el oráculo de Delfos en el sentido de que si alguna vez se sentía afligido en un país extraño debía fundar una ciudad y dejar en ella a algunos de sus compañeros para que la gobernasen, construyó Pitópolis, en honor de Apolo Pitio, y al río cercano le dio el nombre de Solunte. Dejó allí a Eunéo, Tóloas y un tal Hermo, noble ateniense a cuya primera residencia en Pitópolis se le llama ahora equivocadamente «Casa de Hermes». Luego se hizo a la mar con Antíope. 

La hermana de Antíope, Oritia, confundida por algunos con Hipólita, cuyo ceñidor obtuvo Heracles, juró vengarse de Teseo. Concluyó una alianza con los escitas y condujo una gran fuerza de amazonas a través del hielo del Bósforo Cimerio, cruzó el Danubio y pasó por Tracia, Tesalia y Beocia. En Atenas acampó en el Areópago e hizo un sacrificio a Ares, acontecimiento por el que, según dicen algunos, recibió ese nombre la colina; pero primeramente ordenó que un destacamento invadiera Laconia y disuadiera a los peloponeses de enviar refuerzos a Teseo por el istmo. 

Las fuerzas atenienses estaban ya formadas, pero ninguna de las dos partes se decidía a iniciar las hostilidades. Al fin, por consejo de un Oráculo, Teseo sacrificó a Fobo, hijo de Ares, y presentó batalla el día 7 del mes de Boedromión, fecha en que se celebran en Atenas los sacrificios llamados Boedromios; aunque algunos dicen que el festival ya había sido fundado en honor de la victoria que obtuvo Juto contra Eumolpo en el reinado de Erecteo. El frente de batalla de las Amazonas se extendía entre el lugar llamado ahora Amazonio y el Pnix, cerca de Crisa, El ala derecha de Teseo descendió desde el Museo y cayó sobre el ala izquierda enemiga, pero fue derrotada y tuvo que retirarse hasta el Templo de las Furias. Recuerda este episodio una piedra erigida al jefe local Calcodomte en una calle a cuyos lados se hallan las tumbas de los que murieron en el combate y que ahora lleva su nombre. Pero el ala izquierda ateniense atacó desde el Paladio, el monte Árdelo y el Liceo y obligó al ala derecha de las Amazonas a retirarse a su campamento, infligiéndoles muchas bajas. 

Algunos dicen que las Amazonas ofrecieron la paz sólo tras cuatro meses de dura lucha; el armisticio, jurado cerca del templo de Teseo, es conmemorado todavía con el sacrificio amazónico que se realiza en la víspera de su festival. Pero otros dicen que Antíope, ahora esposa de Teseo, peleó heroicamente a su lado, hasta que la mató una flecha disparada por una tal Molpadia, a la que Teseo dio muerte luego; que Oritía, con unas pocas compañeras, huyó a Megara, donde murió de pena y desesperación; y que las demás Amazonas, arrojadas del Ática por el victorioso Teseo se establecieron en Escitia. 

En todo caso, ésta fue la primera vez que los atenienses rechazaron a invasores extranjeros. Algunas amazonas que quedaron heridas en el campo de batalla fueron enviadas a Caléis para que las curaran. Antíope y Molpadia están enterradas en las cercanías del templo de la Madre Tierra, y una columna de barro señala la tumba de Antíope. Otras yacen en el Amazonio. Las Amazonas que cayeron cuando cruzaban la Tesalia están enterradas entre Escotusia y los Cinocéfalos, y unas pocas más cerca de Queronea, junto al río Hemón. En la región pírrica de Laconia unos altares señalan el lugar donde las Amazonas detuvieron su avance y dedicaron dos imágenes de madera a Artemis y Apolo; y en Trecén un templo de Ares conmemora la victoria de Teseo sobre este destacamento cuando trató de abrirse paso por el istmo a su regreso. 

Según un relato, las Amazonas entraron en Tracia por Frigia y no por Escitia, y fundaron el templo de Artemis Efesia mientras marchaban a lo largo de la costa. Según otro, se habían refugiado en ese templo en dos ocasiones anteriores, a saber, en su huida de Dioniso y después de haber vencido Heracles a la reina Hipólita; y sus verdaderos fundadores fueron Creso y Éfeso. 

La verdad respecto a Antíope parece ser que sobrevivió a esa batalla y que finalmente Teseo se vio obligado a matarla, tal como había predicho el oráculo de Delfos, cuando se alió con el rey Deucalión de Creta y se casó con su hija Fedra. La celosa Antíope, que no era su esposa legal, interrumpió las fiestas nupciales irrumpiendo en ellas completamente armada y amenazando con dar muerte a los invitados. Teseo y sus compañeros se apresuraron a cerrar las puertas y la mataron en un horrendo combate, aunque ella le había dado a él un hijo, Hipólito, llamado también Demofonte, y nunca había yacido con otro hombre. 

