martes, 6 de octubre de 2015

LOS CRETENSES.

VIDA Y COLOR 2
(Colección de Cromos de 1968).


Las tierras que bordean el mar Egeo y las numerosas islas que lo salpican abandonaron la Prehistoria entre el tercer y el segundo milenio a.C. Hasta ese momento todos esos territorios estaban habitados por pueblos que desconocían el metal, utilizaban herramientas de piedra pulimentada, poseían unos pocos animales domésticos y practicaban una agricultura muy rudimentaria. Su entrada en la historia coincidió con la llegada de grupos y tendencias culturales desde Oriente, gracias a los fructíferos intercambios comerciales. La isla de Creta se convirtió en la cuna de una civilización esplendorosa cuyos destellos iluminaron los rincones más recónditos del mar Mediterráneo. Los arqueólogos han desenterrado palacios en Cnossos, Gurnia, Faistos y Mallia, cuya suntuosidad prueba el poderío alcanzado por quienes los edificaron. A partir de estos vestigios podemos entrever una civilización que se basaba en una economía sólida, dirigida por los propios monarcas y administrada por un gobierno perfectamente estructurado. La sociedad cretense fue de gustos refinados, como vemos en las pinturas murales que se han conservado, el deporte favorito de la aristocracia era una forma de tauromaquia que consitía en saltar por encima de la res, volteando el cuerpo con agilidad en el momento de producirse la embestida.


Las ciudades cretenses fueron edificadas en la cima de las colinas de la isla. En la cúspide se alzaba el palacio, morada del rey, de la corte y de los funcionarios que trabajaban para la administración. Este palacio se rodeaba de terrazas en las que se plantaban cipreses y olivas, y contaba también con graneros para almacenar trigo. La población artesana y mercantil vivía en casas de uno o dos pisos, agrupadas en barrios que se desparramaban por la ladera de la colina. Las fachadas de las casas eran muy simples y presentaban una decoración formada porfranjas de colores oscuros. En cada área de la ciudad se agrupaban los trabajadores de una profesión determinada (barrios de campesinos, de mercaderes, de artesanos). El núcleo urbano estaba cercado por un recinto de murallas, al exterior de las cuales, en la llanura se extendían campos de cultivo, viñedos y olivares.


Conocemos muchos elementos de la religión cretense, pero muy poco acerca de su significado. Se han hallado numerosas figurillas de toros, imágenes femeninas y hachas de doble filo. Lamentablemente desconocemos los significados que los habitantes de la isla daban a tales representaciones. Lo que si parece seguro es que los cretenses adoraban a una diosa madre, de la cual dependía la fertilidad de los campos y la continuidad de la especia humana. Se trataba de una religión naturista propia de un pueblo de pastores y campesinos que buscaban ganar el favor de un ser supremo y conseguir así la prosperidad. En los ritos cretenses, el culto tenía un papel fundamental la sacerdotisa, cuya imagen fue plasmada por pintores y escultores de Creta. En la lámina podemos ver a una mujer que realiza extrañas ceremonias empuñando en cada mano una serpiente, animal que al igual que la paloma y el toro se consideraba sagrado.


El cretense, como el del retrato, obligado por las circunstancias, llevaba una vida nómada y aventurera. Gran parte de la población de la isla estuvo encuadrada en el ejército real y tomó parte en numerosas campañas que tuvieron por escenario los territorios del mar Egeo. Los griegos del siglo V mantenían vivo el relato de sus gestas, Tucídides escribe: “Minos es el personaje más antiguo conocido por la tradición. Tuvo una flota poderosa con la que conquistó casi todo el mar que hoy es grigo, estableció su dominio en las Cícladas y fundó colonias en ellas, expulsó a los carios y puso como jefes de los territorios conquistados a sus propios hijos. Trabajó con todas sus fuerzas para purgar el mar de piratas y asegurar así la recogida de sus impuestos”. El guerrero cretense, especialista en el combate naval y la lucha en tierra firme, recorrió todas las islas egeas y las sometió a la voluntad de su rey.


La talasocracia – o dominio del mar – establecida por los cretenses les abrió todos los puertos comerciales del antiguo Oriente y les proporcionó pingües beneficios a través del fluido intercambio comercial de los productos. Los navíos mercantes arribaban frecuentemente a los puertos egipcios en la época del Imperio Nuevo, y a cambio de vino, aceite, cerámica y metales labrados, los cretenses obtenían papiro, vasos de alabastro, esclavos, plantas medicinales y objetos de adorno personal, como collares, brazaletes o diademas con las que se engalanaban las mujeres de la aristocracia.


