jueves, 14 de mayo de 2015

HOMO HISPANICUS: EL MITO Y LA REALIDAD.


 
Hasta fecha muy reciente, la casi totalidad de nuestros historiadores consideraban la Península Ibérica como un espacio abstracto, habitado, desde sus orígenes más remotos, por unos pobladores que, dos mil años antes de la existencia histórica de España, milagrosamente, eran ya «españoles»: tartesios, íberos, celtas, celtíberos. Cuando fenicios, griegos, cartagineses y romanos desembarcan en ella, los invasores tropiezan con la obstinada resistencia de los autóctonos (Sagunto, Numancia) antes de españolizarse a su vez y devenir, sucesivamente, «españoles»: así, para Menéndez Pidal, Séneca y Marcial eran escritores españoles y Ortega y Gasset nos habla del «sevillano» emperador Trajano. De este modo, España habría recibido, como el cauce de un río, el aporte de diferentes corrientes humanas que, siglo tras siglo, habrían engrosado y enriquecido su primitivo caudal, desde los fenicios a los visigodos. Cuando estos últimos sucumben ante los invasores africanos, la destrucción de su reino es ya la destrucción de España. Consecuentemente, la Reconquista iniciada a partir del siglo VIII en las montañas astures es, ab ovo, la resistencia de España.
Curiosamente, esta absurda ficción ha obtenido durante siglos la unánime aceptación de los españoles. Mientras los franceses no consideran como tales a los antiguos habitantes de la Galia, ni los italianos juzgan italianos a los romanos o a los etruscos, para los españoles no cabe la menor duda de que Sagunto y Numancia son gestas suyas (claro precedente, dirán, de la resistencia nacional a Napoleón), del mismo modo que Séneca era «andaluz» y «aragonés» Marcial, como si el perfil actual de los españoles no fuese un hecho de civilización y cultura, sino una «esencia» previa que hubiera marcado con su sello a los sucesivos moradores, paisanos nuestros ya quinientos años antes del nacimiento de Cristo. A decir verdad, la búsqueda de un linaje histórico glorioso por parte de nuestros historiadores recuerda a la de ciertos hombres de negocios sospechosamente enriquecidos que, para hacer olvidar los orígenes turbios de su fortuna, se fabrican una genealogía que remonta a la época de las Cruzadas. Este afán de magnificar nuestros orígenes coincide, en efecto, con el secreto deseo de borrar una afrenta: la continuidad española, mantenida de tartesios e íberos hasta nuestros días, sufre, misteriosamente, una interrupción. Cuando el ejército visigodo de don Rodrigo es derrotado en el Guadalete por las huestes de Tariq y de Muza, los invasores árabes no son ni devendrán nunca españoles a pesar de haber permanecido sin interrupción en la Península por espacio de ocho siglos. Con la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492 se cierra un largo paréntesis de la historia de España: la casi simultánea expulsión de los judíos no conversos y la que operará con los moriscos en 1610 en aras de la unidad religiosa de los españoles equivalen, según el criterio oficial, a la eliminación del corpus del país de dos comunidades extrañas que, no obstante la dilatada convivencia con la cristiana vencedora, no se españolizaron jamás (a diferencia de los fenicios, griegos, cartagineses, romanos y visigodos). Desembarazada de moros y judíos, España recupera su identidad, deviene de nuevo España.
Esta interpretación de nuestro pasado histórico no se ajusta, ni mucho menos, a la verdad. Como ha señalado con pertinencia Américo Castro, íberos, celtas, romanos y visigodos no fueron nunca españoles, y si lo fueron, en cambio, a partir del siglo X, los musulmanes y judíos que, en estrecha convivencia con los cristianos, configuran la peculiar civilización española, fruto de una triple concepción del hombre, islámica, cristiana y judaica. El esplendor de la cultura arábigo-cordobesa y el papel desempeñado por los hebreos en su introducción en los reinos cristianos de la Península modelan de modo decisivo la futura identidad de los españoles, diferenciándolos radicalmente de los restantes pueblos del Occidente europeo. La proverbial tolerancia religiosa del Islam trae consigo una tolerancia paralela en los reinos cristianos que lo combaten, habitados en los siglos XII, XIII, XIV y XV por españoles de las tres castas. Los monarcas castellanos reciben el vasallaje de moros y de judíos, y estos últimos participan sustancialmente de los gastos de la guerra y, a menudo, de las gestiones de gobierno junto a los españoles de casta cristiana. Los cristianos, a su vez, adoptan el concepto musulmán de «guerra santa» y abrazan una variante judaica del sentimiento de «pueblo elegido»: la voluntad de dominio de Castilla presenta, pues, desde sus comienzos, numerosos rasgos semíticos. Paralelamente, la convivencia de las tres castas determina la especialización de cada una de ellas o, si se quiere, una triple distribución del trabajo: los cristianos se dedican de preferencia a la guerra, forman la casta militar; los hebreos asumen las funciones de orden intelectual y financiero; los moriscos, en fin, cultivan los oficios mecánicos y artesanales. En el campo cultural, el proceso de simbiosis es el mismo. Una de las figuras intelectuales más ilustres del siglo XIII, el mallorquín Ramon Llull, escribió gran parte de su obra en lengua árabe, y el carácter audaz y original de su pensamiento revela la triple convergencia y fusión en un crisol único de las culturas hebrea, arábiga y cristiana. Así, al morir Fernando III el Santo en 1252, el epitafio de su sepultura se redacta en latín, castellano, árabe y hebreo, como símbolo de la armonía entonces reinante entre las comunidades españolas, y su hijo Alfonso X el Sabio hace escribir en las Cantigas que Dios es:
Aquel que perdoar pode chrischão, iudeu e mouro, a tanto que en Deus aian ben firmes sas entençoes.