Robert Graves. 
Los mitos griegos. 




lunes, 20 de agosto de 2018

ALCIONE Y CEICE



Alcíone era hija de Éolo, guardián de los vientos, y Egialea. Se casó con Ceice de Traquis, hijo del Lucero del Alba, y fueron tan felices con su mutua compañía que ella se atrevió a llamarse a sí misma Hera y a su esposo, Zeus. Esto, como es natural, molestó a los olímpicos Zeus y Hera, quienes desencadenaron una tormenta sobre el barco en el que viajaba Ceice para consultar con un oráculo y le ahogaron. Su ánima se apareció a Alcione, quien, muy contra su voluntad, se había quedado en Traquis y en consecuencia, enloquecida por la pena, se arrojó al mar. Algún dios compasivo los transformó a ambos en martín pescador.

Ahora, cada invierno, la martín pescadora lleva a su macho muerto con grandes lamentos a su entierro y luego construye un nido muy compacto con las espinas de la ortiga de mar, lo lanza al mar, pone sus huevos en él y empolla sus polluelos. Hace todo eso en los Días del Alción, o sea, los siete que preceden al solsticio invernal y los siete que le siguen, mientras Éolo prohibe a sus vientos que agiten las aguas.

Pero algunos dicen que Ceice se transformó en una gaviota.

Robert Graves. 
Los Mitos Griegos.


domingo, 15 de julio de 2018

BÓREAS



Oritía, hija de Erecteo, rey de Atenas, y su esposa Praxítea, estaba un día bailando junto al río Iliso cuando Bóreas, hijo de Astreo y de Eos, y hermano de los Vientos del Sur y del Oeste, la llevó a una roca situada cerca del río Ergines, y allí, envuelto en un manto de nubes negras, la violó.

Bóreas amaba desde hacía mucho tiempo a Oritía y había solicitado repetidamente su mano, pero Erecteo lo rechazaba con vanas promesas, hasta que al fin, quejándose de que había perdido demasiado tiempo en palabras, Bóreas recurrió a su violencia natural. Sin embargo, algunos dicen que Oritía llevaba un cesto en la procesión anual de las Tesmoforias que asciende por la ladera de la Acrópolis hasta el templo de Atenea Folias, cuando Bóreas la tomó bajo sus alas atezadas y se la llevó sin que lo viera la multitud circundante.

La llevó a la ciudad de los cicones tracios, donde la hizo su esposa, y ella le dio dos hijos mellizos, Calais y Zetes, a los que les salieron alas cuando llegaron a la edad viril; también le dio dos hijas, Quíone, quien dio Eumolpo a Posidón, y Cleopatra, quien se casó con el rey Fineo, la víctima de las Harpías.

Bóreas tiene en vez de pies colas de serpiente y habita en una cueva del monte Hemo, en cuyos siete huecos tiene Ares sus caballos; pero se halla también en su elemento junto al río Estrimón.

En una ocasión, disfrazado como un semental de crin negra, cubrió a doce de las tres mil yeguas pertenecientes a Erictonio, hijo de Dárdano, que solían pacer en las praderas húmedas situadas junto al río Escamandro. De esa unión nacieron doce potrancas, que podían correr sobre espigas de trigo maduras sin doblarlas y sobre las crestas de las olas.

Los atenienses consideraban a Bóreas como su cuñado y, habiéndole invocado en una ocasión con buen éxito para que destruyera la flota de Jerjes, le construyeron un hermoso templo en la orilla del Ilisos.
Robert Graves. 
Los Mitos Griegos. 





lunes, 25 de junio de 2018

HERA Y SUS HIJOS.




Hera, hija de Crono y Rea, nació en la isla de Samos o, según algunos, en Argos, y la crió en Arcadia Temeno, hijo de Pelasgo. Las Estaciones fueron sus nodrizas. Después de desterrar a su padre Crono, el hermano gemelo de Hera, Zeus, fue a verla en Cnosos, Creta, o según dicen algunos, en el monte Tórnax (llamado ahora Montaña del Cuco) en Argólide, donde la cortejó, al principio sin éxito. Ella se compadeció del dios solamente cuando éste se disfrazó de cuco enlodado, y le calentó cariñosamente en su seno. Allí él reasumió inmediatamente su verdadera forma y la violó, y ella se vio obligada a casarse con él por vergüenza.

Todos los dioses asistieron a la boda con regalos, entre los que destacó el de la Madre Tierra, quien le regaló a Hera un árbol con manzanas de oro, que luego guardaron las Hespérides en el jardín que Hera poseía en el monte Atlas. Ella y Zeus pasaron su noche de bodas en Samos, y esa noche duró trescientos años. Hera se baña regularmente en la fuente de Canatos, cerca de Argos, y así renueva su virginidad.

