Nos pensamos centro del mundo, estamos convencidos de ello. Al menos el centro de nuestro mundo, el eje alrededor del cual gira todo. Una península, un simple apéndice, centrado y agrandado en mapas mundi, globos terráqueos y planisferios, de un macrocontinente llamado Eurasia.
Adoptamos la Estrella Polar, nos convertimos en el centro neurálgico de la Rosa de los Vientos y a la vez en el Norte al que señalan las agujas de la brújula.
La corteza terrestre se enfrió, las profundas cuencas se llenaron de agua, y emergieron los Océanos, la cuna de la vida. Zeus, Poseidón y Hades, completaron el reparto, las áreas de influencia y las competencias de cada uno.
El mar de Tetis desapareció, el Mediterráneo se secó, y luego volvió a llenarse para transformarse en el Mare Nostrum. El sur se llenó de cordilleras - Pirineos, Alpes, Balcanes - y los grandes ríos se encajaron entre ellas.
Un mundo heterogéneo de reducidas dimensiones, que se extiende desde el cálido desierto de Tabernas a la inhóspita tundra finlandesa, de las bravías playas de Normandía a las tranquilas aguas del Ponto Euxino, donde el poeta Ovidio lloró lágrimas de tinta.
Caminando llegamos - o llegaron - desde África, todos somos inmigrantes y aprendimos a cazar lo que la tierra nos daba. Nuestro hogar venía con nosotros a todas partes, nunca lo dejábamos atrás. Cuando el continente quedó cubierto de hielo, encontramos refugio (calor y consuelo) en profundas grutas enclavadas en las zonas más elevadas. Allí dejamos nuestras huellas en techos y paredes. En el Magdaleniense ¿ya éramos nosotros?.
Con su presencia, el chamán llenó la caverna, se fusionó con el eco que reverbera en sus paredes. El sonido ronco y monótono de su tambor, es la banda sonora del Génesis.
Adoramos a la mujer, a la Gran Madre, en Willendorf dimos forma humana al Eterno Femenino. Pero la mujer descubrió la agricultura y de forma trágica se convirtió en su primera víctima, recluida entre las cuatro paredes del hogar.
Se retiraron los hielos y volvimos a ver el Sol. Nunca olvidamos nuestro origen en los trópicos. Cultivamos la tierra, construimos dólmenes y enterramos a los difuntos. Y desde que tenemos a nuestros muertos bajo tierra, este mundo se transformó en un hogar perenne.
Europa, crisol de culturas y punto de encuentro, donde el alquimista universal consiguió la formula de la Piedra Filosofal. Un continente que nació muchas veces, y otras tantas fue destruido. Un escorpión que se autoinmola en el ocaso para renacer al alba.
Nació en Creta, una isla soleada, a la que Zeus llevó a la joven Europa después de secuestrarla metamorfoseado en toro. Luego el toro fue encerrado en un laberinto y se convirtió en el terrible Minotauro. Desde entonces animal venerado en todo el Mediterráneo. En Creta surgió el culto al toro ( y por extensión a las tauromaquias) y el nombre mismo del continente.
En las profundas minas de sal de Hallstatt también nació Europa. Otra Europa, la celta, la de los señores del hierro y los sabios druidas, la que recogió la herencia de los constructores de megalitos atlánticos. Y en el inhóspito y lejano Septentrión, Ragnar Lodbrok dio muerte a la serpiente, fornicó mucho y esparció su simiente por todo el continente.
Fuimos (somos) eolios, jonios, dorios, iberos, celtas, etruscos, latinos, germanos, ilirios, dacios, tracios, escitas, eslavos, magiares, turcos, baltos, escandinavos (y un largo etcétera).
Más allá de las Columnas de Hércules, el imponente Atlas y el peñón de Gibraltar, vivió un rey que gobernó más de cien años, Argantonio. La plata fluía por sus ríos, los árboles daban frutos de oro y tenían antigua tradición literaria. Griegos y fenicios guardaban el secreto.
Europa, una pequeña gran península, abocada al mar. Mediterráneo (y todos sus apéndices), Norte, Báltico, Negro y el Océano Tenebroso al que nos asomamos con el corazón henchido de felicidad en el Finisterre gallego.
El mar Nuestro, el Mediterráneo, y los largos ríos que fluyen tierra adentro, como Internet en este Tercer Milenio, conectaba a las personas y las mantenía unidas. Odiseo, el aqueo, naufragó en todas sus islas y costas. Orfeo, el tracio, descendió a lo más profundo de los Infiernos.
Jasón, en compañía de los Argonautas y de Ray Harryhausen, llegó a los confines de la Ecúmene por Oriente, la Cólquida. Heracles alcanzó el limite por Occidente, las famosas Columnas. Piteas tuvo la osadía de ir más allá, hasta las Casitérides. Los cosmógrafos griegos llamaron Iberia a ambos confines, la Iberia del Cáucaso y la Iberia tartésica. Iberia en los dos extremos del mundo (conocido). Samos, Mileto, Ampurias, Messina, Masilia, Corintio, Elea, Atenas, Esparta... durante un tiempo todos fuimos griegos. Y los que no lo eran no tenían la consideración de persona civilizada.