La expansión cretense alcanzó la península de los Balcanes, en la que acababan de irrumpir una serie de pueblos procedentes del Danubio, que conocemos por el nombre de Aqueos. Su asentamiento en estas tierras se consiguió a costa de la destrucción de algunas ciudades, utilizando para ello una nueva arma de guerra: el caballo. Hacia el 1800 a.C. cretenses y aqueos compartían pacíficamente la isla de Melos, en la que existían importantes yacimientos de obsidiana. La fusión entre los recién llegados desde Grecia y la población cretense se realizó poco a poco, pacíficamente. Los jinetes aqueos, divididos en diminutos principados, reconocieron la soberanía cretense y comenzaron a admirar los logros de su refinada civilización.


Como no podía ser de otra manera, la coexistencia pacífica entre cretenses y aqueos no fue duradera. Los recién llegados construyeron ciudades fortificadas – como Micenas y Tirinto – y prepararon a toda su población para hacer la guerra. La sociedad aquea estaba dirigida por una aristocracia militar que vivía en palacios fortificados, que incluso poseían un sistema de conducción de aguas. Los artesanos aqueos se especializaron en el arte bélico, y consiguieron perfecionar la espada, dando a su hoja mayor longitus y corte para que pudiera utilizarse como estoque y como sable, y también crearon un poderoso carro de guerra tirado por cuatro caballos. Estos dos elementos dieron a los aqueos la superioridad militar suficiente para acometer la conquista de Creta.


Las circunstancias geográficas del mundo egeo obligaron a sus habitantes a especializarse en las artes de la mar. La hegemonía cretense se basó en una flota bien armada y pilotada por expertos marinos. Por otro lado, en los puertos era necesaria la existencia de astilleros, donde los carpinteros se dedicaban a construir y a reparar navíos comerciales, de pesca y de guerra. Cada tipo de navío tenía características especiales de acuerdo a su función: para el comercio se necesitaban barcos con grandes bodegas, para la guerra bajeles velocres y para la pesca pequeñas embarcaciones que permitiesen fondear en las playas y adentrarse por los estrechos pasos. Tras la destrucción de las ciudades cretenses, el Mediterráneo se convirtió en un mar fenicio.


A través del arte conocemos el aspecto que debían tener algunas ceremonias religiosas. La lámina reproduce una procesión ritual celebrada en el palacio de Cnossos. Un sacerdote que enarbola una palma abre la comitiva, seguido de varios músicos semidesnudos, mientras el público se agolpa en la terraza de palacio. La ceremonia tendría como finalidad festejar la recogida de la cosecha de cereales o de aceitunas. Homero, en la Ilíada describe una de estas ceremonias, a las que tan aficionados eran los miembros de la aristocracia: “Los mancebos y las vírgenes...de las manos cogidos danzaban y se divertían. Ellas iban vestidas con telas sutiles de lino, y ellos con túnicas muy bien tejidas brillantes de aceite; muy hermosas guirnaldas ceñían las frentes de aquéllas, dagas de oro y tahalíes de plata llevaban los jóvenes....”


El habitante de la isla supo sacar el máximo provecho del mar que le rodeaba por todas partes. La pesca fue una actividad económica de primer orden, en la que se especializó buena parte de la población isleña. Se practicó con redes, ya fuera en el litoral o en mar adentro, por medio de embarcaciones de vela y remo, que formaban flotillas muy numerosas. Todas las especies de peces que viven en el Mediterráneo fueron capturadas por los cretenses que aprendieron a adobarlas o salarlas en grandes tinajas, un sistema que aseguraba una conservación prácticamente indefinida. En lugares poco profundos expertos buceadores practicaban la pesca de esponjas.


En sus travesías los barcos cretenses, dominadores del Mare Nostrum, eran seguidos de cerca por bandas de delfines que brincaban sobre las olas mientras esperaban los suculentos desperdicios que los marineros tiraban por la borda. Este espectaculo de cetáceos voladores entusiasmó a los navegantes, que quisieron inmortalizar la escena en los muros de las casas. Los pintores cretenses elaboraron maravillosos frescos policromos en los palacios, reproduciendo con maestría y fidelidad a los delfines en su hábitat. Los delfines que decoran el palacio de Cnossos siguen sorprendiendo por su dinamismo: el delfín en movimiento, con su cola en forma de media luna, la aleta erguida sobre el lomo oscuro y el simpático morro picudo. A los antiguos cretenses estos frescos ejecutados con vivos colores sobre la pared les tuvo que sugerir una imaginaria ventana abierta al mar.


FÍBULA CELTIBÉRICA.



Fíbula con adorno espiraliforme confeccionada en bronce datado en la Edad del Hierro y procedente de El Castillejo (Castilfrío de la Sierra). Está vinculado a la cultura celtibérica antigua, entre los siglos VI – V a.C.  

lunes, 5 de octubre de 2015

STRADA NICOLAE BALCESCU DE SIBIU.