De Hera y Zeus nacieron los dioses Ares, Hefesto y Hebe, aunque algunos dicen que Ares y su hermana gemela Eris fueron concebidos cuando Hera tocó cierta flor, y Hebe cuando tocó una lechuga, y que Hefesto también era su hijo partenogénito, prodigio que él no quiso creer hasta que la aprisionó en una silla mecánica con brazos que se cerraban alrededor del que se sentaba en ella, y así le obligó a jurar por el río Estigia que no mentía. Otros dicen que Hefesto era hijo suyo con Talos, el sobrino de Dédalo.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.


miércoles, 23 de mayo de 2018

EL ALFABETO.



Las tres Parcas o, según dicen algunos, Io, la hermana de Foroneo, inventaron las cinco vocales del primer alfabeto y las consonantes B y T; Palamedes, hijo de Nauplio, inventó las otras once consonantes, y Hermes redujo los sonidos a caracteres, utilizando formas cuneiformes porque, las grullas vuelan formando cuña, y llevó el sistema de Grecia a Egipto. Éste era el alfabeto pelasgo, que más tarde Cadmo llevó de vuelta a Beocia y que Evandro de Arcadia, un pelasgo, introdujo en Italia, donde su madre Carmenta formó los quince caracteres familiares del alfabeto latino.

Desde entonces agregaron otras consonantes al alfabeto griego Simónides de Sarrios y Epicarmo de Sicilia, y dos vocales, la O larga y la E breve, los sacerdotes de Apolo, de modo que la lira sagrada de éste tiene ahora una vocal para cada una de sus siete cuerdas.

Alfa era la primera de las dieciocho letras, porque alphe significa honor y alphainein es inventar, y porque el Alfeo es el más notable de los ríos. Además Cadmo, aunque cambió el orden de las letras, conservó a alfa en su lugar, porque aleph, en idioma fenicio, significa buey y Beocia es la región de los bueyes.
Robert Graves.

Los Mitos Griegos.

miércoles, 9 de mayo de 2018

ZEUS Y HERA.




Sólo Zeus, el Padre del Cielo, podía manejar el rayo y con la amenaza de su fulguración fatal dominaba a su familia pendenciera y rebelde del monte Olimpo. También ordenaba los cuerpos celestes, dictaba leyes, hacía cumplir los juramentos y pronunciaba oráculos. Cuando su madre Rea, previendo la perturbación que iba a causar su lujuria, le prohibió que se casara, el ,e amenazó airadamente con violarla. Aunque ella se convirtió inmediatamente en una serpiente amenazadora, eso no atemorizó a Zeus, quien se convirtió en una serpiente macho, se enroscó alrededor de Rea formando un lazo indisoluble y cumplió su amenaza. Fue entonces cuando inició su larga serie de aventuras amorosas. Engendró a las Estaciones y a las Tres Parcas en Temis, a las Carites en Eurínome; a las tres Musas en Mnemósine, con quien estuvo acostado durante nueve noches; y, según dicen algunos, a Perséfone, la Reina del mundo subterráneo, con quien se casó forzosamente su hermano Hades, en la ninfa Éstige. Por lo tanto, no carecía de poder ni sobre la tierra ni debajo de ella, y su esposa Hera sólo le igualaba en una cosa: en que todavía podía otorgar el don de la profecía a cualquier hombre o animal que desease.

Zeus y Hera altercaban constantemente. Ofendida por sus infidelidades, Hera humillaba a Zeus frecuentemente con sus intrigas. Aunque él le comunicaba sus secretos y a veces aceptaba sus consejos, nunca confiaba plenamente en Hera y ésta sabía que si le ofendía más allá de cierto punto él la azotaría y hasta descargaría un rayo sobre ella. Por lo tanto recurría a intrigas despiadadas, como en el caso, del nacimiento de Heracles, y a veces tomaba prestado el ceñidor de Afrodita para excitar su pasión y debilitar así su voluntad. Él afirmaba ahora ser el primogénito de Crono.

Llegó un tiempo en que el orgullo y el mal genio de Zeus se hicieron tan intolerables que Hera, Posidón, Apolo y todos los demás olímpicos, con excepción de Hestia, lo rodearon de pronto cuando dormía en su lecho y lo ataron con correas de cuero crudo, enlazadas en cien nudos, de modo que no pudiera moverse. Él les amenazó con matarlos al instante, pero ellos habían puesto el rayo fuera de su alcance y se rieron de él de modo insultante. Mientras los dioses celebraban su victoria y discutían celosamente quién iba a ser su sucesor, la Nereída Tetis, previendo uña guerra civil en el Olimpo, corrió en busca del gigante de cien manos Briareo, quien rápidamente desató las correas empleando todas sus manos al mismo tiempo, y liberó a su señor. Ya que Hera había encabezado la conspiración contra él, Zeus la colgó del firmamento con un brazalete de oro en cada muñeca y un yunque atado a cada tobillo. Las demás deidades estaban indignadísimas, pero no se atrevieron a liberarla a pesar de sus gritos lastimeros. Al final Zeus se decidió a ponerla en libertad si ellos juraban que no volverían a rebelarse contra él, cosa que hicieron todos ellos por turno y a regañadientes. Zeus, castigó a Posidón y Apolo enviándolos como siervos al rey Laomedonte, para quien construyeron la ciudad de Troya, pero perdonó a los demás por, haber actuado bajo coacción.
Robert Graves. Los Mitos Griegos.