Si damos una ojeada a la arquitectura de la Península, advertiremos en seguida las huellas de esta situación peculiar no sólo en los monumentos más destacados del Islam (Mezquita de Córdoba, Giralda de Sevilla, Alhambra de Granada), sino también en el arte cristiano, directamente influido por aquel. El arte mudéjar, tan bellamente representado en la Casa de Pilatos y el Alcázar sevillano, la segoviana iglesia del Corpus Christi y el palacio del marqués de Lozoya, se manifiesta con particular variedad y esplendor en Toledo: el viajero puede admirar allí, según sus gustos, el campanario —o alminar— de Santo Tomé, el llamado Taller del Moro, el delicado salón de la Casa de Mesa y, sobre todo, las exquisitas iglesias de San Benito y Santa María la Blanca. Esta última, construida para servir de sinagoga durante el reinado de Pedro I y adaptada más tarde al culto católico, conserva todavía una inscripción que celebra al monarca, al arquitecto Abdali y al donante Samuel Levy. En los siglos XIII, XIV, XV e incluso en el XVI, los cristianos encomendaban a menudo a los musulmanes no solamente la construcción de sus palacios y monumentos públicos, sino igualmente la de sus capillas e iglesias: tal es el caso de la capilla de la Trinidad, obra del zaragozano Mahomat de Bellico (1354); de la cartuja del Paular, edificada de 1440 a 1443 por Abd al-Rahman de Segovia; del desaparecido hospital madrileño de La Latina, obra del maestro Hazan; del pórtico de la Pavordería de la Seo de Zaragoza, construida en 1498 por un alarife llamado Rami. En 1504, todavía, la Torre Inclinada de Zaragoza (demolida en 1887) fue obra de cinco arquitectos: dos cristianos, dos musulmanes y un judío. Pero, en 1480, Isabel la Católica prohíbe expresamente que ningún musulmán o judío tenga la «osadía de pintar la figura del Salvador, ni de su gloriosa Madre, ni de ningún otro santo de nuestra religión».
La convivencia pacífica se mantuvo mientras los reyes castellanos tuvieron necesidad de la ayuda y colaboración de las dos castas sometidas. No obstante, la riqueza acumulada por los españoles de casta hebrea y la dependencia financiera de los monarcas respecto a ellos debían suscitar, a lo largo del siglo XV, la creciente hostilidad de los cristianos. Conforme el poder de Castilla se afianza y extiende, la situación de los hebreos y moriscos españoles se deteriora y deviene crítica. El descontento y envidia del bajo pueblo engendran pronto bruscas explosiones de violencia: las juderías son incendiadas y numerosos hebreos perecen. El clima de inseguridad explica el número elevado de conversiones al cristianismo a partir de la segunda mitad del siglo XV. Los españoles de casta hebrea esperaban así, ilusoriamente, escapar a su destino. Pero, desde 1481, la Inquisición vigila ya estrechamente la ortodoxia de los nuevos cristianos y, once años después, en la embriaguez de la victoria sobre el Islam, la intolerancia triunfa de modo definitivo.
Cuando los Reyes Católicos acaban con el último reino moro de la Península y decretan la expulsión de los judíos asistimos al primer acto de una tragedia que, durante siglos, va a determinar, con rigurosidad implacable, la conducta y actitud vital de los españoles. Contrariamente a la versión usual de nuestros historiadores, el edicto de expulsión de los judíos no cimenta en absoluto la unión de aquellos; antes bien, los escinde, los traumatiza, los desgarra. En efecto: desde finales del siglo XIV, numerosos españoles de casta hebrea, para conjurar el espectro del pogrom que comenzaba a cernerse sobre ellos, se habían convertido prudentemente al cristianismo y, en 1492, comunidades enteras ingresaron in extremis en las filas de los «marranos» para evitar el brutal desarraigo. Y, a partir de esta fecha, los cristianos ya no son, sin más, cristianos: en adelante se dividirán en cristianos «viejos» y «nuevos», separados estos últimos del resto de la comunidad por los denominados estatutos de «limpieza de sangre». El bautismo no nivelará nunca las diferencias entre unos y otros: aun en los casos de conversión sincera (que los hubo), e incluso tratándose de descendientes de conversos (a veces de cuatro y cinco generaciones), la frontera subsistirá en virtud de los rígidos criterios valorativos de la casta triunfante.
Las bases de la discordia secular entre españoles aparecen netamente desde entonces y la herida abierta por el edicto real de marzo de 1492 no cicatrizará nunca. Américo Castro ha citado en más de una ocasión las palabras del converso Francisco de Cáceres a los inquisidores que le juzgaban en el año 1500: «Si el rey, nuestro señor, mandase a los cristianos que se tornasen judíos, o se fueran de sus reinos, algunos se tornarían judíos», pero continuarían siendo «cristianos, e rezarían como cristianos, e engañarían al mundo; pensarían [los demás] que eran judíos, e de dentro, en el coraçón e voluntad, serían cristianos». Más explícito aún, Antonio Enríquez Gómez, un cristiano nuevo del siglo XVII que, huyendo de los rigores de la Inquisición, había encontrado refugio, como otros muchos de su casta, en los Países Bajos, debería expresarse, a su vez, en unos términos que podríamos calificar de proféticos: «El reino que excluye de honor a los vasallos se ha de perder infaliblemente, porque la deshonra del padre es en el hijo un fuego vivo que eternamente quema; y de aquí nace que, divididos en dos bandos los linajes, los unos tiren a la venganza y los otros al odio».
Juan Goytisolo."España y los Españoles".  
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