A menudo, cuando paseamos por las vetustas ciudades de la Vieja Europa, arrastrados por el gentío y atrapados por el ritmo que marca la urbe (a veces pausado, a veces vertiginoso), no somos conscientes de la antigüedad y la historia de algunas de sus calles (estradas, avenidas, bulevares o rúas). La calle Nicolae Balcescu, completamente peatonalizada, es la más transitada e importante del casco histórico de Sibiu, en Transilvania.



Esta calle fue trazada en 1492 cuando se estaba trabajando para acondicionar la Ciudad Alta, y recibía el nombre de Platea Haltensis. No obstante su remoto origen, muchas de las casas y edificios, en un cuidado estilo clásico, son del siglo XIX. Hoy día es la calle más animada de Sibiu, a la que abren sus puertas (y escaparates) tiendas, hoteles y restaurantes, donde antes había almacenes, talleres de artesanos y tabernas, y a pesar del paso del tiempo, y las reformas sufridas, sigue comunicando dos de los espacios públicos más destacados de la ciudad, la Piata Unirii y la Piata Mare.  

FENICIOS.

VIDA Y COLOR 2
(Colección de Cromos de 1968).


Dos milenios antes del nacimiento de Cristo, la llanuras de la Costa Sirio-Palestina comenzaron a poblarse densamente y nacieron pequeñas ciudades autónomas rodeadas por campos de cultivo. Los habitantes de estas tierras eran cananeos, y los griegos les dieron el nombre de Fenicios. Ante la creciente inestabilidad política de la región que provocaban las invasiones que asolaron Próximo Oriente, surgieron en el país ciudades edificadas en lugares fáciles de defender, en islas próximas a la costa, como Tiro, o en promontorios, como Biblos y Sidón. El cotidiano contacto de sus moradores con el mar Mediterráneo insufló en los fenicios una clara vocación marinera y aventurera. Poco a poco la primitiva navegación de cabotaje se fue transformando en una arriesgada navegación de altura, que llevó a los fenicios a dominar todo el Mediterráneo hasta el estrecho de Gibraltar. Es muy probable que aprovechasen la decadencia de los pueblos que habitaban las islas del Egeo y los micénicos, para controlar los mercados de Egipto, Chipre y Asia Menor, y lanzarse a fundar factorías en el Norte de África, la Península Ibérica y las islas del Mediterráneo Occidental. 


A pesar de las prosperidad de sus ciudades, los fenicios carecieron de un arte con personalidad propias. No obstante la continua acumulación de riqueza hizo posible contratar a múltiples artistas extranjeros – arquitectos, pintores o escultores -. Por otro lado, los dinámicos marineros fenicios, acostumbrados como estaban a visitar países diversos, aprendieron a apreciar las artes de otros pueblos, en especial las de Egipto y Chipre. En definitiva el arte que podemos considerar propiamente fenicio se nutrió de una serie de variopintas influencias. 


Las casas estaban decoradas por pinturas murales ejecutadas con tonos vivos, como muestra la lámina y reproducían motivos ornamentales complicados y caprichosos. Un adorno compuesto por volutas coronadas por una especie de flor de loto que recuerda las obras egipcias. Los faraones egipcios importaban cedros de los Montes del Líbano en grandes cantidades y pagaban las mercancía con oro u otros objetos artísticos. Tanta fue la influencia egipcia que era frecuente que los personajes importantes se enterrasen en bellos sarcófagos de piedra tallados en el país del Nilo.


Este personaje con su barbita recortada y mirada avispada es un comerciante fenicio que sabe escribir con unos signos muy simples mediante los cuales puede extender recibos de la mercancía vendida, sellar contratos o listar todo cuanto posee. La forma de escribir de los fenicios fue imitada en muchos puntos del Mediterráneo y de ella deriva nuestro abecedario. A los fenicios se debe uno de los descubrimientos más trascendentales para la historia de la Humanidad: el alfabeto. 


La mujer fenicia presenta bellas facciones, grandes ojos oscuros y labios carnosos. Su cabello era moreno, y según la Biblia, las mujeres cananeas tenían costumbres disolutas y adoraban a una gran multitud de dioses paganos. Un de estas mujeres, que pertenecía a la realeza, huyó de su país al ser asesinado su esposo Aquerbas y fundó la ciudad de Cartago, que al correr del tiempo se convirtió en la capital de un próspero emporio comercial. 


Las empresas marineras de los fenicios nunca tuvieron un carácter militar. Su interés en tierras extrañas se limitaba a la fundación de una factoría comercial, emplazada normalmente en un lugar aislado que fuera fácil de defender y desde la que se pudiesen realizar intercambios de productos indígenas. Las operaciones de intercambio se hacían mediante el comercio silencioso: los fenicios depositaban en la playa sus mercancías y se retiraban. Luego los aborígenes las observaban y ponían junto a ellas la cantidad de oro, o cualquier otro metal precioso, que consideraban justo. Si los fenicios veían que el trato era satisfactorio, recogían los bienes y los embarcaban en sus naves para transportarlos a nuevos mercados. 