jueves, 22 de marzo de 2018

REY MIDAS.




a. Midas, hijo de la Gran Diosa del Ida y de un sátiro cuyo nombre no se recuerda, era un rey amante de los placeres de Bromio, en la Macedonia, donde gobernaba a los brigios (llamados también mosquios) y tenía sus célebres jardines de rosas. En su infancia se observó una procesión de hormigas que transportaban granos de trigo por el costado de su cuna y los ponían entre sus labios mientras dormía, prodigio que los adivinos interpretaron como un presagio de la gran riqueza que acumularía; y cuando creció le instruyó Orfeo.

b. Un día, el libertino y viejo sátiro Sueno, que había sido pedagogo de Dioniso, se extravió del cuerpo principal del bullicioso ejército de Dioniso cuando éste pasaba de Tracia a Beocia y lo encontraron durmiendo su borrachera en los jardines de rosas. Los jardineros lo ataron con guirnaldas de flores y lo llevaron ante Midas, a quien hizo un relato maravilloso de un continente inmenso situado más allá del océano —completamente separado de la masa conjunta de Europa, Asia y África— y en el que abundaban las ciudades magníficas, pobladas por habitantes gigantes, felices y de larga vida y que gozaban de un notable sistema legal. Una gran expedición —de por lo menos diez millones de personas— se puso en otro tiempo en camino desde allí a través del océano para hacer una visita a los Hiperbóreos; pero al ver que el suyo era el mejor país que podía ofrecer el viejo mundo, se retiraron, asqueados. Entre otras maravillas. Sueno mencionó un remolino espantoso más allá del cual no puede pasar ningún viajero. Dos arroyos corren por las cercanías y los árboles que se alzan en las orillas del primero dan el fruto que hace llorar, gemir y desfallecer a quienes lo comen. Pero el fruto que dan los árboles que se alzan junto al otro arroyo renuevan la juventud incluso de los muy ancianos; en realidad, después de pasar hacia atrás por la edad madura, la juventud y la adolescencia, vuelven a ser niños y luego infantes, ¡y por fin desaparecen! Midas, encantado con las fábulas de Sueno, le agasajó durante cinco días y sus noches y luego ordenó que un guía le acompañara hasta la residencia de Dioniso.

c. Dioniso, que había estado preocupado por la suerte de Sueno, mandó que preguntaran a Midas cómo deseaba que se le recompensase. Midas contestó sin vacilar: «Te ruego me concedas que todo lo que toque se convierta en oro.» Pero no sólo las piedras, las flores y los muebles de su casa se convertían en oro, sino también, cuando se sentaba a la mesa, los alimentos que comía y el agua que bebía. Midas no tardó en suplicar que le eximiesen de su deseo porque se moría de hambre y de sed; Dioniso, muy divertido, le dijo que visitara la fuente del río Pactólo, cerca del monte Tmolo, y se lavase en ella. Midas obedeció e inmediatamente quedó libre del tacto de oro, pero las arenas del Pactólo siguen siendo doradas y brillantes aún en nuestros días.

d. Midas entró así en Asia con su séquito de brigios y le adoptó el rey frigio Gordias quien no tenía hijos. Cuando sólo era un campesino pobre, Gordias se sorprendió un día al ver a un águila real posarse en la vara de su carro de bueyes. Como parecía dispuesta a permanecer allí todo el día, condujo la yunta hacia Telmiso, en Frigia, ahora parte de Galacia, donde había un oráculo, digno de confianza, pero en la puerta de la ciudad se encontró con una joven profetisa que, cuando vio al águila todavía posada en la vara, insistió en que él ofreciera inmediatamente sacrificios a Zeus Rey.
Déjame que vaya contigo, campesino —dijo ella— para estar segura de que eliges las víctimas apropiadas.
No faltaba más —contestó Gordias—. Pareces ser una joven juiciosa y considerada. ¿Estás dispuesta a casarte conmigo?
Tan pronto como hayas ofrecido los sacrificios —replicó ella.

e. Entretanto, el rey de Frigia había muerto repentinamente, sin sucesión, y un oráculo anunció: «Frigios, vuestro nuevo rey se acerca con su novia, sentado en un carro de bueyes.» Cuando el carro entró en la plaza del mercado de Telmisa, el águila llamó inmediatamente la atención popular y Gordias fue aclamado unánimemente rey. En agradecimiento, dedicó el carro a Zeus, juntamente con su yugo, que había atado a la vara de una manera peculiar. Un oráculo declaró que quien descubriera cómo se podía desatar el nudo se convertiría en el señor de toda Asia. En consecuencia, el yugo y la vara fueron depositados en la acrópolis de Gordión, ciudad que había fundado Gordias, donde los sacerdotes de Zeus los guardaron celosamente durante siglos hasta que Alejandro de Macedonia cortó petulantemente el nudo con su espada.

