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domingo, 7 de octubre de 2018

ALPANDEIRE.




En una meseta al pie de la Sierra de Jarastepar, a 700 metros por encima del valle del Genal en la Serranía de Ronda, encontramos Alpandeire, localidad famosa por ser la cuna de Fray Leopoldo, fraile capuchino que aún despierta gran devoción popular.


Rodeado de una naturaleza espectacular, donde se alterna el paisaje silvestre de jaras, alcornoques y encinas, con las tierras de labor trabajadas durante centurias por los habitantes de la serranía. Jabalíes, corzos, conejos, perdices, abubillas y pájaros carpinteros moran en esta comarca.


Hombres y mujres de la prehistoria ya habitaban estas tierras, a tenor de los numerosos restos arqueológicos que han ido apareciendo por los alrededores, pero no tenemos documentación escrita hasta la época árabe. La tradición habla de una población, Ambareg, de la que muy poco se sabe.


Los aires y la fisonomía moriscas son innegables; cuestas, fachadas encaladas, calles estrechas, rejas y flores. Típico pueblo serrano.


Alpandeire nace como una puesto musulmán poco después de la batalla de Guadalete, y formó parte del mundo islámico andalusí hasta una fecha tan tardía como 1845. Ronda cayó en manos cristianas y Alpandeire compartió su destino.


Catedral de la Serranía. La iglesia de San Antonio de Padua, levantada en el siglo XVI por deseo del arzobispo de Sevilla, Diego de Deza, es conocida por sus dimensiones como la Catedral de la Serranía. En sus sótanos existe un antiguo cementerio, donde reposan los cuerpos momificados, que pertenecen a un matrimonio que finació parte de su construcción.


Y los imprescindibles pozos, antiguos y aún en funcionamiento. Lo que es y ha sido, sigue siendo, lugar de reunión de los vecinos del pueblo.


Callejuelas empinadas y fachadas encaladas trepan por la montaña, configurando una localidad que parece levitar. Por encima de tejado tradicionales a dos aguas se eleva señorial, la catedral de la Serranía, señora absoluta de los cielos de Alpandeire. Una forma de existencia tradicional, vinculada al medio que le rodea. Un punto de partida para recorrer los senderos que atraviesan la sierra.




lunes, 17 de julio de 2017

EL CLAN DEL JABALÍ




Un negro cuervo, emisario del dios Akat, guía al clan del jabalí a través del frío páramo. Los jóvenes del clan debían superar un complicado ritual de iniciación; penetrar en la espesura del bosque y dar muerte a un salvaje jabalí macho; nunca a un hembra. El colmillo de la víctima colgará de su cuello y mostrará a todos que ya es adulto, y que ya es un guerrero. El siguiente paso será encontrar esposa y fundar su propio familia.

El clan del jabalí basa su prosperidad en los ganados, que proveen de carne, piel y leche. Marcan sus pastos y territorios utilizando toscas esculturas zoomorfas. Sus poblados, con pequeñas cabañas de madera, los situaban en altozanos y colinas desde la que podían controlar la llanura. No existen ni jefes, ni reyes, las decisiones las toman en grupo. Cuando no se alcanza consenso se consulta a los ancianos, personas bendecidas por la experiencia, que se reúnen junto a un encina sagrada.

Supervivientes natos, los miembros del clan son duros y resistentes, capaces de cubrir enormes distancias sin desfallecer, luchar contra enemigos mucho más fuertes y vender cara la derrota. Territoriales y familiares, defienden a los suyos con uñas y dientes. En tiempos difíciles, cuando el hambre aprieta, no tienen problemas en alistarse como mercenarios en los ejércitos vecinos. Nunca juran lealtad a nadie, se venden al mejor postor, la supervivencia siempre por delante del honor.


jueves, 27 de octubre de 2016

FÍBULA DE JABALÍ.



Los cerdos salvajes campaban a sus anchas en los profundos bosques de la protohistoria ibérica. Los celtíberos además de disfrutar de su exquisito sabor, admiraban su tenacidad, y por ambos motivos se convirtió en una imagen recurrente en sus manifestaciones artísticas, como esta fíbula de bronce (expuesta en el Museo de La Rioja) fechada en la época de La Tene.  

jueves, 8 de septiembre de 2016

REINO DE POLONIA II: LA LLANURA.



Desde el Macizo Central francés hasta los Montes Urales se extiende la Gran Llanura Europea, una inmensa planicie por donde fluyen los ríos más largos del continente. En las tierras comprendidas entre el Oder y el Vístula (una Mesopotamia centroeuropea) se desarrolló a partir de la Plena Edad Media, el reino de los polacos.