La necesidad de una gran flota comercial obligó a los fenicios a disponer de numerosos artilleros en los que trabajaban miles de carpinteros. La materia prima, es decir la madera, la obtenían de los cercanos bosques de cedros situados en las tierras del Líbano. Tal era la calidad de esta madera, que se exportaba en ingentes cantidades a Egipto, a Judea y a otros estados del mundo antiguo. Los carpinteros navales fenicios ganaron merecida fama, pues sus barcos, soportaban fácilmente las tempestades. Por otra parte la flota fenicia participó en numerosas campañas militares, normalmente como aliados o como mercenarios de otros reinos. 


Además del comercio, los fenicios destacaron en la metalurgia. Sus expediciones les proporcionaron grandes cantidades de mineral en bruto de calidad: la isla de Chipre y el desierto del Negev suministraban cobre, de Asia Menor, la Península Ibérica y ls islas Casitérides, obtenían estaño, oro y plata. La fundición de todos estos metales, y su aleación se realizaban en enormes factorías que poseían hornos, crisoles y almacenes donde se custodiaban los lingotes. Estos lugares eran vigilados con celo y su existencia se mantenía en el mayor de los secretos. Los artesanos fenicios transformaban estas materias primas en objetos manufacturados que alcanzaban altos precios en los mercados. Los broncistas de la ciudad de Tiro gozaban de fama y reputación.


Además de los trabajadores del metal y los constructores de barcos, Fenicia contaba con numerosos artesanos que fabricaban los objetos destinados al consumo interior o a la exportación. Todos ellos llevaban una existencia sedentaria entre sus casas y sus talleres, en ciudades y aldeas. Las cerámicas eran muy cotizadas en todo el mar Mediterráneo. 


Sobre el trabajo del marfil también ejercieron los fenicios su monopolio. La materia prima les llegaba desde muy lejos, tras pasar por las manos de múltiples intermediarios, encareciéndose siempre, y recorrer miles de kilómetros por los medios de transporte más variados. Los colmillos de elefante procedían del África Negra, de las lejanas regiones del sur del Sudán. Debido a la dificultad con que se obtenía, el marfil era un producto de lujo sólo al alcance de los bolsillos de los más potentados. Los escultores elaboraban pequeñas placas decoradas con figuras de animales o de dioses que se colocaban en las paredes de las viviendas aristocráticas.


El pavo real, de la familia de los faisánidas, una de las aves más espectaculares del mundo, por su plumaje suntuoso y multicolor era muy apreciado entre los fenicios. Éstos los utilizaron para decorar los jardines de sus palacios, convirtiéndola en ave doméstica, de tal forma que pronto se convirtió en una lucrativa actividad económica, encaminada a la venta de sus vistosas plumas. 






domingo, 4 de octubre de 2015

DUC ANTOINE DE LORRAINE.



Antonio de Lorena, hijo de René II, fue duque de Lorena desde la muerte de su padre hasta 1544. Educado en la corte real francesa apoyó al rey Francisco I al que acompañó en las campañas militares en Italia, aunque posteriormente se mantuvo al margen de las disputas entre el rey francés y el emperador Carlos V. Eso sí cerró puertas a la entrada del Luteranismo en sus territorios. Su escultura ecuestre adorna la Portada del Palacio de los Duques de Lorena en la antigua capital, Nancy.  

TØNDER.



Tønder, en la región meridional del país, presume de ser una de las ciudades más antiguas de Dinamarca. La pequeña Tønder emergió en la historia como una enclave portuario hacia el año 1100 y consiguió convertirse en un destacado centro comercial situado en el delta del río Vidaen. La importancia de la población resulta más que evidente, si tenemos en cuenta que recibió carta de municipio en 1243, cuando la “época vikinga” era un solo recuerdo. Sus habitantes presumen de ser los vecinos más antiguos del país.


A lo largo de la Edad Media, Tønder desempeñó un destacado rol comercial, basado en el grano y las manufacturas, y el hecho decisivo de su buena comunicación con el mar del Norte, contribuyendo al desarrollo de esta pequeña y animada localidad.


La iglesia – Kristkirke – pasa por ser el edificio más emblemático y destacado del casco antiguo. Fue construída a finales del siglo XVI sobre las ruinas de un templo anterior demolido, del que sigue conservando la torre.


En la actualidad el centro de la ciudad está caracterizado por muchas casas de los siglos XVII y XVIII muy bien conservadas. 


