"Las luces se apagan en toda Europa; no volveremos a verlas encendidas antes de morir".
Así de pesimista se mostraba Grey Eduard, ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido el 3 de agosto de 1914.
HISTORIA, VIAJES, NATURALEZA Y CULTURA.
Muy breve historia del origen, desarrollo y caída del Imperio Romano, o ¿cómo una pequeña aldea del centro de la península italiana fue ...
"Las luces se apagan en toda Europa; no volveremos a verlas encendidas antes de morir".
Así de pesimista se mostraba Grey Eduard, ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido el 3 de agosto de 1914.
Arqueólogo, erudito y librepensador, militar, viajero y aventurero, hombre de acción, su vida fue una epopeya durante los últimos estertores del Romanticismo, sus gestas aún resuenan en el silencio del desierto. Viajero empedernido y voraz lector, de naturaleza curiosa recorrió Oriente Próximo lo que le posibilitó entrar en contacto con las dispersas tribus árabes y trabar conocimiento geográfico y cultural de la región.
Con el estallido de la Gran Guerra fue reclutado por el ejército británico donde alcanzó el rango de coronel. Aprovechando su experiencia acabó alentando la rebelión del desierto contra un moribundo Imperio Otomano junto al jerife de La Meca Husayn ibn Alí. Su éxito militar más destacado fue la conquista de Aqaba apoyando al emir Faysal, hijo de Alí y futuro rey de Irak.
Su experiencia militar, las aventuras y desventuras vividas en el desierto de Arabia, donde se convirtió en un auténtico beduino, quedaron plasmados en su último libro, los Siete Pilares de la Sabiduría; “En estas páginas no se narra la historia del movimiento árabe, sino la mía dentro de este movimiento. Es un relato de hechos cotidianos, de sucesos insignificantes, de personas sin importancia”.
Después de combatir a los otomanos, sufrir las penalidades del desierto y sobrevivir a incontables peligros, Thomas Edward Lawrence no falleció en el campo de batalla, ni fue derribado por balas enemigas, fue un fortuito accidente de motocicleta el que puso fin a su vida. Un ser complejo y vulnerable, un antihéroe atormentado, que con sus luces y sombres, y a su pesar, acabó convertido en un mito.
La patria es la tierra regada con la sangre de sus héroes. Mártires unos, involuntarias víctimas otros. Durante la Primavera de los Pueblos, liberalismo y nacionalismo llenaron de grandes ideas los corazones y las mentes de hombres y mujeres de toda Europa. La era de los grandes imperios tocaba a su fin y las jóvenes y entusiastas naciones estaban preparadas para recoger el testigo. La lucha que se desencadenó entre naciones e imperios fue brutal. Uno de los campos de batalla más activos fue la Península Italiana.
En 1871 Italia es ya un estado unificado, pero se considera incompleta, aún quedan territorios irredentos que la nación italiana reclama como suyos, por razones lingüísticas, culturales o históricas. En este contexto surgen trágicas figuras patriotas como Cesare Battisti, Guglielmo Oberdán, Damiano Chiesa, Fabio Filzi, Francesco Rismondo o nuestro protagonista, Nazario Sauro, al que conocí una mañana de verano, de calor sofocante, mientras paseaba por Venecia.
Nazario Sauro, militar, marino y patriota italiano, nacido en Capodistria (actualmente Koper en Eslovenia) una ciudad que había formado parte de la República de Venecia hasta su disolución a finales del siglo XVIII, y que en aquellos momentos formaba parte del Imperio Austro-Húngaro, aunque su población era mayoritariamente italiana. Nazario era un hombre de mar y con 20 años ya era capitán de un pequeño barco, al parecer fue su madre la que le inculcó el patriotismo italiano. Desde joven comandó varios vapores de pasajeros y de carga y durante sus navegaciones por aguas del mar Adriático comenzó a entrar en contacto con otros irredentistas, al tiempo que iba estudiando y tomando nota de cada rincón de la costa.