Guerra y poder. Atenas inventó la democracia y aún queremos creer en ella. Alejandro Magno, el hijo del tuerto, estiró la frontera de la Hélade hasta el río Indo. También se bañó en las aguas del Nilo.
La Atenas griega tuvo su Némesis en la Gadir fenicia, Tácita de Plata trimilenaria y faro de Occidente. Una ciudad donde se confunden sueño y vigilia. El trotamundos, con alma de poeta al que las musas le son esquivas, nunca olvida sus raíces ni los sueños que soñó siendo niño.
Eneas escapó de la destrucción de Troya y navegó al Poniente. Enamoró a Dido, derrotó a Turno, desposó a Lavinia y entrelazó para siempre los destinos de Grecia y Roma.
Spalatum, Londonium, Mediolanum, Tarraco y Buedogalia. Anfiteatros, togas y termas. La Pax Romana fue la primera globalización y el sestercio el lejano ancestro del Euro.
Todas las invasiones (por llamarlas de alguna manera) llegaron desde Oriente. De Occidente no podía venir nadie. Bueno sí, Aztecas, Mayas e Incas. Pero no llegaron. Tampoco sabemos si lo intentaron.
Y entre esos mundos que se ignoraban mutuamente , acaso existió la fabulosa Atlántida. Hoy sus jardines los habitan delfines.
De Levante vinieron Abraham, Cristo Mahoma, con sus religiones monoteístas bajo el brazo. En tiempos más recientes Buda, Krishna, Bahá'u'alláh y el Dalai Lama. De allende los Pirineos los cristianos venían caminando en busca de la tumba del apóstol que murió, y fue enterrado en el extremo occidental. Durante centurias nos visitaron Cibeles, Isis y Mitra. Llegaron para enseñarnos sus misterios. Aún continúan entre nosotros.
Los trabajos y los días, la Iliada, la Odisea, las Metamorfosis y la República son los evangelios de la Europa ancestral. El cantar del Nibelungo, el cuento del Grial, los Eddas, el Kalevala, el Príncipe y el Quijote son el Nuevo Testamento.
Constantinopla sustituyó a Roma y Moscú tomó el relevo de Bizancio. Fuimos (y seremos) musulmanes. Pero nunca persas (al menos directamente). Marco Polo nos abrió los ojos a otros mundos y Cristóbal Colón nos lo mostró. A Leif Eriksson nadie lo tiene en cuenta. De Occidente llegaron las papas ( para que el europeo pobre no muriese de hambre), los tomates (¿Como pudimos sobrevivir milenios sin ketchup?), las palomitas de maíz, el tabaco y la Coca Cola (sumun del capitalismo). En realidad no vinieron solas, hubo que ir a buscarlas.
Cuando cayó el telón, de la mal llamada Edad Oscura, los entusiasmados humanistas inventaron un nuevo mundo al que llamaron Renacimiento. Navegantes castellanos y portugueses proyectaron esa nueva Europa, que nunca dejó de ser ella misma, por otros continentes. China dejo de ser China mirándose en nuestro espejo. El imperio del Sol Naciente por imposición. Y Estados Unidos nunca ha sido América, sigue siendo Europa.
Comenzaron las revoluciones decimonónicas y echamos la vista atrás. La globalización romana no nos servía y nos fijamos en el Medievo. Inventamos héroes, los transformamos en símbolos nacionales y dibujamos una bandera en cada territorio. De esta manera fomentamos las diferencias. Ave Turul guió a los magiares al corazón de la llanura panónica y allí establecieron un hogar y construyeron un reino. A las tierras del sur del Danubio llegó Arconte Desconocido al frente de los serbios. Los polacos siguieron a un águila blanca y los moldavos a un gigantesco uro. Un zorro baila en los cielos del invierno eterno y provoca las auroras boreales. Nils Holgersson voló hasta Laponia con una bandada de gansos salvajes y Alonso Quijano arrastra su Triste Figura a través de la llanura manchega. Iliria se baña en el Adriático, Bulgaria fue Tracia y Dacia Rumanía. Hungría, Panonia y Francia la Galia donde una aldea irreductible resiste una y otra vez al invasor. Un Montenegro tiene por vecina una tierra blanca, aunque para los albaneses su tierra es el País de las Águilas.
Somos el producto de lo que fueron nuestros antepasados y de lo que aprendemos por el camino. Mirar hacia adelante sin olvidar nunca el pasado. Los mitos y la ilusión por un mañana mejor son la mejor compañía.





























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