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sábado, 26 de enero de 2019

CHIMPANCÉS Y HUMANOS, PRIMOS LEJANOS.




La genealogía de los Seres Humanos y la de los Chimpancés comparten un origen común, un lejano antepasado que convierte en parientes a ambas especies. A finales del Mioceno, hace unos seis millones de años, vivía en África una especie de primate de baja estatura, pequeño cerebro y probablemente bípedo (o en proceso de bipedestación), pero además poseía peculiaridades anatómicas en sus extremidades para trepar y moverse entre árboles con agilidad. Este primate debió ocupar amplias extensiones de los frondosos bosques del África Central y Oriental. Por motivos que se desconocen (aunque la apertura del Valle del Rift pudo influir), dos de las poblaciones de esta especie quedaron separadas y siguieron caminos evolutivos diferentes. Una de las sendas dio origen al linaje de los chimpancés, la otra se encaminó hacia la humanidad actual. Las últimas investigaciones sobre genoma humano y el de los chimpancés no sólo sugieren que la separación de las dos ramas ocurrió hace unos seis millones de años, sino que se ha constatado que aún compartimos aproximadamente el 99% de nuestro patrimonio genético.

martes, 21 de agosto de 2018

FAUNA AFRICANA.



África es complicada. Los temas más acuciantes del continente son, en efecto, de cariz político, económico y médico. El paisaje mismo a menudo es un campo de batalla, no sólo entre ejércitos sino entre puntos de vista opuestos sobre explotación, conservación y gestión de recursos. África está llena de problemas que requieren análisis cuidadosos, debates serenos, decisiones difíciles, compromiso y planificación, todo lo cual exige diplomacia y sociología. Pero más allá de las complejidades, un hecho destaca en este nuevo milenio: África es una reserva extraordinaria de fauna. El lugar más fabuloso para los animales de gran tamaño.

Este hecho, que parece tan simple, es complicado de por sí. Para empezar, el inventario de especies es de una diversidad apabullante: tres grandes felinos (león, leopardo y guepardo), siete pequeños felinos (como el caracal y el serval), dos especies de elefante (de sabana y de selva), dos rinocerontes (negro y blanco), dos hipopótamos (normal y enano), dos jirafas ( la corriente y el okapi), tres especies de grandes simios no humanos (gorila, chimpancé y bonobo), tres cebras, nueve especies de gacela, diecinueve de duiqueros, decenas de monos, cinco especies de babuinos, un sinfín de jinetas y civetas, seis especies de cerdos, cuatro pangolines, tres reduncas, varios antílopes equinos, varios antílopes enanos, nueve especies de bóvidos con cuernos espirales (entre ellas el bongo, el sitatunga, y el eland), dos especies de ñúes, un cerdo hormiguero, un lobo de tierra, el dril y el mandril, el antílope cabrío, el damalisco sudafricano, el oryx de El Cabo, el búfalo africano, el íbice de Nubia, tres hienas, tres chacales, el lobo de Semien, el licaon y otros muchos mamíferos, por no hablar del avestruz, tres especies de cocodrilos, la pitón de seba, tiburones y numerosos peces grandes en aguas litorales, así como animales terrestres de menor tamaño de todas las clases imaginables. Un conjunto espectacular, tanto en variedad como en abundancia, sin rival en ninguna otra parte del mundo contemporáneo. Pero para apreciar plenamente lo que hay en África, es preciso considerar lo que no hay en otros lugares, y por qué.

