lunes, 8 de febrero de 2016

BALDUINO IV, EL REY LEPROSO.



Los avatares históricos crean personajes más o menos creíbles, la literatura, y desde hace cien años también el cine, los populariza y los lanza al estrellato. El rey leproso de Jerusalén es uno de esos hombres. Balduino IV vivió un tiempo inestable, gobernó un reino fuera de lugar, un enclave sin sentido, un estado artificial (y por momentos absurdo), una isla católica en medio de un cercano oriente medieval que se debatía entre Bizancio y el Islam, una monarquía postiza que intentaba demostrar (sin conseguirlo) una pretendida superioridad del cristianismo occidental.


Balduino era el hijo de Amalarico I y su tutor (y maestro), el historiador Guillermo de Tiro, fue el primero en apreciar los síntomas de la lepra, durante la niñez de su pupilo. Cuando en 1174 muere su padre, Balduino solo tiene trece años, y por tanto queda sometido a la autoridad de Raimundo III de Trípoli y de Miles de Plaucy. En julio de 1176, convertido, a pesar de su enfermedad, en un enérgico quinceañero, propinó una patada en el culo a los regentes, y tomó para sí todo el poder.


Nadie en la corte esperaba que Balduino, afectado por la lepra viviese mucho tiempo, ni que fuese capaz de engrendrar ningún vástago. Las traiciones e intrigas se sucedían día a día, con la única intención de ejercer la influencia sobre los posibles herederos del reino, entre los que se contaba a su hermana Sibila. Ridley Scott, especializado en grandes produciones épicas, en el Reino de los Cielos, recrea el ambiente convulso y mezquino que se respiraba en Jerusalén, con continuos enfrentamientos entre las diferentes facciones, y donde únicamente Balduino es capaz de elevarse por encima de tanta podredumbre como ejemplo veraz de humildad, piedad y honestidad caballeresca. Virtudes que el resto de caballeros dejaron olvidada en sus reinos, condados y ducados de Occidente.


Apoyándose en Reinaldo de Chatillón, Balduino se enfrentó abiertamente al sultán Saladino que tenían entre sus objetivos apoderarse de Jerusalén. Enterado de que el ayubí se dirigía a la Ciudad Santa, el rey Leproso le salió al encuentro al frente de 350 caballeros, entre los que se contaban 80 templarios y unos 4000 infantes.


Antes de la batalla, Balduino se arrodilló y ante un trozo de la Vera Cruz, rogó a Dios, pidiéndole la victoria. Ese día, en Montgisard, el triunfo fue completo.


Para contrarrestar el poder y la ambición de Raimundo III, Balduino casó a su hermana Sibila con Guy de Lusiganan. Mas la ineptitud de su cuñado obligó a Balduino, prácticamente ciego con veinte años y la salud muy mermada, confiar la regencia a Raimundo.


Balduino IV ocultaba su decrepitud tras unas máscara de metal, vivió más de lo esperado y murió con honor. Le suceció su sobrino Balduino V (hijo del primer matrimonio de Sibila). Balduino demostró con su fortaleza mental y espiritual pudieron más que su debilidad física, pues a pesar de su dolorosa enfermedad reinó con la determinación de David y la sabiduria de Salomón.


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