f. Cuando murió Gordias, le sucedió en el trono Midas, quien promovió el culto de Dioniso y fundó la ciudad de Ancira. Los brigios que habían venido con él se llamaron en adelante frigios y los reyes de Frigia se han llamado alternativamente Midas y Gordias hasta el presente; por lo que al primer Midas se le ha llamado equivocadamente hijo de Gordias.

g. Midas asistió al famoso certamen musical entre Apolo y Marsias, arbitrado por el dios fluvial Tmolo. Tmolo concedió el premio a Apolo, quien, al ver que Midas discrepaba del veredicto, lo castigó con un par de orejas de asno. Durante largo tiempo Midas se las arregló para ocultar esas orejas bajo un gorro frigio, pero a su barbero, que se enteró de la deformidad, le fue imposible mantener el secreto vergonzoso, como le había ordenado Midas bajo pena de muerte. En consecuencia, cavó un hoyo en la orilla del río y, asegurándose antes de que no había nadie en los alrededores, murmuró: «¡El rey Midas tiene orejas de asno!». Luego llenó el hoyo y se alejó, en paz consigo mismo, hasta que brotó de la orilla una caña que susurraba el secreto a todos los que pasaban. Cuando Midas se enteró de que su desgracia era de conocimiento público, condenó a muerte al barbero, bebió sangre de toro y pereció miserablemente.
Robert Graves.
Los mitos griegos.


lunes, 12 de marzo de 2018

NATURALEZA Y HECHOS DE HESTIA



La gloria de Hestia consiste en que es la única de los grandes olímpicos que nunca interviene en guerras o disputas. Además, como Artemis y Atenea, ha resistido siempre todas las invitaciones amorosas de los dioses, Titanes y otros, pues después del destronamiento de Crono, cuando Posidón y Apolo surgieron como pretendientes rivales, juró por la cabeza de Zeus permanecer siempre virgen. Por ello Zeus, agradecido, le concedió la primera víctima en todos los sacrificios públicos80, pues había mantenido la paz del Olimpo.

Príapo, borracho, trató en una ocasión de violarla en una fiesta campestre a la que asistían los dioses, cuando todos se habían quedado dormidos por hallarse ahítos; pero un asno rebuznó fuertemente, Hestia se despertó, gritó al ver que Príapo estaba a punto de echarse sobre ella y le hizo huir corriendo presa de un terror cómico.

Es la diosa del Hogar y en todas las viviendas particulares y casas municipales protege a los suplicantes que acuden a ella en busca de protección. Hestia es objeto de una veneración universal, no sólo por ser la deidad más benigna, recta y caritativa de todas las olímpicas, sino también por haber inventado el arte de la construcción de casas; su fuego es tan sagrado que si se enfría un hogar, ya sea por accidente o en señal de duelo, se reavivan las llamas con la ayuda de una rueda de encender. Robert Graves. Los Mitos Griegos.


sábado, 3 de marzo de 2018

LAMIA.



Belo tenía una hermosa hija llamada Lamia que gobernó en Libia y a la que Zeus, agradecido por sus favores, otorgó la facultad singular de quitarse los ojos y volver a ponérselos a su voluntad. Le dio varios hijos, pero todo ellos, menos Escila, fueron muertos por Hera en un arrebato de celos. Lamia se vengó matando a los hijos de otros y obró con tanta crueldad que su rostro se convirtió en una máscara espantosa. Posteriormente se agregó al grupo de las Empusas yaciendo con jóvenes y chupándoles la sangre mientras dormían.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.

martes, 27 de febrero de 2018

HERMES, EL MENSAJERO DE LOS DIOSES. NATURALEZA Y HECHOS.



Cuando Hermes nació en el monte Cilene su madre Maya lo dejó envuelto en pañales en un bieldo, pero desarrollándose con una rapidez asombrosa se convirtió en un muchacho, y tan pronto como Maya volvió la espalda se escapó y fue en busca de aventuras. Llegó a Pieria, donde Apolo guardaba un hermoso rebaño de vacas, y decidió robarlas. Pero temiendo que lo descubrieran sus huellas, confeccionó rápidamente herraduras con la corteza de un roble caído y las ató con hierbas trenzadas a las pezuñas de las vacas, a las que luego condujo de noche por el camino. Apolo descubrió la pérdida, pero la treta de Hermes le engañó, y aunque fue hasta Pilos en su búsqueda hacia el oeste, y hasta Onquesto hacia el este, al final se vio obligado a ofrecer una recompensa por la captura del ladrón. Sueno y sus sátiros, ansiosos por obtener la recompensa, se diseminaron en diferentes direcciones para descubrirlo, durante largo tiempo sin conseguirlo. Finalmente, un grupo de ellos pasó por Arcadia y oyó el sonido sordo de una música como la que nunca habían oído hasta entonces, y la ninfa Cilene, desde la entrada de una cueva, les dijo que un niño de extraordinario talento había nacido allí recientemente y que ella le hacía de niñera. El niño había construido un ingenioso instrumento musical con la concha de una tortuga y algunas tripas de vaca, y con ese instrumento había arrullado a su madre para que se durmiera.