Esa es la labor de los paleontólogos que estudian la flora y la fauna del pasado. Sus datos proceden del registro fósil, y su vasto calendario de la historia de la Tierra está jalonado de episodios de extinciones masivas, cada uno de los cuales representa la pérdida abrupta de parte de la diversidad biológica y marca el límite entre dos unidades temporales. Por ejemplo, al final del cretácico, hace 65 millones de años, no quedaban dinosaurios supervivientes, y precisamente la desaparición de los dinosaurios es uno de los factores que definen el final de ese período. Al final del permico, hace 245 millones de años, se produjo otra extinción masiva, catastrófica y repentina, que extermino alrededor del 95% de las especies animales existentes entonces. El pleistoceno, que finalizó hace 10.000 años, también es conocido por sus extinciones, especialmente de mamíferos grandes y aves enormes e incapaces de volar. Los mamuts y mastodontes se extinguieron junto con los perezosos gigantes, osos gigantes, castores gigantes, tigres de diente de sable, canguros gigantes e infinidad de animales enormes. Muchas de las extinciones del pleistoceno se produjeron hacia el final del periodo, sobre todo en América del Norte, América del Sur, Australia, Nueva Zelanda y Madagascar. ¿Cual fue su causa? Nadie lo sabe. Algún tipo de cambio nefasto, misterioso y aún debatido por los expertos, afectó a esos continentes e islas en particular. Probablemente la llegada de los humanos a esas tierras, armados, peligrosos y hambrientos, fue parte del problema.

África fue diferente, África sólo sufrió pérdidas modestas de fauna durante el pleistoceno (que comenzó hace alrededor de 1,8 millones de años) y ningún episodio extendido o grave de extinciones simultáneas al final del período.


La mayoría de los grandes mamíferos africanos de hace 20.000 años han sobrevivido y son los grandes mamíferos africanos de hoy. Por este motivo se dice que el continente africano es el "pleistoceno viviente", porque nos recuerda una época, antes del auge de Homo sapiens,  en que el planeta era realmente grande y salvaje.

Pero recordemos otra cosa: la supervivencia de la fauna africana no ha dependido de la ausencia de humanos. Por el contrario, se ha producido con la presencia constante del hombre. La nuestra es una especie africana, al menos por origen. Aparecimos en ese continente y allí adquirimos nuestro aspecto actual, el tamaño de nuestro cerebro, nuestros instintos sociales y nuestro sentido de la identidad durante milenios viviendo como miembros de los violentos ecosistemas africanos. Los animales se adaptaron a nuestra presencia, a la lenta pero radical mejora de nuestras capacidades, del mismo modo que nosotros nos adaptamos a vivir con ellos. Una de las lecciones aprendida por los pueblos africanos en el camino a la civilización, y evidentemente no exportable cuando los humanos se dispersaron hacia otras tierras, fue la posibilidad y la equidad de convivir con otras especies, aunque algunas fueran tan amenazadoras como la nuestra.

Fue una virtud derivada de la necesidad. Hoy esa necesidad ha desaparecido. Matar animales, exterminar especies y destruir sus hábitats es fácil con nuestras herramientas actuales. Proteger los últimos grandes animales en sus entornos, pese a las necesidades humanas y las presiones, es más difícil. Pero he ahí una idea esperanzada, descabellada y salvaje; quizás el Africa moderna sea el lugar donde podamos redescubrir como hacerlo.

David Quammen. National Geographic, Septiembre 2005. 


sábado, 3 de octubre de 2015

CARNE



El campo abierto utilizó como reclamo otro recurso. En la selva los animales suelen ser pequeños, furtivos, difíciles de avistar. Pero la sabana rebosaba de manadas bien visibles. De vez en cuando un grupo de australopitécidos armados de palos se encontraría con una cría de gacela o antílope, apartada de la protección materna; la rodearían, se harían con ella y se la comerían. En ocasiones, tropezarían también con los restos de un animal de mayor tamaño, muerto por causas naturales o por los depredadores felinos que vivían a costa de las manadas. Silbando y aullando al tiempo que blandían los palos, ahuyentarían a los buitres y chacales, y se precipitarían sobre la carne putrefacta, que arrancarían a pedazos. Después se dirigirían a la arboleda más cercana, dispuestos a abandonarlo todo y buscar el refugio de las ramas en el caso de que regresasen los felinos e interrumpiesen la comida.

