lunes, 16 de marzo de 2015

CATEDRAL DEL MAR.



La tenue luz de las velas apenas llega a iluminar la piedra, con aroma a sal, impregnada a lo largo de los siglos. Marineros y pescadores barceloneses tenían aquí su lugar de culto. Venían aquí a rezar, a rogar a Dios, y a la Virgen Madre, antes de lanzarse al mar.


Santa María del Mar, el gótico hecho perfección, cuya construcción impulsaron en 1329, los armadores; bastaixos de ribera. Parece ser que las obras, comenzadas en 1329, fueron dirigidas por Berenguer de Montagut, en el lugar que, según la leyenda, fue sepultada Santa Eulalia, cuyo culto siempre ha estado presente en la ciudad. Cincuenta años después de su inicio, el templo ya estaba acabado. Se trata de otro signo más de la bonanza económica que disfrutó la ciudad durante los siglos medievales.


Dos torres octogonales flanquean una fachada donde tienen cabida Pedro y Pablo, y un magnífico rosetón. El interior se organiza a partir de una nave central muy amplia, y dos laterales más estrechas pero de similar altura.

El lugar, cerca del puerto, el nombre y el estilo gótico, hacen de este, un enclave casi mágico. Miriadas de comerciantes, artesanos y vecinos del barrio acudían aquí para rezar a su protectora, Santa María del Mar. Pero por encima de todo, un lugar para la bohemia, pasear, degustar buen vino y escribir sobre las maravillas (que esconde) esta interminable, por atemporal, ciudad.


Precioso exterior, su interior sobrecoge.


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