Las cubiertas a dos aguas de sus edificios se funden con la Naturaleza, dibujando un entorno idílico para la vida, el sosiego y la paz junto al bosque y el río. 







sábado, 3 de octubre de 2015

PIERRE D'AUBURSSON



Maestre de la Orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, Cardenal de la Iglesia Católica, su tenacidad le hicieron merecedor del título de “Escudo de la Cristiandad” y su capacidad organizativa demostró a todo Occidente que el Turco no era invencible. Pierre d'Aubursson dirigió con eficacia la defensa de la Isla de Rodas, asediada por las imparables turcos de Mehmet II. El maestre convocó en la isla mediterránea a todos los miembros de su orden, que una vez allí juraron morir antes que rendirse. Tras dos meses de duros combates, la armada turca tuvo que retirarse. Italia, el siguiente objetivo de la Sublime Puerta se había salvado. 

LUCERNA ÁTICA DEL MAN.



Esta lucerna ática expuesta en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid) procede de la necrópolis púnica de Puig des Molins (Ibiza). Está datada en el siglo V a.C. Y es de importación griega.  

CARNE



El campo abierto utilizó como reclamo otro recurso. En la selva los animales suelen ser pequeños, furtivos, difíciles de avistar. Pero la sabana rebosaba de manadas bien visibles. De vez en cuando un grupo de australopitécidos armados de palos se encontraría con una cría de gacela o antílope, apartada de la protección materna; la rodearían, se harían con ella y se la comerían. En ocasiones, tropezarían también con los restos de un animal de mayor tamaño, muerto por causas naturales o por los depredadores felinos que vivían a costa de las manadas. Silbando y aullando al tiempo que blandían los palos, ahuyentarían a los buitres y chacales, y se precipitarían sobre la carne putrefacta, que arrancarían a pedazos. Después se dirigirían a la arboleda más cercana, dispuestos a abandonarlo todo y buscar el refugio de las ramas en el caso de que regresasen los felinos e interrumpiesen la comida.

Confieso que no existe ninguna prueba de que hayan sucedido alguna vez estos acontecimientos. Pero el comportamiento de los chimpancés y de otros primates, así como las preferencias dietéticas de nuestra especie, dejan pocas dudas sobre la especial afición a la carne de los australopitécidos. Además, como animales moradores de la sabana y usuarios de herramientas, disponían de una desarrollada capacidad y de múltiples oportunidades, tanto para alimentarse de carroña como para cazar. En cuanto a buscar el refugio de los árboles, contamos con la prueba fósil de los dedos curvos en pies y manos, y de los brazos largos y piernas cortas al estilo de los miembros de los chimpancés.

Hasta hace poco los científicos pensaban que los monos y los simios eran estrictamente vegetarianos. Pero después de meticulosas observaciones en estado natural, los primates han resultado ser omnívoros en su mayor parte. Al igual que los humanos, comen lo mismo vegetales que alimentos de origen animal. Al ser criaturas más bien pequeñas, los monos, por necesidad, se alimentan principalmente de insectos en lugar de caza. Una cantidad significativa de los insectos que comen es simplemente un resultado natural de su consumo de hojas y frutas. Cuando se topan con una hoja con un gorgojo envuelto en ella o un higo con gusano, no escupen el intruso. Si acaso, escupen la hoja o la fruta, práctica que origina una lluvia pertinaz de alimentos de origen vegetal a medio masticar mientras la tropa avanza de árbol en árbol.

Como sucede entre la mayoría de las poblaciones humanas, los monos sólo comen generalmente pequeñas cantidades de alimentos de origen animal en comparación con los de origen vegetal. No es asunto de elección, sino que obedece a las dificultades que han de afrontar los monos para conseguir un suministro regular de carne. Estudios realizados en Namibia y Botswana muestran que los babuinos dejarán de comer prácticamente todo lo demás si abundan los insectos. Las sustancias de origen animal se sitúan en primer lugar de sus preferencias; en segundo, las raíces, semillas, frutas y flores; y en tercer lugar, las hojas y la hierba. En algunas épocas del año destinan a los insectos el 75 por ciento del tiempo que dedican a comer. Algunas especies de monos de gran tamaño no se limitan a los insectos: también cazan piezas pequeñas. Mi reconstrucción del modo de vida de los australopitécidos adquiere plausibilidad por el hecho de que los cazadores más consumados de entre los monos parecen ser los babuinos, que viven a ras de tierra en campo abierto. Durante un año de observación en Gelgil (Kenia), Robert Harding observó que los babuinos habían matado y devorado cuarenta y siete vertebrados pequeños. Las crías de gacela y de antílope constituían las presas más corrientes. Si un simple babuino es capaz de capturar crías de gacela y de antílope, los primeros australopitécidos no pueden haber sido menos capaces.