Confieso que no existe ninguna prueba de que hayan sucedido alguna vez estos acontecimientos. Pero el comportamiento de los chimpancés y de otros primates, así como las preferencias dietéticas de nuestra especie, dejan pocas dudas sobre la especial afición a la carne de los australopitécidos. Además, como animales moradores de la sabana y usuarios de herramientas, disponían de una desarrollada capacidad y de múltiples oportunidades, tanto para alimentarse de carroña como para cazar. En cuanto a buscar el refugio de los árboles, contamos con la prueba fósil de los dedos curvos en pies y manos, y de los brazos largos y piernas cortas al estilo de los miembros de los chimpancés.

Hasta hace poco los científicos pensaban que los monos y los simios eran estrictamente vegetarianos. Pero después de meticulosas observaciones en estado natural, los primates han resultado ser omnívoros en su mayor parte. Al igual que los humanos, comen lo mismo vegetales que alimentos de origen animal. Al ser criaturas más bien pequeñas, los monos, por necesidad, se alimentan principalmente de insectos en lugar de caza. Una cantidad significativa de los insectos que comen es simplemente un resultado natural de su consumo de hojas y frutas. Cuando se topan con una hoja con un gorgojo envuelto en ella o un higo con gusano, no escupen el intruso. Si acaso, escupen la hoja o la fruta, práctica que origina una lluvia pertinaz de alimentos de origen vegetal a medio masticar mientras la tropa avanza de árbol en árbol.

Como sucede entre la mayoría de las poblaciones humanas, los monos sólo comen generalmente pequeñas cantidades de alimentos de origen animal en comparación con los de origen vegetal. No es asunto de elección, sino que obedece a las dificultades que han de afrontar los monos para conseguir un suministro regular de carne. Estudios realizados en Namibia y Botswana muestran que los babuinos dejarán de comer prácticamente todo lo demás si abundan los insectos. Las sustancias de origen animal se sitúan en primer lugar de sus preferencias; en segundo, las raíces, semillas, frutas y flores; y en tercer lugar, las hojas y la hierba. En algunas épocas del año destinan a los insectos el 75 por ciento del tiempo que dedican a comer. Algunas especies de monos de gran tamaño no se limitan a los insectos: también cazan piezas pequeñas. Mi reconstrucción del modo de vida de los australopitécidos adquiere plausibilidad por el hecho de que los cazadores más consumados de entre los monos parecen ser los babuinos, que viven a ras de tierra en campo abierto. Durante un año de observación en Gelgil (Kenia), Robert Harding observó que los babuinos habían matado y devorado cuarenta y siete vertebrados pequeños. Las crías de gacela y de antílope constituían las presas más corrientes. Si un simple babuino es capaz de capturar crías de gacela y de antílope, los primeros australopitécidos no pueden haber sido menos capaces.

Entre los primates no humanos existentes, los chimpancés son los consumidores de carne más apasionados. Sólo el tiempo y los esfuerzos que dedican a comer termitas y hormigas sugieren ya el grado de su afición por la carne. No olvidemos las dolorosas mordeduras y picaduras a que se exponen para conseguir estos bocados exquisitos. Tampoco limitan los chimpancés su búsqueda de carne a la caza de hormigas y termitas. Cazan y comen por lo menos veintitrés especies de mamíferos, entre ellos varias clases de monos y babuinos, gálagos, gamos, potamóceros, cefalofinos, ratones, ratas, ardillas, musarañas, mangostas y damanes. Asimismo, matan y devoran crías de chimpancé e incluso bebés humanos si se presenta la ocasión. En Gombe, en el transcurso de una década, los observadores presenciaron el consumo de noventa y cinco animales pequeños, en su mayoría crías de babuino, chimpancé y potamócero. Este no es sino un recuento parcial, por cuanto los chimpancés consumieron otros animales sin ser vistos por los observadores. En conjunto, los chimpancés de Gombe dedicaron cerca del 10 por ciento de su tiempo de alimentación a buscar y consumir caza.