«¿Y quién le dio las tripas de vaca?», preguntaron los vigilantes sátiros al ver dos cueros extendidos fuera de la cueva. «¿Acusáis de robo al pobre niño?», preguntó a su vez Cilene, y cambiaron palabras duras.

En aquel momento se presentó Apolo, quien había descubierto la identidad del ladrón observando el comportamiento sospechoso de una ave de largas alas. Entró en la cueva, despertó a Maya y le dijo severamente que Hermes debía devolver las vacas robadas. Maya señaló al niño, todavía envuelto en sus pañales y que fingía dormir. «¡Qué acusación absurda!», exclamó. Pero Apolo había reconocido los cueros. Tomó a Hermes, lo llevó al Olimpo y allí le acusó formalmente del robo, mostrando los cueros como prueba. Zeus, poco dispuesto a creer que su hijo recién nacido era ladrón, le instó a que se declarase inocente, pero Apolo no estaba dispuesto a ceder y al final Hermes flaqueó y confesó.
Muy bien, ven conmigo —dijo— y tendrás tu rebaño. He matados sólo dos y las he dividido en doce partes iguales como sacrificio a los doce dioses.
¿Doce dioses? —preguntó Apolo—. ¿Y quién es el duodécimo?
Tu servidor, señor —contestó Hermes modestamente—. No comí más que mi parte, aunque tenia mucha hambre, y lo demás lo quemé debidamente. Ahora bien, éste fue el primer sacrificio de carne que se había hecho hasta entonces.

Los dos dioses volvieron al monte Cilene. donde Hermes saludó a su madre y recuperó algo que había dejado oculto bajo una piel de oveja.
¿Qué tienes ahí? —le preguntó Apolo.
En respuesta, Hermes le mostró la lira de concha de tortuga recién inventada por él, y utilizando el plectro, que también había inventado, tocó con ella una tonada tan arrebatadora, al mismo tiempo que cantaba en elogio de la nobleza, la inteligencia y la generosidad de Apolo, que éste le perdonó inmediatamente. Condujo al sorprendido y complacido Apolo a Pilos, tocando durante todo el camino, y allí le entregó lo que quedaba del ganado, que había ocultado en una caverna.
¡Hagamos un trato! —exclamó Apolo—. Tú te quedas con las vacas y yo con la lira.
De acuerdo —contestó Hermes, y se estrecharon las manos.

Mientras las vacas hambrientas pacían, Hermes cortó unas cañas, hizo con ellas una zampoña y tocó otra tonada. Apolo, complacido de nuevo, propuso:
Hagamos otro trato. Si me das esa zampoña yo te daré este cayado de oro con el que reúno mi ganado, y en el futuro serás el dios de todos los vaqueros y pastores.
Mi zampoña vale más que tu cayado —replicó Hermes—, pero haré el trueque si además me enseñas el augurio, porque parece ser un arte muy útil.
No puedo hacer eso —dijo Apolo—, pero si vas a ver a mis viejas nodrizas, las Trías que viven en el Parnaso, ellas te enseñarán a adivinar por medio de guijarros.

Volvieron a estrecharse las manos y Apolo llevó al niño nuevamente al Olimpo y le refirió a Zeus todo lo que había sucedido. Zeus advirtió a Hermes que en adelante debía respetar los derechos de propiedad y abstenerse de decir mentiras completas, pero no pudo por menos de sentirse divertido.
Pareces un diosecillo muy ingenioso, elocuente y persuasivo —le dijo.
Entonces, hazme tu heraldo, Padre —contestó Hermes— y yo me haré responsable de la seguridad de toda la propiedad divina y nunca diré mentiras, aunque no puedo prometer que diré siempre toda la verdad.
No te exigiría tanto —dijo Zeus, sonriendo—. Pero tus deberes incluirán la conclusión de tratados, la promoción del comercio y el mantenimiento de la libertad de tránsito de los viajeros por todos los caminos del mundo.
Cuando Hermes aceptó esas condiciones, Zeus le dio un báculo de heraldo con cintas blancas que todos debían respetar, un sombrero redondo para que se resguardara de la lluvia y sandalias de oro aladas que lo llevaban de un lado a otro con la rapidez del viento. Fue recibido inmediatamente en la familia olímpica, a la que enseñó el arte de hacer fuego haciendo girar rápidamente una varilla.

