sábado, 23 de mayo de 2015

LAS MONTAÑAS OMNIPRESENTES.



El espacio mediterráneo está devorado por las montañas. Ahí están, llegando a la orilla, abusivas, apiñadas unas contra otras, esqueleto y telón de fondo inevitable de los paisajes. Dificultan la circulación, torturan las carreteras, limitan el espacio reservado a las alegres campiñas, a las ciudades, al trigo, a la vid, incluso al olivo, pues la altitud, tarde o temprano, puede con la actividad de los hombres. Tanto como al mar liberador, pero durante mucho tiempo cargado de peligros y poco o nada utilizado, los hombres del Mediterráneo se han visto abocados a la montaña, donde en general (las excepciones confirman la regla) sólo puede desarrollarse, y mantenerse, Dios sabe como, una vida primitiva. El Mediterráneo de las llanuras, a falta de sitio, se reduce en general a escasas bandas, a unos puñados de tierra cultivada. Más allá, comienzan los senderos escarpados, duros con el paso de los hombres y de los animales.

Es más, el llano, sobre todo cuando alcanza dimensiones importantes, será a menudo el territorio de las aguas sin control. Habrá que arrebatárselo a la marisma hostil. La fortuna de los etruscos se debió, en parte, al arte de sanear las tierras bajas semiinundadas. Evidentemente, cuanto más extensa es la llanura más difícil es el trabajo, más ingrato, más tardío. La desmesurada llanura del Po, donde se precipitan los ríos salvajes que bajan de los Alpes y de los Apeninos, fue tierra de nadie durante casi toda la época prehistórica. El hombre sólo se instalará allí a partir de las ciudades palustres de las Terramaras, hacia el siglo XV antes de Cristo.

En general, la vida brota más espontáneamente en las tierras altas, inmediatamente aprovechables, que al nivel del mar Mediterráneo. Las llanuras sometidas, sólo accesibles al hombre inmerso en sociedades obedientes, nacen del trabajo colectivo y de su eficacia. Son la otra cara de las tierras altas, encaramadas, pobres, libres, con las que establecer un diálogo necesario, aunque temeroso. La llanura se siente, se considera superior; come hasta hartarse, alimentos escogidos; no obstante, no deja de ser una presa, con sus ciudades, sus riquezas, sus tierras feraces, sus caminos abiertos. Telémaco mira con condescendencia a los montañeses del Peloponeso, comedores de bellotas. Lógicamente, Campania o Apulia viven aterrorizadas por los campesinos de los Abrazos, pastores que se abalanzan con sus rebaños sobre las cálidas llanuras al empezar el invierno. A fin de cuentas, los hombres de Campania prefieren el bárbaro romano al bárbaro de las alturas. El servicio que Roma presta a la Italia del Sur, en el siglo III, es reducir a la obediencia y al orden el macizo salvaje y temible de los Abrazos.

El drama de las incursiones montañesas es moneda corriente y podemos encontrarlo en cualquier época, en cualquier región del mar. La vida enfrenta machaconamente a los hombres de las alturas, comedores de bellotas o de castañas, cazadores de animales salvajes, vendedores de pieles, de cuero, de cabezas de ganado, siempre dispuestos a emprender la marcha y emigrar, con las gentes del llano, apegadas a la tierra, sometidos los unos, soberbios los otros, amos de las tierras, de los resortes del poder, de los ejércitos, de las ciudades, de los barcos que recorren los mares. Es el diálogo, aún presente en nuestros días, entre la nieve y el frío de las alturas austeras y las tierras bajas donde florecen los naranjos y las civilizaciones.

En realidad, mucho cambia la cosa de la azotea a la planta baja. Aquí, progresar, allá tratar de vivir. Incluso las cosechas, a unas horas de marcha, no se rigen por el mismo calendario. El trigo, que se esfuerza por subir todo lo que puede, madura dos meses más tarde en las tierras altas que al nivel del mar, así que los accidentes meteorológicos no pueden tener el mismo significado para las cosechas en función de la altitud. Una lluvia tardía en abril o en mayo es una bendición en la montaña y una catástrofe en el llano, donde el trigo casi maduro podría enmohecerse y pudrirse. Estas observaciones son tan válidas para la Creta minoica como para la Siria del siglo XVII después de Cristo, o la Argelia de nuestros días.

F. Braudel "Memorias del Mediterráneo"
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