Generalmente, los chimpancés cazan en grupo y comparten la presa con los demás. Si un chimpancé no encuentra con quien juntarse, abandonará la caza. Durante todo el proceso de matar, distribuir y consumir las presas, muestran un entusiasmo y un nivel de interacción social inusuales. Durante la caza, entre tres y nueve chimpancés tratan de rodear a la presa, moviéndose de un lado a otro por espacio de una hora para cerrar las posibles vías de escape.

Tanto las hembras como los machos cazan y comen carne. Durante un período de ocho años, entre 1974 y 1981, las hembras capturaron o robaron, y después devoraron, al menos una parte de cuarenta y cuatro presas, sin contar veintiún presas más, a las cuales atacaron o cogieron sin poder luego sujetarlas. Los machos cazaron más que las hembras y comieron más carne. Los chimpancés sólo comparten de vez en cuando los alimentos de origen vegetal, pero siempre comparten la carne, excepto si la presa la captura un chimpancé solitario en la selva. Compartir la carne es con frecuencia resultado de ruegos persistentes. El suplicante pone la mano extendida debajo de la boca del poseedor de la carne o separa los labios del compañero que la esté masticando. Si falla la táctica, el suplicante tal vez comience a gimotear y a expresar rabia y frustración. Van Lawick-Goodall describe cómo un chimpancé joven llamado míster Worzle se agarró un gran berrinche cuando Goliat, un macho dominante, se negó a compartir con él el cadáver de una cría de babuino. Míster Worzle siguió a Goliat de rama en rama, con la mano extendida y gimoteando. «Cuando Goliat apartó la mano de Worzle por enésima vez, el macho de rango inferior... se tiró de la rama, gritando y golpeando salvajemente la vegetación circundante. Goliat lo miró y, después, con gran esfuerzo [empleando manos, dientes y un pie], partió su presa en dos y dio los cuartos traseros a Worzle.» Retorno al Génesis africano Los chimpancés son cazadores antes que carroñeros por una sencilla razón: en la selva hay menos restos de grandes animales muertos y es más difícil encontrarlos. Teniendo en cuenta los enormes rebaños que pastaban en las sabanas, los primeros australopitécidos fueron probablemente carroñeros antes que cazadores. Sus palos de escarbar no eran lo bastante afilados y recios como para perforar la epidermis de ñus, antílopes, cebras o gacelas. Desprovistos de colmillos y herramientas de cortar, no podían de ninguna manera atravesar pieles duras y alcanzar la carne, aunque consiguiesen de un modo u otro matar algún adulto. Alimentarse de carroña resolvía estos problemas. Los leones y otros depredadores rendían el servicio de matar y desgarrar el animal, poniendo al descubierto la carne. Una vez que habían comido hasta hartarse, los depredadores se retiraban a un lugar sombreado y echaban una siesta. 

El problema principal de nuestros antepasados consistía entonces en cómo deshacerse de otros carroñeros. A los buitres y chacales podía alejárseles agitando los palos y pinchándoles con ellos. Sin duda, les tiraban también piedras, si las había en las inmediaciones del cadáver. Las hienas, con sus poderosas mandíbulas para triturar huesos, constituirían un problema mucho mayor para un grupo de primates con alturas comprendidas entre 91 y 122 centímetros. Muy prudentemente, los australopitécidos guardaban las distancias si las hienas llegaban primero, o se marchaban con rapidez si aparecían cuando ellos habían comenzado la cena. En cualquier caso, era aconsejable no remolonear, arrancar y cortar cuanto pudiesen y marcharse a un lugar seguro lo antes posible. Los felinos depredadores podían volver al lugar del crimen para comer el postre o, si el animal había fallecido de muerte natural, acercarse enseguida a investigar (la mayoría de los depredadores no le hace ascos a añadir un poquito de carroña a su dieta). El lugar más seguro era una arboleda, en la que, si arreciaba el peligro, los australopitécidos podían soltar sus palos, agarrar la corteza con los dedos curvos y precipitarse hacia las ramas más altas.