Las tierras bajas, las llanuras y las colinas suaves predominan en una amplia región comprendida entre el mar Báltico y las alturas del arco carpático. Las regiones meridionals presentan las elevaciones más destadas, mientras que Polonia Central es un conjunto de grandes llanuras y el norte corresponde a regiones lacustres.

El bosque templado (auténtica unidad de producción para el hombre medieval) y la pradera conforman la cubierta vegetal, hábitat de la fauna típica europea: grandes herbívoros como bisontes, venados, alces y durante el medievo también uros, sus más enconados depredadores, el lobo y el lince europeo, todoterrenos como el jabalí y el oso como señor absoluto del bosque. Pequeños mamíferos y una variada avifauna, que incluye cigueñas y águilas, completan el conjunto. Continuará...


martes, 16 de febrero de 2016

PEQUEÑO JABALÍ DE BRONCE



Una pequeña muestra del cuidado arte animalístico celta. Este jabalí probablemente estaba inserto en el borde de un vaso de metal o madera que pertenecería a algún personaje importante dentro de su grupo. Además, es un ejemplo más de la pasión, que como el entrañable Obélix, sentían los celtas por los cerdos salvajes.  


jueves, 4 de junio de 2015

ANFITEATRO ROMANO DE EMERITA AUGUSTA.



Hace dos mil años rugían los estadios jaleando a sus ídolos. En esos campos de la muerte no había ni balones, ni porterías, ni césped, solo acero, dolor y sangre. No obstante, imagino que el fanatismo y la función pública poco debían diferir de los deportes de masas actuales. Al fin y al cabo, fueron los romanos los que inventaron aquello de Pan y Circo.

La construcción del coliseo emeritense se planificó de manera conjunta al teatro, iniciándose las obras pocos años después. A partir de unas inscripciones halladas en su interior, sabemos que el edificio se inauguró en el año 8 a.C. Emérita Augusta comenzaba a ser una gran ciudad, aunque en estos momentos ya era la capital administrativa de la provincia Lusitania, antigua patria del famoso bandolero Viriato.


En la arena del anfiteatro, al igual que sucede en la actualidad en las Plazas de Toros, se celebraban combates a muerte; juegos de gladiadores o combates entre hombres (normalmente vencedores) y animales, conocidos como venetiones. Sin lugar a dudas, pasaban por ser los espectáculos preferidos por el público.


Con el triunfo del Cristianismo, el anfiteatro fue abandonado, y parte de la estructura arquitectónica fue quedando oculta bajo tierra, mientras que las zonas que no fueron sepultadas, se utilizaron como cantera para realizar otras obras.

Durante mucho tiempo el edificio se denominaba Naumaquia, en la suposición que en el recinto se celebraban batallas navales (naumaquias), pero las campañas arqueológicas iniciadas en la década de los '20 del siglo XX, subsanaron el error.




El anfiteatro estuvo rodeado por una calle que se adaptaba a la forma curva del edificio, en uno de cuyos laterales se levantaba una acera porticada.


Los albañiles romanos utilizaron opus caementicium (hormigón) a base de cal, cantos y arena del río, para construir el núcleo sólido del anfiteatro. Poco podían imaginar esos esforzados trabajadores que dos milenios después su obra permanecerían en pie, siendo además, admirada por la gente del futuro.



El graderío - cavea - se construyó en parte sobre la misma colina que el teatro. El acceso a esta zona se podía realizar a través de alguna de las dieciséis puertas abiertas a lo largo del perímetro de la fachada. La más importante se situaba en el extremo del eje occidental. El graderío se divide en tres sectores, ima, media y summa cavea, inferior, media y superior.

En los extremos del eje menor del edificio, sobre las mismas gradas, se construyeron dos tribunas, lo que vienen a ser palcos de honor, enfrentados, una reservada a las autoridades y la otra para la persona que financiaba el espectáculo.



La Tribuna de Editores, era el lugar que ocupaba el magistrado o particular que sufragaba los gastos del espectáculo. La inscripción en latín y grabada en el dintel de granito hace referencia a la conmemoración de la construcción del teatro.

Algunos restos hacen suponer la existencia de otros dos palcos de honor situados sobre cada una de las dos puertas de acceso a la arena, que se abren en ambos extremos del eje mayor.




A través de este pasillo, mediante escaleras, se accedía a las gradas media y superior. El uso del ladrillo facilitó su forma abocinada hacia el interior.

Este anfiteatro se construyó bajo el mandato de Augusto, que asignó las gradas más altas (el gallinero) a los esclavos y los pobres, el escalón más bajo de una opulenta y decadente sociedad romana. A diferencia del teatro, aquí, en el anfiteatro, damas y caballeros podían sentarse juntos para disfrutar del espectáculo.