Entre los primates no humanos existentes, los chimpancés son los consumidores de carne más apasionados. Sólo el tiempo y los esfuerzos que dedican a comer termitas y hormigas sugieren ya el grado de su afición por la carne. No olvidemos las dolorosas mordeduras y picaduras a que se exponen para conseguir estos bocados exquisitos. Tampoco limitan los chimpancés su búsqueda de carne a la caza de hormigas y termitas. Cazan y comen por lo menos veintitrés especies de mamíferos, entre ellos varias clases de monos y babuinos, gálagos, gamos, potamóceros, cefalofinos, ratones, ratas, ardillas, musarañas, mangostas y damanes. Asimismo, matan y devoran crías de chimpancé e incluso bebés humanos si se presenta la ocasión. En Gombe, en el transcurso de una década, los observadores presenciaron el consumo de noventa y cinco animales pequeños, en su mayoría crías de babuino, chimpancé y potamócero. Este no es sino un recuento parcial, por cuanto los chimpancés consumieron otros animales sin ser vistos por los observadores. En conjunto, los chimpancés de Gombe dedicaron cerca del 10 por ciento de su tiempo de alimentación a buscar y consumir caza.

Generalmente, los chimpancés cazan en grupo y comparten la presa con los demás. Si un chimpancé no encuentra con quien juntarse, abandonará la caza. Durante todo el proceso de matar, distribuir y consumir las presas, muestran un entusiasmo y un nivel de interacción social inusuales. Durante la caza, entre tres y nueve chimpancés tratan de rodear a la presa, moviéndose de un lado a otro por espacio de una hora para cerrar las posibles vías de escape.

Tanto las hembras como los machos cazan y comen carne. Durante un período de ocho años, entre 1974 y 1981, las hembras capturaron o robaron, y después devoraron, al menos una parte de cuarenta y cuatro presas, sin contar veintiún presas más, a las cuales atacaron o cogieron sin poder luego sujetarlas. Los machos cazaron más que las hembras y comieron más carne. Los chimpancés sólo comparten de vez en cuando los alimentos de origen vegetal, pero siempre comparten la carne, excepto si la presa la captura un chimpancé solitario en la selva. Compartir la carne es con frecuencia resultado de ruegos persistentes. El suplicante pone la mano extendida debajo de la boca del poseedor de la carne o separa los labios del compañero que la esté masticando. Si falla la táctica, el suplicante tal vez comience a gimotear y a expresar rabia y frustración. Van Lawick-Goodall describe cómo un chimpancé joven llamado míster Worzle se agarró un gran berrinche cuando Goliat, un macho dominante, se negó a compartir con él el cadáver de una cría de babuino. Míster Worzle siguió a Goliat de rama en rama, con la mano extendida y gimoteando. «Cuando Goliat apartó la mano de Worzle por enésima vez, el macho de rango inferior... se tiró de la rama, gritando y golpeando salvajemente la vegetación circundante. Goliat lo miró y, después, con gran esfuerzo [empleando manos, dientes y un pie], partió su presa en dos y dio los cuartos traseros a Worzle.» Retorno al Génesis africano Los chimpancés son cazadores antes que carroñeros por una sencilla razón: en la selva hay menos restos de grandes animales muertos y es más difícil encontrarlos. Teniendo en cuenta los enormes rebaños que pastaban en las sabanas, los primeros australopitécidos fueron probablemente carroñeros antes que cazadores. Sus palos de escarbar no eran lo bastante afilados y recios como para perforar la epidermis de ñus, antílopes, cebras o gacelas. Desprovistos de colmillos y herramientas de cortar, no podían de ninguna manera atravesar pieles duras y alcanzar la carne, aunque consiguiesen de un modo u otro matar algún adulto. Alimentarse de carroña resolvía estos problemas. Los leones y otros depredadores rendían el servicio de matar y desgarrar el animal, poniendo al descubierto la carne. Una vez que habían comido hasta hartarse, los depredadores se retiraban a un lugar sombreado y echaban una siesta. 

El problema principal de nuestros antepasados consistía entonces en cómo deshacerse de otros carroñeros. A los buitres y chacales podía alejárseles agitando los palos y pinchándoles con ellos. Sin duda, les tiraban también piedras, si las había en las inmediaciones del cadáver. Las hienas, con sus poderosas mandíbulas para triturar huesos, constituirían un problema mucho mayor para un grupo de primates con alturas comprendidas entre 91 y 122 centímetros. Muy prudentemente, los australopitécidos guardaban las distancias si las hienas llegaban primero, o se marchaban con rapidez si aparecían cuando ellos habían comenzado la cena. En cualquier caso, era aconsejable no remolonear, arrancar y cortar cuanto pudiesen y marcharse a un lugar seguro lo antes posible. Los felinos depredadores podían volver al lugar del crimen para comer el postre o, si el animal había fallecido de muerte natural, acercarse enseguida a investigar (la mayoría de los depredadores no le hace ascos a añadir un poquito de carroña a su dieta). El lugar más seguro era una arboleda, en la que, si arreciaba el peligro, los australopitécidos podían soltar sus palos, agarrar la corteza con los dedos curvos y precipitarse hacia las ramas más altas.