No quiero sobreestimar el miedo de los australopitécidos. Observadores japoneses señalan que han visto a grupos de chimpancés del Parque Nacional de Mahale (Tanzania) enfrentarse ocasionalmente e intimidar a uno o dos grandes felinos y conseguir alguna vez arrebatarles piezas de carne. Tal vez con sus palos y sus piedras los australopitécidos hubiesen logrado resultados aún mejores. Aunque dudo que se parecieran a los feroces «simios asesinos», de quienes nos viene supuestamente el «instinto de matar con armas», que se describen en el popular libro de Robert Ardrey, Génesis en Africa. La idea de que los australopitécidos eran cazadores expertos procede de una creencia de Raymond Dart. Según ésta, los australopitécidos utilizaban como armas los huesos, cuernos y grandes colmillos fósiles encontrados en varios de los yacimientos del sur de Africa. Pero no veo cómo se pudo haber infligido con estos objetos heridas graves a animales grandes y de piel dura. Incluso en el caso de haber tenido eficacia total, ¿cómo hubieran podido los australopitécidos acercarse lo suficiente para emplearlos contra presas grandes sin morir coceados o corneados? Una explicación más probable de la asociación entre fósiles de australopitécidos y huesos, cuernos y colmillos de otros animales consiste en que las cuevas donde aparecen fuesen guaridas de hienas, las cuales los recogían y depositaban juntos.

Aunque los australopitécidos nunca llegaron a ser grandes cazadores, terminaron mejorando su capacidad de competir como carroñeros. El límite de su éxito residía en que tenían que esperar que los dientes de cazadores o carroñeros mejor dotados por la naturaleza perforasen las pieles, antes de poder acercarse a un animal muerto. Pero, en algún momento hace entre 3 y 2,5 millones de años, mucho antes de que entrase en escena el hombre habilidoso de Louis Leakey, los australopitécidos lograron un avance tecnológico, tan importante como el que más en toda la historia humana. Empezaron a fabricar cuchillos y hachas a partir de trozos de piedra. Piel, músculo, nervio y hueso cedían ante los nuevos artefactos tan fácilmente como ante los dientes y garras más afilados. Una forma de vida más intrépida llamaba a la puerta.
Marvin Harris. 
"Nuestra especie".

lunes, 8 de junio de 2015

HERRAMIENTAS, ¿PARA QUÉ?.



El empleo de herramientas y la posición erguida evolucionaron al unísono. Cuanto más dependían los australopitécidos de las herramientas, mayor se fue haciendo la diferencia entre sus pies y sus manos, y cuanto más aumentaba ésta, más aumentaba su dependencia de las herramientas. Pero, ¿para qué? ¿Qué beneficio les reportaba esto? Casi con toda seguridad, la respuesta tiene que ser que las herramientas los capacitaban para consumir alimentos nutritivos del suelo que los simios cuadrumanos y arborícolas no podían explotar con tanta eficacia.

A medida que estas fuentes terrestres de alimentación sustituían en la dieta a los frutos arbóreos, la selección natural favoreció a los individuos que trocaron las pérdidas asociadas a la disminución de la capacidad de trepar por las ventajas de la nueva dieta. Pero, ¿qué había en el suelo que resultaba tan atractivo para que los simios, a fin de conseguirlo, invirtiesen en la fabricación y el transporte de herramientas? Dejémonos guiar por los chimpancés. Sabemos que éstos invierten en la fabricación y empleo de herramientas, sobre todo para cazar insectos ocultos dentro de montículos y escondrijos. 