La arena, que tiene forma de elipse (64'5 metros en su eje mayor y 41'2 en el eje menor) , era la zona donde se desarrollaba el espectáculo. Un alto y robusto podio, que servía para proteger al público, separa la arena del graderío. Este muro estaba recubierto de mármol y rematado por una cornisa.



En esta zona estaban situadas las pinturas murales referentes a los espectáculos circenses y que se conservan en el Museo Nacional de Arte Romano.



La gran fosa en forma de cruz que se abre en medio de la arena, estaba cubierta por un entarimado de madera, y su interior debía utilizarse para almacenar las jaulas de las fieras y el atrezzo escénico.


A los lados de las galerías que atraviesan las gradas por el eje mayor, se abren dos habitaciones, el lugar donde los gladiadores se preparaban para el combate. De escasa altura, el gladiador debía agacharse antes de saltar a la arena.



Una de estas habitaciones, situada en la galería norte, estaba dedicada al culto de la diosa Némesis. Los gladiadores se encomendaban a este deidad de origen griego de la venganza, pero también de la justicia y la fortuna. Antes de saltar a la arena le dedicaban un oración, "A Némesis para que salga con los mismos pies con los que he entrado".



La inscripción reza lo siguiente: "Dedicado a la invicta diosa Némesis Celeste por Marcus Aurelius Felicius romano que cumplió su promesa de buen grado".



En el anfiteatro de Mérida, a través de una de las grandes puertas monumentales se iniciaba el desfile que inauguraba los juegos, mientras que los gladiadores triunfadores, los que cortaban orejas y rabo, salían en volandas por una especie de Puerta Grande, situada justo enfrente de la puerta de entrada. La tercera de las entradas monumentales era utilizada por las autoridades.



Los combates en pareja, o en grupo, solían celebrarse por la tarde, como el fútbol y los toros. Un árbitro, ayudado por un auxiliar, hacía cumplir las reglas de la lucha y si era necesario, empleaba una vara para poner orden.

La música era un elemento fundamental para marcar las fases del espectáculo, que solía comenzar con un duelo entre dos jinetes a caballo, para que después pasasen a combatir el resto de gladiadores, según las armas y la experiencia.

Se conocen más de quince tipos diferentes de gladiadores caracterizados por su armamento y su forma de lucha. Generalizando es posible distinguir dos grandes grupos de gladiadores, aquellos fuertemente armados con un equipo pesado, y los que armados a la ligera, sacrificaban los aspectos defensivos en favor de una mayor movilidad. Entre los tipos más frecuentes y populares en la Hispania romana, tenemos a los que siguen.


El retiarius intentará inmovilizar a su contrincante, un secutor, lanzándole una red de tres metros que llevaba atada a la muñeca, para después trincharlo con un tridente, y si es necesario rematarlo con una daga. Esta misma daga le servía para cortar la red de su muñeca en caso de necesidad. Un largo brazalete que se prolongaba sobre el hombro le protegía uno de los brazos.


El secutor, o perseguidor, iba bien pertrechado, protegido con casto y gran escudo para soportar las embestidas del tridente. El caso carecía de viseras y adornos para evitar que la red del retiarius se enganche. Su arma de ataque era una espada muy similar a la que utilizaban los soldados de la legión. Buscaba la lucha cuerpo a cuerpo, donde podía sacar ventaja de su superioridad armamentística, aunque el pesado armamento dificultaba sus movimientos. Unos movimientos que irían siendo torpes conforme el cansancio y la fatiga atacasen el cuerpo del secutor.


El venator, aunque no era propiamente un gladiador, participaba también en los juegos. Su especialidad, la cacería de animales salvajes. Su entrenamiento incluía diferentes artes cinegéticas: el tiro con arco, la jabalina y el venablo. En la arena de Mérida las piezas más frecuentes eran jabalíes, ciervos y toros.


El nombre "dimachaerus" significa en griego, el que utiliza dos cuchillos. Su cabeza estaba cubierta por un casco, las piernas con espinilleras y el torso por una cota de malla metálica. Armado con daga o espada corta, su especialidad era la lucha cuerpo a cuerpo.


El tracio presenta un casco adornado con un grifo, se protege con un pequeño escudo o rodela, y se arma con una espada corta de hoja curvada. Sus rivales más habituales eran el myrmillo y el hoplomachus.


La cresta sobre su casco es el identificativo del myrmillo, un luchador que cubría su brazo derecho con un brazalete y la pierna izquierda con un espinillera corta. Se protegía desde las rodillas hasta la barbilla con un gran escudo rectangular que utilizaba para empujar a su oponente y atacarlo con una espada corta.