No quiero sobreestimar el miedo de los australopitécidos. Observadores japoneses señalan que han visto a grupos de chimpancés del Parque Nacional de Mahale (Tanzania) enfrentarse ocasionalmente e intimidar a uno o dos grandes felinos y conseguir alguna vez arrebatarles piezas de carne. Tal vez con sus palos y sus piedras los australopitécidos hubiesen logrado resultados aún mejores. Aunque dudo que se parecieran a los feroces «simios asesinos», de quienes nos viene supuestamente el «instinto de matar con armas», que se describen en el popular libro de Robert Ardrey, Génesis en Africa. La idea de que los australopitécidos eran cazadores expertos procede de una creencia de Raymond Dart. Según ésta, los australopitécidos utilizaban como armas los huesos, cuernos y grandes colmillos fósiles encontrados en varios de los yacimientos del sur de Africa. Pero no veo cómo se pudo haber infligido con estos objetos heridas graves a animales grandes y de piel dura. Incluso en el caso de haber tenido eficacia total, ¿cómo hubieran podido los australopitécidos acercarse lo suficiente para emplearlos contra presas grandes sin morir coceados o corneados? Una explicación más probable de la asociación entre fósiles de australopitécidos y huesos, cuernos y colmillos de otros animales consiste en que las cuevas donde aparecen fuesen guaridas de hienas, las cuales los recogían y depositaban juntos.

Aunque los australopitécidos nunca llegaron a ser grandes cazadores, terminaron mejorando su capacidad de competir como carroñeros. El límite de su éxito residía en que tenían que esperar que los dientes de cazadores o carroñeros mejor dotados por la naturaleza perforasen las pieles, antes de poder acercarse a un animal muerto. Pero, en algún momento hace entre 3 y 2,5 millones de años, mucho antes de que entrase en escena el hombre habilidoso de Louis Leakey, los australopitécidos lograron un avance tecnológico, tan importante como el que más en toda la historia humana. Empezaron a fabricar cuchillos y hachas a partir de trozos de piedra. Piel, músculo, nervio y hueso cedían ante los nuevos artefactos tan fácilmente como ante los dientes y garras más afilados. Una forma de vida más intrépida llamaba a la puerta.
Marvin Harris. 
"Nuestra especie".

viernes, 2 de octubre de 2015

ARVIDSJAUR, ANTIGUO MERCADO SAAMI EN LAPONIA SUECA.



Arvidsjaur, una pequeña ciudad rodeada de lagos es una de las poblaciones más grandes la Laponia sueca. Empezó siendo un mercado para los saamis, y a partir de 1607 se construyó aquí una iglesia con el (santo) objetivo de convertir al Cristianismo a las poblaciones seminómadas que vagaban por estas tierras salvajes. Para ello, las inquebrantables leyes eclesiásticas obligaban a los saamis acudir a misa cada cierto tiempo. Poco a poco los eventuales visitantes fueron asentándose en la ciudad, contribuyendo a su crecimiento y desarrollo.



Situada unos cien kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico, en pleno mes de julio podemos disfrutar de una plácida media tarde, al filo de la medianoche. El Sol de medianoche insufla a todos los habitantes de la región (los de la ciudad y los del bosque) un ritmo vital frenético, nada habitual durante las larguísimas noches invernales. 


jueves, 1 de octubre de 2015

LOS LAPONES

VIDA Y COLOR 2
(Colección de Cromos de 1968).




En los extremos septentrionales de la Vieja Europa, en el territorio que se extiende por las actuales Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia, habitan, desde tiempos inmemoriales los saamis, llamados también lapones, un pueblo de pastores, que siguen conservando (aunque cada vez menos) sus tradicionales formas de vida. La mayoría de ellos viven por encima del Círculo Polar Ártico, donde son frecuentes las temperaturas inferiores a los 40ºC bajo cero, y la falta de luz solar durante largos períodos, hacen la vida extremadamente dura. Los saamis, al igual que otros pueblos que habitan tierras hostiles, han desarrollado una cultura perfectamente adaptada al medio, basada fundamentalmente la cría y el pastoreo de renos. Además según la zona en que viven practican otras actividades como la pesca o la caza de animales como el zorro o el castor.


Tradicionalmente, y debido a su vida nómada, los saamis no construían casas fijas, sino que se limitaban a confeccionar tiendas que fuesen fáciles de montar, desmontar y transportar. Las más simples de estas tiendas constan de un poste central en el que se apoyan una serie de postes que se disponen en círculo. Sobre este armazón se dispone la cubierta, generalmente hecha con pieles de reno. Otro tipo de vivienda, algo más compleja, se construye con cuatro ramas flexibles hincadas en el suelo por ambos extremos, y sobre la cúpula que forman se colocan los demás postes, sobres los que se extiende la cubierta. En el centro de la tienda se coloca el hogar, construido con carias piedras, mientras que los humos se escapan por un agujero que se deja justo encima.