Ramas y palos constituyen sus herramientas favoritas en estas cacerías. Algunos observadores reseñan que, durante una hora entera, los chimpancés de Gombe transportan herramientas bien fabricadas para cazar termitas de un termitero a otro, cubriendo una distancia total de un kilómetro. Hormigueros y termiteros son mayores y más fáciles de divisar en la sabana abierta de árboles dispersos que en la propia selva. Podemos imaginar a los antepasados de los australopitécidos aventurándose por temporadas a salir de la selva en pos de los paquetes de grasas y proteínas, altamente nutritivos, encerrados en estas fortalezas de insectos. Alejados los hormigueros de donde se encontraban los instrumentos apropiados para pescar, hurgar, explorar y escarbar, habría que transportar las herramientas o la materia prima para fabricarlas cubriendo distancias mayores que en la selva. Los individuos que fabricasen los mejores palos y los manejaran con más habilidad disfrutarían de dietas más ricas en grasas y proteínas, serían más fuertes y sanos y dejarían más descendencia. A medida que aumentasen la frecuencia y la duración de las expediciones en campo abierto, los antepasados de los australopitécidos empezarían pronto a aprovechar recursos alimentarios adicionales, disponibles en el nuevo hábitat. En ciertas estaciones las semillas de las hierbas se podían pelar y comer. Durante la excavación en busca de insectos subterráneos, descubrirían inevitablemente bulbos, tubérculos y raíces comestibles, ricos en calorías, que siguen constituyendo en la actualidad un recurso importante para los cazadores-recolectores [foragers] humanos de Africa. Conseguir este tesoro subterráneo daría lugar a intentos de mejorar el palo de escarbar (quizá mordiendo uno de sus extremos para hacerlo más puntiagudo o frotándolo contra las piedras para alisarlo y afilarlo).

Si, una mañana hace cinco millones de años, hubiésemos estado presentes en el confín de la selva con la sabana, habríamos vislumbrado la siguiente escena: nuestros antepasados, todavía entre las sombras, permanecían de pie, oteando nerviosos el panorama soleado. A cierta distancia, hubiera podido confundírseles fácilmente con una familia de chimpancés, excepto que cuando comenzaron a avanzar por la hierba se mantuvieron erguidos. Todos los adultos sostenían un palo afilado en la mano. Aquella mañana se había dado cita allí toda nuestra historia: todo lo que íbamos a ser y todavía podemos ser.
Marvin Harris. Nuestra especie.

viernes, 29 de mayo de 2015

EN UN PRINCIPIO.



En un principio era el pie. Hace cuatro millones de años, antes de adquirir el uso de la palabra o de la razón, nuestros antepasados ya caminaban erguidos sobre dos pies. Otros simios conservaban el pie en forma de mano, propio de nuestro común pasado trepador y arborícola. 

Seguían, pues, dotados de cuatro manos. Los dedos de los pies eran grandes como pulgares y podían tocar todos los demás; servían para colgarse de rama en rama y alcanzar la fruta alta, situada lejos del suelo, pero no para soportar todo el peso del cuerpo. Cuando bajaban a tierra, para ir de una mata de frutales a otra caminaban generalmente a cuatro patas, tal vez como los gorilas y chimpancés modernos, que se desplazan con ayuda de patas cortas y gordezuelas, provistas de pies planos con el dedo gordo muy separado y largos brazos en línea recta desde los hombros hasta los nudillos. O quizá utilizaran las manos como los orangutanes modernos, para caminar con los puños. Al igual que los grandes simios, podían permanecer de pie o caminar a dos patas, aunque sólo momentáneamente y pequeñas distancias. Sus pies no sólo eran inapropiados para permanecer o caminar erguidos, sino que sus patas y nalgas carecían de los músculos que mantienen en posición vertical a los seres humanos. Asimismo, la columna vertebral describía un simple arco, carente de la convexidad estabilizadora que los humanos presentan en la región lumbar. A dos patas, más que caminar se tambaleaban, por lo que alzaban los brazos para guardar el equilibrio, quedando éstos inútiles para transportar objetos, excepto en distancias cortas.

Nuestros antepasados simios eran diferentes. Tenían pies como los nuestros, cuyos dedos no podían doblarse para asir o recoger objetos y que servían principalmente para permanecer de pie, correr, saltar o dar patadas. Todo lo demás era responsabilidad de las manos.