Hoplomachus deriva del griego y significa "el que lucha con armas". Su armamento y su forma de combatir imitaba al hoplita griego. Portaba lanza, espada corta y utilizaba varios elementos de protección; casco, espinillera y escudo (hoplón). Su adversario solía ser el mirmillo, aunque también se han conservado escenas en que aparece combatiendo a un tracio.




domingo, 30 de marzo de 2014

JABALÍ DE PLAZA SAN MARTÍN



Enorme jabalí de granito, representante genuino de la cultura material de los verracos de la Meseta. Es de destacar la perfecta definición de la oreja, lo que nos sirve para catalogarlo como suido.


Colmenares, en 1637, da noticias de que el jabalí se encontraba frente al atrio de San Martín. Más recientemente estuvo delante de la Capilla de Viejos, hasta que en 1975 se trasladó al Torreón de Lozoya. Desde aquí se desplazó hasta el Museo Provincial de Segovia.

miércoles, 12 de febrero de 2014

EL MUNDO ANTIGUO A OJOS DE ASTERIX Y OBÉLIX I. LOS GALOS Y EL JABALÍ.



En 1959 el guionista René Goscinny y el dibujante Albert Uderzo, lanzaron a a la fama a una pequeña aldea de irreductibes galos, cuya máxima diversión consistía en hacer la vida imposible a Julio César y sus aguerridos legionarios. Astérix y Obélix, los héroes protagonistas de estas aventuras, hace tiempo que entraron por la puerta grande en el Salón de la Fama del Noveno Arte. 


Millones de lectores en todo el mundo nos hemos sumergido en sus interminables aventuras, recorriendo la Galia, Bretaña, la India o Egipto, y disfrutado de horas de lectura bajo el flexo acurrucado entre mantas. E incluso para  algunos (pocos o muchos), entre los que me incluyo, supuso un primer acercamiento al fascinante mundo de la Historia Antigua (y me encaminaron hacia el estudio en la Facultad de Filosofía y Letras). Mis cimientos como historiador se los debo a los comics de Astérix y Obélix (y a sus películas animadas) y a la inolvidable serie de Érase una vez el hombre.


Goscinny y Uderzo no sólo han creado historias originales, por momentos mordaces, cargadas de divertidas críticas y muy, muy entretenidas, sino que además han contribuido a perpetuar ciertos tópicos, repetidos hasta la saciedad pero que la mayoría de las veces son ciertos y fundamentados, han narrado acontecimientos de la época y transmitido noticias, que no son más que un tímido reflejo de toda la realidad histórica de la que nos informan las distintas fuentes. En definitiva, los geniales autores franceses demuestran tener un profundo conocimiento sobre la apasionante época que dibujan y nunca mejor dicho, con suma maestría en sus obras. 


En ese sentido, es de sobras conocida la afición, desmedida en ocasiones, especialmente si pensamos en el inocente Obélix, por la suculenta carne de jabalí de los galos.  Además de fastidiar a incautos legionarios y centuriones, el deporte favorito de los galos es corretear jabalíes por los espesos bosques del país vecino. ¿Y qué decir de los asustadizos marranos salvajes que por mucho que corran siempre terminan llenando el gaznate de algún guerrero, o visitante, ávido de buena carne? Todos los episodios de la serie terminan con un pantagruélico banquete a la luz de la luna siendo el jabalí el plato estrella.


Según el geógrafo griego Estrabón, que tantos y tantos datos etnográficos nos legó, la carne de cerdo era uno de los alimentos preferidos para algunos de estos pueblos: "Su alimento es muy abundante, y consiste en leche y en todo tipo de carnes, en especial las de cerdo, frescas o en salazón. No ponen a cubierto durante la noche a los cerdos, que destacan por su altura, fuerza y velocidad, y resultan un peligro no sólo para quien se acerca desprevenido, sino incluso para los lobos".
Estrabón IV, 4, 3.

jueves, 18 de abril de 2013

JABALÍ DE LAS COGOTAS.



Junto a la puerta del Alcázar, en la plaza Adolfo Suárez, el Jabalí, estamos convencidos que se trata de un jabalí, procedente del castro vetón de Las Cogotas, nos da la bienvenida a la capital abulense. 



Las patas del animal, perfectamente delimitadas, se incrustan, formando un todo, con el basamento de granito, no consiguen despegarse de la piedra. Escultura, tosca y simple, pero realista, y cargada de simbolismo. . . y ese simbolismo, desconocido para nosotros, es parte de su encanto y guardián de su misterio. . . 


El jabalí en cuestión se encuentra en un buen estado de conservación, gracias al cual podemos apreciar orejas, carrillada y hocico. Muestra el espinazo marcado, ligeramente encorvado, lo que nos hace pensar en un jabalí o cerdo salvaje. 

Estas esculturas de piedra se relacionan con los castros fortificados de la Segunda Edad del Hierro y con poblaciones, donde su mayor riqueza económica era el ganado. 
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