jueves, 13 de noviembre de 2014

BRUSELAS, CIUDAD MERCANTIL.



Los burgueses, gente emprendedora y ambiciosa, consiguió (después de prolongadas disputas, conflictos y luchas armadas) escapar del férreo control que ejercían los Señores Feudales, que por otro lado, les consideraban una clase social inferior. Mientras la nobleza europea se dedicaba a la guerra y a dorar la píldora a sus reyes, los afanosos burgueses trabajaban, negociaban y levantaban ciudades de indeleble belleza y acusada idiosincracia. Como por ejemplo, Bruselas.

Bruselas, la ciudad de los gofres y de la cerveza, de la lluvia y de las patatas fritas, capital de Bélgica y corazón de la Unión Europea, fue, durante la Edad Media, una próspero emporio comercial.


Aunque no existen vestigios arqueológicos que lo corrobore, la fecha de fundación de la ciudad se ha establecido en el 979, cuando el Conde de Brabante construyó una fortaleza para defender el pequeño enclave comercial. Pero será a partir del siglo XII, momento en que los Condes de Brabante se instalan en el monte Coudeberg (actual Plaza Real) cuando Bruselas despegue y comience a desplegar todo su potencial. Se construyen iglesias, proliferan los talleres textiles, se intensifica la actividad mercantil y todo el entramado urbano es rodeado por una muralla.

Situada en una posición privilegiada, en la concurrida ruta comercial que unía Brujas con Colonia, Bruselas se convirtió en un destacado centro comercial. El comercio hace llegar dinero a espuertas. Y ese dinero se reinvierte en la ciudad, que va adquiriendo su original belleza, una sugerente simbiosis entre equilibrio y opulencia, que hacen de ella una de las ciudades más encantadoras y sugerentes de la Vieja Europa.


La ciudad, o mejor dicho sus comerciantes, participaron en las prestigiosas ferias de Champaña, y a finales del siglo XIII quedó integrada en la Liga Hanseática (precedente ahistórico del Mercado Común).

Las familias acomodadas, aquellas que se dedicaron a los paños y tapices se repartieron el poder municipal, dejando a un lado a obreros y artesanos. (Los burgueses veían a sus trabajadores, con el mismo desden que los nobles miraban a los burgueses. Extraña y cruel paradoja). Estos linajes consiguieron, a cambio de financiación o cualquier otra forma apoyo, una serie de privilegios políticos y económicos del Duque de Brabante, que les permitió, a través del control político de la ciudad, agrandar sus fortunas, aumentar sus riquezas y consolidar sus posiciones de privilegio. En ese sentio, en el año 1306 está documentada la existencia de Siete Linajes que formaba el Patriciado Urbano y regían los destinos de Bruselas. Por supuesto, como en todos los equilibrios de poder a lo largo de la historia, también hubo enfrentamientos y conflictos entre los grandes linajes.


En el siglo XIV, estos potentados instalaron su sede en un edificio situado en la plaza del mercado, que con el tiempo terminaría convirtiéndose en la Grand Place, el centro neurálgico de la capital belga.


Tejedores, bataneros, tintoreros y todos los trabajadores que estaban en la base de la cadena productiva, protagonizaron una serie de revueltas en contra de sus "jefes", exigiendo una mejora en sus condiciones laborales y una mayor participación en la vida política del municipio. En 1390 los linajes se vieron obligados a concederles el derecho a formar gremios, y poco después, en 1421, se aprobó la Constitución Municipal, vigente hasta los turbulentos años revolucionarios (1795), que repartía el poder municipal entre los Siete Linajes y los gremios. 


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