domingo, 14 de junio de 2015

DE LA CUEVA AL TEMPLO.



Desde un principio, mucho antes de la historia escrita, el ser humano encontró refugio en la cueva. Mientras desarrollaba su cotidianidad, pronto dicha oquedad se convirtió en un lugar mágico, centro de iniciación, en la que los artistas supieron plasmar en sus paredes rocosas ese día a día pero también ceremonias y rituales. Cuando el hombre pasó del nomadismo al sedentarismo, dando nacimiento a la agricultura, ya poseía un desarrollo de conciencia suficiente para usar el símbolo como representación de sus conocimientos. Conceptos e ideas trascendentes, culto a los muertos y una visión personal de cuanto le rodeaba.

Pronto floreció el Megalitismo. Dólmenes, menhires, cromlechs, sepulcros de corredor y más tarde construcciones ciclópeas fueron el testimonio que nos legaron. La importancia del culto a la piedra se pierde en la noche de los tiempos. El propio Platón utilizó la caverna como arquetipo cósmico y como símbolo ético y moral. Esa cavidad en las entrañas de la tierra representaba el útero o la matriz materna. Para dicho filósofo, la visión de la cueva era como la representación del purgatorio donde la luz solo se percibe como reflejo y los seres solo como sombras, esperando su conversión para la ascensión del alma hacia el mundo de las ideas. Mircea Eliade, consideraba a la cueva como una representación del yo interior y del yo profundo del inconsciente, materialización del Regresus ad uterum.

A imagen del cosmos, el suelo corresponde a la Tierra y su bóveda al Cielo. Para los taoístas, la montaña sagrada de K'uenLuen, centro del mundo, contiene una cueva secreta por la que se regresa al estado primordial antes de la salida hacia el cosmos. En la arquitectura tradicional de la India, cuando el templo se halla esculpido en la roca posee en su interior un stupa, cuyo monumento posee a su vez en sus entrañas, reliquias que son consideradas sagradas. La caverna de Abu Ya'qûb es la caverna primordial, conocida en el esoterismo islámico como Tawîl o regreso a la sustancia central. El Templo de Osiris en Egipto, lugar conocido únicamente por los grandes iniciados, estaba tallado también en la roca y formado por una gran sala que se abría a las criptas subterráneas. Los propios esenios se reunían en una gran cavidad en el interior de la montaña, en la que se encontraba una gran mesa con asientos de piedra. Poseía dos entradas; una para los iniciados y otra para los maestros. En las Escrituras, Génesis, capítulo XXI, versículo 29, el moribundo Jacob ruega a sus hijos para ser enterrado en la «doble cueva» del campo de Efron Hetheén.

Estos enclaves iniciáticos eran el lugar del nuevo nacimiento y de la regeneración. El adepto era recibido, moría en su vida material, abandonaba lo sensible para salir completamente trans formado y lleno de una nueva vida, la vida del iniciado. Era una transformación de conciencia, una catarsis, una muerte simbólica y un renacimiento hacia un nuevo estado del ser. Estas tradiciones ancestrales que se llevaban a cabo por la vía de la tradición oral, pronto se vieron relegadas con la imposición de la nueva religión imperante, el Cristianismo. El culto a las piedras se vio combatido por el Concilio de Arles. A pesar de la prohibición, el ser humano siguió con la tradición de sus antepasados. Solo existían dos soluciones: destruir los megalitos o recuperarlos para sí. Algunos fueron destruidos, pero finalmente se optó por la segunda de ellas. Se esculpieron cruces, se construyeron iglesias en sus cercanías e incluso encima de ellos. Prueba evidente de su sacralidad.

Con el paso de los siglos, ermitas, iglesias y catedrales, éstas últimas en época de máximo apogeo de la Edad Media, conservaron en su iconografía aquellos conceptos considerados secretos, ocultos, procedentes de ceremonias, ritos e iniciaciones ancestrales que quedaban en la memoria del acervo popular y que las nuevas imposiciones eclesiásticas no lograron borrar con sus dogmas y credos. Los templos venían a tener el mismo significado ancestral. El suelo enlosado era la Tierra y las nervaduras, contrafuertes y demás elementos arquitectónicos que sostenían la bóveda representaban al Cielo.

Los lugares llamados actualmente «de poder», en el que confluyen las denominadas fuerzas telúricas y que estudia la moderna Geobiología, poseen una larga tradición como enclaves sagrados en los que el hombre unía la tierra con el cielo y que aparecen en todos los pueblos y culturas del planeta. Pinturas y grabados de todos los tiempos han representado esas fuerzas que el ser humano ha aprovechado para ir en pos de su trascendencia y en las que erigió megalitos, templos, y más tarde, con el paso de los siglos, ermitas, iglesias y catedrales.

Corrientes de aguas subterráneas, fuentes, manantiales, cuevas prehistóricas, castros y un sinfín de asentamientos humanos se edificaron en estos enclaves o en sus cercanías, aprovechando esas fuerzas de la Madre Tierra, denominadas como las venas del dragón por el Feng Shui o Wouivres por los celtas. Fuerzas que empiezan a ser investigadas actualmente y con resultados sorprendentes.
Xavier Musquera. Ocultismo Medieval.
Introducción.


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