martes, 26 de mayo de 2020

NABTA PLAYA. EL DESIERTO FLORECE.




Como revela la paleta de Narmer a pequeña escala y en fecha muy temprana, los egipcios lograron un dominio del tallado de la piedra que no se vería superado ni en el mundo antiguo ni en el moderno. La diversa y abundante materia prima presente dentro de las fronteras de Egipto, combinada con grandes logros técnicos, proporcionó a los egipcios un medio extremadamente peculiar de afirmar su identidad cultural. Además, la piedra tenía la ventaja de la permanencia, y los monumentos egipcios fueron conscientemente diseñados con aspiraciones de eternidad. El origen de esta obsesión por la monumentalidad se inició en el Desierto Occidental, cerca de la actual frontera entre Egipto y Sudán, en un lugar remoto conocido entre los arqueólogos como Nabta Playa. Hoy, una carretera principal asfaltada atraviesa el desierto a solo dos o tres kilómetros de allí, soportando todo el tráfico originado por la construcción en Egipto del proyecto denominado Nuevo Valle. Pero hasta hace muy poco Nabta Playa no podía estar más alejada de la civilización. Su principal función era servir de parada intermedia en la ruta terrestre entre el oasis de Bir Kiseiba y las orillas del lago Nasser. El lecho llano de un antiguo lago seco —o playa—, junto con una cercana cresta arenosa, sin duda hacen de Nabta Playa un lugar ideal para acampar de noche. Pero el lugar tiene mucho más interés de lo que podría parecer a primera vista. Por todo el paisaje aparecen dispersas grandes piedras: no cantos rodados producidos de forma natural, sino megalitos que han sido arrastrados hasta allí desde cierta distancia y colocados en puntos clave en torno a los límites de la «playa». Algunos se alzan en espléndido aislamiento, como centinelas en el horizonte, y otros forman alineamientos. Y lo que resulta aún más notable: en una ligera elevación aparecen colocadas una serie de piedras formando un círculo, agrupadas por parejas en posición vertical y encaradas. Dos parejas aparecen alineadas en dirección norte-sur, mientras que otras dos apuntan hacia el lugar por donde se pone el sol en el solsticio de verano.
Nabta Playa, anteriormente desconocida y del todo inesperada, ha surgido de las tinieblas como el «Stonehenge del antiguo Egipto», un paisaje sagrado salpicado de estructuras líticas cuidadosamente colocadas. La datación científica de los sedimentos asociados ha revelado que esos extraordinarios monumentos pertenecen a una época asombrosamente antigua: comienzos del quinto milenio a.C. Por entonces, como en períodos aún más antiguos, el Sahara debía de presentar un aspecto muy distinto de su actual estado de aridez. Todos los años, las lluvias estivales debían de reverdecer el desierto, llenando el lago —de carácter estacional— y convirtiendo sus orillas en exuberantes pastos y tierras cultivables. Las gentes que emigraron a Nabta Playa para aprovecharse de aquella abundancia temporal eran pastores de vacuno seminómadas, que deambulaban con sus rebaños a través de una extensa área del Sahara oriental. En el yacimiento se han descubierto grandes cantidades de huesos de ganado, y pueden verse indicios de actividad humana dispersos por toda la zona: fragmentos de cáscaras de huevo de avestruz (utilizados como cantimploras y, cuando se rompían, para fabricar joyas), puntas de flecha de sílex, hachas de piedra y piedras para moler los cereales que se cultivaban en las orillas del lago. Con su fertilidad estacional, Nabta ofrecía a los pueblos seminómadas un lugar fijo de gran trascendencia simbólica, y a lo largo de generaciones estos emprendieron su transformación en un centro ritual. La disposición de los alineamientos líticos debió de requerir un elevado grado de participación comunitaria. Como sus equivalentes de Stonehenge, los monumentos de Nabta revelan que la población prehistórica local había desarrollado una sociedad sumamente organizada. Sin duda, la forma de vida pastoral requería que las decisiones se tomaran sabiamente, partiendo de un detallado conocimiento del entorno, una estrecha familiaridad con las estaciones y un sentido preciso del tiempo. Las cabezas de ganado son animales que necesitan beber mucho y que requieren un suministro diario de agua potable al final de cada recorrido, de manera que decidir cuándo convenía llegar a un lugar como Nabta y cuándo convenía marcharse de nuevo podía ser cuestión de vida o muerte para toda la comunidad.
Parece que la finalidad de las piedras verticales y del «calendario circular» era predecir la llegada de las importantísimas lluvias, que se producían poco después del solsticio de verano. Cuando llegaban las lluvias, la comunidad lo celebraba sacrificando algunas de sus preciosas cabezas de ganado en señal de agradecimiento, y enterrando luego a los animales en tumbas marcadas en la superficie con grandes piedras planas. Bajo uno de tales montículos, los arqueólogos encontraron no ganado enterrado, sino un enorme monolito de arenisca que había sido cuidadosamente tallado y enjaezado para que se asemejara a una vaca. Datado, como el calendario circular, a principios del quinto milenio a.C., constituye la escultura monumental más antigua conocida de Egipto. Es aquí, pues, donde hay que buscar los orígenes de la tradición faraónica del tallado de la piedra: en el Desierto Occidental prehistórico, entre errantes pastores de vacuno, más de un milenio antes del comienzo de la I Dinastía. Así, los arqueólogos se han visto forzados a replantearse sus teorías sobre los orígenes de Egipto.

Toby Wilkinson.
Auge y caída del Antiguo Egipto.


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