Luego las Trías enseñaron a Hermes a predecir el futuro mediante la danza de guijarros en una vasija de agua; él mismo inventó el juego de la taba y el arte de adivinar por medio de ella. Hades le tomó también como su heraldo, para llamar a los moribundos con suavidad y elocuencia, poniendo el báculo de oro sobre sus ojos.

Luego ayudó a las tres Parcas a componer el Alfabeto, inventó la astronomía, la escala musical, las artes del pugilato y la gimnasia, los pesos y medidas (que algunos atribuyen a Palamedes) y el cultivo del olivo.

Algunos sostienen que la lira inventada por. Hermes tenía siete cuerdas; otros que sólo tenía tres, de acuerdo con las estaciones, o cuatro, de acuerdo con los trimestres del año, y que Apolo aumentó el número a siete.

Hermes tuvo numerosos hijos, entre ellos Equión, el heraldo de los argonautas; Autólico, el ladrón; y Dafnis, el inventor de la poesía bucólica. Este Dafnis era un bello joven siciliano al que su madre, una ninfa, abandonó en un bosquecillo de laureles de la Montaña de Hera; de aquí el nombre que le dieron los pastores, sus padres adoptivos. Pan le enseñó a tocar la zampoña, Apolo le adoraba y solía cazar con Ártemis, a quien complacía su música. Prodigaba su cuidado de los numerosos rebaños de vacas, que eran de la misma raza que los de Helio. Una ninfa llamada Momia le hijo jurar que nunca le sería infiel bajo pena de quedar ciego, pero su rival, Quimera, se las ingenió para seducirle cuando estaba borracho y Momia le cegó en cumplimiento de su amenaza. Dafnis se consoló durante un tiempo con tristes canciones acerca de la pérdida de la vista, pero no vivió mucho tiempo. Hermes lo convirtió en una piedra, que se ve todavía en la ciudad de Cefalenitano, e hizo que brotara una fuente llamada Dafnis en Siracusa, donde se ofrecen sacrificios anuales.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.





jueves, 15 de febrero de 2018

MELAMPO.




El minia Melampo, nieto de Creteo, vivía en Pilos, Mesenia, y fue el primer mortal al que se concedieron los dones proféticos, el primero que practicó la medicina, el primero que edificó templos a Dioniso en Grecia y el primero que mezcló el vino con agua.

Su hermano Biante, por quien sentía gran afecto, se enamoró de su prima Pero, y eran tantos los pretendientes a su mano que su padre Neleo la prometió al hombre que pudiera ahuyentar de Milacas el ganado del rey Fílaco. Éste apreciaba ese ganado más que cualquier otra cosa del mundo, con excepción de su hijo único Ificlo, y lo guardaba personalmente con la ayuda de un perro que nunca dormía y al que nadie se podía acercar.

Ahora bien, Melampo entendía el lenguaje de las aves, pues le había limpiado los oídos, lamiéndoselos, una carnada agradecida de serpientes jóvenes a las que había librado de la muerte a manos de sus sirvientes y los cadáveres de cuyos padres había enterrado piadosamente. Además, Apolo, con quien se encontró un día en las orillas del río Alfeo, le enseñó a profetizar examinando las entrañas de las víctimas sacrificadas. Así fue cómo supo que quienquiera que tratase de robar el ganado de Fílaco lo recibiría como obsequio, pero sólo después de haber estado encarcelado durante exactamente un año. Como Biante estaba desesperado, Melampo decidió ir al establo de Fílaco en plena noche, pero tan pronto como intentó tocar una vaca el perro le mordió en la pierna y Fílaco, levantándose de un salto de la paja en que dormía, lo hizo encarcelar. Eso era, por supuesto, lo que esperaba Melampo.

En la tarde del día en que terminaba su año de encarcelamiento oyó Melampo a dos carcomas que hablaban en el extremo de la viga que se introducía en la pared sobre su cabeza. Una de ellas preguntó con un suspiro de cansancio:
¿Cuántos días de roer nos quedan todavía, hermana?
La otra, con la boca llena de polvo de madera, contestó:
Estamos progresando mucho. La viga caerá mañana al amanecer si no perdemos el tiempo en conversaciones inútiles.
Melampo gritó al oír eso:
¡Fílaco, Fílaco, te ruego que me traslades a otra celda! Aunque Fílaco se rió de las razones de Melampo, le trasladó a otra celda. Cuando la viga cayó en la hora predicha y mató a una de las mujeres que ayudaban a sacar la cama, la presciencia de Melampo dejó asombrado a Fílaco.
Te concederé la libertad y el ganado —le dijo— si curas de
la impotencia a mi hijo Ificlo.