El reno, un animal herbívoro y migratorio, es el principal recurso económico para estos pueblos que habitan el lejano Norte. En estado salvaje forman grandes rebaños que en invierno buscan cobijo en las zonas boscosas y se alimentan de ramitas y matojos, y cuando llega el deshielo de la primavera, se trasladan a las heladas planicies árticas, encontrando en la tundra su alimentos favorito. Además lejos de los bosques están a salvo de los molestos mosquitos que eclosionan con el aumento de las temperaturas estivales.


El origen de los saamis siguen siendo un misterio, aunque lo que parece claro es que forma un grupo cultural propio, dentro de los pueblos europeos.


Los niños son los miembros más vulnerables de esta sociedad nómada, por ello son protegidos con gran cuidado para evitarles cualquier daño, abrigándoles del terrorífico frío que reina en Septentrión. Una cunita cómoda, caliente y segura construida a partir de un abedul vaciado, recubierto de pieles y con pequeño tejadillo, es el lugar donde los niños pasan los primeros meses de vida.


La cultura y la economía de los lapones gira en torno al reno, que constituye la principal fuente de alimento. Como la carne de este animal es bastante dura, el pastor acostumbra a sacrificar únicamente a los miembros más jóvenes, conservando la carne ahumada. También utilizan la leche de las hembras con la que pueden elaborar quesos y mantequilla. También emplean la piel para vestidos, mantas, correas, sacos y coberturas para las tiendas. Los tendones sirven de cuerdas, y con las astas y los huesos fabrican herramientas y utensilios de todo tipo: cucharas, recipientes, chuchillos.... Además el artesano lapón, talla durante las largas noches de invierno figurillas de animales en asta y hueso.


La cría, cuidado y pastoreo de los renos requieren de un considerable esfuerzo por parte de los lapones que deben realizar una tarea dura y constante. Debemos tener en cuenta que el reno es un animal semidomesticado, que no acepta fácilmente la guía y la compañía de los hombres. En muchas ocasiones solo obedecen al dueño a cambio de la sal que le ofrece, que constituye una golosina y una necesidad.


Antiguamente los lapones vestían trajes confeccionados enteramente de pieles y cosidos con tendones de reno, estos trajes eran muy parecidos a los que utilizaban en la Edad Media por los vecinos pueblos escandinavos, ya que fue en aquella época cuando comenzaron los contacto entre los saamis y el resto de pueblos europeos, especialmente con los suecos y noruegos.


Al parecer, los lapones no siempre se han dedicado a la cría de renos, sino que en una etapa primigenia, se debían limitar a cazar renos salvajes con lanzas y flechas, sin llegar a domesticarlos. Es probable que descubrieron los métodos de domesticación hacia el siglo X.


El lobo de las nieves es el animal más temido y el rival más importante con el que cuentan los lapones en los bosques boreales. Estos feroces y resistentes cánidos forman grandes manadas que acosan a los rebaños de renos y son capaces de seguirlos y acosarlos durante muchos kilómetros.



Los saamis también utilizan al reno como bestia de carga y animal de transporte. Un macho adulto puede llevar sin dificultad hasta 75 kgs de peso, y además cuenta con unos cascos seguros para moverse por terrenos rocosos y cenagosos. Es además un animal muy resistente capaz de caminar 80 kms en un sólo día. El trineo de los lapones es muy grande y está construído con madera y pieles, sujetando las piezas con correas y tendones de reno.  

MONTES ORASTIE. NATURALEZA E HISTORIA, ARQUEOLOGÍA Y AVENTURA.



En el interior de Rumanía se encuentra la patria de los Dacios, en el Parque Natural Gradistea Muncelului – Cioclovina. Los legendarios Montes Orastie, incrustados en el arco carpático, fueron el lugar elegido por este aguerrido pueblo para construir inexpugnables (e indestructibles) ciudades fortalezas y santuarios abiertos al cielo azul, rodeados de oscuros bosques perennes. Se trata de uno de los lugares más salvajes de Europa, donde el asfalto aún no ha llegado y los tortuosos caminos, descuajaringados por violentas lluvias, siguen siendo de tierra, arena y grava.


Los aldeanos, labriegos y campesinos que viven en el valle se dedican a las tradicionales actividades del sector primario, como la explotación maderera, la ganadería y la apicultura. 


Las efigies de los grandes reyes dacios, Decébalo y Burebista, dan la bienvenida a los intrépidos visitantes que deciden adentrarse en estos montes. Justo en el lugar donde termina la carretera, empieza la auténtica aventura. 


Un lugar ideal para practicar el senderismo, sentir la auténtica libertad en la piel, donde historia, naturaleza y tradición secular se funden para ofrecer al caminante un espectáculo fascinante.






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