Mientras las manos tuvieron que hacer el trabajo de los pies, quedó menguada su habilidad como tales manos. Los grandes simios tuvieron que desarrollar un pulgar corto y regordete para no pisárselo al caminar con los nudillos o con los puños. Cuando el pulgar se hizo más largo y robusto, nuestros antepasados simios empezaron a poseer los más poderosos y tenaces, y sin embargo los más delicados y precisos cuartos delanteros manipuladores del reino animal.

¿Por qué creó la naturaleza un simio que caminase a dos patas? La respuesta tiene que encontrarse en la capacidad con que una criatura tal cuente para medrar en el suelo. Ningún animal grande camina por las ramas de los árboles y, menos aún, salta con dos patas de rama en rama. Pero el simple hecho de vivir en el suelo no sirve para explicar que vayamos erguidos. Vivir en el suelo es, ni más ni menos, lo que mejor hace la mayoría de los mamíferos, que, sin embargo (de los elefantes a los gatos, caballos y babuinos), se desplazan a cuatro patas. Un simio bípedo y bimano sólo tiene sentido desde el punto de vista de la evolución, porque podía hacer en el suelo algo que ninguna otra criatura había hecho nunca tanto ni tan bien: utilizar las manos para fabricar y transportar herramientas, y utilizar herramientas para satisfacer las necesidades cotidianas.

La prueba, en parte, se encuentra en nuestra dentadura. Todos los simios actuales poseen caninos protuberantes -los colmillos que sirven para abrir frutos de cáscara dura, para cortar bambú, y también como armas que enseñan para amenazar o que se emplean en combates contra depredadores o rivales sexuales. Pero nuestros primeros antepasados bípedos y bimanos carecían de colmillos. Los incisivos que tenían eran ya de por sí pequeños; los molares, anchos y planos; las mandíbulas funcionaban más para moler y triturar que para herir y cortar. Luego, estos antepasados descolmillados, ¿eran inofensivos? Lo dudo mucho. La dentición humana transmite un mensaje diferente y más inquietante: son más de temer quienes blanden los palos más grandes que quienes enseñan los dientes más grandes.
Marvin Harris. Nuestra Especie.


jueves, 6 de marzo de 2014

LA CULTURA DEL ORANGUTÁN



Orangután, en lengua malaya "hombre del bosque", se desplaza como una sombra por las tupidas selvas de Sumatra y Borneo.

Biruté Galdikas, una de las primatólogas que formó los Ángeles de Leakey (junto a Dian Fossey y Jane Gooddal) se internó en las densas selvas de Borneo para estudiar en su propio terreno al orangután, uno de nuestros parientes vivos más cercano. 

De sus estudios se desprende que los orangutanes poseen una rudimentaria cultura que podríamos denominar protohumana. Si consideramos la cultura la capacidad de inventar conductas que son adoptadas por un grupo de población y que posteriormente se transmite a las generaciones siguientes e independientes de un grupo a otro, entonces el hombre no es el único animal que la posee. 

Entre los orangutanes encontramos varios ejemplos de ello. Una banda de orangutanes de la isla de Sumatra ha aprendido a utilizar hojas como si fuesen guantes cuando van a manipular frutos espinosos. Otro grupo es capaz de utilizar palillos para "pescar insectos", una conducta, que por cierto, es bastante frecuente entre los chimpancés. 

Otro grupo se limpia la cara con hojas verdes y frescas, y los padres transmiten esta destreza a sus vástagos. Una grupo diferente a los anteriores practica una forma curiosa de beso. En realidad es justo lo contrario, pues esta conducta consiste en expulsar el aire a través de los labios apretados. Aparentemente lo usan como ritual de despedida a la noche. 

Según los primatólogos el orangután es un animal cultivado, capaz de aprender y transmitir lo aprendido a la siguiente generacion, lo que supone un claro indicio del alto nivel cognitivo de estos primates. El estudio del comportamiento social de los grandes simios - chimpancé, gorila y orangután - puede arrojar mucha luz sobre nuestro propio origen y evolución. 
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