Entre 1908 y 1913, de acuerdo con el principio mazziniano de la libertad e independencia de los pueblos, colaboró activamente con los albaneses que luchaban por conseguir su independencia del Imperio Otomano y establecer plenamente su estado-nación. Terenzio Tocci, político italoalbanés dijo: “Un nombre, el de Sauro, que los verdaderos albaneses nunca deben olvidar”.
Con la entrada de Italia en la Gran Guerra en 1915, Sauro se enroló voluntariamente en la Marina militar italiana. En agosto de 1916 el submarino Giacinto Pullino, del que Sauro era subteniente, fue enviado a una misión bélica al área de Trieste. La nave encalló y toda la tripulación fue hecha prisionera por la marina de Austria.
Condenado y ejecutado por las autoridades austriacas por alta traición, fue ahorcado en le prisión militar de Pula. Fue enterrado en secreto por los austriacos y en enero de 1919, concluida la Gran Guerra, su cuerpo fue recuperado por miembros de la marina italiana. Enterrado solemnemente en el cementerio de la Marina de San Policarpo en Pula. El rey Víctor Manuel III entregó a la madre de Nazario, la medalla de oro por el valor militar.
Un entusiasta Felipe Sassone, escritor peruano afincando en Madrid, dedicó un artículo al patriota italiano en El Fígaro. 8 de Noviembre de 1918 (Segunda Época), de la que extraemos las siguientes palabras: “Yo quiero acordarme de otro héroe, entre tantos, de un soldado bisoño, joven y sencillo; de un pobre marinero, falto de cultura y pleno de valor, que si en el entendimiento no puede parangonarse a Battisti, fue su hermano en el martirio, su hermano en el martirio, su hermano por la tenacidad de su empresa, por la serenidad de su porfía, por lo animoso de su corazón patriota. Se llamaba Nazario Sauro . . .”.
Terminada la Segunda Guerra Mundial Pula pasó a Yugoslavia y el gobierno italiano repatrió su cuerpo. El 9 de marzo del año 1947 los restos de Nazario Sauro llegaba a Venecia y era sepultado, con todos los honores, en el templo votivo de Santa María Inmaculada, ubicado en el Lido.
1789 marca el comienzo de la Revolución Francesa y el principio del fin para la monarquía absoluta. Monarquía parlamentaria, imperios y repúblicas se fueron sucediendo sin solución de continuidad hasta la derrota en Sedán frente a las tropas de Prusia. La caída del Segundo Imperio fue preludio del asentamiento de la República, pero es de necios pensar, que la idea de monarquía fuer borrada del mapa francés. La Primera Guerra Mundial motivó una exaltación del patriotismo que vino acompañada por una serie de posturas reaccionarias. En este contexto surge Action française, un partido ultraconservador, al que desde los primeros momentos se afilió Charles Maurras, un político y poeta de ideas contrarrevolucionarias y ultraconservador, monárquico y católico, precedente de algunas ideas de los fascismos, que encontró en Juana de Arco un símbolo que recogía lo más esencial de su pensamiento. En el mes de Mayo de 1920, la Doncella de Orleans, era elevada a la Santidad por Benedicto XV e inmediatamente convertida en un referente para los grupos monárquicos y antiparlamentarios. También para los antisemitas. La Santa Guerrera representaba la continuidad con el pasado medieval y expresaba a la perfección la voluntad revisionista de Maurras y los suyos, y al tiempo se convertía en un poderoso acicate en la reivindicación de las regiones perdidas (y eternamente disputadas con Alemania) de Alsacia y Lorena. Cien años más tarde, en este siglo XXI de locos, que parecen pretender una involución total, los monárquicos franceses (un grupo muy residual) enarbolan la bandera de Juana de Arco para pedir la restauración de la Corona en Francia.
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| El nivel de los puestos de socorristas es muy, muy alto. |
| Las patas rosas permiten identificar a la Gaviota Argéntea. |
| Un solitario ostrero |
| Un cuervo |
| Un llamativo estornino pinto. |
| Una focha común. |
| Un cisne común. |
| Una feliz pareja. |