Melampo accedió. Comenzó la tarea sacrificando dos toros a Apolo, y después de haber quemado los fémures con la grasa, dejó las reses muertas junto al altar. Poco después descendieron dos buitres y uno de ellos le dijo al otro:
Deben haber pasado varios años desde que estuvimos aquí la última vez. Fue cuando Fílaco castraba carneros y nosotros tuvimos nuestros gajes.
Lo recuerdo —dijo el otro— Ificlo que entonces era todavía un niño, vio que se le acercaba su padre con un cuchillo manchado con sangre y se asustó. Al parecer temía que le castrara también a él, porque se puso a gritar con todas sus fuerzas. Fílaco clavó el cuchillo en el peral sagrado que se alzaba aquí, para no perderlo, mientras corría a consolar a Ificlo. Ese susto explica la impotencia. ¡Pero Fílaco se olvidó de recoger el cuchillo! Allí está todavía, clavado en el árbol, pero la corteza ha cubierto su hoja y sólo se ve el extremo del mango.
En ese caso —observó el primer buitre— el remedio de la impotencia de Ificlo sería extraer el cuchillo, raspar el orín dejado por la sangre de carnero y administrárselo, mezclado con agua, durante diez días seguidos.
Estoy de acuerdo —declaró el otro buitre—. ¿Pero quién aún con menos inteligencia que nosotros, sería lo suficientemente sensato como para prescribir semejante medicina?

Así pudo Melampo curar a Ificlo, quien no tardó en engendrar un hijo llamado Podarces; y, habiendo reclamado primeramente el ganado y luego a Pero, entregó ésta, todavía virgen, a su agradecido hermano Biante.

Ahora bien, Preto, hijo de Abante, que reinaba en Argólide juntamente con Acrisio, se había casado con Estenebea, quien le dio tres hijas llamadas Lisipe, Ifínoe e Ifianasa, aunque algunos llaman a las dos menores Hipónoe y Cirianasa. Bien porque habían ofendido a Dioniso, o bien porque habían ofendido a Hera por haber incurrido excesivamente en amoríos, o robando el oro de su imagen en Tirinto, la capital de su padre, los dioses enloquecieron a las tres, que recorrían furiosas las montañas como vacas picadas por el tábano, conduciéndose de la manera más desordenada y atacando a los viajeros.

Cuando Melampo se enteró de eso fue a Tirinto y se ofreció a curarlas, con la condición de que Preto le recompesara con la tercera parte de su reino.
El precio es demasiado alto —replicó Preto bruscamente, y Melampo se retiró.
La locura se extendió a las mujeres argivas, muchas de las cuales mataban a sus hijos, abandonaban sus hogares y en su desvarío iban a unirse a las tres hijas de Preto, por lo que no había seguridad en los caminos y los rebaños de ovejas y el ganado vacuno sufrían fuertes pérdidas, porque las mujeres desenfrenadas descuartizaban a los animales y los devoraban crudos. Al ver eso Preto se apresuró a llamar a Melampo para decirle que aceptaba sus condiciones.
No, no —dijo Melampo—, así como ha aumentado la enfermedad, así también han aumentado mis honorarios. Dame a mí una tercera parte de tu reino y dale otra tercera parte a mi hermano Biante, y me comprometo a librarte de esa calamidad. Si te niegas, no quedará en su hogar una sola mujer argiva. Preto aceptó y Melampo le aconsejó:
Promete veinte bueyes rojos a Helio —yo te diré lo que debes decir— y todo andará bien.

En conformidad, Preto prometió los bueyes a Helio, con la condición de que sus hijas y las acompañantes de éstas se curasen, y Helio que lo ve todo, prometió inmediatamente a Artemis que le daría los nombres de ciertos reyes que no habían hecho sacrificios, con la condición de que convenciera a Hera para que anulara su maldición de las mujeres argivas. Ahora bien, Artemis había perseguido y dado muerte recientemente a la ninfa Calisto para complacer a Hera, por lo que no tuvo dificultad en ponerla de su lado en el asunto. Así es como se hacen las cosas tanto en el cielo como en la tierra: una mano lava a la otra.

Luego Melampo, ayudado por Biante y un grupo escogido de jóvenes fornidos condujeron a la desordenada multitud de mujeres de las montañas a Sición, donde se curaron de su locura, y luego las purificaron mediante la inmersión en un pozo sagrado. Como no encontraron a las hijas de Preto entre aquella chusma, Melampo y Biante fueron otra vez en su busca y persiguieron a las tres hasta Lusi en Arcadia, donde se refugiaron en una cueva que daba al río Estigia. Allí Lisipe e Ifianasa recuperaron su juicio y se purificaron, pero Ifínoe había muerto en el camino.

Melampo, se casó luego con Lisipe; Biante (cuya esposa Pero había muerto hacía poco) se casó con Ifianasa, y Preto recompensó a ambos de acuerdo con su promesa. Pero algunos dicen que el verdadero nombre de Preto era Anaxágoras.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos. 


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