jueves, 21 de febrero de 2013

EL DÍA QUE DIOS SALVÓ A UNOS DEVOTOS LEGIONARIOS CRISTIANOS



Corría el año 174, el emperador Marco Aurelio, al frente de varias legiones, se encontraba en plena campaña en tierras de Germania, intentando contener a sus belicosas tribus; marcomanos, cuados, sármatas . . . 

Un vexillatio - destacamento - de la XII Legión, guiada tal vez por un comandante inexperto, se había internado en terreno hostil, alejándose de las líneas de avituallamiento. El suelo embarrado, el abrupto terreno que impedía el avance, la cercanía y acoso del enemigo y especialmente el hambre y la sed, causaban estragos entre los fatigados romanos que comenzaron a sentir seriamente sus vidas amenazadas.

Desesperados por la situación, algunos legionarios, que habían abrazado la fe cristiana, se arrojaron de rodillas al suelo y elevando sus corazones al cielo, pidieron ayuda al Todopoderoso. El ejemplo cundió rápidamente, y en pocos minutos prácticamente todos los miembros del ejército oraron a Dios, y suplicaron por sus vidas.


La bóveda celeste se tornó gris, el cielo se abrió y las nubes descargaron una terrible tromba de agua, acompañada de una miríada de rayos y truenos que desperdigaron al ejército enemigo y permitió a los devotos legionarios cristianos salvar sus vidas. 

Autores cristianos como Tertuliano, Eusebio de Cesarea o el hispano Paulo Orosio, fueron los encargados de transmitir tan extraordinario acontecimiento; el poder supremo del Dios Cristiano se mostraba superior a las Deidades Paganas

"Que esta guerra fue dirigida providencialmente por Dios lo prueba clarisimamente, entre otros argumentos, sobre todo una carta de este prudente y honrado emperador (Marco Aurelio). Efectivamente, al sublevarse estos pueblos de crueldad bárbara y de cantidad imnumerable, esto es, los marcomanos, los cuados, los vándalos, los sármatas, los suevos y casi toda Germania, y al peligrar el ejército, que había avanzado y había sido rodeado en territorio de los cuados, peligro que se debía más a la sed, ya que faltaba el agua, que al enemigo, se produjo, ante la invocación del nombre de Dios, invocación que de pronto hicieron públicamente unos cuantos soldados que se abandonaron a las preces con extraordinaria fe, se produjo, digo, una lluvia tan intensa que los romanos se vieron larga y justamente reconfortados, mientras que los bárbaros, asustados por la constante caída de rayos, y sobre todo porque muchos de ellos perdían la vida, se dieron a la fuga. Los romanos, persiguiendo hasta la aniquilación a los fugitivos, lograron, con un inexperto y pequeño número de soldados, pero con la poderosa ayuda de Cristo, una victoria gloriosísima y digna casi de ser antepuesta a todas las glorias de los antepasados"
Paulo Orosio. 
Historias VII, 15, 7-10.

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