jueves, 5 de marzo de 2015

CIUDAD RODRIGO.



Deliciosa ciudad medieval, con callejuelas empedradas e intrincadas, una poderosa muralla que rodea todo el núcleo urbano, unos habitantes que deben tener la sensación absoluta de vivir en una auténtica fortaleza, el río Águeda a sus pies bañando pastos y discurriendo por la llanura, la Catedral de Santa María y un castillo mandado reconstruir por Enrique II Trastámara. El camino (aquí más bien paseo) de ronda, en perfectas condiciones invita al regocijo y un viaje en el tiempo, un pasaje a través de la memoria histórica, trasladándome a otros tiempos de razzias, justas, guerras, mesnadas, juglares, trovadores y asedios interminables. 

A caballo entre Castilla-León y Portugal, nació, creció y se desarrollo Ciudad Rodrigo, en tierras de frontera, pero una frontera distinta. No se trataba de la tipica frontera con el Islam, sino con el hermano cristiano.

Ciudad Rodrigo hunde sus raíces en la Mirobriga de los vettones, cuyo recuerdo se hace presente en el verraco instalado en una rotonda. Sucesivamente camparon por estos lares, disciplinados legionarios romanos, pordioseros emigrantes suevos, orgullosos señores visigodos y portadores del Islam, una novedosa fe.

A comienzos del siglo XII, rondando el año 1100, el núcleo viejo de la villa es repoblado por obra del conde Rodrigo Gonzalez Girón, del que terminaria derivando el nombre de la poblacion.

Fernando II, rey de León, puede ser considerado (cuasi) fundador de la Ciudad, a mediados del siglo XII reconstuye la ciudad que había sido arrasada por los musulmanes, impide que el flamante (y recien coronado) monarca portugués Alfonso I la anexione a sus dominio, le concede un fuero, funda una sede episcopal e inicia la construcción de su catedral. Durante la centuria siguiente la villa seguirá prosperando y conseguirá nuevos privilegios de parte de Alfonso X y Sancho IV.

Durante la guerra civil entre Pedro I de Castilla y Enrique de Trastamara la ciudad desempeñara un papel de primer orden. En esta época, precisamente Enrique II reconstruyo el antiguo alcazar y erigio la imponente torre del homenaje, convertida en suite del Parador Nacional.

La condición de frontera la convirtió en escenario de una larga y triste diaspora, una marcha hacia el exilio protagonizada por los judíos, expulsados de la Corona de Castilla ; que buscaban nuevos horizontes vitales en tierras de la antigua Lusitania, convertida ahora en reino independiente.

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